Fic: “Cuentas pendientes” 23/?

Estándar

Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

 

23
Dean

 

Dalton observa con ojos inmensos mientras Dean hunde la punta del cuchillo en la muñeca del demonio. No es nada comparado con lo que le ha estampado en el pecho, casi raspando las costillas, para mantenerlo encerrado dentro de su anfitrión, pero el bicho igualmente grita como si le arrancaran a fuerza las entrañas. El cazador sostiene con firmeza la muñeca abierta mientras las gotas de sangre caen sobre el recipiente preparado debajo de ella.

Max mira con preocupación a Dalton un segundo y luego se acerca a Dean.

“¿Estás seguro de que dará resultado?”, le consulta tan bajo como le es posible para que el chico no la escuche. “Porque Dalton va a colapsar de un momento a otro y no dudo que quiera huir de nuevo”.

Dean le dedica una mirada llena de odio al demonio mientras vuelve a atar el brazo a la silla donde lo mantienen inmovilizado. El bicho se ríe entre dientes y le lanza un beso.

“Eso espero”, dice el cazador ignorando el gesto.

El lugar no es gran cosa pero al menos tiene techo y ventanas en buen estado, suficiente para pasar la noche a resguardo. Todos en una sola habitación que alguna vez fueron dos y cuya muralla divisoria se encuentra ahora en el suelo. Debió haber sido una casa suntuosa, campestre, de dos pisos, pero tras una década de abandono, eso es todo lo que queda. Eso y el granero que también oficia de garage para una camioneta y un camión en desuso.

Dalton está al fondo de la sala, sobre un destartalado pedazo de sofá. Desde el incidente su lenguaje se ha limitado a un par de asentimientos o negaciones en respuesta a los requerimientos que Dean y Max le hacen, pero sus ojos se mantienen siempre alertas a cada movimiento de sus compañeros transgénicos así como a los del demonio quien ha hecho el viaje atado y encerrado en un rincón del vehículo al lado de las vituallas. No se queja, no pregunta y evita cruzar miradas con Dean y Max como si temiera que alguno adivine la confusión en su interior.

Ahora Dean le echa un último vistazo antes de dirigirse, llevando la vasija con sangre, hacia el otro extremo del salón donde el mapa de la región está desplegado sobre una mesa.

“¿Qué es esto?”, le habla Max asomándose por sobre su hombro. “¿Cómo ayudará a encontrar a tu hermano?”

“Rastrea sangre demoniaca”. Max se vuelve a Dean con sorpresa. “¿Recuerdas la historia que te conté acerca de mi familia? Bueno, eso es. Mi hermano todavía tenía esa mierda en sus venas la última vez que lo ví. Y con esto…”, dice y se hace un pequeño corte en la mano para dejar caer un par de gotas de su propia sangre y mezclarla con la otra. ”…estaremos seguros de que le pertenece a él”.

Coge un trozo de hierro preparado de antemano en forma de una pequeña flecha en un extremo y terminado en una piedra minúscula en el otro y lo coloca dentro del cuenco. Cierra los ojos un momento.

“¿Dean?, escucha la voz preocupada de Max.

“Schhh”, la hace callar, “Estoy tratando de recordar las palabras correctas”.

Max frunce el ceño.

“¿Dónde aprendiste toda esta basura?”

“Un amigo me enseñó”.

“¿El mismo amigo que te instruyó con el enoquiano?”

“Sí”

“No quiero imaginar qué más pudo enseñarte”.

Dean se encoge de hombros, restándole importancia.

“Sólo lo suficiente para que pudiera entender sus malas bromas. Ahora, silencio”.

“No me des órdenes”

“¡Max! Estoy tratando…”

“Está bien, está bien”.

Cuando finalmente las palabras acuden a su memoria, en el otro extremo de la habitación la voz lastimera del demonio intenta llamar la atención de Dalton.

“Oye, chico” dice, la cabeza ladeada simulando no tener fuerzas para mantenerla erguida. ”¿Podrías…?” y hace una pausa para reabastecerse de oxígeno. “¿Podrías darme un poco de agua?… ¿por favor?”

