Fic: “Otra clase de ángel” 18/25

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Título: “Otra clase de ángel”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: Todo público
Sumario: Dean aún no lo ha visto (ni lo ha vivido) todo.

 

18

 

No hay nada.

La ligera luminosidad que hasta hace poco le guiaba en el mapa ha desaparecido.

Hace una hora, por unos segundos, fue un gran destello, como el reflejo del sol pegando en los cristales de los edificios mientras se esconde al atardecer, y luego nada.

No quiere pensar en lo que aquello podría significar, no con Dean esperando a sus espaldas, los nerviosos dedos sobre el arma bajo la chaqueta y la ansiedad irradiando en ondas desde su persona.

Sam suspira.

Necesita tiempo que no tiene. Está agotado. Lo que Angie hizo en él, lo hizo bien. Lo que resta en su interior es apenas suficiente para seguirle medianamente el rastro a la niña y aún así, al hacerlo, se diluye toda su energía. Baja los brazos, abre los ojos para encontrarse con el cielo nocturno cubierto de nubes.

“¿Entonces?”, lo urge la voz de su hermano desde atrás.

Sam respira profundamente antes de contestar haciendo a un lado el golpeteo en sus sienes.

“Nada”.

Le oye jurar por lo bajo y las pisadas en la hierba de la colina le anuncian que el cazador está dos pasos más cerca.

“¿Estás jugando conmigo de nuevo?”

Siente su propia indignación subir desde lo profundo hasta fundirse con su desesperación.

“¡Estoy tratando!”, espeta sin pensarlo. “¡No es fácil”.

“¿Qué? Hace media hora que estás allí arriba haciendo tu función de la Nueva Era. Necesito una ubicación. ¡Ahora mismo!”

Sam se vuelve buscando a su hermano, dispuesto a responder a su provocación, pero repentinamente la tierra bajo sus pies ha perdido su consistencia. Y mientras cae, por un segundo, ve por el rabillo del ojo el movimiento instintivo de Dean acercándosele. El roce de la vieja chaqueta negra contra su mejilla, el aroma a pólvora, el brazo rodeando su espalda con fuerza, Sam se deja hundir en el recordatorio de otros tiempos, tiempos mejores, tiempos seguros. Y luego…

 

Está de pie, la tierra es roja como arcilla. Un café, un supermercado pequeño, una pequeña plaza con un par de árboles gigantes. Angie está un segundo frente a él, con su falda de jeans, su chaqueta de polar verde, y sus calcetas blancas, la mirada triste y luego no, se ha ido. Mira hacia el frente y una muralla de ladrillo viejo le cierra el camino. No hay ventanas, sólo un cubo hecho de ladrillos. Intenta trepar, intenta golpear. Grita el nombre de la niña hasta desgastar su garganta. Un olor acre invade el lugar. No tiene necesidad de volverse para saber que los gruñidos atrás suyo no son de este mundo. Cuando le caen encima, aprisionándolo contra el muro, capturando en sus fauces su espalda, grita otra vez pero ahora no es el nombre de la niña lo que sale de sus labios. Es sólo el terror.

 

Cuando despierta, resollando en busca de aire, el rostro impávido de Castiel está sobre él, dos dedos haciendo presión sobre su frente.

“Está despierto”, anuncia el ángel haciéndose a un lado. Y ahora es Bobby quien lo escudriña con experta sapiencia. Más atrás está Dean apoyado en la vieja Van, brazos cruzados sobre el pecho, expresión ilegible en sus ojos atentos.

“¿Qué sucedió, muchacho?”, exige saber Bobby.  

Está tendido en el suelo, al pie de la colina donde intentaba leer el rastro. Aún tiene presente el olor a los perros del infierno. Su garganta está rasposa. Se pregunta si en verdad ha gritado.

“Yo…”, intenta una primera vez. “Yo… estaba en… en un pueblo… o algo así…”. Atrás, el cuerpo de su hermano se tensa, apartándose de la camioneta, los brazos libres a los costados. “… había un edificio… detrás de un minimarket… había ladrillos y…”, se lleva una mano temblorosa hacia los ojos. “… perros del infierno”. Traga saliva antes de continuar. “Ella estaba allí”.

