Fic: “La señora Winchester” 3b/4

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Título:La señora Winchester”.
Calificación: Todo público

Resumen: Debiera estar ubicado en la primera temporada, cuando han dejado partir a papá Winchester y Dean todavía espera algo de la vida. Aunque, en realidad, es totalmente AU.

Tres b

 

Escondidos del mundo en un sitio baldío y aislado a un lado de la carretera, él le da clases de tiro, instruyéndola sobre el método correcto de sostener el arma mientras se pega a su espalda y le devora la boca descaradamente entre tiro y tiro.

Por supuesto que de esa manera les es imposible terminar la lección de otro modo que no sea en el asiento de atrás del Impala celebrando la marca de 4 entre 10 que ha conseguido Duffy. No está mal para ser su primera clase y tener un pulpo descontrolado distrayéndola constantemente.

A media tarde deciden que ha sido suficiente y es hora de regresar a la civilización. Y mientras se ponen en camino, Dean no puede dejar de sorprenderse de lo rápido que ha cambiado su vida en las últimas semanas, tiempo en el que se ha encontrado a sí mismo haciendo cosas que jamás se le habría ocurrido hacer antes de Duffy. Cosas como alejarse toda una semana del lado de Sammy, bailar lentos abrazado a su mujer en medio de la pista de baile de un casino en Las Vegas mientras ella le canta al oído, o dar el sí ante un juez de paz que se viste de Elvis. Ahora casi no se reconoce cuando se escucha ofrecerle el asiento del conductor a Duffy cuando ella manifiesta, con cierta decepción, no haber conducido jamás una joya como el Impala.

“¿Quieres probar?”

Al segundo siguiente se ha arrepentido, pero ya está hecho. Duffy le mira con los ojos muy abiertos y una expresión de júbilo casi infantil.

“¿En serio? ¿Hablas en serio?”.

Antes de que Dean pueda contestar a eso, la rubia ya está instalada tras el volante acariciando su curvatura con devoción. Así es que lo único que le queda es darle las indicaciones pertinentes no sin cierta contracción de sus entrañas cuando le ve accionar los cambios con poca pericia. Lo que acaba de hacer está muy cercano a la herejía, qué duda cabe, pero la felicidad en el rostro de su segunda nena, su gatita, al sacar el vehículo a la carretera, lo vale. Y Duffy grita mientras el motor ruge y el viento que entra por las ventanas completamente abiertas le alborota el cabello. Dean la observa con deleite, olvidada toda aprehensión respecto a sus dotes de conducción. Un día perfecto.

Bueno, casi.

Porque cuando Duffy, orgullosamente satisfecha de su desempeño como conductora, apaga el motor en el estacionamiento del motel y se vuelve hacia su marido, lo encuentra muy concentrado en el exterior de su ventanilla. No le es difícil comprender qué es lo que ha captado su atención. La tendera del minimarket ubicado justo al frente, una trigueña de piernas que le nacen en la garganta, hace el recambio de precios en la sección de comida rápida enfundada en unos minúsculos pantaloncillos negros que son los que parecen haber capturado la mirada de Dean. Cuando la mujer le sonríe y él, coqueto, le responde, Duffy siente que le hierve la sangre en las venas.

“¡Hey!”

Pero el muy descarado ni siquiera hace el amago de disimular su encantamiento mientras le contesta con un “¿Mh?”.

“¿Hallaste algo interesante?”

“Hay una oferta de “taquitos” y cerveza”. Sólo entonces se vuelve hacia su mujer. “¿Te apetece?”

“No”

La expresión de Duffy debería bastarle para hacerle entender que no debe tentar a su suerte. Pero Dean es Dean.

“Bueno, quizás más tarde”. Y vuelve a sonreírle a la trigueña. Duffy le descarga un golpe de puño en el brazo.

“¡Auch! ¿Qué te pasa?”

“¡Eres un…!” Pero Duffy está tan enfadada que las palabras se ahogan entre sus dientes apretados. Sale del Impala dando un portazo que a Dean le duele hasta los tuétanos.

“Gatita, espera…” y va tras ella no sin antes echarle una última mirada a la trigueña que observa con curiosidad lo que ocurre entre ellos. Pero es inútil porque Duffy ha entrado en la habitación que comparten y le ha cerrado la puerta en las narices. Dean deja escapar un suspiro de resignación antes de sacar el cortaplumas e inclinarse sobre la cerradura. Por algo lleva años en el negocio.