Dalton mira hacia los otros dos en la mesa, sin tener muy claro como reaccionar ante la solicitud. Dean está recitando algo en un idioma extraño mientras Max lo observa atentamente.

“Vamos, mírame”, insiste el demonio. “¿Crees que puedo ser un peligro para ti en este momento?”.

Dalton le mira los pies y manos atados fuertemente a la silla de fierro que encontraron en el lugar (sólo Dean podía hallar tales cosas en un edificio abandonado) con sogas empapadas en agua salada. El metal y la soga le han quemado la piel al bicho allí donde han hecho contacto, sus ropas en la parte superior del cuerpo están rasgadas y manchadas con su sangre. El tipo es una piltrafa.

Se pone de pie y busca un vaso antes de dirigirse al grifo que proporciona un agua turbia.

Cuando Dean termina de pronunciar la última sentencia del rito, la pequeña flecha se pone al rojo vivo en el cuenco mientras a su alrededor la sangre de demonio mezclada con la suya hierve hasta que no queda rastro de ella. El cazador espera a que el fierro tome su color normal para cogerlo y colocarlo sobre un pocillo de cristal, otra cosa que ha encontrado dentro de la casa. Enseguida vierte el contenido de una botella sobre él y lo coloca en el centro del mapa.

“¿Agua?”, inquiere Max, curiosa.

“Agua bendita”

La barra de fierro se mueve lentamente, y con ella el pocillo de cristal. Max se sobresalta al lado de Dean. Pocillo y flecha avanzan un trecho sobre el mapa hasta que se detienen sobre un punto específico.

“Lo tenemos”

“Es muy cerca de aquí”, calcula la morena. “Debe estar en las afueras de la ciudad sino aún más próximo. Quizás podamos hallarlo mañana y

Pero al levantar la vista en busca del cazador se da cuenta que está hablando sola. Dean se encuentra al lado de Dalton y el demonio, manoteando el vaso de agua que el chico estaba a punto de posar en los labios del bicho.

“¿No te acerques a él!”, brama el cazador.

“¡Necesitaba agua!”

“¡Está muerto! ¡No necesita ni comida ni agua! ¡Sólo está jugando contigo, riéndose de ti!”.

Dalton mira a Dean frente a él y luego al demonio en la silla que se humedece los labios y deja escapar pequeños gemidos lastimeros. El cazador respira profundo, superado, comprendiendo el cuadro que está formándose en la cabeza del muchacho.

“Muchacho, ¿podrías darme el beneficio de la duda, al menos?”, dice casi sonando a ruego.

Dalton ve el cansancio en el rostro de Dean y algo más ¿dolor? ¿pena? ¿los demonios sienten pena?

“Yo… Yo…”  baja la mirada. “Yo sólo… es que… esas cosas que vi… eras tú,…” duda antes de pronunciar su nombre como si temiera desatar algo malo al hacerlo. “…Dean”

“Lo sé, chico. Es lo que estas cosas hacen, mezclar verdad y mentira y hacer de ti un atado de confusión”. Pone una mano sobre el hombro de Dalton y puede sentir la lucha del muchacho por no rechazarlo. “Pero, todo se aclarará. Puedes estar seguro de eso”. Se vuelve hacia la morena. “Max, ¿tenemos algo para calmar a este muchacho un poco?”

“No soy un muchacho”, balbucea Dalton sin levantar la mirada aún.

Una media sonrisa se asoma en Dean.

“Aún así, necesitas dormir”.

Max levanta un pequeño frasco de pastillas desde el kit de primeros auxilios.

“Tenemos algunos analgésicos fuertes. No lo noquearán pero lo relajarán un poco”.

“De acuerdo, haz que se recueste y descanse. Hay un colchón decente ahí atrás”. Se vuelve hacia el muchacho. “Te lo explicaré todo más tarde, ¿de acuerdo? Sólo… dame algo de tiempo”.