Eso basta para que Dean se adelante.

“¿Dónde?”

Sam se incorpora a medias y le señala el mapa en el asiento de la Van a Bobby.

“¿Podrías…?”

Bobby lo alcanza y lo despliega frente a Sam. La mano de éste se desliza sobre los nombres de las pequeñas poblaciones de la zona hasta detenerse en una.

“Aquí”.

Dean se acerca en un dos por tres y verifica el punto donde señala el dedo de Sam.

“¿The Truce?”

Sam asiente en silencio mientras Dean lo traspasa con la mirada en busca de alguna vacilación.

“Son cuarenta y cinco minutos desde aquí”, calcula Bobby.

“De acuerdo”, Dean dobla el mapa. “Tú”, apunta a Castiel. “guarda tu mojo hasta que estemos allí. Vas con Bobby. Y tú,” y esta vez se dirige a Sam. “vienes conmigo. Andando”. Camina resueltamente hacia el Impala. “¡Rápido!”

Hacen falta un par de intentonas para que Sam pueda ponerse de pie por sí solo. Cuando alcanza por fin la puerta del vehículo, el Impala ya ha comenzado a andar y debe casi arrojarse dentro para no ser dejado atrás.

 

Sam no recuerda muchos viajes tan silenciosos como ése dentro de la cabina del viejo vehículo. De primera eran sus propias peleas infantiles las que mantenían ocupado el aire allí dentro junto con las reprimendas de su padre como música de fondo. Luego, las discusiones de adultos mientras buscaban a papá, las confesiones de pecados particulares y de sentimientos profundos enmascarados en testosterona y la música favorita de su hermano a todo volumen cuando se acababan las palabras. Y después sucedió que Dean se fue al infierno. Literalmente. Pero eso no cuenta porque él ha borrado de su memoria las horas interminables de carretera al volante mientras la pena y la rabia carcomían su interior. De sólo recordar aquello, aún duele. Se lleva una mano al puente de la nariz y cierra los ojos por un instante.

“¿Estás bien?”

El tono es cuidadamente indiferente pero cuando levanta la mirada para contestar, los ojos verdes de su hermano hablan de inquietud más que de indiferencia mientras lo examinan a él y a la carretera alternativamente.

“Sí…” dice en un susurro sintiendo como el corazón en su pecho se encoge ante la pequeña muestra de preocupación de su hermano. “Sí, estoy bien”.

Intenta fijar su atención en algo más, distraerse de la congoja que le aprieta el alma y entonces descubre la jaula vacía en el asiento trasero.

“¿Dónde… dónde está el gato?”, dice, no muy seguro de que su hermano quiera continuar la conversación. Dean ya no le mira pero le contesta.

“Bobby tiene un amigo cerca. Rumsfield y Iosephus están ahí. No tiene sentido arriesgarlos a ellos también”.

Y luego ni una palabra más por los siguientes quince minutos, el oscuro paisaje de sombras en la ventanilla la única distracción para el incómodo viaje.

Entonces Dean se aclara la garganta con un ligero carraspeo.

”Bueno, comienza a hablar” , dice sin apartar la vista de la carretera.

“¿Uh?” Sam espera, desorientado, alguna pista. “Acerca de…”

“Acerca de lo que tú ya sabes. El infierno. Los engendros… ¿Son tuyos, por cierto?”

Sam se muerde la cara interna de su boca intentando sofocar su molestia ante la insinuación.

“No”, dice y se vuelve hacia la ventanilla de nuevo. “No son míos”

Nuevos minutos de silencio. Pero Dean recién comienza.

“¿Cómo?”

“¿Qué?”

“¿Cómo lo hiciste?”

Oh. Eso. Sam respira profundo y cierra los ojos. Sabía que en algún momento tocarían el tema, pero no esperaba que fuese tan pronto cuando hay mayores preocupaciones en las que asentar la mente.

“No lo tengo claro”, responde de todas maneras.

“¿A qué te refieres? ¿No sabes cómo pudiste salir?”

Suspira con cansancio.

