Fic: “Cuentas pendientes” 22/?

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

 

22
Alec

 

Se estira la manga de la chaqueta sobre la muñeca porque no piensa dejar que Sam lo vea. Por cierto que tampoco se lo permitirá a Cas aunque el ángel haya tenido la deferencia de saciar su curiosidad con respecto al enoquiano. Suficiente con una sesión de strip-tease en una habitación con dos hombres inspeccionandole el cuerpo. Realmente incómodo.

Están frente a la casa de la doctora Hanna Sukova, un edificio de dos pisos y muros altos que Sam encontró hurgando en Internet. Casi es de noche y las luces de la avenida comienzan a encenderse.

“¿Estás seguro que es la persona correcta?”, pregunta Sam desde atrás del volante.

“Dímelo tú”, le responde Alec y baja del vehículo. “¿Cuántas Hanna encontraste en la base de datos de Manticore?” Permanece allí unos momentos, apoyado en el techo del Impala mientras echa un vistazo alrededor.

“¿Qué sucede?”

El cazador ha descendido también del vehículo y sigue la dirección en que Alec está mirando.

“Demasiada seguridad ¿no crees?”

Sam arruga el ceño un tanto perplejo porque él sólo ve una cámara y un citófono en la entrada.

“¿A qué te refieres?”

Alec le señala con un movimiento desganado de su mano los lugares donde se esconden sensores lasers, cámaras y reflectores.

“Allí, allí y allí”.

Sam lo mira boquiabierto y Alec sube y baja sus cejas juguetonamente.

“¿Y supiste eso con sólo echar un vistazo?”

“Aún conservo algunas habilidades. Vamos”, lo apura rodeando el Impala para reunirse con él. “Tenemos que entrar. ¿Qué somos ahora?”.

“Ejecutivos de Phineas Home, comida vegetariana para gente saludable, y deseamos contar con ella en nuestra nómina”.

Alec resopla, incrédulo, mientras se dirigen hacia la entrada.

“¿Y piensas que va a tragarse eso?”

“¿Alguna otra idea?”

“Podemos saltar los muros”.

“¿Estás seguro que tu ADN es de gato? ¿Por qué esa inclinación a trepar como un chimpancé a la primera oportunidad?”

“Los gatos trepan. Y caen siempre sobre sus cuatro patas”.

Llegan frente a la entrada, un portón de madera y hierro forjado, y Sam presiona el interruptor del citófono.

“Déjame hablar a mí”, advierte.

“Date el gusto”.

Toca una segunda vez y la cámara sobre sus cabezas se mueve hacia ellos con un siseo cibernético.

“¿Sí?”, surge una voz femenina desde el altavoz.

“Buenas tardes, ¿está la Sra. Sukova en casa?”

“Sí, soy yo”.

“Sra. Sukova, somos de Phineas Home, comida veg…”

“¿Cuál es su asunto?”

“…ah… er… tenemos una atractiva propuesta para usted con respecto a unirse a nuestra…”

“No estoy interesada, así que gracias por tomarse el tiempo de venir hasta aquí, pero ya pueden retirarse” y enseguida el clic del intercomunicador les avisa que no hay nadie del otro lado que siga escuchando. Sam mira a Alec quien se encoge de hombros, manos en bolsillos.

“Entonces…” propone Alec, “…¿trepamos?”

Dos horas más tarde, amparados por la oscuridad y abandonado el traje formal, recorren la periferia buscando un punto ciego en la vigilancia por donde penetrar, intentando no parecer demasiado sospechosos en un barrio tranquilo y reservado como ese. Encuentran lo que buscan en el muro que separa la propiedad de la doctora con su vecino quien, afortunadamente, no se da cuenta cuando ambos hombres atraviesan sigilosamente su patio.

