Fic: “Otra clase de ángel” 13/26

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Título: “Otra clase de ángel”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: Todo público
Sumario: Dean aún no lo ha visto (ni lo ha vivido) todo.

¡Ajá! Hemos llegado a la mitad.

13.

El hombre vive en una modesta casa de un piso. Les invita a entrar con afabilidad porque es un sujeto solitario que siempre está dispuesto a ofrecer una buena charla, en especial si se trata de aclarar lo sucedido en aquel terrible siniestro. Apenas sí se ha tomado la molestia de chequear las credenciales que ambos investigadores exhiben ante sus ojos. De las paredes cuelgan imágenes religiosas extraídas de libros de arte enmarcadas con prolijidad, y sobre los muebles hay retablos de figuras bizantinas pintadas a mano. El crucifijo detrás de la puerta de entrada completa el cuadro.

Desmiente, riendo, lo del candado en el refrigerador. Los niños de la Milton House siempre estuvieron bien cuidados en lo material. Lo que motivó la continua queja de los vecinos fue la ausencia de demostraciones de cariño hacia los pequeños que parecían vivir constantemente tristes o molestos.

La excepción era Mary Grace (“Dulce niña, horrible fin”) a quien él recuerda cantando bajito melodías extrañas, acodada en el alfeizar de la ventana en el tercer piso, mirando hacia lontananza. La pequeña nunca salió de los límites de la casa. “Está enferma”, le explicó una vez la mujer, y sin embargo ningún médico la visitó nunca.

A veces, muy pocas, la había divisado en el patio, jugando a solas. Los otros niños la ignoraban y ella a ellos. Un absurdo porque Mary Grace era un encanto, con su sonrisa, su gracia al hablar, sus grandes y expresivos ojos verdes. En una ocasión le preguntó por qué evitaba a los demás. “Huelen mal”, le había contestado la niña. Pero él estaba cierto que la falta de aseo no era tolerada por la pareja y él mismo había podido comprobar que ninguno de los pequeños apestaba, como afirmaba Mary Grace.

La mujer le leía cuentos en la cama. Sólo a ella, después de haber acostado a los otros niños, apenas terminada la última comida. Lo hacía en un tono completamente diferente al que usaba durante el día para hablar con el resto de la humanidad. Cuando él se retiraba después de su agotadora jornada, tras revisar por órdenes de la dama hasta el último rincón de la casa sin la menor idea de lo que la señora esperaba que pudiese encontrar, las veía a ambas a través de la puerta entreabierta, estiradas sobre la cama, afirmadas en el cabecero, la señora leyendo y la niña espiando los dibujos de los libros especialmente comprados para ella. Ni él ni la cocinera se atrevían a preguntar el por qué del trato especial, y si alguna vez alguno de aquellos vecinos entrometidos intentó hacerlo, se encontró con la mirada intimidante de la mujer que hacía pensar al cuestionador que en cualquier momento podía caer al piso convertido en polvo.

La señora, definitivamente, era quien llevaba la batuta. Y los pantalones. Su marido en raras ocasiones hablaba. De vez en cuando, el hombre gruñía un par de monosílabos mientras le ayudaba con las reparaciones a la vivienda pero nada más. Fue todo lo que obtuvo de él durante los siete años y medio que sirvió en la casa.

“Señor Palladius”, interviene Bobby con su mejor voz profesional y Dean no puede evitar pensar que su amigo en traje y corbata es de lo más extraño de ver. “Usted menciona en el reporte, y cito: A veces me sentía intimidado por las extrañas cosas que sucedían en la casa. ¿Es eso cierto?”.

“Oh, sí. Eran cosas bastante extrañas”.

“¿Podría explicarnos?”

“Se trataba más que nada de percepciones, nada realmente concreto de lo que pueda mostrar pruebas: alguien o algo acechando en la oscuridad,… sombras en las esquinas, …figuras que me esperaban a la salida del trabajo y que luego desaparecían sin más… era escalofriante”.