“No puedo explicarlo”

“Trata”

De nuevo le está mirando con fijeza, retándolo a ganarse su confianza otra vez. Entonces las palabras comienzan a salir de la boca de Sam sin él notarlo siquiera.

 

Gritaba por ayuda mientras Lucifer y Miguel luchaban. Era aterrador y de alguna manera, perversamente maravilloso. Él luchaba también, mano a mano junto a su huésped y, al mismo tiempo, rogaba misericordia al Arcángel del Cielo porque sabía que Lucifer no escucharía. Aprendió a manejar el poder que tenía al alcance y a resistir el embate de la gracia de Miguel cuya esencia brillaba cegadoramente en contraste con la oscuridad en que parecía hundirse el otro.

No puede decirse que realmente tuviera forma alguna, (porque Adam hace mucho que desapareció) pero él sabe a ciencia cierta que Miguel tiene piel blanca y pecas, y ojos que brillan como esmeraldas cuando llega la oscuridad, todo hermosura. Y al recordar eso mientras hace el relato, se pregunta si todos los ángeles se parecen a su hermano.

Miguel nunca atendió sus ruegos.

Todo el infierno se burlaba de sus intentos y susurraban en sus oídos los más crueles recordatorios de su completa soledad, del abandono en que los suyos le habían dejado. Y aunque él sabía que era una mentira, no tardó en sucumbir a la rabia que siempre había acarreado en su interior y su buena voluntad comenzó al fin a consumirse en el fuego de sus propios demonios.

Y sucedió que, en algún momento de la eternidad, lo tuvo a su alcance. Alargó su brazo hacia el Arcángel, un brazo que podía sentir pero no ver, y lo tocó y sólo entonces, y por un segundo, dejaron de luchar. Recuerda las alas de Miguel expandiéndose en su enojo, su mirada intensa y el dolor de la gracia del Arcángel derramándose sobre él, reconstruyendo fibra por fibra, nervio por nervio de su cuerpo humano. Y cuando estuvo hecho, hubo un asomo de sonrisa en el rostro luminoso del Arcángel. Un ruido espantoso se escuchó a continuación por todo el lugar y de pronto se hallaba afuera de la jaula observando cómo Miguel y Lucifer, aún adentro, se golpeaban el uno contra el otro con salvaje ferocidad y poder inconmensurable. Una tropelía de criaturas espantosas escapaban por una grieta ¿arriba? ¿abajo? Era difícil saberlo allí. El caso es que se hizo sitio, corrió y alcanzó a atravesar antes de que la anchura comenzara a retroceder hasta desaparecer en la nada.

 

Dean le está mirando con asombro ahora.

“Miguel … ¿te dejo ir?”

Sam lo mira de vuelta, agotado. Recordar es como vivirlo de nuevo.

“Así parece”.

“¿Por qué? Quiero decir,… ¿Cuál era su punto?”

“No lo sé”.

El cazador se muerde el labio, sopesando lo que acaba de oír, siempre mirando al frente, hacia la carretera.

“Así que, estabas afuera. ¿Entonces?”

Sam busca en su memoria. ¿Qué pasó entonces? Meg. Y sus bichos.

“Seguí a la manada”, contesta y cierra los ojos, negándose a continuar rebobinando en su cabeza las imágenes de la tropelía de engendros alrededor suyo buscando demencialmente lo que sus instintos asesinos necesitaban. Él también. Su hermano no tiene por qué saber eso, no tiene por qué enterarse de lo que hizo para sobrevivir y lo que Meg intentó hacer de él. Eso no es mentir. Dean no presiona esta vez, permite que descanse unos momentos con la cabeza apoyada en la ventanilla del pasajero. Pero Sam sabe que Dean necesita otras respuestas.

”Ella estaba brillando”, dice de repente.

“¿Qué?”

“Desde la primera vez, cuando ella llegó a ti. Cada vez que usa su gracia, ella brilla. Así fue cómo la encontré”.

“Pensé que habías dicho que estabas buscándome”.

“Mentí” se atreve apenas a mirarlo. “Estaba siguiendo su luz. No sabía que estaba contigo”. Huye a través de la ventanilla esperando el reproche que no llega. Suspira entonces. “Ellos también”.

