Fic: “Cuentas pendientes” 6/?

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público

6

Alec

Ya es de día cuando Alec despierta, la cabeza contra la ventanilla del copiloto, preguntándose en qué momento se rindió al sueño.

“Oye, bello durmiente”, lo llama Sam y le da un remezón en el hombro. “Ya llegamos”.

El lugar parece el patio trasero de la casa de Joshua, sólo que en versión XL. Montones de autos oxidados se apilan unos sobre otros alrededor de una vieja casa de dos pisos.

“¿Llegamos adónde?” Alec se estira con pereza sintiendo con toda satisfacción cómo sus huesos se acomodan correctamente en brazos y piernas luego de tantas horas de inmovilidad.

“A casa de Bobby”.

Sam se apea del auto y se dirige de inmediato a la entrada sin esperar a comprobar si Alec le sigue o no. El tal Bobby ya se encuentra en la puerta con la vista fija en el Impala. Es un hombre mayor, lleva barba y una desgastada gorra de béisbol sobre la testa. Saluda a Sam con un casi imperceptible movimiento de su cabeza.

“Sam”

“Bobby”

Y ambos se vuelven hacia Alec en una muda invitación, que sabe más a exigencia, para que se les una.

“De acuerdo”, se dice a sí mismo Alec mientras abre la puerta del vehículo y baja de él. “Aquí vamos de nuevo”, con un vigoroso portazo cierra el auto y se encamina hacia la casa.

“Dean”, le saluda el hombre de barba y Alec de inmediato rueda los ojos con toda la intención de iniciar sus protestas.

“Alec” informa Sam antes de que el ex -transgénico llegue a abrir la boca. “Su nombre es Alec”. Bobby mira al cazador con una expresión de “me estás fastidiando ¿no?”. Luego, con toda calma, se vuelve hacia el nombrado.

“Alec”, le saluda. Éste se ríe a medias.

“Sí que conocen la palabra efusividad. ¿eh? Supongo que usted, señor, es el sabio de la tierra de Oz que me llevará de regreso a casa. ¿Podemos entrar ya?” y sin esperar respuesta ingresa a la casa mientras Bobby le dirige una mirada inquisidora a Sam y éste le responde con un agobiado encogimiento de hombros. “Muero de hambre. ¿Dónde está la cocina? ¡Wow! ¿Todo esto es suyo?” ha descubierto los montones de textos arrumbados en el suelo y en los anaqueles y los mira con admiración. “Desearía que Joshua estuviera aquí. Él ama los libros casi tanto como la pintura”.

Un carraspeo por parte de Bobby lo saca de su deslumbramiento.

“Mencionaste que estabas hambriento”, le recuerda. “El desayuno espera por ustedes dos, así que…”  y le hace una seña en dirección a la cocina.

Durante el siguiente cuarto de hora Alec no se ocupa de otra cosa que no sea zamparse todo el huevo y tocino del que es capaz. Sam apenas ha tocado su propio sándwich y su café se enfría en el tazón mientras la preocupación se apodera de su rostro. Ese que tiene al frente sigue siendo su hermano, el mismo semblante, los mismos gestos y sin embargo, hay algo en él que se le hace ajeno. Desearía poder introducirse dentro de esa perturbada cabeza para arreglar el problema, pero hace mucho que juró, a ese mismo hombre que ahora repasa el fondo del plato con un trozo de pan para no desperdiciar ni lo más mínimo de su desayuno, que no volvería a hacer tal cosa en su vida. Bobby, por su parte, de brazos cruzados en su silla, sólo se ha dedicado a observar en silencio, mesurando cada uno de los movimientos de quien está devorando sus provisiones. Alec, súbitamente, toma plena conciencia de ser el objeto de atención de los dos pares de ojos. Es algo realmente embarazoso. Con un movimiento deliberadamente lento, el ex transgénico aparta de sí los platos y encara a los dos hombres que lo tienen retenido allí.

“Bueno,” dice entrecruzando las manos sobre la mesa “¿Ahora qué?”

“Ahora, si lo deseas, puedes ir y echar un vistazo a todas esas cosas interesantes que encontraste en la sala”.

El tono condescendiente en la voz del hombre mayor no pasa desapercibido en sus oídos como tampoco la orden implícita en sus palabras de dejarlos solos para conversar en privado.

“¿En serio?”.

“En serio”.

Alec pasea su mirada de uno a otro, tratando de mantener un semblante neutro. Esto no puede ser tan bueno.

“De acuerdo, entonces”, aparta de un impulso la silla de la mesa para poder incorporarse, pensando en alcanzar la puerta de salida en el minuto en que los estantes lo oculten a la vista de los dos hombres.

“Alec” le habla Sam y Alec se detiene. “Prometiste darme unos días”.

Demonios. ¿El sujeto es psíquico o algo así?

Fuerza una sonrisa políticamente correcta antes de contestar.

“Por supuesto” y sale de la habitación.

