Fic: “Cuentas pendientes” 16/?

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

16

Alec.

Están sobre una loma, ocultos entre los árboles, el auto aparcado a un lado del camino, a buen resguardo. Desde allí los muros de la base de Manticore en Gillete, o Instituto Manticore para Niños Dotados, se aprecian con facilidad.

“Bueno, ya estamos aquí”. Alec levanta un brazo para señalarles lo obvio a Sam y Castiel y al instante siguiente el ángel ha desaparecido. “Es un tipo un poco perturbador, ¿no?”

Sam sonríe.

“Parece rudo, pero en realidad nos aprecia”.

“Si tú lo dices…”

“No, en serio. Se lleva muy bien con Dean. Dale tiempo. No veo por qué no habría de congeniar contigo también”.

“¿Castiel es amigo de Dean?”

Sam resopla, divertido.

“No sé si se pueda decir que es su amigo en la forma que entendemos el concepto”.

Alec le dedica una mirada llena de suspicacia a la que Sam corresponde con un rodar de ojos.

“¡No ESA clase de amigo tampoco!”.

“¡Entonces, explícate!”

“Bueno…”, el cazador reflexiona un momento y sonríe con nostalgia. “Algunas veces despierto en la noche y Castiel está allí, al lado de la cama de Dean, vigilando su sueño (Y sí, ¡eso es realmente inquietante!). Pero Cas lo hace a causa de las pesadillas de Dean. Usa su mojo para calmarlo. Otras veces, cuando mi hermano se va en insomnio, ellos conversan por horas ya sea en el porche de la casa de Bobby o en la entrada de la habitación de motel de turno.

“¿Acerca de qué?”

Sam se encoge de hombros.

“Acerca de… todo y nada”.

Y de repente tiene delante suyo la imagen de ambos, de noche, a través de la ventana desde donde él los espía, ambos sentados a la intemperie, Dean bebiendo una cerveza y Castiel sosteniendo la suya en la mano sin beberla nunca, el cazador dándole gratuitos consejos al ángel sobre cómo manejar las cosas en el cielo y Cas escuchándolo, a veces con los ojos muy abiertos ante las guarradas que el otro dice o con el ceño fruncido por la atención que le brinda a sus palabras. Y se da cuenta, en un segundo, que su hermano, antes de Castiel, nunca había tenido esa clase de relación con nadie fuera de él, su hermano (y aún así con ciertos límites), alguien que le escuchara sin juzgarlo, que le respetara y lo admirara, que lo liberara del infierno, literal y figuradamente, un verdadero amigo.

“Se cuidan el uno al otro. Así que… Sí. Son amigos. Buenos amigos”.

Alec sopesa la respuesta por un instante mientras vigila con ojo crítico a Sam que permanece aún perdido en sus recuerdos.

“¿Por qué Dean tiene pesadillas?”

“¿Por qué eres tan entrometido?

“Mmm… ¿porque soy mitad gato?”

“No lo eres ahora”.

“Como sea”.

Un revuelo alrededor de ambos hombres anuncia que Castiel ha regresado.

“Hay demasiada vigilancia”

“Yo podría haberte dicho eso”, reclama Alec.

“Entonces tenemos que idear un plan para entr…”, comienza Sam pero al segundo siguiente están los tres al otro lado de la muralla, en la zona posterior del complejo, frente a la entrada de los niveles inferiores.

“¡Hombre!”, se queja otra vez Alec. “¿Por qué viajamos todo el día si podías hacer esto?”

Cas le dedica esa mirada con la que hace mucho no mira a Dean y que Sam reconoce como esa que dice: Soy un ángel del Señor y me debes respeto.

“¿Te diriges a mí?”

Alec levanta las manos en señal que no desea discutir el punto.

“Yo solo decía”. Detesta cómo le hace sentir el dichoso bicho celestial. Odia cómo el cabello en la base de su nuca se eriza ante su mirada escrutadora y se convierte en un frío que le recorre la espina. Es un atentado contra toda la autoconfianza y estoicismo con que se ha cubierto desde que supo cómo engañar a sus superiores tragándose su propia mierda para aparentar ser un dócil monigote asesino. El ángel lo observa fijo hasta que finalmente parece darse por satisfecho de su intimidación.

“Entonces, avancemos”, dice y se pone en camino dándole, a propósito, un empellón en el hombro al extransgénico al pasar junto a él.

Alec voltea hacia Sam antes de seguirle los pasos a Cas.

“¿Y tú piensas que eso no es perturbador?”

