Fic: “Cuentas pendientes” 24/?

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

 

24
Alec

 

Gem está allí, a su lado, acurrucada a él bajo las sábanas. Y Gem no es de las que se acurrucan, es de las que le gusta discutir el mando en la cama y despedirlo sin contemplaciones hacia su lado del lecho cuando sólo quiere dormir y él no. Pero ahora ella se adhiere a su costado, su piel cálida y suave contra la suya provocando cosas en su cuerpo adormilado. Él le acaricia el cabello y la obliga con ternura a mirarlo a los ojos formulando una muda pregunta cuya respuesta él conoce antes de que ella abra la boca.

“Tengo miedo, Alec”.

Él la mira de vuelta, temiendo que esa sea la última vez que pueda hacerlo.

“Yo también”.

Y luego está en un patio.

No es Terminal City, no es su edificio. Es un campo desprotegido y unos juegos infantiles desiertos en el centro. Escucha la risa contagiosa de Nadia, el retoño de Gem, la primera transgénica nacida en libertad. La busca y no la encuentra. Los juegos se mueven y no hay nadie allí.

“¿Alec?” Sam tiene una mano sobre su hombro que al parecer ha estado sacudiendo por un rato. “Hey, Alec. Es hora”.

La realidad se abre paso poco a poco en su mente. Está en el auto, el chevy Impala de Dean, en el asiento del pasajero porque Sam aún no le permite conducirlo. Alrededor están los árboles que les ocultan de las miradas de la Guardia en la base. Las entrañas se le hacen un nudo en el vientre. Respira profundamente y se estira en el asiento, intentando espantar los fantasmas de su sueño sin que el otro se percate de su turbación.

“Claro. Esta noche es la noche”, declara secundándolo porque es cierto. Es la noche en que puede que todo se arregle o se vaya a la mierda. Puede ser el punto en que se determina si algún día la pequeña Nadia nace en el edificio de Jam Pony durante la revuelta, bajo el auspicio de un Normal convertido a la causa transgénica; o si su jefe, en vez de contratarlo, le deposita un balazo entre los ojos; es la noche en que Max da su primer paso a transformarse en la Bruja Reina de Terminal City o se convierte en una prisionera perpetua de las paredes de Manticore.

“Lo hiciste bien con Hanna”, le habla Sam apartándolo de sus oscuros pensamientos.

Alec bufa.

“Vaya montón de basura”, dice “Si realmente creyera en la inamovilidad del destino, no me sentiría tan miserable por dejar las cosas como están”.

“Alec, sabes que es lo correcto.”

Alec se mira las manos cubiertas por el entramado de los tatuajes.

“Supongo”, y antes de que Sam agregue algo más, dirige su atención al exterior del vehículo. “¿Y Cas? ¿No debería estar aquí ya?”

Sale del auto y camina loma arriba, hacia el lugar de observación. Sam se le reúne a paso lento, advirtiendo su ansiedad.

“¿Estás nervioso?”

“No”

“¿Qué pasa, entonces?”

Alec se mete las manos a los bolsillos y pasea su mirada por los muros iluminados de Manticore.

“Nada”.

“¿Alec?”

“Tú ya sabes”.

Sam suspira. Hubiera jurado que el tópico ya estaba concluido pero al parecer, no es así.

“Alec, si no existiera el peligro de fastidiarlo todo, yo sería el primero en la línea para acabar con el proyecto de Manticore. Pero ya escuchaste a Cas. Sin ustedes, sin los transgénicos, el mundo entero se va a ir a la mierda. Lo tienes claro, ¿no?”

Alec resopla con impaciencia mientras mira alrededor.

“¿Por qué tenemos que esperar a Cas?”. Por supuesto. Evadir el tema, la especialidad de Dean. Quizás va en los genes. Sam lo deja pasar. Alec se mueve impaciente como si no estuviera en una loma al aire libre y comenzara a faltarle el aire. “¿Por qué no usas tus poderes simplemente?” suelta, irritado. “Digo, sería mucho más fácil acabar con esto de una vez con esa cosa tuya”.

La pregunta toma de sorpresa a Sam.