“Usted es un hombre religioso, señor Palladius”, comenta lo obvio Dean mientras echa un rápido vistazo alrededor. “¿Piensa que esas sensaciones tenían que ver con… influencias demoníacas?”

El hombre les mira a uno y a otro y por un momento el cazador piensa que ha elegido mal las palabras.

“¿Usted se refiere a… algo así como en una casa embrujada?”

“Me refiero a que ¿pueden los habitantes de la casa haber practicado alguna clase de ritual involucrando fuerzas espirituales malignas?

“No, no lo creo” y suena totalmente convencido. “Se mostraron sumamente entusiastas en contratarme, a pesar de mi edad, cuando les dije que profesaba la religión ortodoxa. De hecho, creo que fue precisamente eso lo que los convenció”.

“Ese es un raro requisito en estos tiempos”.

“También lo encontré peculiar, en especial luego que pude apreciar el poco cariño que manifestaban a los niños, con excepción de Mary Grace” se encoge de hombros. “Fanáticos religiosos, pensé. Y yo necesitaba el trabajo.”

“¿Podría ser más específico acerca del asunto de fanáticos religiosos?”

“Bueno… había símbolos extraños por todas partes”.

Y pasa a referir que los signos aparecieron el mismo día que Mary Grace fue llevada a la casa. Estaban pintados a brochazos rápidos color terracota que fueron oscureciendo conforme transcurrían los días. La señora tampoco dio explicaciones respecto a eso, sin embargo él pudo ver, esa misma mañana temprano, sus brazos envueltos en vendas malamente disimulados bajo las mangas de la blusa.

“¿Algo más que usted pueda recordar?”, insiste Bobby con su voz profesional.

El hombre piensa un instante, escarbando en su memoria.

“Una cosa más, creo”.

Cuando Mary Grace era apenas un bebé, ocurrió que un día, al llegar a su trabajo, encontró la casa en total desorden, como si hubiera ocurrido en ella una verdadera batalla campal. La señora, por supuesto y como siempre, no le dio explicación alguna, sólo la orden de reparar lo estropeado y ayudar a su marido a poner orden. Ella tenía un feo moretón que cubría la mitad de su rostro y su marido un corte en la cabeza y en sus movimientos ambos dejaban entrever que el dolor atacaba cada hueso de su cuerpo. Y sin embargo, ninguno de los dos acudió al hospital.

“¿Y no hizo denuncia ante la policía?”

“Amigo, si hubiese afectado a los niños, por supuesto lo hubiera hecho, pero ellos parecían estar bien así que le di prioridad a mi trabajo. Ya en ese tiempo, mi esposa estaba enferma y no podía arriesgarme a perderlo. Si querían apalearse el uno al otro, no era asunto mío. Pero…” pasea su mirada entre los dos cazadores, claramente curioso. “…no era ese el caso, ¿verdad?”

“Lo siento, no podemos discutir detalles del caso con los testigos”, se apresura Dean. “¿Recuerda algo más, señor Palladius?”.

El hombre no disimula la decepción que le provoca el desaire a su curiosidad, pero no deja de cooperar tampoco.

“Bueno, después de eso”, recuerda, la vista concentrada en algún punto de la imagen de la Virgen María en la muralla, “añadieron nuevos símbolos, diferentes a los anteriores. Éstos eran más grandes, más complejos y estaban en la cara interior de los muros alrededor de la casa, señalando los cuatro puntos cardinales. Me tomé una tarde para comprobarlo, brújula en mano. Los cuatro eran exactos”.

“¿Sabe qué eran?”

“Ni idea, pero el día del incendio, cuando me retiraba, noté que faltaba uno de ellos”.

“¿Qué quiere decir?”

“Alguien lo cubrió con pintura”

“Uhm… ¿Y eso no llamó su atención?”

“Pensé que iban a renovar el muro”, y por la expresión de ambos hombres se da cuenta de inmediato de su error. “Fui un tonto, ¿verdad? Era importante”.

Bobby y Dean comparten una mirada de reojo antes de que el cazador más joven retome las preguntas.