La puerta se abre ante el ángel mostrando escaleras descendentes que se pierden en la oscuridad. Cas avanza sin dudar,  los dos hombres atrás suyo.

“¿Hacia dónde vamos?”, pregunta Sam intentando distinguir alguna señal aclaratoria en las paredes húmedas y mal iluminadas.

“Al infierno”, le responde Alec, cortante, sin apartar su atención del camino que llevan. Sam observa en la semioscuridad sus puños crispados asomándose por debajo de las mangas de la chaqueta.

Recorren pasillo tras pasillo sin que alguien demuestre percatarse de su presencia. Los guardias pasan a su lado como si los tres no existieran, las puertas se abren sin necesidad de los códigos de entrada hasta que el ángel se detiene en el entronque con la siguiente sección.

“¿Qué sucede?”, pregunta Sam, algo inquieto por la interrupción.

La mirada del ángel examina las murallas hacia arriba y abajo con esmero.

“No puedo entrar allí”, declara finalmente, apartándose de ellas.

“¿Algo anda mal, Cas?”

“Sellos”

“Maldición”

“Esperen un momento”. Alec los mira a uno y a otro, sin comprender. “Yo no estaba presente cuando la materia fue tratada en clase, así que ¿de qué están hablando?”

“Hay sellos contra ángeles allí”

Alec sigue la dirección en que señala el ángel sobre  la muralla.

“¿Estás borracho o qué? ¡No hay nada!”

“Es en el plano espiritual, Alec”, Sam completa la explicación, “Nosotros no podemos verlos pero ángeles y demonios sí. Espíritus humanos fuera del cuerpo también. Dean y yo los vimos una vez cuando hicimos un viaje astral para resolver un caso”.

“¿Hicieron qué?”

“No importa en este momento, Alec”, interviene el ángel abandonando su interés por la muralla y centrándolo en el ex transgénico. “Puedo abrir esa puerta para ustedes, pero no podré cruzarla. Así que tú y Sam tendrán que continuar solos o abandonar”

Repentinamente todo el optimismo exhibido en la cafetería es drenado del espíritu de Alec. Entrar sin el poderoso respaldo con el que había contado no es algo menor. No es que no se haya visto obligado a hacerlo en el pasado, pero entonces contaba con sus facultades genéticamente mejoradas y ahora no tiene nada.

“Vaya ayuda” le reprocha al ángel. Avanza hacia la puerta y voltea a verlo con gesto demandante en el rostro. “Ábrela, entonces”. La puerta se abre ante un movimiento de la mano de Castiel. “Vamos, Sam. Hagamos esto”. El cazador le alcanza y la puerta cierra a sus espaldas dejándolos a su propio recaudo.

Delante de ellos se extiende otro pasillo, esta vez con celdas dispuestas a cada lado de cuyo interior surgen sonidos lastimeros e inidentificables. Alec se está un segundo allí, la puerta cerrada a su espalda, figurándose la disposición del plano de esa sección mientras Sam lo observa, y a todo alrededor, con evidente nerviosismo.

“Alec…”, lo apura.

“De acuerdo. Vamos”.

Pero en realidad, no está del todo listo. Por las ventanillas enrejadas asoman a su paso caras que en buen número él conoce, rostros que en alguna ocasión le vieron pasar por allí, condenado. De pronto el aire se hace muy delgado para alimentar sus pulmones y la distancia entre las paredes, muy pequeña. Por un momento piensa en Ben y en Max y en que si hubiese estado en los zapatos de su gemelo, también habría suplicado que le asesinaran antes de ingresar de por vida a uno de esos cubículos.

“¿Recuerdas bien todo esto?”, le llega la voz de Sam desde atrás en un susurro.

“Es un poco difícil olvidarlo”

“¿Qué es?”

“El vertedero de Manticore” y esta vez jadea casi imperceptiblemente al final de la frase, pero no lo suficiente como para que no lo note Sam. Al instante siguiente, el gigantón se ha colocado a su lado y lo mira con preocupación.

“¿Estás bien?”

Y Alec quisiera decir que sí, tal vez echar una broma, pero no puede. Está siendo ridículamente afectado por la situación. El pasillo se despliega ahora en varias direcciones y una de ellas tiene como punto final la sala de psy-op. Alec se congela. No cuenta con su oído superdotado pero puede jurar que allí adentro hay un transgénico intentando sin éxito no gritar ante la intrusión en su cerebro.

“¿Alec?”

