Fic: “Otra clase de ángel” 15/25

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Mi computador murió y entre resucitarlo y volver a llenarlo, pasaron unos cuantos días, además de las fiestas y todo eso. ¡Qué cantidad de cosas mete uno adentro! ¿no?

Bueno, aquí está el nuevo capítulo. Resultó un poquitín largo.

15

 

Sam deja que su cuerpo resbale por las paredes del refugio hasta el suelo. Al otro extremo de la caverna, abrazada a Iosephus y las rodillas contra el pecho, Angie mantiene los ojos cerrados y mueve los labios, murmurando algo que parece música, un sonido apenas audible en el silencio del lugar. Sam debe hacer un esfuerzo para identificar la melodía. Es Metallica. Angie tararea Sandman por lo bajo. El corazón del hombre se contrae ante el reconocimiento mientras su mente viaja, y regresa enseguida, hacia un instante hace mucho tiempo, un vuelo y un hermano capaz de superar su fobia usando el mismo método musical para no dejarle solo con un fantasma asesino dentro de un avión.

Aparta la mirada de la niña y sus ojos caen en los intrincados signos de las paredes que hacen invisible el lugar para ángeles y demonios. Ruby. Ella los puso allí alguna vez, en otro tiempo, cuando la soledad y la desesperación lo arrojaron a los brazos de la demonio. Para su pesar y su conveniencia, aún es capaz de recordar ese tipo de cosas.

El peso de lo que viene perturba al hombre hundiéndolo en su desolación aún más de lo que ya se encuentra.

Lo hizo con Michael, pero ¿con ella? Es otro asunto. Ella es frágil. Es la niña de Dean. Traga con dificultad al pensarlo. Robarle no será fácil. De todas formas, es un sujeto mucho más manejable que cualquier detestable arcángel lleno de gracia. Ella continúa con los ojos cerrados aunque su murmullo ahora no llega hasta sus oídos. El gato descansa en su regazo y lo mira con intensidad moviendo el rabo en sinuosas y amplias curvas, todo su cuerpo felino en alerta, iluminado por la luz de las linternas.

El dolor aún está allí, latente, golpeándolo en cada célula de su cuerpo como si quisiera cercenarlo en incontables pedazos, librar al universo del paria en que se ha convertido. Ahora es él quien cierra los ojos un instante aguantando las náuseas y el constante pulsar de sus sienes. Cuando los abre de nuevo, la niña tiene los suyos clavados en él con una mezcla de temor y curiosidad. El silencio llena el espacio entre ambos hasta que ella lo rompe inesperadamente.

“¿Estás… estás enfermo?” y su tono de sincera preocupación lo indispone aún más. Vuelve el rostro para ignorar su presencia al menos hasta recobrar el control de su cuerpo. Pero una nueva oleada de malestar lo estremece y un ligero rictus de padecimiento en su rostro lo delata ante la niña.

“¿Te duele algo?” insiste ella.

Sam siente la rabia colarse en su ánimo. No tiene razón de ser pero allí está, en sus dedos curvados en un puño, en la punta de su lengua, lista para atacar.

“Tú me dueles”, le suelta con amargura, aún evitando mirarla, y eso parece funcionar porque el silencio vuelve a caer entre los dos mientras hace retroceder las nauseas.

“Lo siento”, la voz culpable de la niña se le cuela bajo la piel, pero en vez de apaciguar su ánimo como sería de esperar, como él mismo hubiera esperado, lo caldea aún más.

“De acuerdo”, proclama y se yergue en toda su altura, aproximándose de forma amenazadora hacia la niña. “Terminemos con esto”. Ella grita cuando le arrebata el gato de los brazos y lo arroja a un rincón mientras el animal intenta inútilmente intimidarlo engrifándose hasta casi doblar su tamaño. Ella grita de nuevo, agudo en sus oídos, aumentando su irritación. El dolor es una espada que lo atraviesa de lado a lado. “¡Ya cállate!”.

Con una mano gigantesca la aprisiona contra la pared y con la otra se posa sobre su pecho, justo sobre su corazón. Angie grita más agudo aún y mientras la gracia corre desde el cuerpo de la niña hacia el suyo, Sam cree que va a explotar o a desmayarse. Aprieta los dientes. Todo su organismo se estremece por el tormento al que él mismo ha decidido someterse. Y someterla. El pecho de la niña se enciende en una llamarada que deja ver a través de la piel traslúcida su pequeño corazón. Ella sigue aullando, crispando sus nervios.