“Le prometí a Dean no hacerlo”, dice después de unos instantes, suficiente hielo en la voz para cortar la conversación allí mismo.

Alec se detiene en su paseo para fijar sus ojos en el cazador en la oscuridad.

“Oh”, dice y es claro que ha recibido el mensaje de no meterse en asuntos que no le incumben. Pero es Alec. 3… 2… 1…

“¿Por qué no quiere que los uses?”

Sam cierra los ojos, intentando decidir si debe contestar o no esta vez.

“Porque cuando lo hago,…”, dice finalmente y debe reprimir los recuerdos poco gratos de los primeros meses después del infierno, cuando aún era más el Diablo que él mismo. “…me vuelvo malvado”.

Sam siente los ojos de Alec sobre él. Una oleada de angustia lo invade. No debería importarle y lo sabe, pero no puede evitar sentirse ridículamente asustado de ser juzgado y rechazado por aquel que tiene el rostro de su hermano pero que no lo es. En su interior, se prepara para recibir la próxima pregunta, aquella que sin duda querrá los detalles que él intenta olvidar.

“¿Deseas hablarlo?”, ofrece el ex transgénico a cambio. Sam abre los ojos, primero sorprendido y luego agradecido de la gentileza del otro.

“No realmente”, responde.

Alec asiente lentamente.

“De acuerdo”, se asoma para observar la mole que son los edificios de la base y parece que va a comenzar a bajar la loma pero a los dos segundos está volteando de nuevo hacia el cazador. “Eres un buen tipo, Sam”, le dice. “Quizás un poco neurotico, histérico, pero un buen tipo. Es imposible que te vuelvas un malvado”.

Un atisbo de sonrisa se asoma en Sam.

“¿Debería decir gracias?”

Alec sopesa la pregunta con un mohín burlesco en los labios.

“Tal vez”

Se quedan uno junto al otro dejando transcurrir los minutos de espera, Alec perdido en algún punto dentro de los muros de la base, Sam en el recuerdo de su hermano exigiendo a grandes voces que deje de usar sus poderes por el bien de la humanidad. Se lo había prometido entonces. A Dean. A Bobby. A sí mismo. Pero eso no evitaba que de vez en cuando la dichosa cosa que llevaba dentro burbujeara un poco y a veces alcanzara la superficie. No negaba que en ocasiones se alegraba de que sucediera, las más de las veces en el momento preciso, pero siempre ha sido, es y seguirá siendo para él un tema amargo de tratar.

Un murmullo extraño lo arranca de sus cavilaciones, un susurro melodioso que no logra identificar en un principio y que proviene del costado en que se encuentra Alec.

“¿Estás cantando?”, pregunta mirando al ex transgénico con el ceño fruncido por la extrañeza. “¿En enoquiano?”

Alec se detiene de inmediato.

“Lo siento, sólo es algo que tengo pegado en mi cabeza”

“¿Por qué le pediste a Cas que te enseñara enoquiano en todo caso? No es como que vayas a usarlo mucho en tu universo”.

“Pensé que podía ser útil, eso es todo”. Pero el cazador lo mira con sospecha incomodando a Alec. “Oh, por favor, ¿por qué más me mamaría tres horas de malos chistes? ¿a quién le interesa cómo se llama un querubín sin su aureola?”

“Quizás porque de esa manera podrías leer el mombo jombo en tu cuerpo sin decírnoslo?”

“¿Qué?”, exclama, el rostro congestionado por una indignación que cualquiera se tragaría. “¿Cómo puedes pensar que yo haría algo así?”

Sam tiene un momento de duda.

“Puedo porque conozco a mi hermano”.

Alec toma aire con irritación.

“Yo no soy tu hermano”, dice y enfrenta la mirada del cazador sin titubear por largos segundos para después volver su atención hacia la edificación adelante suyo. O es un excelente actor o realmente lo ha ofendido. Porque, piensa Sam, hasta ahora no ha dado señas de que no vaya a cumplir con su deber a pesar de que no desaprovecha ocasión para hacer presente lo mucho que le desagrada.

“¿Cómo se llama?”, pregunta utilizando la táctica divergente de su hermano.

“¿Qué?”, replica Alec aún sin darle la cara.

