Cuento: “El pan que comemos”

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Tengo un cuento nuevo, algo más largo de los que acostumbro escribir.

 

Cuando el forastero apareció en el camino, era pasado el mediodía. Llevaba un arma de cacha blanca escondida en la cinturilla del pantalón bajo la cazadora negra y gastada que no dudó en dejar al descubierto, con rapidez felina, cuando el monje le salió al encuentro por la puerta principal del monasterio. Durante segundos interminables ambos se estudiaron en silencio, el forastero con la mano posada en tensión sobre el arma, el monje aferrado al vano de la puerta. Luego, el religioso señaló con un gesto vago de su mano hacia el interior.

“¿Desea entrar un rato?”

El hombre continuó su examen un instante más, los ojos dando cuenta de la sotana blanco invierno y el raído suéter azul antes de desviar la mirada un segundo hacia el edificio de piedra y luego de nuevo, insistente, hacia su anfitrión. Estaba claro que temía una trampa y el descubrimiento de ese hecho casi hizo reír al monje. Casi. En vez de ceder al impulso, dejó escapar un suspiro y alzó los brazos para darle a entender lo indefenso que se encontraba.

“Estoy solo”.

El sujeto miró una vez más hacia el edificio de piedra y nuevamente hacia él. Finalmente, relajó la mano sobre el arma y le indicó, con un movimiento de su barbilla, que le guiara hacia el interior. Claramente no estaba dispuesto a correr el riesgo de darle la espalda.

 

El comedor era poco más que una mesa larga en un salón demasiado grande para ellos dos.

“No soy un gran cocinero”, se disculpó el monje. Tenía sobre el mesón de la pequeña cocina un segundo plato rescatado desde la alacena y el cual no había pensado volver a utilizar. “Pero al menos esto llenará su estómago”.

Espió por sobre el hombro al forastero mientras vaciaba ambas porciones desde la cacerola humeante, una más contundente que la otra. El hombre permanecía sentado en la banca, la cabeza gacha, codos en la mesa, perdido en la suciedad bajo la piel de sus dedos, frotándolos con brusquedad como si quisiera acabar por la fuerza el trabajo que el agua y el jabón fueron incapaces de realizar bien. El monje sólo había logrado arrancarle ausentes monosílabos en respuesta a sus ansiosas interrogantes. Después de un rato dejó de preguntar. La barrera invisible que el hombre había erigido en torno a su espacio personal parecía aún más sólida que los propios murallones del monasterio. Además, estaba el asunto del arma. Aunque no le temía a la muerte, no estaba seguro de querer llegar a la casa del Padre con un agujero en la cabeza como boleto de viaje.

Se acercó a la mesa del comedor, las manos ocupadas con los recipientes servidos y humeantes. Hizo el intento de poner la porción mayor frente a su invitado pero el hombre, con la misma destreza demostrada en su primer encuentro para sacar a relucir el arma bajo la chaqueta, apresó su muñeca con fuerza antes de que el plato tocara siquiera la mesa. El monje dirigió su atención hacia los dedos del sujeto crispados sobre su articulación y luego hacia el forastero. Éste lo miró con fijeza antes de negar con un brusco movimiento de cabeza y señalar con el mentón la otra porción. El monje frunció el ceño entendiendo el significado del gesto. ¿Pensaba él que iba a envenenarlo o qué? No pudo evitar soltar un bufido, sorprendido por el nivel de paranoia del sujeto. Repentinamente se encontró ofendido por la idea. Abrió la boca para decir algo acorde con su indignación, pero se topó con la mirada del hombre aún clavada en la suya y la comprensión de lo que allí veía lo golpeó fuerte. En esos ojos no había miedo ni enfado. Vergüenza quizás. Y dolor. Y algo semejante a la súplica. El hombre tenía pecas sobre los pómulos y el puente de la nariz que, de no ser por la barba incipiente y las permanentes líneas de preocupación que surcaban su frente, podrían haberle dado la apariencia de un pobre niño abandonado. Y ante esa imagen, no era posible iniciar una disputa.

Hizo el cambio de platos en silencio y se sentó junto a él, tan cerca como creyó prudente. Eso pareció ser suficiente para que el forastero suavizara su actitud y comenzara a alimentarse, con mesura en un principio y luego con franco apuro. Al rato, el hombre, voluntariamente, decidió hablar mascullando las palabras entre bocado y bocado.

“¿Dónde están los otros?”

“Se han marchado”

El forastero levantó la mirada hacia el monje y negó con la cabeza.

