Fic: “Otra clase de ángel” 8/?

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Título: “Otra clase de ángel”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: Todo público
Sumario: Dean aún no lo ha visto (ni lo ha vivido) todo.

Capítulo 8.

Dean, sentado a un costado del sofá donde han puesto a Castiel y fruncido el ceño, observa con atención el rostro inconsciente del ángel. Lo encontraron entre los matorrales, con ayuda del olfato de Rumsfield, después de dar vueltas y vueltas a un costado de la carretera durante una hora que se hizo eterna. El ángel tenía la vista fija en el oscuro cielo pero respiraba. Fue mientras intentaban llevarlo al interior del Impala cuando sus ojos se cerraron y desde entonces no los ha vuelto a abrir.

Bobby se sienta quietamente al lado de Dean.

“No había otra solución. Sabes eso, ¿verdad? No es tu culpa”.

“Sí”, murmura, claramente irónico. “Claro”. Acomoda una compresa helada en la frente del ángel. “Está ardiendo”. Le han retirado el impermeable y la corbata. Si su temperatura sigue en aumento, Dean se va a ver enfrentado a la necesidad de retirarle más vestimenta. Por el momento, las compresas heladas es lo único que tienen.

Han buscado refugio en una casa abandonada porque no es sensato exponer a civiles en su guerra personal rentando una habitación de motel. Milagrosamente, el refrigerador funcionaba y tenía hielo, como si los hubiese estado esperando. Al menos el sino de los Winchester (si algo ha de salir mal, entonces saldrá peor) no los ha alcanzado allí. Aún.

El cazador se pasa la mano por el rostro, abrumado.

“¿Qué fue eso?”, se dirige a Bobby sin apartar la vista del ahora indefenso ángel. “Quiero decir, no eran demonios ordinarios allá en la casa. Era algo más poderoso”. Se vuelve hacia el otro hombre. “Me refiero a que ¡había hierro bendecido y sal en las paredes!”

“Quisiera poder responder a eso, hijo”. Abre las manos vacías. “Pero ahora, sin mis libros, sin tu laptop…No sé qué más hacer”.

“Quizás deberíamos echarle otra mirada a esa carpeta”.

“¿Crees que encontraremos algo nuevo? Lo dudo”.

“Al menos, estaremos haciendo algo más que sólo mirarnos las caras”.

Vuelve a comprobar la temperatura del ángel antes de ponerse de pie e ir por su bolso de donde extrae la carpeta. Castiel había sido sumamente detallista. Si no hubiera estado tan debilitado, de seguro habría trasladado también la biblioteca.

“Algo está protegiendo a Angie”, reflexiona el cazador mientras regresa a su asiento al lado de Bobby. “Uno de los cuartos en Milton House tenía símbolos de protección. Apuesto que le pertenecía a ella”.

“¿Pero quién?”

Nuevamente vuelven a la memoria del cazador los acontecimientos de la primera noche en casa de Bobby, los demonios colgando en ganchos invisibles, la figura alta avanzando entre el polvo y la oscuridad.

“No lo sé”, responde porque no es capaz de pronunciar la alternativa. Después de todo, son los recuerdos de un moribundo y podría haber estado delirando. “¿Los ángeles? ¿Quizás es una nefilim?”

“Bueno, a lo primero, te recuerdo que habían sellos contra ángeles durante el ataque a mi casa. Así que, diría que no, no son ángeles. Acerca de lo segundo, hablé con Castiel antes. Él dijo que no era posible. La gente, allá arriba, conoce la cantidad de nefilim en la Tierra porque existe un libro donde sus nombres son inscritos automáticamente tan pronto se produce un nacimiento. El nombre de Angie, o Mary Grace, no está ahí”.

“¿Tienen un libro?” se sorprende. “Pues, ¿cuántos nefilim andan dando vueltas alrededor del mundo?”

Bobby se encoge de hombros.

“Preferiría no pensar en las cosas que los ángeles hacen en su tiempo libre”.

“Como sea,” continúa Dean. “alguien tuvo que dibujar esos símbolos en las paredes  y no creo que haya sido Angie”.

Dean abre la carpeta y repasa las páginas con lentitud, deteniéndose en las entrevistas realizadas a los empleados de la Milton House en relación al incendio. Hay apenas dos nombres allí: Winston Palladius, quien se encargaba de mantener las instalaciones en buen estado y quien declara que todo funcionaba perfectamente al momento del siniestro (claro, como si fuera a decir si es que había fallado en su trabajo), y la señora Sharon Bennet, la cocinera.

“¿Dean…?”

“¿Mh?”

“¿Recuerdas ese niño… Jesse?”

El cazador niega sin levantar la vista de la carpeta.

“No es eso”

“Pero…”

“Es gracia lo que hay adentro de ella, Bobby”. Levanta la mano y mueve dos dedos alternativamente. “Gracia y maldad no funcionan juntas”.

El viejo cazador suspira desalentado.

“Entonces, nuestra única pista sigue siendo Angie”.

Ambos hombres dirigen su mirada hacia la niña que duerme profundamente, abrazada a Iosephus sobre el colchón más decente que pudieron encontrar en la casa.

“Sí, así es. Y no es que ella sepa mucho tampoco”.

Y el cazador vuelve a concentrarse en la página donde la frase “cosas raras que ocurrían en la casa” en la transcripción del señor Palladius ha captado su interés.

