Fic: “Cuentas pendientes” 12/?

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público

12

Alec

Alec lo mira con sospecha desde el centro de la habitación mientras Sam cierra la puerta.

“No vas a usar esa cosa tuya en mí ¿verdad?”, se toma un momento para pensar en lo que acaba de decir. “Wow. Eso sonó sucio”.

Y Sam tiene que recordarse una vez más que ese, al que ha arrastrado fuera del estacionamiento del bar hasta el motel más lejano que ha podido encontrar, no es Dean sino Alec.

“¿Tendré que hacerlo?”, le devuelve la pregunta mientras deja caer los bolsos que lleva al hombro a los pies de la cama más cercana.

Alec permanece en silencio pero parece un animal acorralado, el cuerpo en tensión, el agotamiento visible en cada gesto. Sam va hacia la puerta y pone el seguro.

“Siéntate”, ordena.

“Estoy bien así, gracias”

“¡Siéntate!”

Alec obedece a regañadientes rengueando hacia la segunda cama.

Sam extrae de uno de los bolsos el botiquín de primeros auxilios y al levantar la vista hacia Alec, que ya está instalado en el borde de la cama, se da cuenta por primera vez de su apariencia.

“¿Qué te hiciste?”

Porque tiene el cabello lacio y ropa nueva: pantalones más anchos de lo usual y sin agujeros, chaleco de cuello subido con cierre al centro, chaqueta corta de cuero. Alec se echa una mirada rápida a sí mismo.

“Amigo, a las damas no les gusta las piernas arqueadas y el cabello almidonado y nadie puede ir por la vida con la clase de ropas de tu hermano. No tienen estilo”.

Sam bufa.

“Dile eso a Dean”

Luego se inclina sobre Alec, dispuesto a ocuparse de sus lesiones, empezando por el muslo herido. Coge las tijeras y las acerca al borde inferior de la pierna del pantalón demasiado peligrosamente para el gusto del ex transgénico.

“Oye, qué estás…?” la respuesta llega de inmediato cuando Sam comienza a cortar. “¡No, no, no, no! ¡Maldición!”, pero el daño ya está hecho y el tajo deja al descubierto la herida. “¿Sabes cuánto me costó este pantalón?”

“Calma, traje conmigo las ropas de Dean que dejaste en casa de Bobby”.

“¿Qué parte de SIN ESTILO no entendiste?”

Sam se ríe de buena gana y a continuación se concentra en la lesión que debe atender.

Alec lo observa trabajar en silencio, siseando de vez en cuando al retirar Sam los remanentes de vidrio con una pinza. Sin embargo, el silencio nunca ha sido lo suyo.

“¿Sam?”

“¿Mh?”

“Eso que hiciste allá con el sujeto que me atacó… ¿cómo…? Quiero decir,… ¿qué eres tú?”

Sam, incómodo, se detiene un momento en su trabajo, la pinza agarrada a una porción de vidrio especialmente complicada.

“Un humano” responde al fin, su voz más profunda que de costumbre. “Sólo un humano”. El trozo de vidrio es extirpado por la pinza y Sam procede a colocar un apósito con desinfectante en la herida abierta. “Esto necesitará puntos”.

“¿Dean sabe?”, insiste Alec.

Sam da un respingo y levanta la cabeza, indignado.

“¡Por supuesto!”

La mirada que le dedica es pura rabia y quizás presiona la herida con más rudeza de la que debiera provocando mucho más que un siseo en Alec.

“¡Vamos!” lo azuza con sorna. “¡Esto es sólo un pequeño rasguño para un soldado perfecto genéticamente capacitado como tú!”.

Alec aprieta los labios y le devuelve su mirada de furia mientras entierra los dedos en la colcha. Y en ese momento Sam se da cuenta de lo desmedida que ha sido su reacción ante la sola insinuación de que Dean pudiera no saber de sus facultades.

Dean lo sabe ahora, por supuesto, pero hubo un tiempo en que Sam se ocultó de su hermano en la mentira, en la negación y luego en el desprecio y el espejismo del poder.

En el fondo, está conciente de que la interrogante ha clavado un aguijón en un área de su vida que aún no ha terminado de sanar. No puede culpar a Alec por preguntar y que aún duela.

Alza la vista hacia el herido y lo que ve es a su hermano escondido tras una máscara estoica mientras él le termina de cerrar la herida con un par de puntos. Puede advertir los muros alzándose a su alrededor y sabe que una vez que alcancen altura, ya nadie podrá traspasarlos. Lo sabe tan bien como conoce a Dean. Sam suspira y se mira los pies antes de intentar suavizar las cosas.

“Dean…”.