Trepar y pasar hacia el otro lado no representa problema para ninguno de los dos. El asunto es que, agazapado al pie del muro, Sam descubre a un par de perros rottweiler andando por el jardín, con la postura vigilante, alertas al ruido que han hecho al caer. Palmotea en el hombro a su compañero llamando su atención hacia los animales. Alec asiente tras echar un vistazo, dándole a entender que ha comprendido la situación, y enseguida extrae del bolsillo de su chaqueta un paquete que desenvuelve con todo cuidado hasta dejar al descubierto pedazos de carne fresca y cruda.

“¿Dónde conseguiste eso?”, le susurra Sam y Alec le contesta de la misma manera, sin perder de vista a los perros.

“En el supermercado, ¿dónde más? He tenido suficiente vida delictual como para imaginar que nos encontraríamos con circunstancias como éstas”

El cazador mira el paquete y luego a Alec, sorprendido.

”¿Eres un ladrón?”

Alec sopesa la palabra, pensativo, torciendo los labios de la misma manera en que Dean lo hace cuando le resta importancia a algo.

“Digamos que combato la desigualdad de las oportunidades económicas” y enseguida lanza un silbido agudo y corto que dirige las cabezas de los animales en su dirección.

“¿Qué haces, idiota?”.

“Tómalo con calma, Sam” y a los perros, a medio susurrar: “¡Eh! ¡Bonitos!”

Los canes le enseñan los dientes blancos, grandes y feroces.

“¿Alec?”

“Tranquilízate, Sam. Si te pones nervioso, se darán cuenta”. Alec se palmotea el muslo, en una tácita invitación al juego. Los perros parecen sorprendidos por la acción y lo observan con la cabeza ladeada durante un instante. Cuando luego los animales comienzan a acercarse, Alec les arroja un par de pedazos de carne. “Ve a abrir la jaula”, instruye a Sam y éste obedece raudamente.

“Pensé que te gustaban los perros”, le dice risueño Alec cuando terminan de cerrar las jaulas con los animales en su interior concentrados en dar de baja los trozos de carne que el ex transgénico les ha arrojado dentro.

“No ESTOS perros, amigo”.

Lo siguiente es desconectar las alarmas y el teléfono, esperando que la dama realmente no les haya escuchado y no esté llamando en ese momento a la policía por el móvil. Luego, entran en la casa por una ventana posterior que da a la cocina. Todas las habitaciones en el primer piso están a oscuras.

En el segundo piso encuentran el dormitorio principal vacío, aunque el desorden en las mantas demuestran que hasta hace poco alguien estuvo acostado allí.

“Quizás está en el baño”, aventura Sam en voz baja observando alrededor a la media luz de la lámpara de noche.

“Hey, mira”, indica Alec, señalando lo que a simple vista parece un closet a medio abrir. “Tiene una habitación del pánico”, se acerca a inspeccionar con la curiosidad de un niño como si no estuvieran allí en calidad de intrusos.

“Alec, no tenemos tiempo para eso”, se queja Sam.

El ex transgénico abre la puerta por completo atisbando en el interior del pequeño espacio forrado en acero.

“No está aquí”. Los cerrojos electrónicos no cierran. Alec frunce el ceño, extrañado. “No está funcionando. Debería tener un sistema independiente del resto de las alarmas. O algún manejo manual”.

“Alec…”

“Creo que le faltó dinero para…”. Y entonces, al dar la vuelta buscando a Sam, se encuentra con que una mujer en el comienzo de sus treinta tiene el cañón de un arma pegado a la cabeza del cazador por la espalda. “¡Oh, por favor!”.

“¡Manos arriba!” ordena ella y Alec obedece de inmediato. “¡De rodillas!”, le ordena a Sam y extrae la Taurus que el cazador lleva en la parte de atrás de la cinturilla del pantalón. “Tú”, vuelve a mirar a Alec. “Pon tu arma en el piso. ¡Lentamente!” El extransgénico saca la Colt de Dean desde el interior de la chaqueta y la coloca en el suelo. “Empújala lejos de ti” así lo hace él con un ligero puntapié. “Llamé… llamé a la policía”, informa la mujer.