“¡Dije que te calles!” grita él también y entonces un nuevo suplicio azota su cuerpo, en la espalda. Un peso ligero está sobre él, su piel se desgarra como si fuera víctima de violentos latigazos. Suelta a la niña e intenta detener el ataque alzando los brazos hacia su origen. Los latigazos se transforman en garras que se aferran a la piel de su cuello y nuca hasta alcanzarle el rostro y convertirse en manotazos, navajas que le atraviesan el rostro, desatan hemorragia que cae sobre sus ojos y le impide ver qué está sucediendo. Un bufido en su oído le indica quién es su atacante.

“¡Maldito gato!”

Con furia alcanza al animal por el cuello con ambas manos y al instante siguiente el gato cae a sus pies convertido en un pedazo de carne calcinada.

Aturdido, observa lo que acaba de hacer. El llanto desconsolado ha reemplazado a los gritos en la niña. Allí está. La prueba concreta de que ni la gracia de un ángel puede cambiar aquello en lo que se ha convertido.

Ha fracasado.

“Io…Iosep… Iosephus” hipa la niña entre sollozos.

Sam mira a Angie, en sus ojos la fatiga de su espíritu.

El llanto de la niña le llena los oídos. De pronto cada músculo de su cuerpo se ha convertido en un lastre.

“Te llevaré con tu padre”, le dice.

Con esfuerzo, a paso de anciano, comienza a andar al rincón en que se encontraba antes. Necesita recuperarse para devolver a Angie y después… después… a quién le importa lo que pase después. Se deja caer al suelo. “Lo siento”, balbucea mientras intenta acomodarse contra la muralla, lo más lejos posible del cadáver de su víctima. “Angie, lo siento mucho. Esta no es la manera en que yo…”, pero no tiene palabras para continuar. “Lo lamento”.

Hunde la cabeza entre sus manos como si esperara desaparecer bajo su incontrolable poder de puto niño rey del infierno. No se da cuenta cuando Angie deja de llorar. Tampoco cuando sus propias lágrimas le empapan el rostro atrapado entre sus dedos.

“¿Estás llorando?”

Sam no le responde. Puede percibir la mirada de la niña sobre él, observándolo como el bicho extraño que es.

“Extrañas a mi papá”, por supuesto, no está preguntando sino asentando un hecho y Sam no puede hacer nada para evitar que le lea las entrañas. Escucha cuando Angie retiene el aire en sobresalto como quien acaba de hacer un descubrimiento importante. Entonces el tono vuelve a cambiar, “No es tu culpa, Sam”, y esta vez está lleno de misericordia y autoridad. “No es tu culpa”. Y ahora es él quien llora abiertamente estremeciéndose desde la punta de los cabellos a los pies, abrazado a sí mismo en su rincón, asombrado de poder recibir el consuelo, de que aquello tan familiar dentro de él, la rabia, se haya silenciado al fin. La busca y no la encuentra, como el ruido de la gran ciudad en la paz de la vida campestre. Existe, pero muy lejos, no llega hasta él. Deja que el llanto muera por sí solo, el tiempo no parece importar. Espera a que su respiración retome su ritmo normal para atreverse a levantar su cabeza y comprobar que aún sigue en la caverna y cuando lo hace, Iosephus retoza sobre las piernas de Angie, roncando ruidosamente cuando la niña le acaricia el lomo, ni una huella en su cuerpo felino de la tragedia ocurrida antes.

“¿Cómo…cómo hiciste…?” la pregunta muere en su boca antes de poder formularla correctamente. “¿Quién eres tú?”

Angie acaricia el lomo de Iosephus que le responde de inmediato frotando su cabeza contra el pecho de la niña.

“No sé cómo hago las cosas que hago”. Mira a Sam inclinando su cabeza de una manera que al hombre irremediablemente le recuerda a Cas. “¿Por qué lo hiciste?”

¿Atacarla? ¿Freir a Iosephus? ¿Traicionar a su hermano? ¿A cuál de todas esas canalladas se refiere? Entonces se da cuenta de la ironía de la respuesta y ríe sin ganas.

“Porque no quiero ser un monstruo”.

Angie vuelve a mirarlo y Sam no sabría decir si la niña tiene ocho años u ochocientos.