“El archivo menciona otra persona trabajando en la casa, la señora…” Dean busca en los apuntes de su libreta. “¿…Sharon Bennet?”

“Sí, es correcto”

“¿Qué puede decirnos de ella?”

“No mucho. Era nueva. Estaba reemplazando a la señora Suarez, la anterior cocinera. La pobre mujer murió de un derrame cerebral dos semanas antes. Sentí mucho su partida”.

“Ya veo. ¿No tendrá su dirección por casualidad?”

El hombre ríe.

“¡Todo el pueblo la tiene!”, dice mientras se pone de pie y se dirige hacia la mesita del teléfono. “Debo tenerlo anotado aquí, por alguna parte”.

“¿Todo el pueblo? ¿Por qué?”

“Bueno, después del incendio, su suerte cambió sorpresivamente. Todo el mundo quería algún favor de ella. ¡Ah!, ¡Aquí está!”, le entrega a Dean un pequeño papel con la dirección anotada en él. “La policía investigó, por cierto, pero su coartada era buena y no había nada que indicara que ella pudiera haber estado involucrada en el incidente”.

“Gracias, señor Palladius”, dice Dean sinceramente. “Su ayuda ha sido de mucha utilidad”.

 

Cuando localizan la dirección, el encuentro con la Sra. Bennet, es completamente opuesto al que han tenido con el amable hombre que acaban de dejar. Dean no puede evitar bufar su sorpresa ante la mansión que se yergue en medio de un barrio de clase media.

“Debe haber sido un golpe de suerte enorme”.

La mujer está encerrada en su casa, rodeada de sistemas de alta seguridad y amuletos protectores colgando de árboles y pilares en el antejardín. Les cuesta sangre, sudor y lágrimas convencerla a través del citófono de que son sólo simples servidores del servicio público en busca de información. Les recibe en ropa de casa que parece no haberse mudado en varios días, el pelo desgreñado y una ansiosa expresión de ojos muy abiertos que hace imposible calcular su edad. Les mira con atención los pies mientras cruzan la línea de sal en el suelo de la entrada principal y a ellos no se les escapa el suspiro de alivio que deja escapar cuando lo hacen sin problema, como si hubiese estado siglos reteniendo su respiración. La casa en el interior no es más agradable que en el exterior. Los grandes espacios de la mansión han sido ocupados por innumerables altares, cada uno con sus correspondientes ofrendas a la imagen de turno. El olor a incienso se confunde con la materia orgánica en descomposición de aquello que cuelga del techo como un atrapasueños. Ni siquiera Bobby es capaz de identificar aquella cosa. Las ventanas están cubiertas dejando en penumbras la sala y, como puede advertir Dean en un rápido y experto vistazo, el resto de la casa también.

Les invita a tomar asiento mientras retira torpemente libros y apuntes de encima de los sillones, libros de sanación y hechicería junto a textos de santos y oraciones de protección según pueden darse cuenta.

Ella no parece prestarles mucha atención mientras le hablan acerca de los detalles generales de la Milton House sino que mira constantemente hacia las ventanas. Dean juraría que ha visto pasar sombras por el rabillo del ojo del otro lado de las cortinas.

Y cuando Bobby menciona, en forma ligera y con su tono calmo, la existencia de los extraños símbolos dentro de los muros del Hogar, el cuerpo de la mujer se tensa como un animal en peligro a punto de huir o de atacar.

“¿Quiénes son ustedes?”, dice entre dientes obligada por la rabia o el miedo, es difícil para ambos cazadores decirlo.

Bobby le dedica una falsa sonrisa para tranquilizarla.

“Sólo estamos tratando de aclarar lo que sucedió…”

“No lo sabía”

“¿Perdón?”

“No sabía lo que iba a suceder”

Ambos hombres se miran en el conocimiento de que han dado con la fuente de todas las respuestas que necesitaban. Bobby se inclina hacia la mujer y toma sus manos temblorosas entre las suyas.

“Señora Bennet, ¿qué hizo usted?”