Alec la observa con detención ahora. La mujer parece haber perdido la pista de lo que debe hacer a continuación. Es evidente que se ha vestido a la rápida y unos pasos más atrás de ella, en el suelo, hay una mochila grande y voluminosa.

“No lo creo”, dice.

“¿Uh?”

“Si lo hubiera hecho, ya estarían aquí. Usted desea huir. No confía en ellos”. Un fugaz vistazo hacia su mochila la traiciona y Alec sabe que está en lo cierto. “Así que, ¿usted misma acabará con nosotros? …”

“No la envalentones”, le advierte el cazador entre dientes.

“… ¿o está esperando por alguien más que lo haga por usted?”. La mujer acomoda los dedos alrededor del arma en claro signo de estrés. Alec se permite una media sonrisa. ”No”, deduce, “Está sola en esto”.

Pretende dar un paso y la mujer presiona con fuerza el cañón del arma contra la cabeza de Sam.

“Mire”, intenta calmarla el cazador desde su posición. “no somos un peligro para usted”.

“¿Por qué debería creerte? Es claro que no eres un administrativo de Phineas Food”.

Alec enarca las cejas en dirección al cazador en un silencioso “te lo dije”.

“Sabemos acerca de su trabajo en Manticore”, continúa Sam ignorando a Alec.

“Lo que no sabemos es por qué ellos querrían asesinarla”, agrega éste. “¿Descubrió algo sobre Deck o alguien más dentro de la base?”

“Ustedes no saben nada sobre mí”.

“Yo sé que usted se preocupa por los niños de allí dentro”.

“¿De qué estás hablando?. Manticore es sólo una escuela militar para niños dotados”.

“No, Manticore es un proyecto secreto del gobierno destinado a crear ejércitos de soldados genéticamente mejorados para luchar en cualquier clase de escenario. Superhombres al servicio del gobierno. Crearon niños que han sido sujetos a un entrenamiento inhumano para que alcancen su máximo potencial. Han sido sometidos a constante privación de sueño, adoctrinamiento mental, horas bajo el agua congelada, días sin comida ni agua, sometidos al temor de ser eliminados en cualquier momento por resultar defectuosos, a noches esperando angustiosamente no ser elegidos para los ejercicios de caza nocturna, esperando que el compañero de unidad haya superado la prueba correspondiente y vuelva a su camastro, pero a nadie le importa eso porque para ellos son sólo poderosas y costosas armas que deben alcanzar sus objetivos”, sin querer ha alzado la voz más de la cuenta, llevado por la pasión de sus recuerdos. La mujer lo mira sorprendida. “Nadie. Excepto usted, ¿verdad?”

La tensión en el brazo que sostiene el arma contra Sam parece ceder un tanto.

“Cómo puedes saber todo eso?”, pregunta la mujer casi en un susurro.

“Porque yo vivía allí”.

“¡Alec!”, le reprende el cazador.

“Calla, Sam”.

La doctora entrecierra los ojos intentando penetrar la penumbra de la habitación.

“¿Te conozco?”

“Seguramente, aunque… no exactamente así”.

La mujer lo observa con sumo detenimiento. Aprieta un interruptor en la pared que enciende una lámpara de pedestal en la esquina.

“Muévete a la luz”, le ordena y Alec así lo hace. El transgénico puede decir exactamente el segundo en que la mente de la doctora comienza a encajar las piezas tras contemplarlo más claramente.

“Esos ojos…”, le oye murmurar Sam desde su posición en el suelo y luego más alto, “Eres demasiado mayor”

“Lo sé”, dice Alec y se encoge de hombros, “pero es lo que hay”.

Sam no puede dejar de preguntar.

“¿Demasiado mayor para qué?”

