Fic: “Otra clase de ángel” 17/25

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Título: “Otra clase de ángel”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: Todo público
Sumario: Dean aún no lo ha visto (ni lo ha vivido) todo.

17

No sabe cómo hacerlo esta vez.

Es como hiperventilar. Sabes que tienes que respirar porque si no lo haces morirás, pero tus pulmones no obedecen y te ahogas sin remedio.

Mira hacia las ventanas altas y tapiadas con un par de tablones viejos. Es un feo lugar. Apenas hay una bombilla colgando de un cable torcido desde el techo a dos metros y medio del suelo. A ella le han dejado una manta y algo que en alguna época remota debió ser un cojín y que ahora sólo es un montón de trapos apelotonados.

Ha visto a esa mujer antes, en sus sueños, clavando en ella sus ojos negros, dos pozos sin fondo. Meg. Así la llama su padre. No es que se lo haya dicho. Sólo es así. La mujer avanza hacia ella con una falsa confianza que podría engañar a cualquiera. A ella no. Huele a temor.

“Hola, querida”, dice deteniéndose a cautelosa distancia. Atrás suyo hay dos hombres altos, demonios, Angie sabe, prestos a seguir sus órdenes. “¿Cómo te sientes? ¿Un poquito más repuesta?”

La mujer (Meg, se recuerda a sí misma Angie nuevamente) lleva un cuenco en las manos. Angie fija sus ojos en él antes de contestar.

“Quiero ir a casa”.

Un puchero burlesco se forma en los labios de la mujer.

“Lo siento, dulzura, eso no es posible”

“¡Quiero ir a casa!”, Angie se pone de pie, esta vez mirando directamente a la demonio que hay debajo del traje de piel. A su movimiento, Meg da un respingo. Oh, sí. Le teme. Angie sabe en ese momento que tiene que arriesgarse un poquito más. “¡Si no me dejas ir, te haré polvo!”. Y tal vez hubiera sido mucho más efectiva la puesta en escena si la mano no le temblara tanto al apuntarle temerariamente con el dedo, ni su labio superior brincara casi imperceptiblemente en un espasmo tras las palabras. La demonio la mira con atención un instante y luego deja el cuenco en el suelo.

“Entonces,…” se cruza de brazos. “… hazlo”.

Pero Angie no puede, no sabe, por lo tanto se queda quieta, tan desafiante como es capaz dentro de su pánico. Entonces intenta ir hacia la puerta y la demonio se le planta al frente con el mínimo esfuerzo, paralizándola con su sola presencia.

“Vuelve a tu rincón, cariño. Ambas sabemos que no harás nada por ahora”.

Angie ni siquiera se atreve a levantar la vista. El olor a miedo en la mujer se ha esfumado y sólo huele a maldad. Le echa una última mirada hacia la puerta bajo sus pestañas y retrocede de espaldas.

Meg se inclina hacia ella buscándole el rostro escondido.

“Podríamos convertirnos en grandes amigas, si te comportas como debes”, le dice y su aliento a azufre y ceniza golpea el olfato de la niña.

Luego, va y recoge el cuenco abandonado en el suelo y lo coloca frente a Angie.

“Bebe”.

Angie mira dentro de la vasija, hacia el líquido viscoso en el que Meg ha hecho un remolino con el dedo y adivina de inmediato qué es. Se hace a un lado, intentando esquivar el rincón habitable que le sirve de trinchera, y devuelve lo poco que hay dentro de su estómago.

“¿Vas a darme problemas, querida?”

Por toda respuesta, Angie se hace un ovillo contra su refugio envolviéndose en la manta y allí se queda. Meg no tiene paciencia para eso. Voltea la cabeza y da una silenciosa orden a sus hombres. Uno de ellos, calvo y fornido, avanza y hace el intento de agarrar a la niña. Ella cierra los ojos, grita y patalea. Y de pronto, apenas le rodea el delicado brazo con su mano gigante tras arrancarle a la fuerza la manta, el tipo hace ¡puf! y desaparece. Su sombra queda estampada en la pared de ladrillo viejo. El cuenco cae de las manos de Meg al suelo y da vueltas sobre su base derramando una porción de su contenido alrededor. La demonio tiene los ojos y la boca abiertos con pavor y el otro hombre, a su espalda, se aleja de inmediato en procura de la salida.

