Fic: “Cuentas pendientes” 19/?

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

19

Dean

 

Debería parecerle extraño.

Se mira los pies y son sus botas. Se mira los brazos y es su camisa bajo su chaqueta favorita.

Si pudiera conseguir un espejo en aquel yermo desierto, está seguro que encontraría su rostro, no el de Alec. Al volver a mirar, en la superficie de su camiseta gris crece un manchón oscuro y tibio. Sangre. Un carraspeo a su espalda le hiela la espalda a pesar del calor reinante.  

“Hola, Dean” dice una voz, que él conoce demasiado bien, acentuando con malévola intención la pronunciación de su nombre. “¿Me extrañaste?”

Alastair.

Al instante siguiente, tiene grilletes en muñecas y tobillos y una gran cadena lo arrastra hacia el fondo del abismo. Dean no puede gritar, no tiene lengua y pronto tampoco entrañas. Escucha rasgarse la piel en su abdomen mientras su torturador tararea por lo bajo una vieja canción de Louis Amstrong. El dolor se expande como una ola sobre sus miembros. Aún no puede gritar.

Alastair chasquea la lengua y mueve la cabeza pesarosamente mientras le muestra el resultado de la acción del cuchillo allá abajo.

“¿Cuándo vas a aprender que no puedes vivir sin mí, Dean, mi querido Dean?”

Las cadenas desaparecen y a cambio, el demonio ha colocado el cuchillo empapado en sangre en la palma de su mano.

“Vamos, mi pequeño”, dice contra su oído. “Haz lo que debes hacer, eso para lo que eres bueno”.

Delante suyo un hombre atado al potro gime, grita, suplica hasta hacer saltar los decibeles en alguna parte del universo.

Alastair guía su mano sobre el torso del hombre como quien guía a su hijo en las primeras letras, trazando los cortes que le llevarán al corazón de su víctima.

“Eso es, mi querido muchacho. Es como conducir en bicicleta. Nunca se olvida”.

Ambas manos se sumergen juntas en el agujero tras el cuchillo, los dedos firmemente aprisionando el mango. Dean no quiere mirar pero tiene que hacerlo, quiere apartarse y su cuerpo no le obedece porque allí, en el foso donde sólo hay rechinar de dientes y lamento, no se pertenece a sí mismo sino a Alastair, su maestro.

“Por favor, no”.

“¿No qué, mi pequeño?”

Y entonces el cuchillo alcanza el corazón.

“¡No es verdad! ¡NO ES VERDAD!”, Dean forcejea contra el agarre del demonio, tanto como puede, mientras la sangre del hombre le salpica el rostro obligándole a cerrar los ojos (por lo cual el cazador está agradecido) y el otro le agarra del cuello forzándolo a mantenerse en el sitio.

“¿Estás seguro, muchacho?”, le dice casi devorando su oído. “¿Estás seguro? Porque yo sí estoy muy seguro que estaremos juntos por siempre. ¡Cómo vamos a divertirnos!”.

“¡No! ¡Tú estás muerto! ¡Estás muerto! ¡ESTO NO ES VERDAD! ¡Cas me rescató de la perdición!”

Y de pronto, la presión en su cuello y el agarre en su muñeca desaparecen, lo mismo que cadenas y víctima. Está en medio de un prado, una brisa fresca acaricia su rostro. Se mira las manos y no hay rastro de sangre allí. Su ropa está limpia y frente a él hay un ángel vestido de contador.

“Estás en lo correcto”, le dice la figura y esboza una leve sonrisa.

“¿Cas?”

“Es bueno verte, Dean”.

Dean, jadeando aún, mira alrededor, inseguro.

“¿Realmente eres tú?”

“Sí, Dean”

Aún le toma un par de segundos hacer que su corazón retome su ritmo normal.

“Bueno… ya era tiempo, ¿no?”

Pero antes de que el ángel pueda comprender si debe tomar la réplica como una ofensa, el cazador avanza los dos pasos que les distancian y lo abraza con fuerza.

“Tú, hijo de perra, ¿dónde estabas?”

Y tan sorpresivamente como lo captura en el abrazo, se separa de él apuntándole con el dedo.

“Vas a tener que darme una muy buena explicación para todo esto, maldito idiota”.

Castiel frunce el ceño, perplejo.

“¿Q-qué?”

“Tú me pusiste en esta situación. A mí y a Alec. Pobre tipo”.

“¿Yo?”

El cazador rueda los ojos con impaciencia.

“Sí, tú. Podrías haberme advertido al menos”.