“¿Por qué?”

”Ella es muy poderosa aunque no lo sabe. Creo que quieren un líder… un rey… o una reina”. Cierra los ojos. “Ella… o yo”.

Escucha la pesada respiración de su hermano, señal de su enfado.

“Bueno, malditos todos ellos” larga después de un rato. “No será ninguno de ustedes”.

 

El día aún no piensa en clarear cuando alcanzan las calles de The Truce. Los cielos están todavía más cubiertos que antes y las únicas luces corresponden a las luminarias públicas en cada esquina. Estacionan los vehículos según las indicaciones que va dando Sam intentando llegar a la plaza que estaba en su visión.

“Esto no me gusta”, señala Castiel mientras se apean de los vehículos frente a los dos grandes cedros.

“Bienvenido al club, Sr. Sagaz”, puntualiza Dean, los sentidos alerta. “¿Sam?”

El olor de los engendros del infierno está por doquier confundiéndolo. Sam mira alrededor pero no logra distinguir dónde se agazapan para el ataque.

“Perros del infierno”, dice y tanto Dean como Bobby alzan sus rifles con balas de sal benditas.

“¿Dónde?”, pregunta el cazador pero Sam no es capaz de responderle aún.

La potencia de las luminarias no alcanza a combatir el pozo negro que es el pueblo. Avanza dos pasos hacia la plaza, buscando orientarse, y de inmediato lo imitan Dean y Castiel. Es imposible ignorar que ahora son dos los pares de ojos que vigilan cada uno de sus movimientos. Ha comenzado a sudar. Siente la presencia de las criaturas de la noche acechándolos.

“En todas partes”. Por el rabillo del ojo los ve cruzar de uno a otro lado de la plaza en forma de sombras difusas. Es todo lo que queda de su capacidad para contemplarlos en su verdadera forma. “Presten atención”, advierte. El olor a azufre se hace insoportable.

Entonces el enramaje de los arbustos en la plaza se abre y Dean se vuelve y dispara instintivamente. La criatura aúlla y se hace a un lado dejando un rastro de sangre putrefacta. Dos más caen desde los costados hacia el grupo y luego cuatro y más. Bobby y Castiel dan cuenta de los suyos, el primero con su rifle y el segundo reventándolos con el poder de su gracia. Dean se planta frente a Sam obligándolo a mantenerse en el centro del pequeño grupo, disparando y dando en el blanco cada vez. Y tan repentinamente como han atacado, desaparecen de nuevo en las calles solitarias.

“Eso fue demasiado fácil”, dice Castiel en su tono neutro.

“Estoy de acuerdo”, dice Dean a su vez “Sam, ¿dónde?”

Pero Sam no lo tiene claro aún. Avanza hacia la calle principal, el grupo siguiéndolo de cerca. Al llegar a la esquina de la plaza, ve la fachada del Café.

“Allí”, señala con el dedo y es todo lo que puede decir antes que una criatura lo atropelle por el costado y lo lance al suelo con el ardiente aliento de su hocico en el cuello. Un estampido, un gemido y luego Dean lo está poniendo de pie nuevamente y le entrega un cuchillo, el cuchillo de Ruby, sin decirle nada, atento a algo en sus espaldas.

“¡Corre!”, lo empuja y es que vienen tras ellos. Esta vez los hay de los que vuelan. Criaturas como antiguos pterodáctilos con cuernos y fauces de dragón acompañando a los perros que se muestran libremente a los ojos de todos. Castiel les cubre las espaldas apareciendo y desapareciendo en medio de la jauría, reventando cabezas, pero esta vez son demasiados y debe dejarlo. Sam le abre el vientre a uno que osa volar demasiado cerca de él y su hermano. Corren hacia el edificio más cercano y se atrincheran allí tras destrozar la puerta de entrada sólo para descubrir que han desaparecido otra vez.

“Sigue pareciéndome demasiado fácil”, dice Castiel.

Dean lo mira sin resuello.

“Ahora no estoy de acuerdo”.

Y entonces Sam reconoce el edificio.

“El minimarket”, susurra echando un vistazo alrededor.