Pero nada más ocurre.

Angie cae al suelo de nuevo, resollando, demasiado débil para hacer algo más, porque no sabe cómo usar eso que tiene adentro, porque a veces resulta y a veces no. Y esta vez es no. Es como cantar con la garganta en vez de con el pecho y el estómago. Suena bonito hasta que tu garganta se va a la mierda y sólo obtienes gorgoteos y un dolor que no te permite hablar decentemente por días. A ella le gusta cantar. Lo hacía con Dean en la cabaña, mientras completaban los quehaceres, cuando se sentaban en la banca de la entrada o viajaban en la camioneta. Y si la garganta escocía, Dean le daba a beber una infusión de hierbas con limón y miel que hacía milagros. Extraña la cabaña, a Iosephus. Extraña las tardes de caminata por el bosque, los tímidos insectos que encontraba bajo la hojarasca, los animales pequeños que se acercaban a olfatearla y la manera en que el sol brillaba entre las copas de los árboles antes de esconderse tras la mole rocosa de la montaña. Sobre todo, extraña a papá.

Ahora está sola, débil, en ese lugar feo, oscuro y húmedo que nada tiene que ver con su cabaña. Con los ladrillos de la pared ante sus ojos, se pregunta si la luz del sol volverá a ser como ella la recuerda.

Moverse es un martirio, pero lo hace. Meg la está mirando. Es claro que ha comprendido lo que sucede, o mejor dicho lo que no sucede, porque su rostro se tuerce en una sonrisa satisfecha que envía escalofríos por la espina de la niña.

“No es tan fácil, ¿eh, cosita?”, adelanta un paso y Angie retrocede otro tanto, en manos y rodillas, tambaleante, de nuevo en busca de su guarida. Meg se vuelve hacia el otro, quien tiene ya una mano puesta en el pomo de la puerta de salida, instándolo con un gesto a que regrese a su trabajo. El demonio duda un instante pero finalmente se les acerca con paso cauteloso. Cuando Meg voltea hacia Angie de nuevo, luce una máscara de falsa ternura.

“Oye, dulzura, estás débil. ¿Qué tal si te hacemos más fuerte? Esto te ayudará”, y le acerca el cuenco con el restante de líquido viscoso y nauseabundo.

Angie retrocede como puede hasta que su espalda topa con la pared y se lleva un brazo hacia el rostro protegiendo su boca prieta al tiempo que niega fehacientemente con su cabeza.

“Oh, vamos. ¿Qué hay con los modales en la mesa?” y agrega, cantarina, “Las niñas malas no van al cielo”.

A un gesto suyo, el otro avanza sobre la pequeña y la arranca de la pared una vez más inmovilizándola con un brazo alrededor de su pequeño torso y sujetándole la barbilla con la mano desocupada, obligándola a abrir la boca y mantenerla así. Meg se inclina hacia ella con el cuenco dispuesto.

“Ahora, vas a ser una buena niña”.

Antes que el líquido entre por su boca y recorra el camino hacia su garganta, Angie percibe el olor metálico de la sangre. Aún intenta oponerse, lanzar nuevas patadas, escupir en último caso. La cosa es como aceite que invade su garganta obstruyendo el paso del aire a sus pulmones. Las arcadas de nada le sirven. Meg le hace tragar sin contemplaciones. Está hecho.

Casi no se da cuenta cuando la dejan resbalar hacia el suelo y a su rincón de nuevo. Y ahora está llorando mientra intenta limpiar su boca del resto de porquería que ha quedado en ella.

“Papito” susurra entre sollozos entrecortados. “Por favor, papito. Sácame de aquí. ¿Dónde estás? Te necesito”.

Pero papá no está allí. La puerta no se abre y él no entra cortando cabezas y destripando demonios. Papá no está allí y Angie se duerme soñando que está de regreso en la Milton House y la señora Milton la mira con pena y desaprobación, de brazos cruzados desde los pies de su cama, moviendo con pesar de lado a lado su cabeza.