“No hay adonde ir”

El monje detuvo la cuchara a medio camino entre el plato y su boca para responderle.

“Se han ido a casa de nuestro Padre”. Las cejas arqueadas en el rostro del otro le indicaron de inmediato que no había sido comprendido. “El Señor Dios”, aclaró.

El hombre lo miró unos segundos, sopesando la respuesta para después asentir levemente y concentrarse de nuevo en la comida frente a él.

“Lo lamento”

El monje parpadeó, perplejo. ¿Lamentarlo? ¿por qué? En el rincón más extremo del monasterio existía una tumba preparada para él en la esperanza de que alguna persona de buen corazón pueda darle sepultura llegado el momento, tal como él lo ha hecho con cada uno de sus hermanos. No había nada que lamentar.

“Ellos están bien ahora”, aseguró.

El forastero pareció buscar el sentido de la respuesta y le encontró su lado divertido, sin duda, porque comenzó a reír, primero sutilmente y luego con toda franqueza, tanto que hubo un momento en que el monje pensó que había perdido definitivamente la cordura.

“Sí, tiene razón” dijo cuando consiguió calmarse y se mordió el labio inferior con ganas. Después continuó engullendo el guiso como si nunca hubieran sostenido esa conversación.

“¿Qué pasó afuera?”

Sólo era una pregunta. Pero aún así, el sujeto mantuvo anclada la mirada en su plato, la mandíbula repentinamente en tensión.

“No quiere saberlo”.

“Pero…”

“No quiere saberlo”.

El hombre retornó su atención al remanente del guiso que tenía al frente ignorando la mirada insistente que caía sobre él desde el otro lugar en la mesa.

El monje se mantuvo los siguientes minutos moviendo los trozos de verdura de uno a otro extremo del plato, el silencio interrumpido sólo por el repiqueteo metálico de los cubiertos contra la loza.  De pronto, ya no tuvo deseos de comer. Dejó la cuchara sobre el plato inconcluso y se levantó de la mesa para llevarlo hacia el sector de la cocina. Hacía cinco años, dos meses y tres días, se había dejado caer la peste, detrás de las tormentas y del granizo. Y el mundo dejó de ser aquel que conocía. Lo había manejado bien hasta entonces, encerrado en el monasterio, esperando la señal del cielo que le indicara el siguiente movimiento. Había enterrado a los suyos, cuidado del huerto, aguardado en vano a los peregrinos. Todo lo que Dios hace tiene un propósito, Proverbios 16, 4a. No le competía a él cuestionar sus designios, pero si el mundo se había ido a la porra, ¿qué hacía él anclado allí todavía?.

Echó un vistazo desde los catorce pasos que separaban el comedor de la cocina. El hombre había dejado de comer y mantenía la mirada perdida en lo que existía más allá de la ventana, la cabeza hundida entre los hombros combados, miserable.

Oh, bien.

Quizás sí hubiera un propósito.

Se aclaró la garganta con un carraspeo para llamar su atención y le habló.

“Celebro misa en las tardes”

El hombre cansinamente apartó la mirada de la ventana y tras unos segundos, contestó como si le costara conectar los puntos.

“No soy católico”

El monje se encogió de hombros

“La Palabra de Dios siempre hace bien.”

Pero el forastero sólo sacudió la cabeza, la boca prieta para mantener cautivas las palabras que podrían ofender a su anfitrión, y desvió la mirada.

El monje no insistió.

 

Frotó el fósforo contra el costado de la caja y éste le respondió con el sonoro siseo de la llama naciente sobre las velas en el altar. Lo correcto habría sido recurrir a cirios gordos y grandes, fabricados en cera virgen, fragantes y dorados, pero de esos ya no había más. Desaparecieron junto con las abejas luego de la última gran helada. Se contentaba desde entonces con los pedazos de vela blanca que encontraba por los rincones del monasterio en tardes donde la ausencia de tareas realmente importantes lo llevaba a matar el aburrimiento explorando el edificio. Era eso o bajar al pueblo y hacerse de cirios nuevos en los mercados abandonados, situación que pensaba evitar hasta donde le alcanzara la voluntad porque, ¡Dios lo libre!, aunque todos se hayan marchado hace tanto, como quien chasquea los dedos y provoca un acto de magia, aún así, sería un robo. Y él nunca ha robado. Ni lo hará jamás, Dios mediante.

Ha reemplazado las hostias con el pan cotidiano que él mismo prepara con el trigo que siembra, cosecha y tritura. Ganarás el pan con el sudor de tu frente hace mucho dejó de ser un versículo en el Génesis para convertirse en una realidad que de tanto en tanto castigaba sus manos y desafiaba su espalda.