“¿Cómo dices?”

Sam no responde. Camina hacia el fondo atravesando los anaqueles de comestibles y la bodega en busca de la puerta trasera. Al salir al callejón, allí está. El edificio de ladrillo viejo. Camina por el pasillo en completa oscuridad hasta que el haz de luz de una linterna le alumbra el camino desde atrás.

“¿Sam?”

Sam voltea a mirar a su hermano que sostiene la linterna. Más atrás, Bobby y Castiel también observan.

Señala hacia el fondo del callejón. Dean sigue la seña con el haz de luz. Hay una puerta de madera cerrada como única entrada al edificio de ladrillos.

“Es aquí”, dice Sam sintiendo que le falta el aire. “Angie está adentro”.

No acaba de decirlo cuando, con un aterrador aullido, una criatura horrenda de fauces enormes se deja caer sobre sus cabezas. No es la única, es sólo la primera. De repente están los cuatro enzarzados en una pelea a muerte, atrapados en el callejón, disparando a diestra y siniestra intentando frenarlos al menos. Castiel los protege cuanto puede pero todos saben en qué terminará todo si la situación no cambia.

Entonces un grito agudo, el grito de una niña proveniente del edificio, rasga el aire y se superpone al bullicio de la lucha. Dean no necesita más. Sam lo ve deshacerse de la criatura que tiene al frente y correr.

“¡Dean! ¡No!”, grita pero su hermano no le está escuchando, simplemente le arrebata el cuchillo en un movimiento relámpago y le deja a cambio su rifle para luego abrir a fuerza de patadas la puerta del edificio mientras Sam se esmera en espantar a los bichos que quieren cogerlo por la espalda. Es lo último que ve de Dean porque un engendro lo atrapa contra el suelo. La garra le atraviesa el costado y se retira. Sam grita y se retuerce ante el dolor. Bobby está caído en el suelo también a algunos metros de él mientras Castiel intenta evitar que se sirvan de él como cena. El viejo cazador no se mueve. Sam se da la vuelta y enfrenta al bicho que tiene encima. No está dispuesto a que todo acabe de esta manera para Dean, para Angie, para todos ellos. Esto es su culpa. Tiene que remediarlo. Se cuelga del cuello de la criatura y entierra sus dientes con fuerza hasta que la gruesa arteria sucumbe sobre su boca.

Y Sam bebe hasta que le falta el aire para respirar.

 

Dean se abre paso cortando gargantas y destripando demonios en el interior, voceando sin ninguna precaución el nombre de su niña mientras se asoma a cuartos sucios y vacíos hasta dar con el correcto y derribar la puerta a empellones. Pero cuando entra y se detiene en el umbral, nadie le cae encima. La única luz cuelga de un cable desde el techo y se mueve como un péndulo alterando las sombras dentro de la habitación.

Angie está al fondo, de espaldas a él, el cabello desordenado, completamente sola. El único sonido en el cuarto es el sollozo apagado de la niña. El corazón del cazador se contrae en su pecho.

“¿Angie?”, la llama avanzando hacia ella pero la niña permanece en la misma posición, gimoteando.

”Me abandonaste, papito. Hiciste una promesa y me fallaste”.

“No, no, no, cariño”, se apresura a corregirla. “Estoy aquí”, y coloca su mano sobre el pequeño hombro.

La cabeza de la niña gira sobre su cuello ante el espanto del cazador, dejando ver sus ojos negros y la sangre coagulada alrededor de su boca.

“Demasiado tarde, papito”.

Al instante siguiente Dean vuela por los aires hasta estamparse contra la pared, a medio metro del suelo, de manos y piernas abiertas. Aprieta los dientes aguantando el dolor, no sólo el de su espalda y cada músculo de su cuerpo sino el interior, el desgarro en su alma ante lo que acaba de ver en su niña. Por un segundo tiene la esperanza de que todo haya sido un engaño, una visión provocada para torturarlo como tantas otras veces ha ocurrido ya, pero cuando puede focalizar de nuevo la mirada, Angie está allí, frente a él, los mismos ojos negros, la misma boca pintada de sangre y a su lado una mujer que reconoce enseguida a pesar del cambio de envase.

