Fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester” (2)

Título: “Los Estados Unidos de Dean Winchester”
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: todo público.
Resumen:
Cuando Sam Winchester se larga a encontrar su tranquilidad, piensa que cuando lo haya logrado y vuelva, Dean y él podrán hablarse de nuevo y arreglar sus problemas. Eso es lo que Sam quiere, pero a veces ni siquiera el hermano que le ha dado todo es capaz de cumplirle todos sus deseos.

02
Dean is not here

“¿Usted es neuróloga?”.
La mujer sonríe de manera profesional.
“No, Dean. Ya lo hemos hablado antes”.
Dean mira alrededor, bastante seguro de que no estaba en ese cuarto hace cinco minutos.
“Bueno, necesito un neurólogo, no un… cualquier cosa que sea usted”.
No es difícil adivinarlo, en todo caso. La mujer sostiene un cuaderno en su mano y un lápiz. Repentinamente Dean siente que el sillón lo asfixia y tiene que abandonarlo.
“¿Dean?”, la mujer descruza las piernas, lista para ponerse de pie ella también mientras el cazador se dirige hacia la ventana.
“Lo siento, necesito aire”, descruza el cerrojo y abre un ala de la ventana. La brisa fresca irrumpe por ella.
La mujer se tranquiliza. Se acomoda en su silla de nuevo, vigilándolo siempre.
“¿Cuál es tu último recuerdo?”.
Dean mira por la ventana hacia el patio y se sorprende de ver que es la casa de Bobby, el segundo piso. ¿No había ardido hasta los cimientos? Calcula que aquella es la habitación donde el viejo cazador guardaba en montones desordenados, el material escrito de las cacerías terminadas y el armamento que ha pasado a mejor vida en espera de servir como pieza de repuesto. No hay nada de eso ahora. Las paredes están limpias, nuevas, recién pintadas, las ventanas iluminan la habitación, hay una cama, un sillón, un escritorio, el armario y la silla donde se encuentra la mujer.
“¿Qué le hizo Bobby a este cuarto?”.
“Lo acondicionó para ti”.
“¿Por qué?”.
“Lo necesitabas”, la mujer respira profundo y vuelve a preguntar. “¿Puedes decirme qué es lo último que recuerdas?”.
Dean lo intenta. El esfuerzo le arruga la frente. Él no estaba allí hace cinco minutos. Entonces, ¿dónde?.
“¿No puedes?”.
“No estoy loco, señora”.
“No”, replica ella con calma. “Pero tienes un problema”.
“Tuve una contusión”.
“Dean…”.
“¡Tuve una contusión! Necesito un doctor de verdad, no a usted”.
“Tienes un problema”.
“Ya dijo eso”.
“Porque necesitas asumir la realidad… ¿Dean?… ¿Dean?…”.