“Papá piensa que me parezco a ti. ¿Soy un monstruo yo también?

Sam traga con dificultad ante el golpe bajo.

“No lo creo”

La niña acomoda al gato en su regazo mientras habla sin emoción.

“Tienes malos sentimientos. Tienes buenos también pero los malos son repugnantes y poderosos y me asustan mucho”.

“¿Tú…” balbucea en una mezcla de reverencia por la niña y vergüenza por sí mismo. “… tú puedes verlos… en mí?”

Ella lo inspecciona un instante desde su lugar, los ojos fijos en él. Después deja a Iosephus a un lado y se le acerca a gatas, en tramos cortos, deteniéndose para observarle con atención hasta llegar a él. Sin aviso, Angie le toma el rostro entre las manos y continúa su inspección. Sam se sobresalta, espera sentir las agujas bajo la piel, el bombeo violento de la sangre en sus venas, pero no hay nada de eso, apenas algo parecido a una quemadura de sol al contacto de las manos infantiles.

“Sí, los veo”, le dice contestando a su pregunta. “Son como microbios que te hacen oler mal. Estás infectado. Pero estás un poco mejor ahora”. Frunce el ceño en señal de su confusión. “No sé cómo es que papá no los ve”.

Ahora el que mira perplejo es Sam.

“¿Por qué podría Dean hacer eso?”

La niña rueda los ojos.

“Es mi papá”

“¿Uh?… bueno… sí… él te adoptó”

Angie lo mira con la complacencia con que se trata a un niño pequeño o a un hombre de corto entendimiento y finalmente sacude los hombros desechando el asunto.

“No importa. ¿Qué estabas tratando de hacer?”

El hombre respira profundo antes de contestar, pillado de sorpresa por el giro en la conversación.

“Creo que tienes razón, estoy enfermo, soy un malvado y deseo sanar”, la señala con el dedo. “Cualquier cosa que sea lo que tú tienes… es poderoso… tanto como el poder de los ángeles… como Michael. Deseaba hurtarlo de ti”.

“Como hurtaste un poco de él, ¿verdad?”.

Es imposible hablar con esa niña sin sentirse un libro abierto.

“No era mi intención, sólo sucedió, intenta explicar lo que él aún no ha terminado de entender. “No sé cómo lo hice. Yo sólo… no pude evitarlo”.

“Tú tienes poderes también”.

Sam esconde el rostro, avergonzado.

“Sí”, dice.

“¿Entonces?”

“Son malos poderes, Angie. Cuando los uso, me resbalo más y más hacia el lado oscuro. Pensé que podía controlarlos… pero era un engaño, no puedo controlar una mierda, mucho menos a mí mismo. Mi ira interior es la única que tiene el comando. Necesito oponer gracia a mi oscuridad”.

Angie se muerde el labio pensativamente, en un gesto claramente asimilado de su padre, los ojos aún clavados en Sam.

“Puedo ayudarte”.

El hombre da un respingo.

“¿Q-qué?”

“Dices que necesitas gracia para salvarte. Tío Cas dice que yo estoy llena de eso”. El rostro infantil se llena de una seriedad que no corresponde a su edad. “Creo que puedo darte un poquitito de la mía. No necesitas robarla”.

Sam la mira con asombro.

“¿Por qué harías algo así… por mí?”

“Estás sufriendo”.

“Pero, he actuado mal contigo”.

“Estás sufriendo, entonces mi papá sufre también”.

Ante la mención de su hermano, bajo el título de papá de la niña, miles de voces despiertan al unísono en lo profundo de su alma reclamando sus derechos sobre Dean, que es su familia, no la de Angie, no de Bobby o Cas, sino SU familia. El veneno de la envidia se hace paso para tomar el primer lugar en la arremetida porque la niña es sólo una extraña que ha venido a ocupar un lugar que no le corresponde. La rabia le sigue enseguida arrojando ideas sobre lo fácil que sería poner una mano sobre el incordio que tiene al frente y acabar con el problema para siempre. Sin embargo, esta vez es como observar el coro desde el lugar del público. Sam puede identificar cada una de las voces y descartarlas como interlocutores no válidos. Es la infección de la que le habló Angie y que ahora puede distinguir con facilidad desde atrás de la muralla invisible que la gracia que ya le ha arrebatado a la niña ha construido para protegerlo. Es otra vez estar frente al espejo, la noche en que rindió su cuerpo al príncipe de las tinieblas, escuchando su seductora argumentación. Es el viejo Sammy luchando frente a sus enemigos más enraizados.