Ella no le contesta, sigue mirando a Alec.

“Muéstrame tu cuello”

Alec se lo muestra, limpio de código de barras.

“Tú debes ser el donador”

“Algo así”.

“¿Por qué estás aquí?”

Alec intenta mostrar en su expresión lo serio que es el asunto.

“Necesitamos su ayuda”.

La mujer duda, mueve los dedos sobre el arma, se humedece los labios.

“Tienes cinco minutos para explicarte”.

“Necesitamos su ayuda para liberar a M…” y se corrige de inmediato.”…X-452 de Manticore”.

“¿Por qué?”

“Ella es importante.”

“¿Para qué?”

“Para salvar el mundo”.

La incredulidad y el deseo de confiar luchan en el rostro de la doctora.

“Sí. Claro. ¿Por qué yo?”

Alec se encoge de hombros nuevamente porque no tiene otra respuesta más razonable.

“Porque así debe ser”

“No es suficiente”.

“¡Oh, por favor!”, Alec gesticula con sus manos en alto. “¡Si se lo digo, no me creerá!” y en ese momento, la expresión en el rostro de la mujer cambia, los ojos fijos en el movimiento que ha hecho.

“¿Qué es eso?”, pregunta en un suspiro.

“¿Cómo dijo?”

“Tus manos”

Alec las alza hacia él y las voltea, examinándolas.

“¿Qué pasa con mis…?”, en el dorso de ambas manos, líneas negras avanzan desde las muñecas formando signos hacia los dedos. “Oh, Dios”.

“Muéstrame tus brazos”, el arma abandona a Sam por un momento para respaldar la orden con un movimiento de amenaza hacia el otro.

Alec, un tanto renuente, se saca la chaqueta y se levanta las mangas de su jersey hasta los codos enseñando el enmarañado enjambre de tatuajes que cubre sus antebrazos.

“¿Y cuándo ibas a decírmelo?”, le reclama Sam con gesto airado.

“Déjame ver… uh…er… ¿nunca?”

“Tu espalda ahora”, ordena nuevamente la mujer sin hacer caso del intercambio entre ambos hombres. Con un suspiro, Alec se da la vuelta y se alza la ropa dejando al descubierto espalda y tatuajes. Sam ve de reojo cómo los labios de la doctora se abren y dejan escapar una velada exclamación de asombro.

Alec voltea a medias exhibiendo una sonrisa torcida.

“¿Le gusta lo que ve?”, no espera la respuesta para comenzar a cubrirse de nuevo.

“¡Espera! Sácate el sweater”.

“¿Qué?”

“Y la camiseta”.

En serio quisiera desobedecer esta vez, pero el arma, aunque sin tanta determinación, todavía apunta hacia Sam.

“¡Dios!, soy un striptisero ahora”, reclama mientras voltea por completo hacia la mujer. “¿Desea algo de baile también?”

Se despoja de ambas prendas, dejando ver su torso desnudo y sobre él, nuevas líneas que convergen hacia el lado del corazón.

“¡Mi Dios!” exclama la mujer y baja lentamente el arma.

“Bueno, sé que soy lindo pero no esperaba ese tipo de reacción”.

Sam sólo puede rodar los ojos antes de comenzar a bajar los brazos percatándose que el momento de mayor tensión ya ha pasado.

“Tú”, lo señala la mujer. “Levántate. Ustedes dos me tienen que explicar todo”.

Les indica que le sigan al primer piso y les hace entrar en su estudio donde se instalan alrededor de un amplio escritorio.

“Bien”, dice la doctora con las manos cruzadas sobre la superficie de madera del mueble.”Hablen”

Es Alec quien comienza.

“Mi número de designación es 331845739494”

La doctora fija sus ojos en él como intentando ver la verdad a través de su mirada.

“¿Me estás diciendo que no eres donador sino transgénico?”