Después de sepultar al último de sus hermanos, había comenzado a utilizar la capilla en lugar del templo principal. Repetir el rito cada día frente a las viejas bancas de madera, nadie en ellas para responder las alocuciones, se había convertido en un acto doloroso que insistía en realizar sólo porque sabía que la Iglesia en el mundo entero, la que estaba seguro aún sobrevivía allá afuera, celebraba con él.

A la mitad de la lectura del Evangelio escuchó el quejido añejo de la puerta. Al levantar la vista desde el texto en el misal, entre el versículo 9 y 13 del capítulo 21 de Mateo, mientras Jesús servía pescado y pan a sus amados discípulos a la orilla del lago de Tiberíades, vio al forastero sentarse en la última fila de bancas, las manos en los bolsillos de su cazadora negra y la mirada escondida a lo que sucedía en el altar. El monje sonrió para sus adentros. No importaba si no caía de rodillas cuando correspondía hacerlo, el hombre estaba allí. Era suficiente.

Cruzaron juntos el pasaje de la Consagración, el uno proclamando de brazos abiertos sobre el pedazo de pan horneado en el día y el vino viejo escanciado desde una botella a medio llenar; el otro mudo e inmóvil, como aquellas imágenes de yeso que habitaban el lugar, los ojos cerrados en ocasiones, perdido en un vacío aún más intenso que el de la capilla, hasta llegar al momento de la paz, una paz de la que el forastero parecía no saber ya su significado.

Y cuando el monje comenzó a clamar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo piedad para ellos, los labios del forastero se movieron por primera vez intentando acompañar sus palabras. Al instante siguiente, el monje ocupaba el espacio frente a sus zapatos sosteniendo ante él, en alto, el pedazo de pan. El forastero lo miró con la confusión estampada en el rostro hasta que el religioso comenzó a hablar. “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los llamados a esta cena”. Y diciendo así, fraccionó el pan revelando su interior suave y blanco para ofrecerle luego la mitad. El hombre mantuvo la mirada fija en lo que se le obsequiaba. Después, con gesto titubeante, alargó la mano y lo aceptó. Antes de que pudiera llevárselo a la boca, sin embargo, las lágrimas comenzaron a descender por su rostro como si tuvieran voluntad propia ante la mirada sorprendida del religioso. Entonces el hombre lloró como nunca lo había hecho, doblado sobre la banca, el monje a su lado, un brazo sobre su espalda brindándole un consuelo que no se merecía, hasta que se acabaron las lágrimas y se agotó el cuerpo, hasta perder la noción de cuando acaba el día y llega la hora de dormir, dormir con los ojos hinchados y el alma a medio morir.

 

A la mañana siguiente, mientras ayudaba al religioso a acarrear leña hacia el cobertizo en una carretilla con el eje averiado, el forastero se negó a mirarlo a la cara. Había acudido a auxiliarlo sin decir palabra y así permaneció, en un testarudo silencio,  durante las horas en que se mantuvieron trabajando en el gélido aire matutino. Sin duda, estaba avergonzado de su exabrupto emocional de la tarde anterior. O al menos el monje lo entendió de esa manera y lo dejó ser, aunque no renunció a observarlo de reojo de cuando en cuando mientras ambos vaciaban el maíz de las cubetas en el gallinero. Esperaba que en algún momento se decidiera a hablar nuevamente porque era francamente ridículo que, después de tanto tiempo aguardando en soledad, se le negara el pequeño placer de mantener una conversación decente con la única persona viviente en tantos kilómetros a la redonda. Arreglaron el terreno para la siembra, alimentaron los animales, repararon el cobertizo para guardar la leña y cuando el último trozo de madero estuvo bien colocado en su lugar, el forastero simplemente clavó su vista en el suelo a sus pies y permaneció allí, inmóvil, hasta que el monje pensó que se había vuelto catatónico.

“Debo irme”, dijo de repente, sin levantar la mirada y, dando la vuelta, se dispuso a marchar hacia el edificio principal.

“¿Es necesario?” lo detuvo la voz del religioso. “Digo, tal vez podría quedarse un poco más, descansar… ” si el mundo se estaba yendo por el retrete, como lo habían establecido el día anterior, ¿cuál era el apuro?

El hombre lo miró y abrió la boca para decir alguna cosa pero después de un par de intentos se dio por vencido y bajó la mirada.

“He hecho cosas terribles”, explicó finalmente, dando la espalda, el tono de su voz desgarradoramente triste. “Usted no tiene idea”.