Ella no recuerda mucho de su vida anterior al incendio, sólo sabe que se llama Angie, que debe escapar y que Dean puede protegerla porque es un Servidor del Cielo, un Guerrero. Ella no sabe por qué sabe eso.

No recuerda mucho pero tiene la certeza de que no era un lugar feliz la Milton House. Sin embargo, a ella nunca la tocaron, nunca pasó hambre y era a la única niña que de noche la pareja vigilaba su sueño. Tenía su propio cuarto en el altillo. Por eso el resto de los niños la odiaba. Sus rostros se pierden nublados en su memoria pero tiene muy presente el enojo contra ella. Se les impregnaba en la piel y era como un hedor que llevaban encima siempre.

Su cuarto tenía símbolos extraños pintados en puertas y paredes en vez de coloridas figuras infantiles. Eran color rojo sangre y marcados con brochazos descuidados, hechos con prisa.

Rojo sangre.

No recuerda mucho pero una vez vio a la mujer, la cuidadora, con su brazo descubierto y sangre roja brotando de la herida que se acababa de hacer. Entonces la memoria cambia de rumbo, la mujer aparta su atención de la pared y se voltea a verla a ella que está en su cama, en su cuarto protegido, en su pequeña jaula de oro. “El sello”, le dice y las marcas ya no son rojo sangre sino blancas y resplandecen aún cuando es de día y la luz del sol se cuela entre los visillos color té de la ventana. “El sello”, le repite y le indica el signo que cambia de forma por sí solo y se complica con nuevos trazos. “El sello” dice ella desde su cama, sentada como una alumna frente a su maestra.

Atacaron el hogar. Comenzó un incendio y ella, de alguna manera, logró escapar, no supo cómo. De pronto está bajo la lluvia, caminando descalza y en camisón en medio del bosque y, al parecer, muy, muy lejos. Dean le abre la puerta de la cabaña antes de que su pequeña mano alcance a tocar la madera y dirige su mirada hacia ella desde su altura, con sus ojos verdes y una sonrisa sosegada, la inmensidad de sus alas llenando la habitación a sus espaldas. “El sello”, le dice ella y despierta alzándose en el colchón a toda prisa, tropezando con las mantas, haciendo bufar al gato al aplastarlo en su torpe carrera. La voz de su papá llamándola es apenas un murmullo sordo en sus oídos. Alcanza la puerta y corre hacia el frente de la casa, allí donde comienza la cerca, donde se deja caer de rodillas, raspándoselas contra el suelo en la urgencia. El sello, el sello, el sello… y sus manos se mueven con voluntad propia, arrancando pasto, quemando la tierra con fuego que surge de sus pequeños dedos hasta formar la figura aparecida en su sueño. Se incorpora y corre hacia el lado opuesto de la casa donde repite la acción. Con desesperación se deshace del agarre de su padre que intenta detenerla. Corre y dibuja hasta completar cuatro en total, una por cada punto cardinal. Apenas ha terminado de hacer el último trazo y luego de poner su mano sobre él, (lo que provoca un sordo sonido en el suelo y un breve destello blanquecino) Angie se desploma.

Dean está allí para tomarla entre sus brazos con todo cuidado, temeroso de hacerle daño.

“Estoy cansada, papito”, murmura la niña.

Bobby está de pie, observando, el semblante preocupado.

“¿Eran esos?”, pregunta señalando el dibujo.

Dean niega en silencio sentado en el suelo con Angie en sus brazos, la vista fija en el extraño e intrincado símbolo que ha dibujado la niña.

Entonces ambos cazadores lo escuchan. Un chillido agudo y extenso que les pone los pelos de punta.

“¿Qué es eso?”

Bobby escudriña en la oscuridad. No ve nada. Pero apostaría a que sabe qué es.

“De pie, Dean. ¡Rápido!”

El cazador está aún a medio incorporarse cuando un engendro con alas se lanza contra él y la niña.

“¡Dean!”, grita espantado Bobby.

El cazador, en una rápida reacción, le da la espalda a la criatura protegiendo a Angie, lánguida en sus brazos aún. Pero en vez de sentir garras y dientes hundiéndose en  su cuerpo, sólo oye un fuerte golpe y un crujir de huesos. El bicho se ha estrellado contra un algo invisible existente sobre la casa. Pronto, la impalpable cúpula se llena de alas negras y cabezas deformes, ojos que miran ávidos hacia Angie. Dean no atina a moverse y lo mismo le pasa a Bobby unos pasos más atrás. El sello está brillando y Dean se pregunta cuán efectivo será, cuánto tiempo podrá mantenerlos a salvo porque los bichos están poniendo mucho empeño en alcanzarlos. La noche se llena de sus chillidos espantosos.

Y entonces, súbitamente, tal como empezó, todo cesa. Los bichos se apartan de la invisible barrera y se mantienen unos segundos en el aire, en silencio, y luego caen al suelo con el estrépito de sus cuerpos malformados, levantando polvareda a su alrededor, para después desaparecer como si nunca hubiesen existido.

A lo lejos, se divisa una silueta alta, muy alta, que camina a paso calmo hacia la casa, el brazo en alto descendiendo lentamente. Esta vez, Dean no delira por la hemorragia interna y la falta de oxígeno en sus pulmones. Esta vez, Bobby está presente para ratificar lo que ven sus ojos. Esta vez, está seguro de que no se engaña.

“¿Sam?”

Capítulo 9.

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