“Bueno, no exactamente… algo así. Era un transgénico pero este cuerpo es de mi donador. Soy del futuro… bueno, no exactamente este futuro… pero parecido”.

La doctora mira unos instantes más a Alec y luego se vuelve hacia Sam, obviamente buscando una mejor explicación. El cazador respira profundo antes de comenzar a dársela.

“Mi hermano, Dean, al parecer, es el donador de Alec… o x494 y su gemelo x493. De alguna manera, ambos, Alec y mi hermano, han sido intercambiados en sus cuerpos porque, al parecer, los acontecimientos de este presente han sido cambiados y el futuro, tal como debe ser, peligra. Alec está aquí para reparar eso”

“Y, al parecer, ambos están dementes”

“Si piensa así de nosotros, ¿por qué entonces no nos disparó en su cuarto?”

La mujer guarda silencio un instante, manos sobre el escritorio, examinando la superficie de madera antes de incorporarse e ir hacia el cajón de un mueble cercano desde donde extrae una voluminosa carpeta. La deposita frente a los dos hombres y les deja ver su contenido: fotografías de documentos, todos ellos escritos en enoquiano.

Ahora es el turno de ambos para asombrarse.

“De dónde… de dónde vino esto?”, pregunta Alec.

“Lo robé de los archivos personales de Lydecker”

“¿Los originales?”, quiere saber Sam.

“Todavía están en su oficina”. Se deja caer en el asiento como si un peso enorme la obligara a hacerlo. “Yo sólo tomé fotografías. No sé realmente si él está enterado de lo que hice pero desde entonces vivo con temor. Unos pocos días después de tomarlas, renuncié. No pude con el estrés. Él es un hombre peligroso”.

“Lo sé”, corrobora Alec.

“¿Lo conociste?”

“Sí. Muy bien”

“¿Sabe qué es esto?”, inquiere Sam revisando una a una las páginas.

“He estado tratando de traducirlo pero me ha sido imposible. Sin embargo, mira”, busca una fotografía en particular y la coloca al tope de las otras. Allí está la gráfica exacta del tatuaje en el pecho de Alec. “¿Te das cuenta por qué mi conmoción?”

“Sí”, dice Alec siguiendo con el dedo el trazado en la fotografía. “Esto y mi cuerpo perfecto fue demasiado” y por primera vez la mujer ríe con relajo. Alec la acompaña con una sonrisa sin despegar la vista de la gráfica. “De acuerdo con esto, el trazado parece ser una especie de escudo”

Sam deja de revisar las páginas que tiene en la mano, sorprendido.

“¿Desde cuándo sabes enoquiano?”

“Desde ayer”

“¿Ayer?”

“Soy muy buen alumno”.

“Así que”, inquiere la doctora con interés científico. “¿Has conservado tus habilidades transgénicas?”

“Sólo las intelectuales, lamentablemente”

La mujer busca otra página en especial.

“Mira esto”, señala otro esquema, similar al que acaba de mostrar. Su encabezado, sin embargo, no se encuentra en enoquiano.

“Es una secuencia de ADN”, reconoce Alec. “Es…” levanta la mirada hacia la doctora con asombro. “…la secuencia de Max”.

“Te refieres a 452, ¿verdad? Escuché a sus compañeros de unidad llamarla de esa manera en ocasiones”.

“La conoció”

“A todos ellos” y se corrige, “a todos ustedes si en realidad eres 494” Se sonríe casi con ternura. “Eras una verdadera molestia en el trasero”

Alec le corresponde la sonrisa con un toque de picardía.

“Siempre”.

“Ella era especial para Deck”, continúa ella luego. “Quiero decir, él siempre trató a los X5 como si le pertenecieran, pero ella siempre fue especial”.

Sam ha revisado una a una las páginas.

“Cada página tiene secuencias”.

“Sí. Hay secuencias de ADN diseñadas para cada transgénico desde los X4”.