-o-

Steve sabe de motores. Bobby se sacude el pensamiento con un movimiento de cabeza. El que tiene al frente no es otro que su muchacho, Dean, un poco perdido, pero Dean al final, no un enfadado motoquero con chamarra de cuero negra. Es fácil confundirse, en todo caso.
Habla como una cotorra. No ha parado de hacerlo desde que recuperó la conciencia. Después de referir las aventuras de su vida sobre dos ruedas ante el interrogatorio de Sam, obviando cuidadosa y deliberadamente los detalles de la semana anterior, se ha largado a dar toda una perorata instructiva sobre las cualidades de su Harley y de por qué es imprescindible que vaya a buscarla. Habla y gesticula con la mano libre (la otra está firmemente unida al borde de la cabecera con unas esposas) e inflexiona la voz de tal manera que es difícil reconocer al Winchester. Cada cinco minutos prueba la resistencia del acero en su muñeca a la manera de un molesto tic nervioso. El hombre sonríe fanfarrón, pero Bobby puede sentir las oleadas de rabia surgiendo bajo la piel.
Sam le alcanza otra cerveza mezclada con agua bendita cuando proclama tener sed nuevamente y el hombre se la bebe casi por completo de un solo trago, como lo ha hecho con las dos anteriores.
“Amigo”, dice al acabar, apretando la lata en su mano hasta convertirla en un amasijo de estaño. “Ahora, uno en serio”.
Bobby observa como la quijada del otro Winchester se contrae con fuerza. Una media sonrisa se forma en los labios del hombre en la cama con ganas de provocar. Sam voltea hacia el viejo cazador, dándole el beneplácito para que se encargue del asunto en adelante. Bobby se aclara la garganta con un carraspeo antes de comenzar.
“De acuerdo…”, observa al hombre un instante, indeciso. “… Steve:…”, logra decir con cierto esfuerzo porque decirlo es admitirlo. “¿Dónde está Dean?”.
El otro deja escapar un suspiro de cansancio.
“Ya te lo dije: No está aquí, está descansando”.
Bobby juraría que la voz del hombre es dos octavas más profunda que la del verdadero Dean.
“¿Dónde?”.
“En un lugar seguro”, dice como si estuviese programado para repetirlo una y otra vez.
Bobby puede ver a Sam de reojo, sentado a horcajadas sobre una silla al lado de la cama, los puños apretados. Sí, es fácil olvidar que el sujeto es Dean. Continúa.
“Creo que necesitamos algo más que eso, muchacho”.
Steve lo mira un instante.
“No queríamos preocuparte, Bobby”, entonces se dirige a Sam. “Tampoco a ti. Bueno… Dean, al menos” y de nuevo a Bobby. “Nuestro amigo necesita tomarse un tiempo. Volverá cuando se sienta bien. Todo el mundo tiene ese derecho, ¿no, Sammy?”.
Bobby ve al otro Winchester apretar los labios y revolverse en el asiento antes de lanzar su propia pregunta.
“¿Qué quisiste decir con “no queríamos”? ¿A quienes te referías?”.
El otro abre la boca para contestar pero entonces parece pensarlo mejor.
“Dean y yo, por supuesto”, dice al fin. “¿ves a alguien más?”.
“Sólo veo a un extraño que está ocupando el cuerpo de mi hermano”.
“No soy un extraño. Soy Steve”.
“¿Y QUIÉN DIABLOS ERES TÚ?”.
“Sam”, lo frena Bobby. “Deja que se explique”, se vuelve a Steve. “Porque vas a explicar esto, ¿verdad?”.
El otro se encoge de hombros.
“No hay nada que explicar”.
“No te conocemos, muchacho. Es claro que Dean sí, pero nosotros…”.
“Dean no sabe de mí”.
Sam se vuelve hacia el viejo cazador. Éste sigue adelante intentando ignorar su mirada.
“De acuerdo. Volvamos a primera base. ¿Quién eres tú? Y no respondas “Steve”, o “un cazador” y esta vez no nos des una aburrida charla sobre tu supuestamente maravillosa vida”.
“No voy a responder a nada hasta que me liberen de esta mierda”, agita las esposas. “Y necesito un trago. Uno fuerte”.
Sam se pone de pie, siempre tenso, no le quita los ojos de encima al prisionero. Bobby no lo pierde de vista a él a su vez. En su bolsillo tiene una hipodérmica lista para ser usada si es necesario. En cualquiera de los dos.
“Lo siento, amigo” dice al fin el Winchester. “No vas a tener ninguno hasta que pensemos qué hacer contigo”. Le hace una seña a Bobby y ambos se dirigen a la pequeña sala a conferenciar. “Esto es una jodida pesadilla”. ¿Él es real o producto de mi imaginación desbocada?”.
Bobby arruga el ceño con preocupación.
“Dijiste que estabas bien”.
“Sí. Lo estoy. Es que… ese hombre… me confunde, es tan diferente a Dean. Lo hemos testeado, no está poseído, entonces ¿qué?”.
“Conoces a tu hermano. Tiende a encontrar problemas y los problemas lo adoran”.
“¿Piensas que es un hechizo?”.
“No lo sabremos sin averiguar primero dónde estuvo y qué hizo durante su desaparición”, voltea a medias a mirar al hombre que no ha dejado de vigilarlos tampoco sentado ahora en el borde de la cama. “Y él no va a decírnoslo”.
Sam va hacia la mesa y vacía el contenido de la bolsa hermética que dejó allí la noche anterior. Examina detenidamente lo que tiene ante sus ojos.
“Faltan las llaves de la Harley”, constata. “Steve debió tomarlas durante su intento de fuga” y cierra los ojos, pillado en falta. “Dean. Quise decir Dean”.
“Está bien, Sam. Incluso John estaría confundido si aún viviese”.
“Si tomó las llaves, entonces pensaba ir a recoger su Harley”.
“¿Quieres liberarlo y ver adónde se dirige?”.
Sam se encoge de hombros, frustrado.
“Diría más bien, ir con él. Me refiero a que Dean tuvo que estar allí cuando dejó su moto, así es que si Steve sabe dónde encontrar su Harley…”