 

Ok. Sam está oficialmente molesto. Pasó mucho tiempo y tuvo que superar muchas pruebas de confianza antes de que su hermano se dignara pasarle las llaves del Impala siquiera para llevarlo a cargar combustible. Y ahora resulta que lo primero que ve al asomarse por la ventana del motel es a su queridísima recién estrenada cuñada maniobrando el vehículo en el estacionamiento. Si eso no es injusticia, no se le ocurre qué más podría serlo. Quizás el que invadan su habitación teniendo la propia al otro extremo del motel <como él mismo ha exigido tras las primeras noches de insomnio forzado> para prolongar sus discusiones conyugales y ponerlo a él como árbitro, exigiéndole ella su imparcialidad y él su lealtad. No tiene idea de qué ha pasado en esa media hora desde que llegaron de quién sabe dónde. Tampoco las explicaciones y argumentos que dan ellos al unísono aclaran mucho la situación. Finalmente, los ha mandado a ambos a la porra y los ha puesto a trabajar en el caso que tienen por delante con tareas bien definidas.

Y ahora allí están ellos, en silencio, sentados a la mesa, Sam en medio de los dos, echándose miradas de tanto en tanto como si no supieran qué decirse para arreglar las cosas. Por lo poco que ha entendido, pareciera ser que Dean aún piensa que está soltero y Duffy no se lo ha tolerado. A veces su hermano puede comportarse como un verdadero neanderthal. Pero tampoco puede culparlo completamente a él. Más de quince años de hábitos sexuales promiscuos no cambian en dos semanas. ¿Acaso ella no sabía con la clase de hombre con el que se estaba casando cuando lo hizo?. No. Por supuesto que no. ¿Quién puede saberlo en un par de días? Por otro lado, Sam conocía, como buen estudiante de leyes, los requisitos que la ley exige para obtener una licencia de matrimonio en cualquier Estado. Uno de ellos dice claramente: “Ambos cónyuges deben tener la capacidad mental para celebrar el matrimonio”. Mirando a su hermano y su cuñada, Sam ha comenzado a cuestionarse la efectividad de todo el sistema.

 

Casi al terminar la tarde, Dean abandona su tarea en el diario de papá declarando que no hay nada verdaderamente explicativo en él sobre la creatura. Tal parece que tendrán que ir tras ella a ojos cerrados porque tampoco Sam ha encontrado gran cosa en la web, sólo leyendas que difieren tanto una de la otra que no se les puede tomar en serio. Duffy se ocupa en señalar sobre el mapa, con sumo cuidado y un plumón rojo, el radio de acción de la criatura según las indicaciones que Sam le ha escrito en un papel. Quizás es el dato más útil del que disponen. Sam observa cómo Dean se pone de pie y le echa un vistazo a la habitación en busca de algo en qué ocuparse hasta que sus ojos tropiezan con el bolso de las armas.

“Las limpié está mañana mientras estabas fuera”, le advierte de inmediato y su hermano le dedica una mirada de reproche como si se hubiese metido con sus juguetes. Sam se encoge de hombros. “Oye, estaba aburrido”.

Dean deja escapar un suspiro de resignación y empieza a pasearse por el cuarto como suele hacerlo cuando está hastiado. En ese momento es que se distrae mirando por la ventana. Afuera ya es de noche y a través del ventanal del minimarket se puede ver a la señorita piernas largas atendiendo en el mesón. De pronto, se le ocurre que tiene hambre.

“Traeré la cena”, dice y tras tomar su chaqueta, desaparece tras la puerta.

El silencio se adueña del cuarto. Sam se pregunta por qué. Mira a su lado donde Duffy ni siquiera ha levantado la vista del mapa. Parece tranquila. Pero… oh, oh. El plumón no se mueve. La ausencia de su raspe contra el papel es lo que ha silenciado la habitación. Pronto, una gran macha roja se expande en el punto donde se ha detenido el extremo del plumón. La rubia tampoco se mueve, ni siquiera pestañea.

“¿Duffy…?”. La mujer se vuelve hacia él, pero Sam sabe inmediatamente que en realidad no lo está mirando a él sino que se ha ido tras los pasos de su marido aún cuando su cuerpo físico permanece allí.

De pronto, Duffy se pone de pie intempestivamente y va hacia la puerta recogiendo en el camino su chaqueta, esa que lleva una rosa bordada en lentejuelas en la espalda.