“Meg”

“Hola, Dean. ¿Qué te parece mi trabajo? Impecable, ¿no crees?”

“Tú, pedazo de mierda”.

“Lenguaje, Deanno”, se cubre un costado de su boca con la mano ocultándola de Angie. “Hay menores presentes” susurra.

“Devuélveme a mi hija o te juro que haré que desees volver a poner tu culo en el infierno y no volver a salir nunca más”.

“Como si pudieras”. Lo mira de arriba abajo con estudiada lascivia mientras se muerde el labio inferior. “Qué de cosas podría yo hacerte a ti ahora mismo”.

“Trata”, la reta. “Quizás podría darte una sorpresa. Perra”.

Meg se sonríe perversamente.

“Oh, Deanno. Siempre tan caballero”

“Y tú tan puta”.

Meg, hace una sutil seña con uno de sus dedos. La niña sin dilación empuña su mano y la garganta del cazador se contrae cerrándole el paso del aire. Meg mira el reloj en su muñeca mientras Dean lucha por llevar algo de oxígeno a sus pulmones. De nada le sirve intentar conectar con la mirada de Angie. Ésta continúa negra, como la noche allá afuera. Tras casi alcanzar el minuto, la demonio deja a un lado el reloj y toca el hombro de la niña.

“Es suficiente por ahora, querida”. La presión se alivia y el cazador respira con desesperación. Meg da un paso hacia él, desafiante. “¿Ves? Ella es mía ahora. Así que llora, bebito”.

“Voy a desgarrarte con mis propias manos, perra”.

“¡Eso es lo que me gusta de ti! ¡Campeón de las causas perdidas! Siempre deseando lo imposible. Eres buen material para jugar. Sólo que, tú sabes, todos tenemos que pagar por nuestros pecados. Y creo que alguien tiene que resolver cuentas pendientes contigo. Y los cargos son…”, se hace a un lado teatralmente y le da el pase a Angie.

“Todo esto es tu culpa Dean”, acusa la niña con semblante impasible. “Confié en ti, acudí a ti y me fallaste” un gesto de su mano y una de las costillas en el torso del cazador se hunde hasta proferir un crac. Dean aguanta con los dientes apretados. “Vamos, Deanno”, continúa la niña en un tono terroríficamente similar al de Meg. “¿No vas a decir nada? ¿No vas a defenderte? Oh, claro. Lo olvidé. Ese estúpido sentido de justicia tuyo, ¿verdad? Ese que dice que mereces cada cosa mala que te suceda en adelante porque ¡ME FALLASTE!”, una segunda e inmediatamente una tercera costilla estallan obligando al cazador a proferir un apagado lamento.

La demonio se adelanta y llama la atención de la pequeña.

“Dulzura, estás haciendo un excelente trabajo, no hay duda de eso, y él definitivamente lo merece. Pero, es mejor si continuamos con el método tradicional para ahorrar energía …” coloca en la mano de la niña el cuchillo de Ruby que ha levantado del lugar en que el cazador lo dejó caer en el ataque y la sorpresa. “…y porque siempre es divertido jugar a lastimar a Dean Winchester”. Acaricia el cabello de Angie y se aparta para que ella haga el trabajo.  “Ve, pequeñita”. Angie se eleva en el aire lentamente hasta alcanzar el rostro del cazador. “Esto va a ser un poema”.

La niña alarga el brazo con el cuchillo empuñado y con toda calma circunda con el filo de la hoja el contorno del cuello de su padre, luego el nacimiento de sus orejas, como si no se decidiera por dónde comenzar a rebanar. Finalmente, se detiene con la punta del cuchillo bajo la órbita del ojo derecho. Y no hace nada. Lo mantiene allí, en posición de extirpar el globo ocular en un solo movimiento. Pero no hace nada.

“Querida, no juegues con la comida”, la amonesta la demonio desde atrás.

Angie acomoda el mango en su mano. Y sólo eso.

“Cariño”, le dice entonces Dean, tan suave que sólo ella puede escuchar. “No importa lo que puedas hacer. No estoy enojado contigo. Eres una brillante y hermosa niña. Mi niña”.