Los labios de la mujer también tiemblan cuando intenta hilvanar las palabras.

“Yo… Yo…” y parece que se va a ahogar en su esfuerzo. “Yo no sabía qué eran ellos, lo que deseaban hacer. ¡Lo juro! Ellos… ellos me consiguieron el empleo… y… y…”

Dean siente cómo el entendimiento y la rabia ganan terreno en su interior.

“Ellos asesinaron a la antigua cocinera por usted. ¿No sabía eso tampoco?”, le dice con frialdad amenazante y Bobby le echa una mirada de reproche que el cazador recoge a medias. La mujer abre aún más sus ojos en asombro y temor.

“¡No, no! ¡Yo no lo sabía!”

“Dígame:”, continúa Dean, “¿es usted una persona religiosa?…”

“Lo fui, pero…”

“…Por supuesto que no lo es. Porque no es algo que hubiera permitido un creyente…”.

“…Yo no soy… ¡No lo hice…!”

“…Engañó totalmente al señor y a la señora Milton en eso ¿verdad?

“¡Por favor, Dean!”, le advierte Bobby, directamente esta vez, y el cazador obedece y se calla. La mujer está al borde de las lágrimas. “Cálmese, Sharon. ¿Puedo llamarla Sharon?”, Ella asiente en silencio. “Bien. ¿Puede decirme qué le pidieron a cambio por el empleo?”

Bobby intenta atraer la atención de la mujer de nuevo hacia él y sus palabras, pero la mujer aún mira con temor a Dean quien tiene también sus ojos fijos en ella, así que se ve obligado a voltear y dedicarle otro silencioso llamado de atención al cazador. Dean le responde con un igualmente mudo gesto de “¿Qué?” alzando apenas perceptiblemente las cejas y las manos para luego apartar la mirada hacia un costado.

“Continúe, Sharon”, alienta Bobby a la mujer que esconde la cabeza entre los hombros y desde allí les habla.

“Tuve que borrar uno de esos símbolos”.

“¿Por qué?”

“No lo sé. Sólo dijeron que uno era suficiente”

“Y entonces le dieron más dinero del que usted había visto en toda su vida”, suelta sin poder resistirse Dean desde su posición en el otro extreme del sofá. “Y…” hace un gesto despreciativo con la mano por todo el lugar. “… esta casa la cual, obviamente, no ha podido disfrutar”.

“¡Dean…!”

“Todo a cambio de la vida de esos pequeños. ¿Merecía la pena?”

Y ahora la mujer está llorando.

“Yo no lo sabía”, susurra entre sollozos. “No lo sabía”.

Por unos segundos, el único sonido en la casa es el llanto desconsolado de la mujer.

“Bien, hemos terminado aquí”, dice Bobby dando por terminada la entrevista. “Me disculpo por las molestias”.

Se pone de pie haciendo una señal a Dean para que haga lo mismo.

“Ellos vendrán por mí, ¿verdad?”, pregunta de repente la mujer dirigiéndose a ambos en tono resignado. Dean la mira fríamente.

“Eso espero”.

Y le da la espalda para retirarse siguiendo a Bobby en dirección a la puerta, pero se detiene un instante y gira nuevamente hacia la mujer que se encuentra de pie en medio de la sala.

“Si realmente lo lamenta, tire toda esa mierda” señala hacia los fetiches y amuletos. “y ruegue por ayuda al bando contrario”.

Tras eso, ambos cazadores abandonan la casa.

“No puedes perder el control de esa manera”, le reprocha Bobby mientras caminan hacia el auto.

“No perdí el control”.

“¡Eres un idiota entonces! ¿No podías esperar a que nos contara todo antes de saltar sobre su cuello? Casi lo echaste a perder”.

“Ella iba a contarnos de todas maneras. Estaba muriendo por confesar sus pecados a cualquiera”.

Se desliza dentro del Impala y saca el seguro del lado del pasajero para que entre Bobby.

“Así que,” concluye entonces el viejo cazador instalándose a su lado. “la niña es especial y los demonios siempre lo han sabido”.