“No deberías haber permitido esto”.

Las llamas se alzan a ambos lados de la cama mientras la casa se derrumba.

“Ayúdame”, le ruega en medio del llanto.

“No puedo” dice la mujer y entonces la expresión de dureza desaparece y es pena de nuevo y ya no es la señora quien tiende una mano en busca de su mejilla, es papá. “No puedo”.

La primera vez que despierta, están de nuevo sobre ella, arrojando más inmundicia dentro de su boca, obligándola a cerrarla y tragar hasta que vuelve a entrar en la inconsciencia llamando a Dean entre sollozos apagados.

La segunda vez, Meg tiene un hilo de sangre escurriendo desde su muñeca abierta hasta el cuenco. Cuando se da cuenta que la niña le observa le dedica un guiño.

“Mi ingrediente secreto. Lo hace funcionar”.

Hacia la tercera, el miedo y la pena han comenzado a convertirse en una furia bullente en su interior.

Cuando Meg se acerca a ella, ahora sin el respaldo del otro demonio, le da vuelta el cuenco de un manotazo y todo el contenido se pierde en el suelo.

“¡Mira lo que has hecho, mocosa! ¿Acaso piensas que estos envoltorios de carne son eternos? ¡No se les ordeña sangre como leche a las vacas, maldición!”

“¡Vete a la mierda! ¡Vete a la mierda, perra maldita! “

“¡Lenguaje, niña!”.

“¡Mi papá te va a matar!”

“¡Tu papito te abandonó!”

“¡Mentira!”

Meg abre los brazos histriónicamente mirando en todas direcciones.

“Bueno, ¿dónde está, entonces?”

“Él… él vendrá”.

“No, dulzura. No vendrá. Te dejó aquí… para mí”.

“¡Mentira! ¿Por qué haría eso?”

“Oh, dulzura. Porque tú no eres como él”.

Las palabras de la demonio son una daga de frío hielo en el corazón de la niña.

“Eso no es verdad”, dice apenas sobre el sonido de su respiración. “Soy su hija”

“Eres una abominación, dulzura. Como su hermano Sam. Y, ¿qué es lo que hizo con él? Lo envió al infierno. Sabías eso, ¿verdad?”

Ella sabe que tío Sam estuvo en el infierno. ¿Por qué? Papá no se lo ha dicho. ¿Será posible entonces…?

“¿Papá… lo envió allí?

“Sí, cariño. Es por toda esa mierda en su cabeza acerca de hacer lo correcto”

“Pero… Papá lo ama”

“Sí, lo ama”.

Tiene que recordarse a la fuerza que los demonios mienten. Dean se lo ha dicho antes. Meg es una demonio, aunque ya no pueda verle su verdadero rostro. Pero ahora no miente cuando dice que papá ama a tío Sam. Entonces, ¿es la verdad cuando dice que papá no vendrá por ella?

“Soy su hija”.

“No, cariño. Lo lamento. No es así. Eres una carga”. Sube la manga de su chaqueta dejando al descubierto su muñeca y con la uña de la mano contraria procede a abrir la cicatriz del anterior corte, profundo. “Nosotros te amamos, Angie. No como tu madre, no como los Milton, no como Dean. Su amor es fallido, imperfecto, destinado al fracaso. Tienen buenas intenciones pero al final… siempre fallan”.

Angie sigue, hipnotizada, el camino que el oscuro líquido emprende a merced de la fuerza de gravedad hacia los dedos de Meg mientras en su cabeza se repiten los ecos de la promesa de su padre de no separarse jamás. Ella le creyó. Él le mintió.

“No te fallaremos, Angie”.

Y ahora estaba sola.