“Tu lengua es engañosa”, replica la niña de inmediato.

“Mírame a los ojos y dime que estoy mintiendo”.

“¡Oh, para ya con el discurso cursi!” exclama impaciente la demonio. “¡Sólo hazlo, maldita mocosa!”

La niña lo mira, directo a los ojos como él le ha pedido, la cabeza ladeada. Nada sucede y luego, el negro de sus ojos retrocede hasta dejar que aparezca tímidamente un tizne de verde.

“Soy tu papá y vine por ti”.

Los ojos de la niña brillan.

“Viniste”.

“Sí, vine”.

La presión de su cuerpo contra el muro desaparece paulatinamente y ambos comienzan a descender hacia el suelo.

“¡Oh, vamos!” estalla Meg comprendiendo lo que sucede. En un solo movimiento aparta a la niña y le arranca el cuchillo de la mano para enterrarlo una, dos, tres veces en el vientre del cazador.

“¡Papi!, grita Angie y Meg, furiosa, se vuelve hacia ella, la hoja del cuchillo roja con la sangre de Dean.

“Él no es tu papi”, un gesto de su mano y la niña vuelve a la impasividad de antes, la mirada en el suelo donde se ha desplomado de rodillas. La demonio retorna su atención al cuerpo caído e inconsciente del cazador. “Ya no”.

Un ruido de pisadas a la carrera en la puerta le hace girar hacia la entrada. Una figura gigante está de pie en el umbral.

“¡Grandioso! Sammy se ha unido a la fiesta!”, entonces nota la mancha terracota alrededor de su boca. “¡Wow! ¿Hemos vuelto al ruedo?”

Sam pasea su mirada entre la niña y el cazador derrumbado al pie de la muralla. Sus ojos refulgen de furia cuando se detienen en la demonio.

“Entonces, ¿deseas aceptar la oferta ahora?”, dice Meg jovialmente, segura de su poder sobre la niña a sus pies. “¡Esto está que arde! Tú a cambio de la niña. Tómalo o déjalo. Pero no se aceptan reclamos sobre su estado al momento de la entrega. Quizás sea lo último que te quede de tu querido hermano. ¿Qué dices?”

La sangre de engendro hierve en sus venas aún pero se desvanece rápidamente. Es una sensación que ha aprendido a reconocer, la del poder extinguiéndose y clamando por más. Tal vez pueda con Meg. Tal vez no. Tal vez deba aceptar e intentar sanar luego a padre e hija. Sam mira a Dean caído sobre la poza de su propia sangre y decide.

“Ninguno”

Alza su mano hacia la demonio y comienza a presionar. Hace mucho que no lo hace pero aún recuerda el procedimiento tal como se lo enseñó Ruby. El humo negro sale por cada orificio del cuerpo de Meg pero vuelve a entrar casi de inmediato aferrándose a su huésped con toda su voluntad. La boca prieta, la concentración por entero en la tarea de arrebatarle a la demonio su guarida. El dolor se afinca detrás de sus ojos, maltratando su cerebro. Un esfuerzo más y todo habrá acabado, eso espera. Pero no es suficiente, no puede más y afloja y es el instante que la demonio aprovecha para escapar. El cuerpo de la muchacha hasta hace poco poseída cae al suelo, los ojos sin vida, la piel blanca hasta lo imposible. En un instante la nube se ha elevado hacia el techo y al siguiente ha echado hacia atrás la cabeza de Angie y ha entrado por su garganta.

“¡Mátame y matarás a la niña!” le advierte con doble voz cuando Sam va sobre la pequeña dispuesto a terminar lo empezado.

Sam no se atreve, se queda quieto, ella ríe y se eleva, niña y demonio, y desaparece en el aire dejando en la habitación el aroma apestoso a ceniza y azufre de su raza.

 

Capítulo 19.

 

 

 

 

»

  1. Graciass,esciam.
    Sam parece más él mismo porque ya pasó por la primera cura de Angie, ¿receurdas? Y ni él mismo tiene claro lo que ocurrió a ciencia cierta, ni los por qué.
    Ya está arriba el 19.
    Saludos. 🙂

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