El cazador deja las hojas en la mesa un momento, aturdido por tanta información.

“Dra. Sukova, ¿por qué robó este material?”

La mujer suspira.

“No lo sé. ¿Instinto tal vez? No me gustaba la manera en que trataban a los niños. Deseaba tener pruebas sobre sus abusos disciplinarios, así que me introduje a su oficina en busca de cualquier cosa que pudiese utilizar en su contra, quizás reportes falsos acerca de sus actividades o algo similar. Deseaba mostrarlo en público. Cuando ví las secuencias en los documentos, pensé que estaban haciendo cosas equivocadas con ellos, así que tomé las fotos con la intención de estudiarlos en detalle más tarde. Sólo que no pude entender una palabra, sólo las secuencias. Y esto.” Señala hacia el costado de una de las hojas, un signo que se repite en todas ellas: la figura en negro de una bestia Manticore sobre un pedestal envuelto en dos serpientes.

“¿Qué es?”, inquiere Sam.

“Es la firma de Sandeman”.

Eso de inmediato concita la atención de Alec.

“¿Sandeman? ¿Esto es propiedad de Sandeman?” la doctora asiente y Alec mira con reverencia los papeles. “¡Wow! ¿Puedo… puedo tener una copia?”

“Por supuesto. Tengo las fotos en mi laptop. Puedo traspasártelas”, comienza a ordenar los papeles frente a ella de regreso a la carpeta. “Pero primero…”, se detiene y los mira a ambos alternativamente. “¿Qué tengo que ver yo con su plan para arreglar el mundo?”

Ambos hombres intercambian miradas decidiendo quién debe hablar. Finalmente es Sam quien lo hace.

“Desde que Alec está aquí, demasiados hechos han sido cambiados y con eso, el futuro. Si no los reparamos, un grupo llamado “Los Familiares” tomarán control del planeta. Mucha gente morirá, millones, gente inocente. Con algunos de esos hechos, nada podemos hacer, pero debemos intentar con aquellos que sí. En la línea de tiempo correcta, usted se encontraba trabajando en Manticore el día en que Max y su unidad huyeron. Eso fue en el 2009. Usted la recogió en su auto y la mantuvo bajo su protección en su casa por algunas horas hasta que ella huyó nuevamente y desapareció de su vida. Intentaremos liberar a Max mañana en la noche pero sería aún mejor si usted estuviera allí por ella”.

La mujer sopesa en silencio lo que ha escuchado por unos instantes.

“Lo siento, No puedo hacer eso”

“Dra. Sukova, si usted no se lleva a Max, la línea de tiempo no será restaura apropiadamente.
“Si lo hago, me matarán. ¿Comprendes eso? Ustedes no van a protegerme.
Pero …”
“Lo siento, no puedo”

Sam se vuelve hacia Alec, quien ha observado en silencio hasta ese momento, en busca de ayuda. Con un suspiro, el extransgénico toma el relevo.

“Hanna, yo, más que nadie quisiera que las cosas no tuviesen que ocurrir de este modo. Bien lo sabe Sam”, y señala al cazador, “que de ser por mí, escribiría una nueva historia. Yo soy uno de aquellos niños encerrados en Manticore”. Alec puede ver cómo el entendimiento y la compasión se abren paso en el ánimo de la doctora. “En ese entonces no sabía lo que sé ahora. Pero aún así, comprendo que no debo cambiar mi historia aunque eso signifique dejar que ese niño que soy yo vuelva a pasar por los mismos tormentos que aún están en mi memoria”.

“No veo todavía cómo es que mi presencia puede ayudar a reparar la historia”.

“Con cada acontecimiento fuera de lugar, el futuro se desvanece y le da poder a Los Familiares. En el futuro, Max regresará a usted por respuestas, usted le entregará la información necesaria para que comprenda quién es ella, y Max salvará su vida porque usted la sacó de Manticore”.