Pero el ángel parece más confuso aún. Dean suelta un suspiro antes de continuar.

“La dama,… er… uh… Edora, dijo que fuiste tú quien entregó a su gente el conjuro enoquiano que me cambió por Alec”. Cas le mira sin variar un ápice su expresión. “¡Vamos, hombre! ¿Sandeman?… ¿Familiares?… ¿Guardianes?… ¿te suena algo?”

“Yo… no sé…”. Castiel reconoce la frustración en la expresión que comienza a formarse en el rostro del cazador. Por un momento es volver a ver a Alec reclamando por su derecho a saber. “Está bien”, se rinde. “Los conozco, a ellos y a los Familiares, sé quienes son, lo que pretenden, pero estoy muy lejos de poder moverme hacia el futuro. No es como el pasado o el presente, es muy diferente, fuera de mis facultades. No soy un arcángel, Dean”.

Ahora los ojos del cazador adquieren un tinte juguetón cuando le mira.

“Bueno, parece que eso va a cambiar en el futuro cercano, amigo”, dice.

Castiel inclina la cabeza ligeramente hacia un costado y frunce el ceño.

“Dean, no tenemos tiempo para bromas”.

Dean rueda los ojos.

“No estoy bromeando”, pero Cas le sigue mirando con reproche. “Está bien, está bien. No eres un arcángel,… todavía… Entonces, ¿cómo es que estás aquí?”.

“Alec”.

“¿Qué? ¿Alec está contigo?”

“Sí. Está dormido. Estoy usando el lazo de sangre entre ustedes dos”.

“¿Nos estás acosando en sueños? ¡Oh, Cas! ¿Qué hemos hablado sobre el respeto a la intimidad?”

“¡No estoy haciendo eso!” protesta el ángel, esta vez con real indignación.

La risa brota fácil en el cazador.

“Amigo, te he extrañado”, le dice sin dejar de reír. “Nadie aquí pica tan fácil como tú”.

“No tenemos tiempo…”

“¡De acuerdo! Sin bromas. ¿Cómo está Alec? Hay mucha gente aquí preocupada por él”

“Se encuentra bien. Sam está con él justo ahora. Háblame sobre los Guardianes”.

En tan pocas palabras como puede, Dean le narra cómo apareció de repente en una sociedad completamente distinta, post- apocalíptica, no en el sentido que ellos conocían pero semejante en el concepto, le explica sobre transgénicos, ordinarios, el pulso, luego el viaje, el encuentro con los demonios, el secuestro… Se lo explica todo hasta quedar sin aliento, contento de poder hablar con alguien de su mundo y confianza. Cas se mantiene todo el tiempo atento a sus palabras, algunas veces asintiendo ligeramente, otras entrecerrando los ojos como si algún asunto en particular de lo contado por el cazador le llamara la atención.

“Entonces, ¿qué opinas?”, termina Dean.

Castiel se frota la barbilla con la mano lentamente.

“El escenario es difícil, Dean. Y Alec…” el ángel no termina la frase pero el suspiro de resignación que deja escapar lo dice todo.

“Les está dando problemas ¿eh?”

Y el cazador cree ver el fantasma de una sonrisa en el ángel.

“Es, de cierta manera, tan fastidioso como tú a veces”.

Dean bufa.

“¿Qué? ¿Así de encantador?”

“No puede quedarse callado o quieto, no hace lo que se le dice, tiene la misma facilidad para atraer el peligro que tú”.

“Sí, suena como yo”, con un dejo de pena por el muchacho, las palabras escritas en su expediente de Manticore respecto a su incomprendida independencia acuden a su memoria. “Era de suponerse. Sólo espero no encontrar sorpresas desagradables cuando regrese …” Un pequeño espasmo en el costado de la boca del ángel disparan una alarma de inquietud en el cazador.“…porque voy a regresar, ¿verdad?”

Silencio.

“¿Cas?”

Silencio.

“Maldición”

“Las situaciones están cambiando”, dice al fin el ángel. “Cada movimiento que haces aquí, que Alec hace allá, está lanzando la línea de tiempo más lejos del guión original. El conjuro cambió el orden natural de las cosas. Estamos tratando de repararlo pero … no te puedo garantizar que tendremos éxito”.

Dean se traga su rabia y desazón mirándose los zapatos, manos en cintura, antes de enfrentar nuevamente al ángel.

“Bueno, piénsalo dos veces antes de poner el conjuro en manos de los Guardianes en tu futuro”.

“No puedo responder por cosas que todavía no he hecho”.