El chico asiente y Dean va hacia el demonio y comienza a desatarlo de la silla. Max lo observa con extrañeza.

“¿Qué estás haciendo?”

De un solo movimiento Dean inmoviliza al bicho contra el suelo y le ata las manos a la espalda.

“Haciéndolo menos molesto”. Lo levanta del suelo sin el menor esfuerzo. Es en momentos como esos que Dean agradece estar en el cuerpo de un transgénico. Si tan sólo hubiese tenido esas facultades en su universo, la historia de su vida hubiese tenido la oportunidad de ser muy distinta. “Vamos”. Toma al demonio del brazo y lo obliga a caminar hacia la puerta mientras Max rodea a Dalton por los hombros con un brazo y lo guía hacia el camastro.

“Soy un actor increíble, ¿no crees?”, se ríe el bicho mientras cruzan la puerta. El cazador ni siquiera le responde. No vale la pena gastar saliva en eso. Lo lleva hasta el granero y allí lo asegura contra la parte trasera del camión.

Max lo alcanza media hora después cuando el cazador está recolectando elementos que pueden serles de utilidad de entre las cosas arrumbadas allí, cosas como tarros de lubricante de vehículo, estacas de fierro, hachas, sal…

Max hace un repaso por sobre los elementos que el cazador ha reunido en ese rato.

“Estamos bien aprovisionados, Dean”, le recuerda.

El cazador deja caer sobre la pila una lata de acelerante y se limpia las manos con un trozo de estopa.

“Perdón, es el hábito, no puedo evitarlo. Nunca sabes cuándo vas a necesitar algo de esto en el futuro”, y luego, como si recién se percatara de la presencia en solitario de la morena, “¿Dejaste solo a Dalton?”.

“Está dormido ahora. El analgésico funcionó bien” Max va y toma asiento frente a él en una caja grande de madera. “Creo que comienza a recobrar algo de confianza en nosotros”.

“Eso sería grandioso”, dice él sin levantar la mirada del montón, simulando tomar nota de lo que hay.

“Hey”, lo llama ella y le da un pequeño tirón a la manga de la chaqueta del cazador. “Todo va a estar bien”.

Él se vuelve y la mira por un instante. Sonríe sin humor.

“Sí, lo sé”.

Ella le da otro tirón intentando acercarlo.

“Deberíamos hacer guardia” dice él y se escapa de su agarre para acomodarse la daga en la cinturilla del pantalón. “Tomaré el primer turno”, y se dirige hacia la salida tras señalar al demonio. “Quédate con el Sr. Infierno aquí presente”.

Max cierra los ojos y deja escapar un suspiro de frustración.

“Dean, por favor, no hagas eso”.

El cazador se detiene un momento y voltea a verla.

“¿Hacer qué?”

“Ya sabes”.

“No tengo idea de qué me estás hablando”, y hace la tentativa de retirarse nuevamente.

“¡Estás huyendo de mí!”

“No es así”, dice intentando sonar casual. “Estás imaginando cosas”

“¡Está bien! ¡Si quieres comportarte como un estúpido pendejo, hazlo!”

“Yo no…!”

“Puedo entender que has tenido problemas realmente graves, experiencias terribles, con la clase de vida demente que llevas, pero lo que haya sucedido en el pasado allí se quedó, en el pasado. ¿No es eso lo que tú me dijiste? Así que sería bueno si sacaras tu cabeza del agujero en que la has puesto y dejaras de actuar como si hubieras traído la plaga contigo”.

Dean regresa lentamente sobre sus pasos, la mirada fija y seria en Max.

“No deberías hablarme así” dice levantando un dedo hacia ella. “Yo podría ser tu padre”.

Y en parte por la seriedad con que lo dice y sobretodo porque lo dice desde el cuerpo de un veinteañero, Max le devuelve la mirada un instante y luego se larga a reír a carcajadas. Dean primero sólo la observa y luego sonríe, echando abajo sus muros. Cuando la morena se calma, poco a poco, él aún sigue con la vista fija en ella.