“¡Duffy…!” intenta Sam pero es como tratar de evitar el apocalipsis. La rubia ya se ha ido.

 

Dean está reclinado en el mesón, todo sonrisas, cuando ella cruza la puerta. No se voltea a verla, sin embargo parece tener una especie de sentido arácnido que le advierte de su presencia, y en la medida que ella se le acerca, se incorpora lentamente y, tras aclarar su garganta con un carraspeo, su tono de voz pasa de coqueto a impersonal para iniciar el pedido. Duffy se planta a su lado sin perder detalle de lo que sucede entre su marido y la tendera. No se le pasa por alto el par de botones de más que, casualmente, tiene abiertos la blusa de la trigueña y la manera en que la muy descarada se inclina para dejar frente a Dean el paquete con los tacos que ha pedido y el pack de cervezas. ¡Como si ella no conociera ese y cientos de otros trucos baratos para captar la atención de un hombre!. La presencia de la rubia, sin embargo, no evita que la tendera le eche una mirada completamente depredadora a su marido cuando Dean paga y ella le entrega su cambio. En un momento el cuerpo de Dean amenaza con independizarse y responder por sí solo, incluso se asoma un poco de su famosa media sonrisa conquistadora. Pero de reojo puede ver a su mujer plantada al lado suyo, dispuesta a descuartizar a la zorra que tiene adelante sin ningún miramiento. Así que para evitar una escena del crimen que parece inminente <no quiere, luego, tener que cazar el espíritu vengativo de una trigueña de piernas largas> hace el esfuerzo sobrehumano de permanecer neutral ante la extrema cordialidad de la señorita.

Cruzando la calle de regreso al motel Duffy no dice una palabra. Tampoco le aparta los ojos de encima mientras camina un paso atrás de Dean. Él, aunque siente el peso de su mirada en la zona posterior de su cuello, trata de mantener toda compostura, los taquitos en una mano, las cervezas en la otra.

“¿Qué fue eso?”, le lanza ella finalmente justo antes de alcanzar la puerta de la habitación.

“¿Qué fue qué?” se hace tontamente el desentendido.

“Sabes muy bien de qué hablo”

Dean se detiene y se voltea para mirarla a los ojos un instante.

“¿Me estás celando?” la furiosa mirada de su mujer le da la respuesta. “Oh, vamos, Duffy” y se pone las cervezas bajo el brazo para alcanzar el picaporte. “No quiero discutir contigo”.

 

Sam rueda los ojos al verlos entrar, Duffy con los puños apretados y Dean dejando caer sin miramientos la comida sobre la mesa.

“¡Pues, tendrás que hacerlo de todas maneras!”

“Duffy…”

“¿Es necesario que le flirtees a cada mujer que te encuentras en el camino?”

“¡Soy hombre! ¡Maldición! ¡Y no soy ciego! me gusta mirar ¿qué tiene de malo? Deberías alegrarte.” Señala el escote en v de la playera que Duffy lleva puesta. “Sería un problema serio de no ser así, ¿no lo crees?”

Duffy lo contempla un instante directo a los ojos.

“Pues, entonces mira donde corresponde” y se baja el escote con ambas manos hasta no dejar nada a la imaginación. “¿Acaso tienes necesidad de buscar en otro lado?”. Y en efecto, Dean ya no mira hacia ningún otro lado que no sea hacia aquellas dos blancas y grandes redondeces. Sam brinca en sorpresa, completamente abochornado. Con el notebook bajo el brazo se escabulle fuera del cuarto para darse cuenta, una vez afuera, que no tiene idea del número de la habitación de Dean y Duffy, así es que no puede refugiarse allí y continuar el trabajo de investigación mientras dura la discusión. Sin embargo, no hay gritos. Y si no hay gritos entonces es que pronto se viene la reconciliación. Deja caer sus hombros en un gesto de rendición. No hay caso de volver a entrar.  No le ha llevado mucho conocer la manera de reconciliarse de la pareja. Se pregunta qué tan incómodo será pasar la noche en el Impala.

 

Duffy se queda plantada allí en medio de la habitación, esperando a que su hombre se le abalance encima, pero Dean no hace nada.

“Vamos, ¿qué pasa?”, lo arenga ella.

“Gatita…”

La rubia frunce el ceño.

“¿Es que ya no soy de tu gusto?”

Dean levanta su mirada hasta fijarla en los ojos de la rubia, ignorando deliberadamente el espectáculo que ella le ofrece.