Tarda más de lo que hubiera deseado en reaccionar, en regularizar su respiración (la que no se había dado cuenta que estaba reteniendo), en regresar sus pensamientos al rincón oscuro de su mente donde estaban confinados.

“Por aquí”, dice al fin, sin contestar la pregunta, indicando en otra dirección que los lleva a las escaleras hacia el nivel superior, lejos de los desechados, los estropeados.

Le señala en silencio la ubicación de cada cámara de vigilancia y luego el camino a seguir entre los puntos ciegos. Sam va tras él, imitándolo, esperando el movimiento de cada cámara para trasladarse entre cada punto. A mitad de la siguiente sección, pasos fuertes les alertan de que la guardia se aproxima y se ven obligados a buscar refugio en uno de los laboratorios. A través del vidrio esmerilado, se ve pasar la figura de un solo guardia a paso relajado. Extraño. Alec abre apenas la puerta intentando evitar cualquier sonido delator para espiar al hombre. La disciplina en Manticore solía ser estricta en cuanto a las rondas y este soldado… está fumando. El hombre voltea a medias mientras enciende su cigarro y entonces, por un minuto, Alec es capaz de verle el rostro.

“¿Qué demonios…?” se le escapa.

Sam se encuentra en el lado opuesto de la puerta, sin acceso a lo que observa Alec.

“¿Qué pasa?”, susurra.

Alec frunce el ceño mientras sigue los movimientos del sujeto por la abertura.

“Ese hombre debería estar muerto”

Y es que estaba seguro de que el soldado había recibido un disparo directo al corazón realizado por uno de los miembros de la unidad de Max, poco antes de la fuga. El rumor de lo ocurrido había corrido por toda la base y la disciplina a partir de entonces se había endurecido al extremo para evitar cualquier nuevo asomo de sublevación. Por supuesto el autor del disparo no sobrevivió al guardia. Y sin embargo, ahora el hombre estaba allí cumpliendo la misma labor para la que había sido asignado el día de su muerte.

“Se va”, anuncia Alec cuando lo ve desaparecer por el otro extremo del pasillo. “Continuemos”.

El avance es más lento de lo que esperaban debido a las cámaras. Finalmente, Alec abre la puerta de un salón lleno de mesas largas y, con una seña de su mano, invita a entrar a Sam. Al final del salón, hay estufas, ollas y todo lo necesario para preparar comida.

“¿La cocina? ¿Por qué estamos en la cocina?”

“Por eso”, le contesta Alec indicando hacia el ducto de ventilación en lo alto al tiempo que comienza a encaramarse en una de las mesas para alcanzarlo.

“¿Sabes?”, le advierte Sam mientras Alec se deshace de la tapadera. “Ya no tienes quince años”.

El otro, de un solo impulso, se alza hacia el conducto, que es lo suficientemente amplio para darle cabida con comodidad, y desde allí lo mira.

“Pero tengo buenos genes”

Sam le sigue, pero su gran estatura, que la mayoría de las veces es una ventaja, esta vez le juega en contra y lo obliga a hacer varios intentos antes de lograr reunirse con Alec.

“¿Sabes?”, le dice éste, una sonrisa ladina en el rostro. “Puedo ayudarte si lo deseas”.

“Cállate, Alec”.

Se arrastran por el conducto a cuatro manos, Alec intentando no forzar demasiado su muslo herido. Cada cierto tramo, aparecen las rejillas que dan hacia las múltiples dependencias de la base. Alec se detiene frente a una de ellas. Es el dormitorio de una Unidad. No recuerda con claridad de cual se trata. Podría ser la suya, o la de Max, pero a final de cuentas da lo mismo. De todas maneras lo que hay en las camas allí abajo son niños asustados y condicionados, torturados por un sistema de vida que nadie se merece pero para el cual fueron diseñados. Dios, piensa y deja caer su cabeza entre los hombros, no se supone que esto le afectara tanto.

“¿Alec…?”

“Estoy bien”, le contesta antes de que pueda agregar algo más y se obliga a enfocarse en la razón por la cual se encuentran allí. “Estamos cerca”.

Así es, la sala que busca Alec es pequeña pero tiene un computador y una cámara deshabilitada. Lo primero que hace al bajar del conducto es echarle seguro a la puerta. Luego se instala frente al computador el que es necesario conectar al sistema eléctrico y luego a la red, tarea que para cuando Sam ha terminado de bajar a su vez y de echar un vistazo al lugar, Alec ya ha completado en gran parte. El cazador se asoma por sobre el hombro del otro y puede verle accionar el teclado como si llevara décadas trabajando con el aparato. En pantalla aparece el recuadro de contraseña para todo el sistema. Alec tarda apenas unos segundos en conseguir acceso.