“¿Sam?”

La voz de la niña lo devuelve a la realidad de la caverna. Angie le sostiene nuevamente el rostro entre las manos, su preocupada mirada centrada en él. Sam cierra los ojos un instante sacudiéndose el caos interior y respira profundo.

“Pero dijiste que no sabías cómo usarlo”, dice con voz cansada.

Angie se encoge de hombros.

“A veces deseo algo y lo obtengo. Supongo que si deseo que sanes, sanarás”.

“Lo haces sonar fácil pero podría ser peligroso. Estoy infectado, ¿recuerdas? ¿Qué hay si… te lastimo?”

“Eso no sucederá”.

Sin esperar a que Sam le replique, Angie se levanta y va hacia Iosephus. El animal se deja tomar, roncando con deleite. La niña lo coloca de manera que el gato y ella queden frente a frente.

“Escucha, Iosephus”, le dice muy seria. “Todo va a estar bien. No te preocupes por mí. Estaré bien. No. Ataques. A Sam. ¿Entiendes?”

Y el gato frota su cabeza contra la barbilla de Angie, lo más cercano a una respuesta que se le puede pedir a su raza. La niña lo deja ir y el animal toma posición en otro rincón de la caverna, menos iluminado. Sus ojos brillan como dos teas en la semioscuridad del lugar. Angie deja escapar un suspiro.

“Bueno”, y se vuelve hacia Sam. “Hagámoslo”. Se sienta en el suelo, las piernas a modo indio, afirmando la espalda contra la pared. “¿Vienes o no?”

Con un dejo de duda, Sam se le acerca y se instala de rodillas al frente suyo. La niña lo espera con expresión confiada. Sam alarga la mano hacia ella pero se detiene antes de llegar a tocarla.

“Si te lastimo, me lo dices”, le advierte.

“De acuerdo”

Entonces posa la mano sobre el corazón de la niña. De inmediato un hormigueo le recorre el brazo y se mueve con rapidez hacia el resto de su cuerpo. Sus entrañas se contraen y luego se alivianan en un sube y baja de sensaciones opuestas. La euforia invade al hombre haciéndole sonreír contra su deseo. Angie brilla, su pecho se vuelve traslúcido una vez más mientras la luz alcanza los rincones de la caverna, opacando las linternas. Sam lo observa todo, fascinado, con ojos que mantiene abiertos sólo a fuerza de empeño. Ve cómo la gracia fluye sin cesar desde la niña, vaciándola. Su propio cuerpo comienza a brillar y la calidez de los recuerdos de bienestar de toda su vida invaden sus pensamientos arrinconando a los otros, aquellos a los que Angie ha llamado repugnantes, hasta hacerlos desaparecer. No es consciente del momento en que cierra los ojos y se deja llevar. Se siente a salvo, se siente amado.

Pero entonces se da cuenta de que algo va mal. Abre los ojos y la niña tiene la boca abierta aunque no brota sonido alguno de ella, el verde de sus ojos ha palidecido hasta transformarse en blanco y delgadas venas se marcan violáceas sobre su cuello. En un primer segundo no entiende qué está sucediendo y al siguiente sufre una revelación: La está matando. Porque ella no es Michael, no es un arcángel lleno de furia sino una pequeña que no tiene responsabilidad alguna sobre su anómalo nacimiento. Horrorizado, la deja ir de golpe. La niña resbala hacia un costado. Intenta cogerla antes de que se golpee contra el suelo pero su cuerpo se mueve torpe y no es capaz de alcanzarla. Siente entonces crearse en su interior, como se forma una ola en el mar, la explosión de dolor que acompaña la repentina interrupción del flujo de gracia. Cae al suelo él también, al lado de la niña, gimiendo sin poder evitarlo. Violentos espasmos terminan de castigarlo contra las piedras del piso durante minutos que se hacen eternos. Cuando al fin aminoran, no es capaz de moverse. Lo único que puede hacer es observar el rostro de la niña enfrentado al suyo en el suelo, los cabellos revueltos y los ojos cerrados.

“¿Angie… ?”, la llama con angustia. “…¿Angie?”,

La niña abre los ojos poco a poco, adormilada, y balbucea:

“¿Estás bien?”