“¿Cómo se llama un querubín sin su aureola?”

Alec se rinde y lo mira con ojos entrecerrados.

“Estás bromeando, ¿verdad?”

“No, no, en serio. Me gustaría saberlo. Dean siempre me molesta con eso. Así que, dímelo”.

Lo mira un instante más, lo tasa y se encoge de hombros.

“Lo siento, amigo. No es divertido en cristiano”.

Entonces, una ligera brisa acompañada de un batir de alas, toca sus espaldas. Castiel.

“Ya era tiempo”, refunfuña Alec pero el ángel lo ignora y a cambio avanza hacia ellos y coloca sus manos sobre sus cabezas. Un cosquilleo, mezcla de corriente eléctrica y agua helada, recorre los cuerpos de ambos hombres quitándoles el aliento por un instante.

“¿Qué…” intenta Sam cuidando de mantener el equilibrio en su sitio porque por unos segundos el mundo da vueltas. “… qué fue eso?”

“Un conjuro”

“Un conjuro”, repite Alec. “¿Qué quieres decir con un conjuro? ¿Nos van a crecer alas? ¿Todo el mundo va a amarnos?…”

“Los verán como sus propios hombres, con rostros diferentes a los suyos y uniformes”, les informa seriamente. “Pero deben darse prisa. El conjuro podría volverse inestable a causa de los sellos contra ángeles”.

“Oh, gracias”, Sam se mira las manos y las voltea como si esperara ver el resultado del encantamiento. “Nos apuraremos entonces

“¿Listos?”

Los dos hombres revisan sus bolsillos internos, aseguran sus armas en la parte trasera del pantalón, sus frascos de agua bendita…

“Demonios”, jura Alec por lo bajo mientras palpa los bolsillos de su chaqueta. Sam alza la vista hacia él.

“¿Qué pasa?”.

Pero Alec ya trota loma abajo en dirección al Impala. Una vez allí, Sam lo ve desaparecer medio cuerpo por la ventanilla y guardarse luego un pedazo de papel en el bolsillo superior.

“¿Qué es eso?” quiere saber el ángel, receloso, una vez que Alec se les ha reunido de nuevo.

“Mi pluma mágica voladora”.

Cas ladea la cabeza, la expresión de su rostro reflejando su confusión.

“¿Mágica? ¿Otro conjuro?”

Con eso obtiene un rodar de ojos de parte de Alec.

“¿No viste Dumbo?”

“No. ¿Quién es Dumbo?”

“¡Qué importa!” corta ansioso Sam. “¡Vamos, Cas! Envíanos ya”.

Entrar es más fácil que la ocasión anterior. Con la bendición del ángel caminan libres a través de los pasillos hacia la sección donde se encuentran las habitaciones. Alec pone atención a la numeración en las puertas a medida que avanzan hasta que encuentran la correspondiente a la unidad de Max. Se introducen en silencio, esperando encontrar a los pequeños soldados en sus camas. Pero no hay nadie allí. Las ropas están desordenadas, por cierto, señal de que han sido ocupadas. Hay una ventana abierta. Alec mira hacia la cámara que vigila la habitación y ve el artilugio conectado al lente desde atrás. Una sonrisa llena de orgullo se pinta en su cara.

“¡Ah, chicos listos!”

Sam, por su parte, pasea la mirada por la sala en penumbras, la hilera de camastros y las paredes desnudas a excepción de las palabras “DEBER”, “MISIÓN, “RESPONSABILIDAD”, visibles a la luz de los reflectores proveniente del patio.

“No hay nadie aquí”

“Están en el lugar alto”

“Uh,… ¿dónde?”

“Sólo sígueme”

Va hacia la ventana abierta y, claro, allí está: la tubería que conduce a la azotea de la que Max había hablado en las ocasiones en que ambos comparaban sus recuerdos de los años en Manticore. Con todo cuidado, recordando que está dentro del cuerpo de un ordinario y que no es precisamente el de un hombre rebosante de juventud, Alec comienza a trepar.