“¿Cómo… cómo lo hiciste tan rápido?”, porque no puede evitar hacer la comparación con Dean que, sin ser torpe en la materia, nunca ha tenido la paciencia para resolver tales problemas informáticos.

“Oh, no es nada”, contesta el otro a propósito pedante. “Hice lo mismo para hurtar mi expediente”

“¿Hurtaste tu expediente?”

“Por supuesto, tenía que saber qué pensaban de mí los grandes”. Recordaba claramente la razón para hacerlo. Estuvo días confinado en el pabellón de los condenados, como le llamaban a la celda donde los defectuosos esperaban la orden para eutanasia, no una sino tres veces y sin embargo, de una manera poco usual, Manticore se había retractado de sus funestas intenciones para con él. Por supuesto que necesitaba saber por qué. Y para eso había aprovechado sus escapadas nocturnas en las cuales vagaba por la base, utilizando los mismos conductos de ventilación que han recorrido ahora, para escapar de la férrea disciplina a la que se veía sometido durante el día. Max le ha contado que Ben hacía algo similar cuando escapaba al techo a rendirle culto a la Señora de Azul que tanto le obsesionaba, así que quizás es una cuestión de genética. Se pregunta si Dean habría hecho lo mismo.

Los datos corren rápidamente por la pantalla según el parámetro indicado por Alec, hasta que se detienen en el requerimiento que ha hecho el ex transgénico.

“Bingo”

Allí, frente a sus ojos, se encuentra la nómina completa de X5s residentes en Gilette.

“Por favor, dime que trajiste algo donde guardar esto”, le dice a Sam mientras sigue manipulando las teclas y abriendo ventanas con suma habilidad. “No puedo confiar en mi memoria ahora”.

Sam le entrega un pendrive que Alec conecta al aparato y hacia donde dirige toda la información. Abre otra ventana y teclea su nombre. De inmediato se abre su expediente. No es algo en que se haya detenido antes a pensar, pero dadas las circunstancias, tal vez sería bueno indagar un poco.

Concebido: 10.8. 1998 – 08:25
(Genetista Dr. Henry Winer)
Locación: Labs Vivadyne

Donador esperma #1469-299

Donador óvulo #456-2-34-00

Madre suplente #23

Ingeniería genética realizada con fecha 10.8. 1998 – 13:45

Tipo sanguíneo O-negativo (Donador Universal)

Gemelos realizados con fecha 14.8.1998

Fecha de nacimiento 7.5.1999 (Labs Vivadyne)

 

Hace click en el número del donador de esperma y el computador le responde cerrándole el paso con un sonoro bip.

“¿Qué sucede?”

“Es extraño”, dice ausente e intenta ir a la raíz del programa para acceder al permiso del expediente. Otro bip. “¡Oh, vamos!”. Un tercer intento y la misma respuesta.

“¿Qué haces?”

“Yo sólo…” empieza y no sabe por qué se siente un poco avergonzado de su intento, tal vez porque ninguno de sus pares (salvo Max, por supuesto, siempre Max) había nunca demostrado interés alguno en el tema. Deja escapar un suspiro. “Deseaba saber si estoy relacionado con Dean. Es decir, eso es seguro. Ahora sé cómo será mi vejez”, se señala el rostro. “Pero, ¿de qué manera? ¿Es mi padre biológico? Restando el asunto del manoseo genético posterior, por supuesto”. Cierra la ventana de su expediente. “Era sólo curiosidad”.

“Porque eres mitad gato”, sonríe comprensivo Sam. “No es malo querer conocer tus raíces, Alec. No hay de qué avergonzarse”.

“No es un buen momento para jugar al hermano mayor, amigo”, lo evade. Mientras tanto, la carga se ha completado. Alec le entrega el pendrive a Sam y comienza a teclear de nuevo. “Tenemos que salir de aquí antes de que nos agarren”.

Un par de movimientos más sobre el teclado y Alec ha desconectado durante los próximos quince minutos cámaras y alarmas del sector por el cual llegaron y por donde han de salir.

Va hacia la puerta y luego de sacarle el seguro, la abre unos centímetros para atisbar hacia el exterior. Nadie.

“Vamos. De prisa”, le dice a Sam.