“¿Qué?”, quiere saber ella mientras se seca las lágrimas.

“¿Sabes?”, le dice en tono afable mientras avanza hasta detenerse frente a ella. “Deberías reír de ese modo más a menudo”

Entonces ella acaba por calmarse.

“Bueno, no he tenido muchos motivos para hacerlo ultimamente”.

Él se inclina hacia Max y la besa y ella se lo permite y le responde y saca cuentas de que no está en su ciclo pero de todas maneras siente ese fuego interno que le quema las entrañas al contacto de sus labios.

“¡Oh, por favor!” se escucha la voz del demonio desde atrás del camión. “Tienen que estar bromeando. ¡Aj! ¡Consigan un cuarto!”

Dean detiene el beso, dejando a Max aún flotando en una sensación de ensueño, coge estopa sucia de la que está en el suelo en medio de la grasa de los vehículos y se la embute en la boca al bicho hasta la mitad de la garganta, sin importarle las arcadas que el otro hace. Luego coge a la morena de la mano y la saca al terreno frente a la casa. Caminan hasta encontrar la valla de troncos que le da límite y allí se apoyan, uno al lado del otro, esperando a ver quien habla primero.

“Hay cosas… hay cosas que omití cuando te conté de mí y de mi familia”, comienza el cazador con la vista al frente, evitando cuidadosamente que Max entre en su visual. “Ya sabes… lo que Dalton dijo… es verdad”

“Sobre … el infierno?”

“Sí, el infierno”.

Max le pasa la mano por el cabello, le busca la mirada, pero él se niega a complacerla.

“¿Qué sucedió?”, le dice la morena con voz suave sabiendo que camina por terreno peligroso y que cualquier palabra fuera de lugar puede alejar a Dean del campo de las confesiones.

“Sam siempre fue mi responsabilidad. Desde que papá lo puso en mis brazos esa noche del incendio, proteger a Sam ha sido mi trabajo de tiempo completo”, se pasa una mano por el rostro y la deja allí un instante, sobre su boca, antes de continuar con un suspiro. “Así que cuando Sam murió la primera vez…”.

“¿La primera vez? ¿Dices antes de dejarse caer con Miguel en la jaula?”

“Sí, así es y en esa ocasión volvió a la vida porque hice un trato con el demonio del cruce de caminos”.

“¡¿Hiciste qué?!”

“Le devolvieron la vida y yo dejé que tomaran la mía un año después”

Ahora Max lo mira boquiabierta, el horror manifiesto en su expresión, insegura de querer seguir escuchando.

“Eso fue… ¡estúpido!”

“Sí, lo sé ahora. Pero, no estoy seguro de que haría algo diferente si tuviera la oportunidad. Pensaba, y aún lo hago, que Sam merecía una mejor vida, la vida que él deseaba. Él simplemente no podía acabar tan joven en el medio de ninguna parte con un cuchillo enterrado en su espalda. Él tenía derecho a más”.

“¿Y tú? ¿No tenías también ese derecho?”

“Bueno, yo no tenía un gran concepto de mí mismo entonces. No es que lo tenga mucho más ahora, pero he mejorado… como sea. No hubiera soportado vivir sin Sam de todas maneras.Así que,” continúa Dean, “cuando se cumplió el plazo, enviaron a sus cancerberos por mí y… me arrastraron al infierno”.

El infierno. Max repasa en un microsegundo lo que sabe de aquel, para ella hasta ahora, mítico lugar. Las palabras de Dante, las de la Biblia sobre Lúcifer, pozos de fuego ardiente, gritos y lamentos y rechinar de dientes por toda la eternidad. Si todo eso es cierto…¡Dios! ¡Dean estuvo allí!. Su corazón se comprime ante la idea y tiene que obligarse a hablar y cuando lo hace es casi en un susurro.

“Pero… estás aquí ahora”

“Un ángel me alzó de la perdición”.

“¿Un ángel?”

“Castiel”

“Oh, El Ángel”

“Sí. Pero no lo hizo a tiempo. Estuve cuatro meses allí… Hice cosas que me avergüenzan”.