Cuando Alec desaparece tras el umbral, Sam mueve las puertas correderas hasta dejar sólo el espacio suficiente para espiar los movimientos del hombre en la sala contigua.

“Demonios, Sam”, le espeta Bobby apenas voltea hacia él.

“Te lo advertí”.

“¿Qué tan fuerte azotó la cabeza esta vez?”

“Lo mismo me pregunté al principio pero comienzo a temer que se trate de algo más. ¡Si oyeras las cosas que me cuenta!”.

“¿Piensas que se trata de algún espíritu? ¿Qué está poseído?”

Sam niega con la cabeza.

“No. El tatuaje, ¿recuerdas? Debe ser algo más”.

Por un momento ambos guardan silencio.

“¿Esquizofrenia?”, sugiere Sam con la cabeza gacha y la mirada de reojo como si le avergonzara siquiera mencionar dicha posibilidad.

“Sam…” empieza su reproche el cazador.

“Piénsalo, Bobby. Después de todo lo que ha vivido ¿no sería razonable?”

“Entonces, lo mismo vale para ti”.

“Yo no alcancé a calentarme la punta de los pies antes de salir del agujero. ¡Dean pasó cuarenta años allí! Y luego lo mío, el fracaso con Lisa, sus problemas con el alcohol y si a eso le sumamos que nunca ha estado en las mejores condiciones mentales, no es extraño entonces que quiera cambiar de nombre e inventarse una historia que cree a pie juntillas”.

“Estamos hablando de tu hermano, Sam. El hombre que te crió desde que tenía cuatro años, hombre justo y servidor del cielo, no de cualquier otra persona”.

Sam cierra los ojos y deja escapar un suspiro cansado.

“Tienes razón. Olvídalo. Pensemos en otra cosa”.

Mientras tanto,  Alec ya se ha dado cuenta, tras asomarse a la ventana, que no será tan fácil evitar al par de jóvenes rottweiller que en algún momento, mientras él llenaba su estómago, el tal Bobby debe haber soltado en el patio. Ambos canes le miran como si él fuera la pieza mayor de una sesión de caza.

Así es que ha terminado abriendo libros y asomándose a sus páginas primero por distracción y ahora francamente interesado. Algunos están escritos en lenguas muertas hace varios siglos y, por lo poco que ha logrado descifrar, se refieren a cosas tan increíbles como brujas y hechizos, vampiros y hombres-lobo. No sólo eso. Algunos, más legibles, indican la manera de acabar con criaturas extrañas con balas de plata y cimitarras benditas. Otros, incluso, acompañan las explicaciones con diagramas detallados de cómo arrancarle el corazón a una Criatura de la Noche antes de enterrarlo en sal y prenderle fuego. De inmediato acude a su memoria la imagen del bolso lleno de armas en el cuarto del motel. Mierda. Se ha topado con unos asesinos rituales psicóticos. Se voltea a mirar las puertas entreabiertas que lo separan de los dos hombres en la cocina. Daría su brazo derecho y parte del izquierdo por saber qué están planeando esos dos hacer con él.

“Dean” y de repente un hombre con gabardina y aspecto descuidado está de pie a su lado.

“¡Wow!” Alec deja caer los libros con estrépito. “Amigo, ¿quieres provocarme un ataque cardiaco?”

Sam y Bobby llegan corriendo desde la cocina, abriendo de golpe las correderas,  al escuchar el estruendo.

“¡Castiel, espera!”

Pero Cas está muy ocupado invadiendo el espacio personal de Alec para darse por aludido ante el llamado de Sam.

“¿Dean?”, repite el ángel y antes de que el ex transgénico pueda responder con alguna bravata, el sujeto lo aferra firme de la barbilla inmovilizándolo para su inspección. Como nunca, Alec se siente intimidado por las maneras del sujeto y apenas logra ordenarle a su cuerpo mantenerse calmado mientras el otro lo mira directo y profundo a los ojos.

“Tú no eres Dean”

Alec bufa.

“¡Es lo que he estado diciendo!”

Sam se acerca entonces, despacio, el ceño fruncido por el desconcierto.

“¿Cómo dijiste?”

Con un movimiento seco, el ángel libera a Alec y camina hacia Sam.

“Él no es Dean” Castiel también está confundido. “Bueno, supongo que esto lo explica todo”, dice bajando la mirada, casi en un susurro, perdido en sus reflexiones. Sam lo trae de vuelta sacudiendo su brazo.

“¿De qué estás hablando?”

“Es la razón por la que vine. Hay una situación anómala gestándose y no puedo identificarla. Lo único que he podido sacar en conclusión es que la anomalía proviene de este punto”.

Los dos hombres y el ángel centran su mirada en Alec. Oh, oh, eso no es bueno. Sam avanza hacia él con una mirada tan amenazante como la del mentado Cas. Tanto que Alec no puede reconocer en él al tipo amable y preocupado de unos minutos atrás.