“Duffy,…no te quiero por tus tetas. Es decir…”, se corrige de inmediato. “ No SÓLO por tus tetas. Si fuera por eso, habría elegido a cualquiera para casarme”. Lo piensa un poco mejor mientras Duffy, extrañada de sus palabras, comienza a cubrirse. “Creo que ni siquiera hubiera considerado hacerlo”.

“¿Por qué?”

“¿Mh?”

“¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué quisiste casarte conmigo?”

“Porque ninguna tiene lo que tú tienes”.

Duffy se mira de arriba a abajo.

“¿Qué cosa?”

Dean se encoge de hombros.

“No lo sé, pero no lo tienen”.

Y allí estaba otra vez ese calor reconfortante sobre su corazón. Si en verdad fuera una gatita ya se habría hecho un ovillo ahí mismo.

“No lo puedo ver con estos ojos” se los señala con dos dedos, “pero sé que está allí”, apunta hacia Duffy mientras se le acerca. “Y hace que se sienta bien aquí”, se toca el pecho justo sobre su corazón.

Y Duffy sonríe mientras baja la cabeza, nerviosa como una colegiala. Nunca le han dicho cosas más bonitas y sin sentido que esas.

Ok, se me pasa la mano, soy un idiota.” Dean le levanta la barbilla y la obliga a mirarlo. “Sólo…necesito tiempo. Y también que me des espacio y que confíes en mí”.

Y tal como la primera noche mientras él le contaba su vida, ella mira hacia lo profundo de sus ojos verdes y le cree.

 

 

Despierta a medianoche, las sábanas hechas un lío entre las piernas de Dean y las suyas, producto de la reconciliación.

Ha sido un sueño, una pesadilla más bien. Corría por el bosque en medio de una niebla espesa, sin embargo era como avanzar en lo profundo del mar. Buscaba a Dean y voceaba su nombre. “Aquí, gatita” le respondía su voz en un murmullo ronco camino adelante, pero ella no lograba alcanzarlo. “Aquí” y ya no era el mismo lugar y tampoco estaba allí. Se había despertado con un grito ahogado en la garganta. Por un momento, la angustia trasciende el sueño hasta que reconoce bajo su mano la piel desnuda de Dean que duerme a su lado, amarrado a ella en un abrazo.

Las cicatrices que encuentra bajo su palma le recuerdan de golpe en qué se ha involucrado, cuál es su vida ahora y lo que será en adelante. Por un momento el pánico la invade, tan sólo un segundo porque al instante siguiente él está allí y su sola presencia le procura la calma que necesita.

Está bien, todo está bien.

Sigue el relieve de las cicatrices con sus dedos a través del estómago y el torso, como si pudiera encontrar la historia del hombre que ama en ellas. Dean se remueve al contacto y se acomoda medio dormido en el abrazo. Entreabre los ojos para espiar lo que ella le hace. Cuando sus miradas se encuentran, él le sonríe y ella le corresponde. Sólo un sueño, se dice Duffy, sólo un sueño. Y vuelve a dormir, su mano sobre las cicatrices de Dean.

 

Es un hecho que no la llevarán en esta cacería. Ni siquiera se ha planteado como una posibilidad entre los hermanos.

Llegada la noche, Sam despliega sobre la mesa el mapa para afinar los últimos detalles.

“Por el diagrama del radio de acción, la creatura no ha traspasado estos puntos: por el Este en Murphy Rocks, el Norte Bitter Flow, por el Sur…”

Y allí está la mancha roja del plumón de Duffy que apenas permite ver lo que hay debajo. Sam no puede evitar echarle una mirada acusatoria a la rubia.

“Lo siento”, le dice ella mordiéndose el labio inferior.

“No seas odioso, Sammy.”, le reprocha Dean inclinado junto a él sobre el mapa. “Continúa, que se hace tarde”.

Sam vuelve su atención nuevamente hacia el papel desplegado en la mesa y señala un par de puntos.

“Creo que tendremos más suerte si nos quedamos dentro de este sector. Allí es donde se han encontrado la mayor parte de los restos”.

“Muy bien”, Dean se incorpora y se frota las manos ansiosamente. “Vamos allá”.