Y sin embargo, apenas ha traspasado el umbral, la puerta se cierra de un portazo atrás suyo separándolo del cazador y encerrando de paso  a éste dentro del cuarto. No tiene tiempo para pensar qué ha ocurrido. Alguien le agarra desde atrás y lo lanza contra la pared contraria como un simple bulto. Cuando siente de nuevo la mano sobre él, reacciona y ataca de vuelta a pesar del aturdimiento y del dolor de su pierna que se ha resentido con el golpe. Pero es inútil. El sujeto es firme como roca y vuelve a alzarlo con la mayor facilidad para luego voltearlo y aprisionarlo contra el suelo, presto a romperle el cuello. Es el guardia. Y tiene ojos negros. Entonces, cuando Alec sólo espera el movimiento final que cercenará sus vertebras, el sujeto lo alza de nuevo y lo pone a la altura de sus ojos frunciendo el ceño.

“¿Quién eres tú?”, le gruñe.

Al segundo siguiente la hoja de un cuchillo asoma desde atrás por el cuello del demonio mientras su cuerpo se convulsiona y se ilumina intermitentemente.

“Arreglado”, dice Sam cuando el demonio cae. “Está muerto, como debe ser”.

El extransgénico aún no sale de su asombro.

“Él no sabía quién era yo”, consigue decir, una mano cubriendo protectoramente su cuello.

Sam lo mira con extrañeza.

“¿Y?”

“Castiel dijo que los demonios lo sabían”.

Sin perder más tiempo, va hacia el cuerpo y empieza a arrastrarlo.

“¿Qué estás haciendo?”

“Debemos esconderlo”, mira el suelo alrededor. “¿Por qué no hay sangre?”

“Porque lleva días muerto”, le aclara Sam mientras se acerca a ayudarlo. “El desgraciado sólo lo tomó siendo ya cadáver”. Frunce el ceño al ver el acentuado renqueo del ex transgénico. “¿Cómo está tu pierna?”.

Alec bufa.

“Casi me matan, mi pierna no es algo que me preocupe demasiado en este momento. Por cierto, gracias. De nuevo”.

Llevan el cuerpo hasta el ducto del incinerador y lo dejan caer por allí. No habrá ninguna evidencia de lo ocurrido esa noche.

“¿No deberíamos salarlo?”

“Vámonos, Alec. Cas está esperando por nosotros”.

Alec se dispone a obedecer pero entonces un movimiento en el patio, a través del ventanal que tiene al frente, llama su atención. Un grupo de adolescentes se ha formado en el centro del patio con trajes de campaña. Ejercicio nocturno, razona Alec. Los reflectores les iluminan mientras el capitán de la unidad les da las instrucciones. La voz de Sam le dice algo en un susurro unos metros más atrás. Pero Alec no tiene interés en descifrar sus palabras en este momento. En la segunda fila, tercero desde la derecha, entre todos los cabeza rapada, hay un joven de piel blanca y pecas. Si pudiera plantarse frente a él, está seguro de que sus ojos tendrían un intenso color verde.

“Ese es… eres…” balbucea Sam cerca de su oído.

“Sí”, le dice Alec sin apartar la vista del muchacho. “Soy yo”.

Capítulo 17

»

  1. lamento ser escueta, pero vengo mal de tiempo para leer y tengo mas de 30 historias que solo recolecto sin saber cuando podré leerlas (vacacionesssssssssss yyyyyyyyyaaaaaaaaa!!!!!!!!!!!)
    pero que sepas que tu estas entre ellas y que este si pude leerlo, pero no recuerdo si te deje coment en ff o en el foro, si no lo hice, mil disculpas y que este capi me dieron muchisimas ganas de achuchar a Alec (me lo mandas?) Y tu dices que el chico no me cae bien, patrañas!!! me cae de maravilla (si me baje solo la 2t de la serie por él, y la de la 1t donde aparece el hermano loco (adoro a Jensen!!!! lástima que tuvo que matarlo, algún día tienes que escribir un fic de los tres; aunque sea de un solo capi)
    no sé cuando, pero los voy juntando y cuando pueda (de aqui a un año, si sigo viva y los archivos no me tapan…) te comento!!!

    • Bueno, tengo varios fic pensados de Dark Angel, pero tengo el mismo problema que tú: el tiempo. Veremos qué se puede hacer.
      Gracias por tenerme en tu lista. 🙂 Hace bien saberlo. Me entretengo mucho escribiendo esta historia y me gusta saber que la están disfrutando conmigo.
      Saludos.

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