“¿Quién eres tú?”

Alec suelta un suspiro de cansancio.

“Una vez más: Me llamo Alec. Alec McDowell o si lo prefieres X5-494, designación número 331845739494”.

Sam lo estudia detenidamente, aturdido por la respuesta.

“Qué. Eres. Tú”

“Un transgénico. ¡Vamos, hombre!. ¡Tienes que haber escuchado acerca de nosotros!. ¿La revuelta de Jam Pony? ¿Terminal City? ¿Te suena algo?”

Sam guarda silencio por un momento.

“No sé de qué demonios me estás hablando. ¿Dónde está Dean?”

“No tengo idea. Ni siquiera lo conozco.

“¿De dónde has venido?”

“Vivo en Seattle y me gustaría mucho volver allá. Ahora. Gracias”.

“Quizás la pregunta correcta no es dónde,” todos se vuelven ahora hacia Castiel “sino cuándo”.

Tras algunos segundos Sam parece comprender y retorna su atención a Alec.

“¿Tu fecha de nacimiento?”

“¿Qué? ¿Me añadirás a tu agenda? ¡Qué tierno!”

“¡LA FECHA!”

“Cálmate, amigo. Cuida tu presión arterial. Nací el siete de mayo de 1999”.

Silencio. Sam y Bobby intercambian miradas.

“¿Qué?” Alec no comprende la reacción de ambos.

“Chico,” dice al fin Bobby. “Creo que no te gustará saberlo”.

 “Debo irme”, anuncia Castiel de sopetón.

“Pe…pero, ¡no puedes!” Sam no cree lo que oye. “¡Tienes que ayudarnos a remediar esto! ¡Tienes que traer de vuelta a Dean!”

El ángel niega con la cabeza.

“No puedo”, responde. “No todavía, al menos. En cuanto tenga noticias, volveré” y diciendo así desaparece en el aire con el sonido de un batir de alas ante el estupor de Alec.

“¿Dónde… dónde se fue?”¿Acaso el tipo era un transgénico de alguna serie que él no conocía? Pero Sam no está interesado en responderle su duda.

“Bobby, ¿qué vamos a hacer?”

“No lo sé, hijo. Supongo que tendremos que esperar”.

“¡No podemos! ¡No sabemos en qué situación pueda encontrarse Dean! ¡Tenemos que hacer algo!”

Alec mira el techo con impaciencia y deja escapar un resoplido

“¡De acuerdo, caballeros!”, los interrumpe. “Es suficiente. Me largo de aquí”.

Pero apenas hace el primer movimiento, Sam ya está frente a él sujetándolo del brazo y una vez más Alec maldice su inusitada debilidad.

“Tú no vas a ir a ninguna parte hasta que sepamos dónde está Dean”  sisea Sam.

“¡No sé dónde está Dean! ¡Apenas sé dónde estoy parado yo mismo!¡Busca tus respuestas por tu cuenta! ¡Yo tengo cosas importantes por hacer!” y entonces, sin saber cómo, acaba golpeando violentamente la espalda contra la pared. Las ampolletas de las lámparas explotan al unísono esparciendo vidrios en todas direcciones.

“¡Sam…!” Bobby habla y parece una advertencia. “No”

Alec mira, aturdido, a su alrededor. Sam está de pie, a dos metros de distancia. Imposible. Se incorpora con cuidado, sin quitarle la vista de encima a su atacante que mantiene los puños apretados y la respiración forzada, conteniéndose.

“Ustedes están jodidamente locos”, declara Alec.

“¡Cuida tu boca, chico!” lo regaña Bobby con firmeza. “No sabes de qué estás hablando”.

Sam cierra los ojos, con expresión de cansancio y se retira hacia una esquina, dándole la espalda.

“¿No?” con una mano el ex transgénico abarca los estantes en toda su extensión. “¿Qué hay en todos esos textos entonces? Sólo hablan de asuntos demoniacos, de muerte y ritos extraños”

Bobby deja escapar un suspiro de hastío.

“No es lo que tu piensas, muchacho”.

“Quizás me drogaron para reducirme a un simple ordinario”, sólo está divagando, él mismo lo sabe, pero quizás si consigue hacerles bajar la guardia lo suficiente, logrará salir de allí con vida. “¿Qué tienen pensado hacer conmigo?”

“Basta ya, Alec”, la voz de Sam, sosegada ahora, le llega desde un costado. El hombre tiene los hombros caídos como si soportara un gran peso en sus espaldas. Sostiene un periódico doblado en la mano. “Necesito traer a mi hermano de regreso. Necesito que te quedes” Se acerca a paso lento. Alec comprende que esta vez no quiere intimidarlo. Se detiene cuando están frente a frente. “Y tú necesitas quedarte”. Sam extiende el diario frente a sus ojos y el mundo se derrumba alrededor de Alec cuando lee la fecha en letras de serifa:

24 de septiembre 2014.

continuará…

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