Ahí es cuando comienza la angustia de Duffy. Tiene el estómago en la garganta mientras ve a Dean colocarse la chaqueta negra y coger el bolso con las armas. Un gran beso de despedida, con protestas de parte de Sam por el tiempo que le lleva terminarlo, y Dean deja a su mujer en la puerta del cuarto del motel. Pero en la medida que su marido se aleja de ella y se acerca al Impala, con la puerta del conductor abierta esperando por él, Duffy siente que le falta el aire. De pronto, las imágenes y sensaciones de la pesadilla de la noche anterior saltan a su memoria lanzando descargas a sus terminales nerviosas.

“¡Dean!” y el grito se asoma tan agudo y angustioso, que Dean se voltea de inmediato. La expresión en el rostro de su mujer lo obliga a volver sobre sus pasos con preocupación.

“¿Qué pasa, cariño?”

Y ella no sabe qué responderle. ¿Qué tan loco suena “tengo miedo de no volver a verte”?. Le toma el rostro con ambas manos y lo mira como si quisiera grabarlo en su memoria eternamente.

“Cuídate, por favor”

Dean, ladea la cabeza, divertido.

“Por supuesto. Tranquila”

Y cuando está llegando de nuevo al Impala.

“¡Dean!”

Dean se detiene y se vuelve medio alzando los brazos.

“Y ahora qué”

“Quiero ir contigo”

“¿Qué? ¡Demonios! ¡No!”

“¡Juro que no podrán quejarse de mí! ¡Haré lo que ustedes me digan!”

“Cariño, no podrías darle a un elefante aunque lo tuvieses sentado al frente tuyo. Simplemente: NO” reinicia su camino hacia el Impala pero Duffy corre a interceptarlo y se le pone al frente.

“Me quedaré en el auto, lo prometo. No tendrás que preocuparte por mí. Sólo… sólo llévame contigo”.

Dean frunce el ceño. No entiende lo que le pasa a su mujer, sin embargo, intuye que no debe tomarlo a la ligera. Sam, que ha estado observando todo desde la puerta del copiloto adivina que está flaqueando.

“Dean, ni lo pienses”

Pero su comentario sólo parece provocar el efecto contrario en su hermano .

“Quizás no sea tan mala idea”.

 

La dejan en el auto con una linterna, un arma y el encargo de permanecer adentro pase lo que pase.

“Mantén los ojos abiertos”, le ordena Dean frente a la ventanilla. La observa un instante tan detenidamente que Duffy teme que se haya arrepentido de su decisión de permitirle acompañarlos. “Aguarda”.

La rubia lo ve dirigirse a la parte trasera del vehículo y desaparecer tras la cubierta del cofre abierto. Al poco rato regresa con un par de walkie talkies. Le entrega uno y lo prueba.

“Cualquier cosa, escúchame bien, CUALQUIER COSA que parezca fuera de lugar y me llamas. ¿Entendido?”

Duffy asiente, sumisa. Dean le da el último beso <el tercero desde que salieron del motel> y se interna junto a Sam en la foresta.

Durante las siguientes dos horas, la rubia permanece alerta, linterna en mano, escuchando el siseo del walkie talkie encendido. A ratos le parece ver movimiento de ramas y arbustos que le provocan escalofríos en la espalda y que terminan en nada. Es fácil engañarse cuando se está en tensión. Dos veces la llama Dean para asegurarse de que se encuentra bien. La voz suena lejana en el aparato y le hace recordar nuevamente el sueño de la noche anterior. Aunque no debería preocuparse tanto, se tranquiliza ella misma, porque jamás ha tenido un sueño premonitorio en su vida y no va a comenzar a tenerlos a estas alturas.

Y entonces se escuchan los disparos. Son varios y el eco se esparce en el silencio de la noche y en la soledad del lugar. Les sigue un aullido agudo cuya procedencia se diluye en la distancia. Luego, silencio. Temblando, Duffy toma el walkie-talkie y lo hace funcionar.

“Dean, ¿qué ha pasado? ¿estás bien?” Sólo le responde el murmullo de la estática. “¿Dean?” No hay respuesta. Entonces sale a toda prisa del vehículo, linterna en mano, alumbrando todo a su alrededor.

“¡Deeeean!”.

Pero no hay respuesta. Apenas puede controlar su respiración, debe estar hiperventilando. Hay ruido de ramas, de arbustos frente a ella, detrás de ella, en todo lugar.

“!Deeeeeeeeeeean…!”

“Aquí estoy, gatita” la voz proviene desde atrás y le pertenece a su marido que avanza tranquilamente desde la arboleda con la escopeta en la mano, cubierto de mugre y con un par de zarpazos en la frente. Tras él aparece Sam portando una estaca sangrante y un gran rasgón en la manga de su chaqueta.  Duffy, sin pensarlo dos veces, se abalanza a los brazos de Dean.

