Siamés

Cuando baja de la camilla no tiene pasado ni futuro, apenas un desfile de diapositivas de lo que ha sido hasta ahora su vida. Su madre con grandes ojos abiertos; los pasillos blancos y vacíos de un hospital; un parque de juegos; luces sobre su rostro; la habitación de su más tierna niñez. No sabe cómo poner orden a aquello. Los jirones de su memoria dibujan un mapa que no puede leer. Sólo sabe que cuando lo llevan al salón y le pinchan los brazos y colocan cosas en su cabeza como la corona de espinas en la cabeza de Cristo, duele, duele mucho y al final tiene que rendirse y dejarlos hacer, que busquen, que intenten saber.
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Cuentos clásicos en cien palabras (o menos) (5)

¡Está desnudo!, gritó el chiquillo.
El rey intentó no bajar la mirada e ignorar a los circundantes. Aún así pudo apreciar los esfuerzos de sus ayudantes, aquellos que supuestamente llevaban su  capa para evitar el roce con el suelo,  por no mirar hacia su persona, en especial hacia sus vergüenzas.
Ya agarraría a los dos bribones y los colgaría en la puerta del castillo con una cuerda real y no mágica como le habían hecho creer que era el traje que no llevaba.

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Cuento: El duende

No podía dejar de sonreír. Tenía que salir a la calle. Habían sido difíciles de tragar, amargos, chiclosos, pero valía el esfuerzo. Hasta los agujeros en el techo de su habitación le parecían ahora obras de arte moderno. Pero el espacio de su cuarto rentado se le hacía pequeño. Tenía que salir, respirar, expandirse. Se asoma al balcón para hacerse del sonido de la ciudad. Afuera, el Puerto vibra con los tambores del carnaval, el dum dum de los cueros queda atrapado bajo la piel. Sigue leyendo “Cuento: El duende”

Cuentos clásicos en cien palabras (o menos) (4)

Los malditos pájaros lo echarían todo a perder. El pie dolía tanto que apenas podía respirar. Sujeta a la cintura del Príncipe, intentó ocultar bajo la falda el zapato que ya no era de cristal sino escarlata oscuro. El real jinete bajó la mirada hacia el anca del caballo, donde revoloteaban las aves, y lo vio todo. Malditos pájaros. Ahora el Príncipe volvería grupas en dirección a la casa paterna y descubriría a la joven escondida entre las cenizas del fogón del sótano donde ella, su madre y su hermana la habían ocultado. Malditos pájaros. Había estado tan cerca.

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Cuentos clásicos en cien palabras (o menos) (3)

El intento de su hermana -quien sí fue invitada al bautizo de la niña – de trocar la muerte por un sueño dulce de cien años, no impediría su revancha.
Allí, en la vieja torre, con el oído atento, bajo la forma de una anciana armada con el único huso y rueca que escapó a la paranoia del rey, esperó.
La niña, ahora una jovencita, se asomó por la puerta entreabierta. Sus ojos curiosos cayeron sobre la rueca en movimiento. Tomó el huso y quiso hilar también.
-¿Puedo?- preguntó.
Y el hada malvada sonrió.

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La resistencia a escribir

La Palabra Inconclusa

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Imagen cortesía de Witthaya Phonsawat, FreeDigitalPhotos.net

La llamamos procrastinación, por darle un nombre altisonante, por creernos la glamorosa ilusión de que es algo muy grande —y por tanto, fuera de nuestras manos—. Pero en realidad no es más que miedo.
Toda resistencia es miedo a algo. Nos resistimos porque no queremos, como un niño que no quiere comer sus vegetales aunque sean buenos para su cuerpo. Entonces buscamos excusas, juegos, distracciones, hasta otras tareas en apariencia importantes, cualquier cosa con tal de no enfrentar esa página en blanco, esa historia que suena tan maravillosa en nuestra mente cuando nos asalta en la ducha, pero que a la hora de la hora no llegamos nunca a poner en papel.

¿A qué le tenemos miedo? No es a lo que podemos llegar a ser. Es decir, la escritura como medio de vida, como fuente de sustento y realización, y no como mero…

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