“Y los Milton, Dios sabe por qué, la mantuvieron a salvo todo este tiempo”, completa Dean extrayendo el celular de su bolsillo. “Hombre, esas marcas probablemente había que refrescarlas constantemente, un trabajo bastante duro, ¿no crees? Alguien está muy interesado en la salud de mi niña”.

“Pero alguien más se las arregló para cruzar los sellos de protección en su cuarto, cosa que, al parecer, no habían conseguido hacer a pesar de traspasar los periféricos. Deben haber aprovechado la aparición de los engendros del infierno para lograrlo”.

“Y entonces…”, murmura ausente Dean. “…fue que Angie huyó”. Se muerde el labio, perdido en sus pensamientos. “Sam salió en la misma época en que todo esto sucedió, ¿no?”

“Así parece”. Dean aún mira el vacío, el celular en la mano. “¿Qué estás pensando, muchacho?”

El cazador parece volver en sí y comienza a marcar en el celular.

“¿Dean?”

“Tenemos que llamar a Cas. Hay que regresar”

Pero antes de que sus dedos marquen el último dígito, el ángel se materializa frente al Impala con su característico batir de alas.

“¿Cas?”

Algo no anda bien y Dean lo sabe antes de notar que hay manchones de una sustancia extraña en la gabardina de su amigo y largas líneas rojas que atraviesan su rostro.

“Oh, Dios”.

Abandona el auto seguido de Bobby para plantarse frente al ángel que le mira con expresión indefinible.

“Sam…”, le dice antes que el cazador abra la boca y a Dean se le congela la sangre en las venas. “Sam se llevó a Angie”.

Capítulo 14.

»

  1. ¡Hola!
    Esta es la sorpresa de la que me hablabas antes? No sé, creo que el hecho de que parezca que Sam es el mal, o se dejó vencer por el mal y actuó acorde a eso, no me parece (aunque creo que tengo una teoría para que no sea así).
    Por otro lado, parece que los Milton eran ángeles, que solo snetían simpatía por Angie. No sé porqué Angie decía que los otros niños olían mal, imagino que porque sentía que estaban mal enímicamente, pero lo que no me parece es que los ángeles se hicieran con otros niños, porque no los cuidaban como debieran y los pusieron en la linea de fuego. No que no vaya con ellos, pero no lo entiendo del todo, que les sirva de algo ¿covertura del auraolor de Angie? mmmm
    Como sea, que espero que esa no haya sido la sorpresa o que sea solo el inicio de la misma.
    Chau!

  2. BUENO, POR LO MENOS NOS ACLARASTE ALGO DE LO QUE PASO EN LA CASA MILTON, PERO NOS HAS COBRADO MUY CARO: SAM SE HA LLEVADO A ANGIE!!!!
    ESPERO POR TU BIEN, QUE NO SEA PARA ENTREGARLA A ESOS QUE FUERON A BUSCARLA E INCENDIARON SU HOGAR!!!

  3. Awwwwwwwwwww hace tiempo que no me paso por aca pero ya me puse la dia
    los capitulos como siempre estan muy bueno eso si COMO ES QUE DEAN DEJA A ANGIE CON CAS Y SAM NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO OMG!!! ahora SAM SE LLEVO A ANGIE ahora Dean que hara con su hermano ;(

  4. Primero que pena por la demora pero mi vida ha sido un solo afán el último par de semanas, sólo me queda tiempo para respirar y amenaza con ponerse peor.
    Esto ya es definitivamente una novela de misterio ¿Quiénes eran realmente los Milton? Yo creo que podrían haber sido ángeles o algo por el estilo. Ya venía venir lo de Sam, es que estaba tan interesado en quedarse con Angie, ahora me pregunto que tendrá planeado hacer con ella, porque ¿quién está detrás de la niña? ¿Por qué es tan importante? Y si Sam fue capaz de llevársela pasando por encima de Castiel debe distar mucho de ser humano.
    Las entrevistas te quedaron geniales, muy buenas caracterizaciones.

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