“¿Qué clase de cosas?”

“Cosas malas”

“Deja que yo juzgue eso”

No quisiera contarle, en verdad que no. Pero tiene que hacerlo porque Max debe saber qué clase de hombre es. Quizás así se espante y le de la espalda porque a veces las cosas son más fáciles de esa manera. Perder antes de ganar, así no duele tanto. Necesita respirar fuerte y tragar varias veces antes de lograr hacerlo.

“Torturé almas”, dice y el silencio que sigue le hace creer que ha tenido razón y ella se ha horrorizado. Pero no.

“¿Por qué?”, pregunta la morena, su tono suave y neutro como antes.

Dean toma aire.

“Fue la única manera de hacer que Alastair cesara de torturarme a mí” y tiene que respirar profundo de nuevo mientras los recuerdos toman forma en su mente y su cuerpo. “Él me rebanaba, pedazo por pedazo, hasta que no quedaba nada de mí y luego mi cuerpo estaba entero de nuevo y él comenzaba otra vez. Todos los días. Tres meses. Treinta años. Entonces me rendí. Y durante el siguiente mes, los siguientes diez años, yo fui el torturador.”

La escucha bufar con rabia.

“¡Ellos te forzaron a hacerlo!.”

“Esa no es una excusa”.

“¡Por favor! ¡Nadie puede resistir una cosa así! ¡Tú lo hiciste durante demasiado tiempo!”

Sólo entonces se vuelve a mirarla de frente, confundido.

“¿Por qué… por qué no estás asqueada con todo esto?”

“Porque ese hombre al que pareces considerar tan detestable y asesino, no es con quien yo he tratado. Dean, desde que nos conocimos, no has hecho otra cosa que intentar hacer lo correcto, preocupándote por gente que apenas conoces. Dalton, por ejemplo. Se nota cuánto te duele su actitud y sin embargo, tu prioridad ha sido que él se encuentre bien” se detiene un momento al darse cuenta de que no está consiguiendo mucho. “Además, esas almas allá abajo por las que tanto sufres deben haber estado allí por alguna razón, ¿verdad?”

“¿Como yo?”

“¡Oh, mi Dios!” exclama ella y deja que su frente descanse sobre sus manos afirmadas en la cerca de troncos. “¿Es posible que exista un sujeto má testarudo que tú?”. Levanta la mirada luego, buscando la del cazador. “¡No. Fue. Tu culpa!”

“Hay más”, le informa sin darle tiempo a hacer otro comentario consolador. Le cuenta cómo todo se transformó en una bola de nieve incontrolable desde que rompió el primer sello hasta llegar al momento en que Sam encerró a Lucifer y Michael en la jaula en el infierno. Y ella lo escucha atenta, posando su mano sobre la de él, manteniéndola allí a pesar de todo, como si no se diera cuenta de las implicaciones de lo que le relata, como si él no fuera merecedor del repudio del universo. Y termina contando que Sam volvió con poderes oscuros, peligrosos para los que le rodean, pero sobre todo para sí mismo, contaminado por la esencia de Lucifer y sus propios demonios y cómo, en el tiempo en que él fue intercambiado con Alec, aún no habían logrado descifrar el misterio de su liberación.

“Creemos que Cas sabe pero no dice nada”, concluye su relato.

Toma una gran bocanada de aire como si de pronto sus pulmones hubiesen comenzado a funcionar mucho mejor.

“Así que, eso es”, declara finalmente. “Esa es la clase de hombre que soy”.

“Bueno,” razona ella en tono completamente honesto. “la clase de hombre que salvó el mundo una vez funciona para mí”.

“Claro, y quizás traiga la plaga a tu tiempo por el sólo hecho de estar aquí”, se vuelve hacia el horizonte oscuro donde a la luz de la luna se perfila la ciudad abandonada. “Eres tan ingenua”.

Max se sonríe.

“Bueno, puedo ser muchas cosas pero no exactamente ingenua”.