“Ella… ¿me salvará?”

“Sí. Nosotros no podemos darle protección ahora, pero ella sí lo hará”, se detiene un momento para permitir que sus palabras se asienten apropiadamente en la mente de la mujer. “Así que,” continúa luego, “si usted realmente desea ayudar a esos niños”, señala la carpeta. “y ayudarse a sí misma… ésta es la manera”.

La mujer permanece en silencio con la mirada perdida en su propio regazo. Sam la observa sin atreverse casi a respirar esperando su respuesta. Finalmente, cuando la doctora les mira nuevamente, el cazador sabe que todo estará bien.

“¿Qué debo hacer?”

Y también lo sabe Alec.

“Esperar por nuestra llamada”

La mujer abre un pequeño cajón del escritorio y saca una tarjeta que le entrega a Sam.

“Mi número de celular y el teléfono de la casa aunque… quizás deberían sólo llamar al celular porque el teléfono ustedes lo estropearon”.

“Oh, perdón”, dice de inmediato Sam poniéndose de pie. “Lo arreglaremos inmediatamente”.

“Uh, Alec, tú querías las fotos, ¿verdad?”

“Oh, sí”, Alec saca un pendrive de su bolsillo y se lo entrega a la doctora.

“De acuerdo, ven conmigo. Mientras tanto, Sam puede reparar la línea”

Lo lleva hasta la sala de estar donde se encuentra su laptop.

“¿Están tú y Max relacionados de alguna manera?, pregunta mientras conecta el pendrive al usb y busca los archivos. Él levanta las cejas, intrigado.

“Usted se refiere a…?”

“Hay información complementaria en los alelos de ambos”.

“¿Y?”

“¿Tengo que ser más explícita? Ustedes dos fueron diseñados como pareja de procreación”.

Alec se sonríe, divertido.

“Oh, eso. Lo lamento, señora. Tengo que romper sus sueños románticos acerca de nosotros. Yo tengo mi novia y ella tiene su novio. Tal vez las cosas entre ellos no han estado del todo bien pero, ¿ella y yo? Somos como hermanos.”

La carga de los archivos tarda unos cuantos minutos por su volumen. Cuando se completa al fin, la doctora saca el pendrive del aparato y lo tiende hacia Alec. Pero cuando éste va a recibirlo, ella no lo suelta.

“Alec, tengo otra pregunta para ti”

“Dispare”

“Hay sólo dos palabras que pude traducir de todo el material y sé que tú las leíste también: brazo y justicia”, posa su mano libre sobre el brazo de Alec significativamente. “¿Qué vas a hacer con eso?”

Alec se pierde un momento en la mirada sincera y a la vez cómplice de la mujer.

“Justicia, supongo”, dice al fin.

“Tu compañero, ¿lo sabe?

Alec busca, por sobre el hombro de la mujer, la figura de Sam que se asoma desde la puerta de la casa señalando que ha terminado su trabajo.

“Quizás su justicia no es como la mía”.

Ella le sonríe.

“Buena suerte entonces”.

Y le deja ir.

 

Capítulo 23

 

 

»

  1. Si pudiera te robaría un poco de toda esa creatividad que tienes!
    Pero me conformo verla reflejada en este fic que en cada capi nos vas mostrando como se va adaptando Dean y Alec al entorno del otro.
    Como a pesar de tener casi los mismos genes (¿?) actúan diferente por las cosas que tuvieron que pasar y demás.
    Esto no tiene final, cierto??? Quiero a Sam con Dean y Alec!!! (no me interesa en absoluto como dejes a max…)

    • Gracias por tus palabras, me halagas.
      Sí, si tiene final aunque todavía falta un tanto para llegar a él. En todo caso, será fácil imaginarse secuelas después.
      Nem,¿tienes personalidad múltiple? ¿Eres también w.elizabeth.w?
      Saludos.
      🙂
      Ya está arriba el 23.

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