“Sí, lo sé”, concede quedamente el cazador devolviendo la atención a sus zapatos.

“Ten fe, Dean”.

Dean lo mira como si de repente le hubiera brotado una segunda cabeza.

“¿Me estás pidiendo fe? ¿A MÍ?”

“Esto es antinatural. El Cielo no lo habría permitido si no hubiese un plan B”

Dean suelta una risotada sin alegría.

“¿Sabes cuántas cosas antinaturales he tenido en mi vida a causa del Cielo? Y no es que ellos se hayan preocupado mucho al respecto. Esto es sólo un pelo en el rabo, amigo”.

El cazador le da la espalda con una falsa sonrisa llena de ironía en los labios, dispuesto a terminar allí la conversación.

“Sí lo hacen”, le asegura Cas. “ÉL lo hace. Siempre”.

Algo en la firmeza con que las palabras suenan en su boca hace que Dean se voltee hacia el ángel de nuevo y lo examine con detención. No. No está mintiendo.

“A veces me gustaría creerte”.

“A veces sería más fácil si lo hicieras”

Silencio.

“Me estás tomando el pelo, ¿verdad?”

“¿Por qué lo haría?”

El cazador lo observa con detención, intentando dilucidar si su amigo realmente está tratando de ser gracioso. Su rostro continúa impasible. Finalmente, el cazador sólo deja escapar un suspiro de resignación.

“Como sea. ¿Ahora qué?”

“Sólo cuídate y sé paciente”

“Sí, suena fácil”

El paisaje alrededor comienza a hacerse inconsistente bajo los pies del cazador. Mira hacia el ángel y puede ver la extensión del prado a través suyo.

“Mmm… Estoy despertando, ¿verdad?”

“Sí”

“¿Te veré de nuevo, pronto?”

“Trataré, pero Alec no estará contento”

“Apuesto a que no. Dile que tenga cuidado con la mercancía. Me tomó mucho trabajo mantenerme en tan buena forma”.

Cas sonríe.

“Lo haré”

Al instante siguiente está mirando el techo del jeep obstruido parcialmente por el contorno en sombras del rostro de Max. Es de noche y están en la cabina.

“¿Está muerto?”, escucha la voz de Dalton proveniente del asiento de atrás, pero no es preocupación lo que hay en ella. Torpemente Dean intenta identificar de qué se trata pero falla en el intento.

“No, no lo está”, dice Max totalmente concentrada en Dean. La chica está tan cerca que el cazador puede sentir la calidez de su aliento en el frío nocturno.

“¿Alma de acosadora?”, dice con una sonrisa torcida.

Los labios de la morena se curvan ligeramente en un extremo y su mano suave se posa en la frente del cazador testeando la temperatura.

“Parecías muerto”, le informa.

No podría haberlo dicho mejor. Dean toma conciencia de su cuerpo pesado, imposibilitado aún de moverse, enterrado en el asiento como si la mitad de él hubiese decidido permanecer allá, en el prado, con Castiel.

“Tengo el sueño pesado a veces”.

“Tenías una pesadilla también. Quiero decir, antes”

“¿Sí?”

“Ajá. Estabas gimiendo como un bebé”.

Ella no retira su mano. Él cierra un instante sus ojos deseando sentir a ciegas el reconfortante contacto.

“Yo no hago eso”.

“Despierto quizás no, pero estabas dormido y gemías y entonces, de repente, estabas quieto como un cadáver. Llegué a pensar que no respirabas”

“Entonces, ¿ibas a darme respiración boca a boca?”

“Ya quisieras”, dice ella mientras le acaricia el cabello con suavidad en su nacimiento. “¿Te sientes mejor?”

“Algo”, contesta él y abre los ojos para encontrar los de ella. La visión nocturna con que está dotado su cuerpo transgénico es simplemente maravillosa. “Quizás si recibiera un poquito más de atención…”

Y esta vez ella no se enoja ni se espanta ante la coquetona implicación. Quizás es debido al relativo descanso, en una cabina temperada y suficientemente cómoda después de tantas horas ininterrumpidas de viaje por la desierta carretera, que la morena se siente a gusto y relajada. Se sonríe abiertamente.

“¿Sí? ¿Qué clase de atención?”, tienta de vuelta e insiste en enredar sus dedos en el cabello del cazador, conciente del juego en que ambos están entrando.

“Se me ocurren unas pocas ideas”.