“¡Alec!”, estalla el ex transgénico, harto de todo, lanzando lo primero que encuentra al alcance de su mano – la botellita del desinfectante – contra la pared. En el cuerpo que ha quedado allá en el 2023 las terminales nerviosas, cuidadosamente diseñadas, hubieran evitado el sufrimiento y la humillación a la que se ve sometido ahora. Durante sus 24 años de vida ha recibido sin pestañear balazos, golpes y descargas eléctricas que habrían hecho llorar al más recio de los camioneros del bar. Ahora sólo puede apretar los dientes y aguantar el dolor que se difunde a lo largo de su extremidad y resistir la urgencia de golpear con todas sus fuerzas al hombre que lo tiene a su merced y que insiste en mantenerlo a su lado sólo porque el pellejo que porta es el de su hermano.

“Lo siento”, le dice Sam, y no es sólo por el yerro en su nombre, pero Alec mira hacia otro lado, realmente superado por el dolor, la frustración y el miedo que nunca confesará tener. “Está bien, Alec. Lo entiendo. Tómalo con calma”.

“¡No, no está bien!” replica, furioso, volviendo el rostro nuevamente hacia el cazador. “¡Y tú no entiendes nada! ¡Éste no es mi tiempo! ¡Éste no es mi lugar! ¡Éste no soy yo! ¡Quiero volver a mi hogar y no puedo hacerlo!”

Sam se toma un momento para pensar y dejar que el ex transgénico recupere la calma.

“Alec”, le dice con voz sosegada, “No soy tu enemigo. Yo, Bobby, Cas, todos estamos de tu parte”.

Porfiadamente, Alec desvia la mirada nuevamente hacia un costado evitando a Sam. El cazador respira profundo, va hacia el baño y regresa con un vaso lleno de agua. Se lo tiende a Alec junto con un par de analgésicos que extrae del botiquín.

“No, gracias”.

“No seas testarudo”.

“Dije que no”.

Sam se sienta frente a él en el borde de la otra cama.

“Créeme. Sé como duele, así que ¿podrías perdonarme por lo que dije antes y tomar la medicina?

“¿Qué tan infantil crees que soy?”, le replica de inmediato, el mismo tono cortante anterior. “Necesito estar despierto y alerta, es por eso. No me interesa lo que tú pienses de mí”.

Tan parecidos que es demasiado fácil olvidar que no es Dean.

“¿Alerta para qué? ¿Para escapar de nuevo?”

“Tal vez”.

Sam deja el vaso en el suelo y las pastillas sobre la cama.

“Alec, no debes intentar cambiar el presente”

“¿Qué?” y lo mira como si hubiese dicho la idiotez más grande del mundo.

“Es lo que ibas a hacer, ¿no es así? Pero no debes”.

“¿Por qué?”

“Porque es peligroso. Para todos nosotros. Debes dejar que los hechos fluyan sin intervenir”.

“¿Quién lo dice?”

“Castiel”.

Ante el nombre del ángel Alec parece reconsiderar por un momento sus planes. El tipo realmente le merece respeto. Pero, finalmente, niega con un lento movimiento de su cabeza.

“No puedo hacer eso”.

“Alec…”

“¡Tú no entiendes!

“¡Entonces, ilumíname!”

“Tu único interés en todo esto se llama Dean. Mi preocupación es por mi familia, la que a ti te importa un comino. Tengo que tratar de encontrarlos en esta época. Necesito… Necesito saber”.

“¿Qué cosa?”

“Si Max… si ella… si todos ellos… ¡demonios! ¡Si es que yo siquiera existo!”

Sam frunce el ceño, confundido.

“¿Por qué no habría de ser así?”

“Porque todo está mal”.

“Sí, eso ya lo sabemos”.

“¡No! Quiero decir, muy mal. En el 2009, terroristas crearon el Pulso, un ataque electromagnético a los Estados Unidos que dejó al país en el caos, sin computadores, sn tarjetas de crédito, la economía se vino abajo, se estableció la ley marcial… pasamos a ser parte del tercer mundo. Dijiste que éste es el 2014. Nada como eso ha sucedido aquí todavía. Si este presente ha cambiado, ¿qué más puede haberlo hecho? Quizás yo ni siquiera nací. Necesito saberlo”.

Sam lo mira por un instante con ojos muy grandes por lo alarmante de la información. Luego saca el teléfono de su bolsillo y marca.

“¿A quién llamas?”

“Castiel”

Alec arquea las cejas en sorpresa.

“¿Llamas a un ángel por celular?”

“¿Cas? Tenemos un problema”.

Al instante, el ángel se materializa frente a ellos, celular en mano, sobresaltando a ambos hombres.

“¿Qué clase de problema?”,

“Amigo, nunca me acostumbraré a eso”, reclama Alec tendiéndose en la cama con cuidado para aliviar el dolor de su pierna. A Sam no deja de asombrarle la capacidad de este personaje y la de su hermano para saltar de la más absoluta desesperación a los comentarios más banales. Se vuelve hacia el ángel.

“Cas, los hechos de este presente no calzan con los del futuro de Alec”, le informa rápidamente.