Sam sonríe porque la frase es tan Dean que bien pudiera ser su hermano quien estuviera allí tendido.

“Sí, estoy bien”

Y de hecho es así, las voces se han ido, el tormento en su cuerpo es insignificante. Si es que no está sano aún, falta muy poco.

La niña sonríe.

“¿Viste? Sólo tenías que pedir”, dice en un agotado susurro.

Sam se ríe entre dientes.

“Sí, claro. ¿Antes o después que Dean me moliera a golpes por arriesgar a su niña?”

Y es en ese momento cuando la entrada de la caverna explota cubriendo de polvo el lugar.

“¿Qué dem…?” alcanza a exclamar Sam antes de percibir el aliento fétido de los perros del infierno sobre él.

“Eso mismo, Sam. Demonios”. La figura del actual recipiente de Meg emerge de entre la polvareda y se inclina sobre él afirmando las manos en las rodillas para verle mejor. “Hola, Sammy. Olvidaste cerrar las cortinas. El brillo se ve desde Japón”. Voltea a mirar hacia Angie que tiene los ojos muy abiertos por el terror. “Espero que hayas dejado un poco para nosotros”. Ríe mientras se endereza. “Nah, no te preocupes. Estas cositas se recuperan rápido”.

Se forman puños en sus manos, pero Sam está tan débil que ni siquiera puede gritar.

“Déjala en paz, perra”

La demonio chasquea la lengua con desaprobación.

“Ya hemos hablado sobre el lenguaje, Sammy”. Meg hace un ligero gesto con su mano y Sam siente cómo el aliento del perro del infierno se acerca aún más humedeciéndole el cuello. “En fin. Sabía que podíamos contar contigo”. Otro gesto y un par de engendros alados se abalanzan con inusitada rapidez sobre la niña y desaparecen con ella. Meg sonríe. “Gracias, Sammy”.

El perro del infierno ruge en el oído del hombre helándole la sangre en las venas pero el mordisco que espera con dientes apretados y ojos cerrados no llega y cuando mira de nuevo, Meg se le está acercando, la furia visible en su rostro.

“¡Muerde, maldita bestia!” y como el animal continúa sólo gruñendo, lo aparta de una potente patada. Acto seguido se inclina hacia Sam buscando su cuello con las manos. Pero en cuanto toca su cuerpo con ellas, se echa hacia atrás rápidamente, la piel de sus dedos y palmas desprendiéndose dolorosamente.

“¡Maldición!”

Le planta una, dos, tres patadas con rabia en la cabeza, en las costillas y arremete de nuevo lanzando chillidos animalescos hasta que se calma.

“Será la próxima vez, Sammy”, dice. “Te lo prometo”, y al instante siguiente el lugar esta vacío.

O casi.

Iosephus camina agazapado y con las orejas gachas hacia el hombre en el piso. Sam no se mueve. El animal le seca las lágrimas con su lengua rasposa.

“Lo lamento”, dice mientras siente al animal sobre su pecho. “Lo lamento”.

 

Capítulo 16

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  1. Primero FELIZ AÑO WIn
    andaba de paseo ahora de nuevo por aca xD me encanto el capi … vaya que sam ha cometido tremendo error …. y cuando llegue Dean va a ser peor la culpa que tendra
    🐱

  2. Dios, dios, dios…
    Primero que nada, feliz año! hace mucho que no te veia por aquí (lamento lo de tu computador, sé muy bien lo que se siente)
    Ahora sí, me dejaste boquiabierta con este capítulo, en mi concepto ha sido el mejor de toda la historia. Sam intentando robar el poder de Angie ( es el principe del infierno, no sé, ahora tengo más dudas) y Angie siempre tierna y preocupada por él y lo ayuda y luego llegan los demonios, genial y si el brillo se ‘vio desde Japón’ será que Castiel no lo notó. No me quiero imaginar la culpa que debe estar sintiendo Sam.
    No me voy a cansar de preguntar lo mismo ¿Quien es Angie?
    Un abrazo y espero que continues pronto esta historia porque es maravillosa.

  3. Feliz Navidad y año nuevo, win!
    Sí, ha estado un poco largo, pero me gusta, orque habla mucho de que lo ha etado pasando Sam y de lo linda que es Angie, y eso de que en verdad es hija de Dean qué? Está interesante, muy interesante. Y no me gusta la forma en que él la trató, pero se entiende que es lo malo que tiene dentro.
    En espera!

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