“Siempre estaremos contigo. Todos nosotros. Y tú serás nuestra pequeña Niña Reina”. La sangre continúa fluyendo lentamente de su muñeca mientras se la ofrece. Angie piensa en sus años de encierro en la Milton House, en sus meses de libertad en la cabaña y todo parece un sueño muy lejano, el sueño de alguien que no es ella, un sueño prestado. Mira la herida un instante y luego se inclina y bebe. Repentinamente, Meg ya no huele mal. Y esa cosa bajando por su garganta, ya no sabe tan horrible. Se esparce por el interior de su cuerpo con rapidez como si tuviera vida propia y es como miles de voces hablando al unísono en sus oídos llamándola por su nombre, abrazándola, clamando por ella. Bebe hasta saciar el hambre que lleva adentro y del que sólo ahora tiene conciencia.

“Vamos, dulzura, abre tus ojos para mí”, escucha la voz de Meg.

Cuando los párpados se mueven, bajo ellos hay dos pupilas negras como dos agujeros profundos. Meg sonríe.

“Te amamos, cariño. ¡Serás tan, tan feliz con nosotros!”.

Capítulo 18.

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  1. OMG!!! pobre angie, como sera el encuentro ahora con su papa, Dean va a destrozar a MEG y esepero pueda salvar a angie y ella confie nuevamente en DEan xD
    Genial Capi hasta el prox xD

  2. AAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!! No No No No No Meg es una #@”%& como le hace eso a la pobre Angie (mmmmm si bueno es una demonia pero igual).
    Este capítulo te quedo maravilloso, me encanta la forma como describes las reacciones de la niña y la forma como asumió su situación, aunque se me rompió el corazón cuando Meg finalmente pareció convencerla de que Dean la había abandonado usando esa tergiversación tan vil de lo que le ocurrió a Sam.
    La verdad no me esperaba este giro en los acontecimientos, hace que todo se ponga incluso más interesante.
    Ahora sólo resta cruzar los dedos para que Dean y los demás la encuentren pronto, ojalá ya no sea demasiado tarde.

    • Gracias por tus palabras, Nath. Y ahora se viene peor. Ji, ji. Soy muy cruel.
      ¿Te tendré por mi journal, verdad? Es que ví el tuyo y parecía que ibas a desaparecer del ciberespacio. Si lo haces, te echaré de menos.
      Nos leemos. Eso espero. 🙂

  3. ¡Hola!
    Yo la verdad, no me vi venir que eso fuera lo que quisiera de la niña. No sé porqué pensé que lo que quería era tenerla por su sangre, más bien, o hacerla un sacrificio. Eso de que busque que sea su reina, me recuerda un poco a Ruby y su necedad de sacar a su señor. No sé, la idea de los demonios como seres en busca de su señor los hace parecer más vulnerables de lo que uno ve a simple vista en la serie.
    Me ha gustado la forma en que has puesto a Meg, tan ella como siempre y tan manipuladora como lo que es, un demonio. Eso de que usara la situación de Sam para hacerla caer como el hecho de que Dean no hubiera llegado por ella, me gustó, aunque yo me hubiera pensado que esa vez, la niña tomaría sin querer, pero en la siguiente acometida, con más sangre en el sistema, más tiempo sin el padre y más palabras de esa mujer, era como el tiempo justo. No sé porqué pensé que era apresurado en ese momento, aunque viéndolo bien, aguantó dos raciones de sangre, eso ya es decir mucho.
    También me quedé un poco con las ganas de ver sus pensamientos y sentimientos, más allá del miedo y la debilidad, por haber matado. Al fin y al cabo que es una niña, algo le debió chocar eso.
    Pero, como siempre, ha estado muy bien y, como siempre, me tienes en ESPERA.
    Chau chica!

    • Buena idea la del sacrificio, no se me había ocurrido. Es que el asunto fue así desde un principio, o por lo menos cerca del principio. Estas cosas se arman solas y yo sólo sigo la huella.
      Lo de la idea de los demons en busca de un jefe ha estado siempre en la serie. Partiendo de buscar a Sam para dirigir el ejército infernal (“the Boy King” como lo llaman en el 3×01), en la charla que tiene Dean con Casey (Sin City 3×04)y por supuesto toda la quinta y sexta temporada con el asunto de Lúcifer.
      La espera terminó porque ya subí el 18.
      Saludos y gracias por comentar.
      🙂

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