Cuando asoma la cabeza por el borde de la azotea, resoplando su agotamiento, 10 pares de ojos fijos en él le obligan a hacer una pausa en su ascenso. Con suma calma completa el trecho que le falta dándole el espacio suficiente a Sam para que haga lo mismo. Los niños, más bien adolescentes, permanecen en sus posiciones, una decena de estatuas aguardando a hacer el movimiento adecuado en el momento preciso. Alec reconoce a Max en la niña de labios gruesos y piel aceitunada que se esconde tras las cabezas de los otros, a un costado del paño de las ofrendas ubicado en el centro de todo. Y en el fondo, presidiendo, la versión adolescente de sí mismo y de Dean, vestido con un buzo gris y rapado a cero como el resto. Ben.

“Esto es… escalofriante”, le susurra Sam entre dientes mientras se detiene a su lado.

La incertidumbre baila en los ojos de los muchachos que se vuelven hacia Ben en busca de orientación.

“Agárrenlos” dice el chico parcamente y Alec casi no tiene tiempo de reaccionar antes de que el grupo se posicione en un nebuloso movimiento alrededor de ellos dos.

“¡Esperen, esperen!”, exclama levantando una mano mientras con la otra busca torpemente dentro de su chaqueta. “La Señora nos envía”, con lentitud extrae y voltea el papel rescatado del Impala a último momento, un pedazo de cartulina impreso, mostrando la imagen de la Virgen María en él. “La Señora de azul”.

La expresión en el rostro del chico denota el desconcierto que se apodera de él. Aunque no puede vislumbrarlo en la oscuridad del lugar, Alec está seguro de que sus pupilas se han dilatado buscando más luz y un acercamiento a la estampita.

En un instante, el chico está de pie frente a ellos, adelantándose a la posición de sus compañeros. Sam se permite echar un vistazo rápido entonces al escenario, allí en el techo de las celdas, y el estómago le da un vuelco al notar la superficie del paño sobre las consolas de ventilación casi completamente cubierta por dientes humanos extraídos desde la raíz. La mayoría son antiguos, pero en el centro de la tela se destacan las sanguinolentas formas de piezas recientes. De pronto, no le parece tan buena idea dejar salir a tal clase de chiquillos super recargados. A su lado, Alec parece hacer caso omiso de la dantesca visión mientras entrega con todo cuidado la estampita en manos de Ben. El chico la sostiene con reverencia, rozando la superficie de la imagen con su dedo pulgar durante largos segundos. Cuando se da por satisfecho, Alec y Sam pasan a ser el objeto de su observación. Los mira de arriba abajo con total concentración y finalmente frunce el ceño.

“Pero ustedes son guardias”, dice a medio camino entre el desafío y la inquietud. “No se supone que los guardias sepan acerca de la Señora de azul”.

“Créeme: no somos como los otros guardias”.

Un parpadeo en la energía que los ha acompañado desde que Castiel los bendijo con el conjuro y ambos hombres saben, atendiendo a la posición de alerta que adoptan los muchachos y al cosquilleo en sus extremidades, que su apariencia ha sufrido algún cambio momentáneo.

“Maldición”, balbucea Alec.

“Creo que la magia de Castiel está fallando”, acota Sam en el mismo tono.

“¿Tú crees?” y luego en voz alta hacia los chicos, “Ella nos ha enviado a ustedes”.

Ben continúa observándolos con detenimiento y expresión recelosa.

“¿Por qué?”, pregunta.

“Desea que ustedes sean libres”.

Un espontáneo coro de exclamaciones susurradas brota del grupo.

“Pero…” y esta vez Ben se muestra perplejo. “No podemos. No tenemos a Zack. Lo mataron los guardias”.

“Íbamos a escapar”, dice otra chiquilla. “pero ellos aparecieron a último minuto y… le dispararon en la cabeza”.

“Casi asesinan a otros tres de nosotros”, completa Ben. “¿Por qué esta vez habría de ser diferente?”.

“Porque…” comienza Alec, pero se le encoge el alma viendo la mirada expectante del grupo que espera su respuesta. “…porque…” se humedece los labios intentando ayudarse pero no puede. Cualquier cosa que les diga puede enviarlos a la muerte que tanto temen, al lugar malo donde los nomlin se alimentan de los malos soldados por toda la eternidad. Tan poderosos y tan frágiles a la vez. Si pudiera, se los llevaba a todos con él en ese instante y le prendía fuego a la base y a quienes la construyeron. “Porque la Señora lo ha dicho” dice escondiendo el rostro al final de la frase para que no perciban su frustración.