El ángel, con rostro imperturbable, clava sus ojos en el ex transgénico y se le acerca hasta topar el borde de la cama. Alec no puede evitar estremecerse ante su presencia y la intensidad de su mirada que permanece sobre él por largos segundos. Casi podría decir que le está escudriñando el alma.

“Ya veo”, dice al fin el ángel con el aire de un médico que acaba de dar con un diagnóstico. Cuando habla, se dirige a Sam. “Tendrán que reparar la línea de tiempo”.

Sam frunce el ceño.

“Espera. ¿Qué?”

Pero el ángel no le responde sino que retorna su atención hacia el hombre en la cama.

“Pero no debes detener a Manticore”, Alec abre la boca para protestar pero antes de que pueda hacerlo, Castiel vuelve a hablar. “He visto en tu mente y en tu alma. Sé lo que sientes hacia la gente que te educó dentro de ese lugar; puedo ver la pena, puedo ver tu enojo, todo”. Castiel le habla con tanta cercanía, en un tono tan compasivo (como pocas veces le ha escuchado Sam) que por un momento Alec se siente al fin reconfortado y comprendido e imposibilitado de romper el vínculo visual con el ángel. “No fue justo. No era el deseo de mi Padre que sucediera de esa manera… pero tenía, y tiene, que ser así”.

El encanto se rompe de inmediato ante las últimas palabras del ángel. Alec ríe sin alegría mientras siente que la rabia vuelve a cobrar vida desde lo profundo de sus entrañas.

“No puedes estar hablando en serio. Acabas de decir que debemos reparar lo que está mal. Bueno, para mí, ¡Manticore ESTÁ MAL!”.

“La existencia de Manticore es la única cosa que evitará que los Familiares se apoderen del planeta. Si lo haces caer, las bajas serán innumerables”.

El desconcierto se pinta en el rostro del ex transgénico.

“¿Qué sabes tú acerca de los Familiares?”

“Ellos ya se encuentran aquí, en este tiempo. Y saben de ti”.

Alec saca cuentas rápido.

“¿El policía?”

“Sí”

“Espera un minuto”, interviene Sam. “El policía era un demonio”.

“Invocado por los Familiares”.

“¿Quiénes son ellos?”

“Un estúpido grupo de personas que están tratando de eliminarnos a nosotros, los transgénicos. Adoran serpientes o algo así” explica Alec haciendo un gesto vago de desprecio con su mano.

“Buscan la perfección”, agrega Castiel, “Suprimen a los débiles y preservan a los fuertes. Él y su gente” y señala a Alec, “fueron creados por Sandeman para proteger a la humanidad de las acciones de este grupo”.

Mirada de puzzle de Sam.

“¿Quién es Sandeman?”

“Sandeman, el profeta”.

Y ahora es Alec quien está confundido.

“¿Qué?”

“Sandeman, el profeta”, repite Cas.

“Estás equivocado”, ríe Alec. “Era científico genetista, amigo”.

“Es un profeta”.

La expresión de Alec cambia de inmediato ante la conjugación en tiempo presente.

“Está vivo, entonces”

“Sí, lo está”.

Sam comprende a dónde va su pensamiento.

“¡No, no! Alec, ¿no escuchaste a Cas? Si tratas de hacer cualquier cosa fuera del libreto, el mundo se acaba”.

“¡Ya estamos fuera del libreto, Sam!”

“Tienes razón”, le concede Cas, “Es por eso que tienes que reparar todo lo que está errado en este tiempo comparado con tu futuro”.

Alec mira al ángel un instante intentando buscar más argumentos a favor de su causa.

“Ni siquiera sé qué más está equivocado”.

“Averígualo”.

Lo único que puede pensar Alec en ese momento es que toda la situación es asquerosamente injusta. Para él, para sus pares. Tiene la oportunidad de cambiar sus destinos en la mano ¿y tiene que renunciar a ello por la palabra de un ángel? Como un flash vienen a su mente con violencia los momentos vividos en psy op, el número de niños que vio morir ante sus ojos en los entrenamientos, aquellos que fueron derivados a la eutanasia al ser catalogados como defectuosos, la soledad, el terror…

“¿Alec?”

“No saben lo que me están pidiendo”, musita. “Podría eliminar Manticore. Los niños serían libres”. Busca la mirada de Sam. “Si tuvieras la oportunidad de enmendar los errores del pasado ¿no lo harías?”

Ese es un golpe bajo para el cazador.

“Créeme. Quisiera cambiar muchas cosas en mi vida, pero no si el hacerlo significa dañar a otros”.

El bien propio y el de los suyos o el del mundo entero. No es justo. Alec desvía la mirada, la boca prieta en un gesto de testarudez. La voz de Sam le llega desde muy lejos.

“Sabes que es lo correcto”

Su rostro ha vuelto a ser una máscara inescrutable cuando lo alza hacia el cazador.

“Sí, lo correcto”.

Pero no lo justo.

Capítulo 13.

»

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