El corazón del religioso se contrajo en su pecho.

“Siempre… siempre se puede empezar de nuevo”.

Se abofeteó mentalmente por no tener mejores palabras que ofrecer. Se supone que él debería saber cómo consolar al sufriente, para eso estaba allí y, sin embargo, el hombre parecía estar a punto de quebrarse otra vez y él no tenía idea de cómo aliviar su pena. Al menos debería intentarlo. Se aclaró la garganta con un pequeño carraspeo e intentó añadir algo más pero antes de que pudiera completar una frase con sentido, el forastero estaba hablando otra vez.

“Mi hermano… él no está bien”.

“Oh. Lo siento. ¿Es muy grave lo que tiene?”

“No… usted no entiende… él ha hecho cosas terribles… como yo… más que yo… él… él no está bien”.

Calló por un momento como si lo dicho lo explicara todo.

“Debo irme” e hizo el ademán de retirarse nuevamente.

“¿Qué hará entonces?” largó el monje y el hombre se detuvo. No había mala intención en la pregunta. Simplemente surgió antes de que pudiera ponerle un alto en su boca. El hombre se volvió a medias, el ceño fruncido para indicar que no había entendido cuál era el punto.

“Cuando lo encuentre,… ¿qué hará entonces? Si es todo tan terrible, ¿qué es lo que realmente puede hacer?”

El hombre se mantuvo quieto en su sitio, un pie en dirección hacia el monasterio y los brazos caídos a los costados como si alguien hubiera desconectado el botón de encendido. Sombras oscuras cruzaron su rostro y, por un momento, pareció diez años mayor. El monje creyó que no le respondería.

“No lo sé”, dijo al fin. “Traerlo de vuelta,… salvarlo… o liquidarlo.”

Las palabras se oyeron terribles en su boca e hicieron que un frío congelante recorriera la espalda del religioso.

“Debo irme”, repitió el hombre y esta vez el monje lo dejó ir.

 

La siguiente vez que vio al forastero, éste estaba arreglando su escaso equipaje en la celda que había sido su habitación por una noche, unas pocas mudas de ropa, su cazadora, su arma, todo dentro de una vieja mochila.

Lo esperó en la entrada del monasterio con un paquete envuelto en papel café y sujeto por cordel de cáñamo. El hombre apareció en la puerta con la mochila al hombro y se detuvo frente al monje, evitando la mirada, aún avergonzado por todo. El paquete estaba tibio cuando cambió de mano, las cenizas habían mantenido la temperatura del pan que tenía en su interior convenientemente. Sólo entonces el hombre alzó la mirada y la fijó en el monje.

“Gracias”. Sonrió ligeramente mientras recibía el pan y una pequeña bolsa de provisiones. Y entonces el monje puso una mano sobre su cabeza moviendo los labios en silencio, los ojos cerrados, orando por él. Cuando retiró su mano, el monje tenía claro lo que debía decir.

“Sálvelo”.

El hombre lo miró un instante y luego asintió.

“De acuerdo”.

Cuando el forastero abandonó el monasterio, no se molestó en mirar atrás, el arma guardada bajo la chaqueta y la mochila colgando de su hombro. El monje lo vio alejarse con algo de pesar. El hombre se veía más alto y hasta más vigoroso en su caminar. Bien por él. Los milagros a veces suceden de un día para otro. Todo lo que Dios hace tiene un propósito, Proverbios 16, 4ª.  Él aún tendría que esperar el suyo.

 

FIN

Licencia de Creative Commons
El pan que comemos by Marcela Ponce Trujillo is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

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  1. ¡Hola!
    Este forastero y su problema con el hermano tiene cierto parecido con los hermanos W. No sé, llegué a pensar que el forastero era como un mesías que se debía sacrificar para terminar el fin del mundo, y que no había podido… o que él era un ángel que debía pelear contra las fuerzas de su hermano ángel caido, y no había podido. En resumen, que no era un forastero más.
    Como el monge no es un monge mas, parece ser un remanso de lo que no queda: religión, compasión, comida, calor y techo…
    Un cuento muy interesante.

    • Gracias.
      Hay poca gente de la que lo ha leído que lo entiende tan bien.
      Sí, en el monje hay esperanza, acogida y perdón. El hombre necesita redención y la enceuntra en este sencillo religioso que lo único que quiere es servir sin fijarse a quién, esperando por su misión en la vida sin saber que ya la está cumpliendo.
      Y sí, también tiene un poquitín de los hermanitos Winchester. 🙂

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