“Gatita, ¿qué pasa?”

“Pensé… pensé que…” y no puede seguir, sólo se abraza a él y respira su olor a tierra, sudor y sangre.

“Tranquila. El bicho ese se comió mi receptor”, le explica mientras le devuelve el abrazo con firmeza. Duffy tiembla contra su cuerpo. ”Tranquila”.

Sam, tras observarlos pacientemente unos momentos, pasa delante de ellos en dirección al baúl del Impala en busca de una pala. Esta noche, el trabajo duro le toca a él.

Cuando Dean siente al fin que su mujer ha recuperado algo de tranquilidad, aliviana el abrazo y le busca la mirada.

“¿Mejor?” La rubia asiente aunque no hace el mínimo intento de soltar la chaqueta de su marido. “Entonces, te daré tu primera lección práctica: cuando piensas que tu compañero está en peligro…”, le levanta la mano que aún sostiene la linterna y la pone a la altura de sus ojos, “…agarras el arma junto con la linterna. A menos, claro, que esperes matar a golpes de linterna al monstruo de turno”. Duffy se ríe, avergonzada, al darse cuenta que su marido tiene toda la razón. “Y ahora, hay que quemar esa cosa”.  Deshace el abrazo para internarse en el bosque con una lona de plástico en la mano que ha sacado del Impala mientras Sam avanza con su excavación.

Al rato, la zanja está lista y Dean arrastra con esfuerzo la lona desde el bosque con un bulto grande dentro. A su paso va quedando una estela de algo grasiento mezclado con sangre.

“¿Por qué… por qué hay que quemarlo?”, le pregunta la rubia a Sam que ya tiene el bidón de combustible en la mano.

“Si lo dejamos a la intemperie y algún animal decide tomarlo como su cena, se reproducirá desde las entrañas de quien lo coma”

Dean hace rodar lo que a ojos de Duffy parece un montón de carne informe desde la lona hacia la zanja. Luego, Sam se acerca a la orilla y vacía el contenido del bidón sobre el bulto. Dean saca enseguida de su bolsillo una caja de cerillos que le ofrece a Duffy.

“¿Quieres hacer los honores? Podríamos tomarlo como una especie de bautizo”.

Aunque no está muy segura de que sea una buena idea, la rubia acepta los cerillos y se acerca a la zanja. La creatura está al fondo, un amasijo de órganos de los cuales emergen dos pares de extremidades terminadas en garras. Parece un animal inacabado. A Duffy la visión le revuelve el estómago pero se contiene. A duras penas abre la caja y extrae un cerillo. Sin embargo, cuando está a punto de arrancarle la chispa, sube hasta ella el olor pestilente de la cosa muerta. Siente cómo el color abandona sus mejillas.

“¿Duffy?” es Sam quien la observa con toda atención.

La rubia quiere decirle que está bien, que puede hacerlo, después de todo ¿qué tan difícil es encender un cerillo? Pero en vez de eso, en un rápido movimiento, se dobla por la cintura y vacía el estómago junto a la zanja.

 

Al cuatro, por aquí…

 

 

 


Un comentario »

  1. Me encanta que dejaras ver que por casarce, Dean no deja de ser Dean. Claro que debía coquetear con la camarera de turno… Y pobre Duffy! Como se puso de celosa, a mecate corto! Y Dean que ni entendía, porque al parecer ni se le pasó por la cabeza que podía llevar a la práctica lo que tal vez pasó por su cabeza.
    Y pobre Sam! Conovió más a la chica de lo que quería. Me encantó lo que Dean le dijo, eso de que no estaba con ella por su cuerpo. Eso fue hermoso!
    Por otro lado, la chica tiene agallas, en serio que sí. Le veo potencial a pesar de que vomitó en el monstruo. No sé, eso de decir que quería ir con ellos, la escena de su temor por las cicatrices de Dean; y el mantenerse todo lo tranquila que pudo en el impala (Dean fue el que la llamaba) habla bien de ella.
    Además, que acertar 4/10 en la primera sesión de tiro, está muy bien!
    Por cierto, pobre Sam teniendo que ser el tercero en la pareja, que lo cojen de juez cuando él ni quiere serlo! Y tras de todo, ella puede usar el Impala como si tal cosa!
    Sigo al final!

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