Max está tan cerca que está seguro que si mueve un dedo encontrará algo de ella en su camino. A la morena parece no importarle. Y por unos segundos Dean tiene la sensación que el tiempo se ha detenido en aquel extraño espacio de intimidad, y teme que en cualquier instante Castiel aparezca de nuevo y lo arrastre fuera de este sueño que no sabe que está soñando, un sueño dentro de otro sueño. En ese momento la pequeña burbuja revienta con un casi audible pop desde el asiento trasero.

“¿Qué estabas soñando?”

Oh, vaya. Lo había olvidado. Dalton.

Dean es capaz ahora de identificar aquello latente en el tono del chico. No es preocupación, ni curiosidad. Al cazador le suena más a… repulsión. Erguirse en el asiento para voltear a ver a Dalton requiere mayor esfuerzo de lo que espera porque parece haber ganado peso desde que se tumbó a dormir, algo así como un par de cientos de kilos al menos. El cazador cree ver un casi rictus de desprecio en la forma en que la nariz del chico se crispa en las aletas en forma apenas perceptible.

“Sueños privados, amigo. No apto para menores”, le contesta secamente, intentando responderse a sí mismo internamente el por qué del cambio de actitud del muchacho. Dalton bufa insolentemente.

“Sí, claro”.

Max y Dean intercambian una mirada de preocupación. La morena decide tomar cartas en el asunto.

“Dalton…”, comienza ella.

“Necesito algo de aire”, dice el chico y sin esperar autorización, baja del vehículo.

Ambos lo observan mientras Dalton camina y se aleja hasta llegar a una malograda pirca que en algún tiempo glorioso dividía el campo de algún agricultor con su vecino. Dean mira hacia el chico y luego a Max. La morena decide por él.

“Ve”, le dice.

Dean abre la puerta y baja. Se mantiene allí mientras espera que las fuerzas regresen a sus piernas. Cuando se siente suficientemente seguro, echa a andar hacia la pirca y se instala al lado de Dalton, mirando hacia el valle nocturno cada vez más muerto que se aprecia desde esa altura.

“Si me dijeras por qué te molesta mi persona, quizás podríamos arreglarlo, ¿sabes?”.

El chico permanece inmóvil como si no lo hubiera escuchado. Dean sólo espera.

“No se trata de eso”, responde Dalton al fin.

“¿No? ¿De qué se trata entonces? Porque desde la cabaña has estado actuando muy raro conmigo”. El chico permanece en silencio. No lo mira directamente, pero de tanto en tanto, parece fijarse en las manos del cazador sobre la pirca como buscando algo en ellas. “¿Qué pasó allí?”

“Nada”.

El muchacho mantiene la cabeza gacha.

“¿Es por Alec?”

Un escalofrío le recorre la espina a Dalton, pero no responde. Escucha al hombre a su lado suspirar en fustración.

“Lo lamento”.

Sólo entonces se atreve a mirar a Dean directamente y se sorprende de ver allí sólo preocupación y quizás tristeza, pero no hambre de sangre como esperaba encontrar.

“¿Lo lamentas?”

“Sí. Puedo imaginar que debo aparecer ante ti como el asesino de Alec”, un nuevo estremecimiento recorre al muchacho ante esas últimas palabras y le hace recordar a quién tiene delante suyo. Porque él lo vio abrir en canal un par de cuerpos. En el sueño. Porque él pudo ver su sueño, al menos en parte, de la misma manera en que puede ver ahora, como antes, esas horribles alas rojas desplegándose en su espalda. Lo que no sabe es cómo Max no lo ve. Y tampoco sabe cómo es que él sabe que aquello que vió es el infierno y que es allí donde Dean pertenece. Nadie va al infierno gratuitamente ¿verdad? Así es que Dean debe ser algo horrible en realidad. Y mientras el hombre, o demonio, sigue hablándole, prometiéndole que Alec está bien y protegido por sus amigos en otro tiempo y lugar, y que cuando cumpla aquello que tiene que hacer todo volverá a la normalidad, Dalton llega a la definitiva conclusión de que debe asesinar a Dean. El asunto es ¿cómo se mata a un demonio?

 

Capítulo 20

Un comentario »

  1. Como puede ser que Dean una vez que consigue que Max no lo insulte ni nada por el estilo, viene este Dalton y se le mete en la cabeza que tiene que matarlo???
    Es que no puedes darle a Winchester algo de paz??? Va a tener que cuidarse las espaldas del fanático de Alec???
    No me cae mal Alec, pero parece que a Dean le cen las feas!!
    Continualo si???
    A ver si Cass puede visitarlo más seguido

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