Dean no responde, ni siquiera se da por enterado de que la morena le ha hablado.

“Dean”, pero el cazador no quiere darle la cara, porfiadamente se mantiene en su posición, así es que ella le toma el rostro entre las manos y con suavidad, lo obliga a encararla. “Dean”, repite ella. “No te puedes venir abajo. No ahora. Tú eres mi Kevin Costner, ¿recuerdas?” y esta vez es ella quien inicia el beso. Y Dean sabe que eso no debería estar ocurriendo, que él debería alejar a la muchacha en vez de dejarla entrar en su vida. Pero aunque las alarmas suenan a mil, es inútil. Hace tanto tiempo ya desde que se permitió creer que podía ser amado que su hambre lo lleva a hundirse más en su boca y dejar que el cabello de ella se enrede entre sus manos mientras la sujeta y le quita el aliento.

Y entonces todo se esfuma en un santiamén con el grito de Dalton desde la casa llamándolos a todo pulmón.

Ambos corren y en un instante están frente al muchacho que señala hacia la mesa, específicamente hacia el pocillo de vidrio. La aguja da vueltas sin control allí dentro.

“Escuché un ruido”, explica Dalton con rostro aún soñoliento. “Y resultó ser eso”.

El cazador se acerca a la mesa y observa por sí mismo el fenómeno con el ceño fruncido. Y entonces comprende.

“Oh, por favor” y se vuelve hacia sus compañeros mirándolos alternativamente para captar su atención. “De acuerdo, escúchenme: nadie va a atacar a nadie. ¿Entendido? Dejen que yo lo maneje.”

“¿Manejar qué?” pregunta impaciente la morena. “¿Qué está sucediendo, Dean?”

Se apagan las luces.

“Grandioso” dice para sí mismo Dean de brazos abiertos. “¡Hey!” grita entonces a la oscuridad. “¡Es inútil! ¡Tenemos…!”

Desde un costado de la habitación escucha el clic del seguro de una escopeta y seguidamente una linterna lo enfoca de lleno en el rostro.

“¿Qué eres tú?”, inquiere una voz amenazadora.

Dean no necesita siquiera de su visión nocturna para figurarse quién está allí. Por un momento no sabe si alegrarse, o enfadarse o preocuparse de que la situación se haya dado de esa manera. Ni siquiera tenía preparadas las palabras con que le explicaría todo. Levanta las manos mostrándole las palmas vacías.

“Necesitamos hablar”, le dice en tono tranquilo.

“¡Tienes el rostro de mi hermano! ¡Qué. Eres. Tú!”

Para sorpresa del intruso, en un par de movimientos Dean se le ha acercado y le ha arrebatado el rifle de las manos sin que apenas lo haya notado. El cazador le pone el seguro y se lo arroja a Max dejándolo fuera del alcance del sujeto.

“Compañero, ¡cálmate!”, insiste. “Necesitamos hablar. En serio”.

El hombre le salta encima, sin escuchar, intentando conectar sus puños con el rostro del cazador pero Dean ya tiene suficiente práctica con su supervelocidad para evadirlos fácilmente.

“¿Qué demonios…?” jura el tipo, frustrado por su incapacidad para dar en el blanco.

“¡Oh, vamos, Dean!”, se queja Max. “Noquéalo de una vez”.

“No quiero herirlo”, replica el cazador distrayéndose un segundo. El tipo entonces le hace perder pie golpeándole los tobillos por detrás de un puntapié. Dalton coge una barra de fierro, dispuesto a ir en su ayuda.

“¡No, no, no! ¡Es Sam!” le grita Dean desde el suelo intentando levantarse e interponerse, pero el sujeto no se deja impresionar por su velocidad esta vez y, cogiéndolo del cuello de la chaqueta lo obliga a caer nuevamente. Ese es el momento que elige Max para colocarse frente al hombre y enviarle un derechazo que lo deja inconsciente en el regazo de Dean. La morena se sonríe.

“Encantada de conocerte, Sam”.

 

Capítulo 24

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s