Cuento: “El Levítico”

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Éste es de mis cuentos más antiguos y uno de mis favoritos.

Había leído el bendito párrafo la noche anterior mientras esperaba la revisión sanitaria habitual. Ahora las palabras regresaban a su memoria, justificando al pequeño grupo que, enfundado en trajes de goma y escafandras, dejaba los víveres y medicamentos a una distancia prudente.

Víctor se le acercó con paso cansino. Se detuvo a unos pocos pasos y desde atrás de la visera de plástico comenzó a recitar, tan claro como le era posible, las instrucciones que Miguel ya sabía de memoria. Él mismo las había pronunciado durante muchas temporadas ante niños, ancianos, hombres y mujeres, de la misma forma impersonal y ejecutiva con que lo hacía ahora su compañero, su amigo, su hermano. Sabía, por lo mismo, que no era una tarea fácil. Había que evitar mirar a los ojos de los condenados para no flaquear y mantener una actitud firme y llena de autoridad. Víctor estaba realizando su mejor esfuerzo.

Miguel lo escuchó en silencio sosteniendo en su mano el libro con las palabras proféticas en su interior. Al acabar el discurso, asintió con lentitud tratando de facilitarle las cosas a Víctor. Éste lo miró un instante y luego hizo el amago de regresar a su lugar en el grupo. Sin embargo, se detuvo a la mitad del movimiento, los ojos anclados en el suelo, hasta que fue capaz de voltear y enfrentarlo con genuino pesar.

– Lo siento- le dijo en un susurro apagado por el plástico de la escafandra.

Miguel ensayó una sonrisa.

– Yo también.

Permanecieron en silencio aún unos segundos, uno frente al otro, Víctor contemplándolo con dolorido afecto en reemplazo del abrazo fraterno que debió ser la despedida. Después, reluctante, se encaminó al grupo que lo esperaba y con ellos desapareció, a paso rápido, tras las pesadas puertas que se cerraron en cuanto el último hombre hubo atravesado su umbral.

Miguel se quedó solo en medio del valle estéril que lo rodeaba en el mismo lugar que le habían indicado esperar. Contempló hipnotizado la ciudad ahora vedada para él. Nada parecía estar vivo a su alrededor, excepto el viento que le azotaba el rostro. Recordó el libro en su mano y lo abrió en el pasaje que había marcado la noche anterior.

“El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

Cuando aparezca en la piel de una persona una hinchazón, una erupción o una mancha lustrosa que hacen previsible un caso de lepra, la persona será llevada al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos, los sacerdotes.

La persona afectada de lepra llevará la ropa desgarrada y los cabellos sueltos, se cubrirá hasta la boca e irá gritando: ¡Impuro! ¡Impuro!.

Será impuro mientras dure su afección. Por ser impuro vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento.”

Lev. 13, 1-2.45-46.

Cerró el libro. Nada había cambiado desde entonces salvo que ya no se llamaba lepra.

Levantó la cabeza y echó un vistazo a su alrededor. El desierto rojizo armonizaba muy bien con las manchas difusas en su piel. Una ocurrencia que le provocó una media sonrisa. Una mala ocurrencia.

Con lentitud recogió la mochila y las medicinas y se marchó.

 

FIN

Licencia de Creative Commons
El levítico by Marcela Ponce Trujillo is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

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  1. ¡Hola!
    Una pregunta, porqué conoces tanto de la biblia? Es interesante ver como cada quien tiene un tema recurrente, verdad?
    Interesante este cuento, el como las cosas son y punto, y aunque sean familia y se quieran, la ley es la ley. Dice mucho de esa sociedad ficticia.
    Pues ya terminé!
    Chau!

    • ¿Por qué conozco de la Biblia? Por dos razones: la primera, porque hace 20 años conocí a Jesucristo y la mejor manera de llegar a comprender su voluntad es su Palabra y la oración; y segundo, simplemente porque la leo regularmente y me inspira. Lo que dice la Palabra cuando habla del Pueblo de Dios no es otra cosa que nuestra propia vida, nuestra humanidad fallida pero con la opción de superarse: nos caemos, nos arrepentimos, nos acordamos de que hay un Dios que nos ama y luego lo olvidamos y abandonamos para regresar nuevamente. De hecho, este cuento fue inspirado en medio de la primera lectura en una misa porque reconocí que el hecho del que hablaba el párrafo, igual se da en nuestros días. Cambia la enfermedad, cambia el pueblo pero al final es lo mismo. Adolecemos de los mismos males físicos y sociales que ese pueblo. Pero entonces llega Jesucristo, toca a los leprosos, le habla a los discriminados y pone patas arriba todas las convenciones sociales. Es mi héroe.
      Gracias por darte el tiempo de leerme.
      Cariños.
      🙂

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