“No, no lo sé”, les interrumpe el aludido desde la puerta de la habitación, de brazos cruzados y apoyado en el vano. “Sí, sí, por supuesto se están preguntando: ¿Cómo es posible que dos hombres pierdan un auto y una motocicleta a la vez? Bueno, lo hicimos”.
“¿Qué dem…?”, protesta Sam buscando con la vista inútilmente alguna seña de las esposas en la muñeca del hombre.
“Olvidas que soy un cazador, Sam. Como tú, como Dean. Si me apuran, diría que mejor que ustedes dos”
Bobby arriesga un vistazo a la habitación. El extremo vacío de las esposas cuelga en la cama.
“Así que, ¿a quién hay que matar en esta casa para obtener un trago decente?”. El hombre comienza a caminar hacia los gabinetes de la sala. Inmediatamente Sam hace la intentona de ir tras él pero Bobby se le interpone.
“Calma, muchacho”.
“¿Entonces qué?” sigue con la mirada los movimientos del motoquero en la sala mientras éste abre y cierra cajones y portezuelas hasta dar con una botella de whisky etiqueta azul. “¿simplemente lo dejamos tomarse todo el licor de Rufus?”.
“Dejaré algunas gotitas para ti, Sam” dice el otro y levanta la botella, bamboleándola, antes de vaciar su contenido en el vaso. “No te preocupes”.
Bobby no alcanza a detener a Sam esta vez. El Winchester llega hasta Steve y se le planta al frente.
“¿Por qué no permites que ayudemos a Dean?”.
“¿Quién dice que no lo permito? Estoy aquí para eso”.
“Entonces contesta ¿dónde estuvo la semana pasada?”.
“No puedo responder a eso”.
“¿Por qué?”.
“Porque yo tampoco lo sé”.
“¡No mientas!”, y a pesar de las señas de Bobby, no se puede contener. “¡Tamara dijo que estuviste con ella en una cacería!”.
“Yo”, aclara y toma un sorbo de su trago. “Él no estaba conmigo. ¿Quién sabe lo que hizo Dean con su turno?”.
“¡No digas estupideces!”.
“No. Lo. Sé. ¿Quieres que lo deletree? N-o-l-o…”
“No te creo”.
Steve deja el vaso en el mesón y respira profundo.
“Mira, amigo: No tengo todas las piezas, ¿de acuerdo?”, levanta su trago nuevamente. “Quizás Dean las tiene. Pregúntale”. Y se ríe dentro del cristal. “Si lo encuentras”.
Sam le arrebata el vaso y lo deposita violentamente en la mesa.
“Para ya”.
Steve se muerde el labio sin apartar la mirada, desafiante como siempre.
“Está bien”, dice, “Yo ya terminé aquí”. Intenta ir hacia la puerta principal pero Sam es más rápido y se le interpone con sus dos metros de humanidad. “No vas a detenerme”.
“Prueba”.
“¿Qué? ¿De repente eres todo preocupación por tu hermano?”, bufa. “Vas a abandonarlo de todas maneras. Así que, ¿cuál es la diferencia si nos vamos primero?”.
Sam siente que le han golpeado en la boca del estómago.
“Yo… Yo no…”.
“Vamos, amigo. De hecho, ya lo hiciste. Ni siquiera le contestaste el teléfono. Tampoco lo llamaste. Buscaste a Bobby, no a él. ¿Cómo se llama eso? Lo dejaste. Otra vez. Elegiste a un monstruo por sobre tu hermano. Otra vez”. Se encoge de hombros. “No es como si no lo hubiera estado esperando, en todo caso. Como sea. Ya no importa. Él ya no te necesita. Me tiene a mí”.
“Estoy… estoy aquí todavía”, arguye sin convicción.
“¿Por cuánto tiempo?” y esta vez la sonrisa se mezcla  con un rictus de amargura. “Un día vas a dejarnos de todas maneras. Todo el mundo lo hace”.
“Pero no será hoy día, muchacho”, la voz de Bobby llega desde atrás. Steve se da la vuelta, dispuesto a encararlo, pero se distrae en la hipodérmica vacía que el viejo cazador sostiene en la mano.
“¿En serio?”, se mira el brazo donde ha comenzado a notar que se propaga un dolor punzante. “¿Vas a drogarme ahora?”.
“Lo que sea que funcione, hijo”.
Las rodillas se le doblan, incapaces de sostener su peso. Sam apenas tiene tiempo de detener su caída.
“Recordaré vigilarte mejor…” arrastra las palabras mientras cae en la inconsciencia. “…la próxima vez”.
Lo siguiente es llevarlo de regreso a la habitación y acomodarlo nuevamente en la cama. Las esposas continúan allí pero ninguno de los dos se molesta en colocárselas.
Bobby lo observa un instante y suspira.
“Tenemos que inventar otra cosa. No podemos noquearlo o drogarlo todo el tiempo”.
Sam también tiene fija la vista en su hermano pero por razones distintas.
“No lo abandoné, Bobby”, dice y ya no hay enojo en el tono sino pesadumbre. “Sólo necesitaba tiempo. Lo sabes, ¿verdad?”
“No soy yo quien debe tenerlo claro, muchacho”, camina hacia la puerta. “Cuídalo mientras busco algo más poderoso que esas esposas”.
Sam se sienta en la cama y observa a Dean. Dormido parece mucho más joven de lo que es y en paz. No resiste la tentación de acomodarle el cabello sobre la frente.
“Voy a arreglar esto, Dean”, le asegura. Se demora al lado de la cama, comprobando de que su hermano realmente está muerto al mundo, y luego regresa a la mesa en la sala. Dispone los recibos en orden de distancia geográfica y las servilletas con números telefónicos a un lado en un montón.
Estoy consciente de que no deseas mi consejo”. Sam no quiere mirar ni darse por aludido pero la figura se mueve de todas maneras hasta instalarse a su lado. “Pero si me lo pidieras…” la mano se mueve lento hacia la mesa y con un dedo arrastra uno de los recibos hacia el cazador. “… yo comenzaría por aquí”. Es el recibo de un motel, el primero, cuatro días atrás. Es lógico, alcanzable, un buen principio. Por una vez, quizás sea bueno escuchar a su consejero infernal.

Capítulo 3

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