“Hemos sido favorecidos con la palabra de la Señora”, agrega Sam con voz firme, apoyándolo “Ella ha dicho que éste es el momento”.

“Pero, aún así…” surge una voz pequeña desde el grupo. “…no tenemos a Zack”.

Alec levanta la mirada buscando a la propietaria de la voz y encuentra el rostro de Max aún redondeado por la pubertad. Se sonríe a medias, divertido ante la contradicción que hay entre esta jovencita y la irritante mujer que lo corrige continuamente a manotazos en la cabeza.

“Pero cuentan con ustedes mismos”, y esta vez realmente cree lo que dice. “Y eso es suficiente”. Se vuelve nuevamente a Ben. “Tenemos un mensaje para Maxie…Max… de parte de la Señora. ¿Puedo hablar con ella a solas?”

Ben consulta esta vez silenciosamente al resto del grupo antes de dar su consentimiento. Alec se lleva a  la muchacha hacia un sector alejado pero igualmente escondido de las miradas de los guardias y las lentes de las cámaras. Max lo mira con ansiedad mientras él busca las palabras adecuadas para explicarse.

“A las dos de la mañana, un auto con una mujer llamada Hanna dentro de él estará esperando por ti en la muralla norte”, le dice y el asombro se manifiesta se inmediato en el rostro de la chica.

“¿Por mí?”

“Sí”

“¿Por qué?”

“Porque eres especial”.

La chica mira entonces hacia el resto de sus compañeros que aún rodean a Sam como si éste fuese un fenómeno extraño.

“¿Qué hay de ellos?”

Alec respira profundo antes de contestar.

“No lo sé. Lo siento. Tenemos la misión de ponerte dentro de ese auto y fuera de aquí, nada más”.

“¡Pero, POR QUÉ!” el enojo endurece las facciones de la chica mientras insiste en su pregunta.

Alec se inclina y posa sus manos en los hombros menudos de ella para que los ojos de ambos queden al mismo nivel.

“Eres una elegida, Max”, le dice con total convicción. “Un día mucha gente te agradecerá por darles dignidad y libertad. Yo también. Serás grande y gobernarás una nación” espera un poco a que sus palabras se asienten en el entendimiento de la chica. “Pero tienes que salir de aquí. Ahora”.

La chica lo mira pasmada, como si de alguna manera comprendiera el significado profundo de lo que le está diciendo.

“Tengo miedo”, susurra.

Nuevamente el contraste con la mujer que él conoce le hace sonreír.

“Lo sé”, le dice. “Pero tú eres una valiente mujercita, Maxie. Y vas a conseguirlo. Estoy seguro”.

Los movimientos que Sam hace con sus brazos llamando la atención de Alec interrumpen la conversación desde el otro lado de la azotea. El cazador le señala hacia abajo, hacia el patio. Alec se asoma con precaución por el borde. Guardias se mueven de un lado a otro con rapidez, siguiendo órdenes de los superiores. Claramente, están buscándolos.

“Demonios”.

Agarra a Max del brazo conduciéndola de regreso con los otros.

“Debemos irnos. Vuelvan a su habitación y permanezcan allí hasta que el peligro haya pasado. Luego,… huyan de aquí”, les dice rápidamente y después a Sam. “Vamos, tenemos que ser la distracción”

Corren hacia el costado más distante, avanzan por cornisas y dejan que las cámaras los capten mientras descienden hacia el primer piso por las escaleras de emergencia, desviando la atención del grupo que baja por la cañería hacia la ventana de su habitación. De inmediato, las luces de los reflectores los alcanzan, las sirenas inician su estruendo y el contingente de guardias comienzan a entrar en el edificio donde se han refugiado.

Mientras intentan eludirlos, un nuevo y más extenso parpadeo de energía los atraviesa de pies a cabeza y muere con un extraño sonido similar a un chicharreo obligándolos a detenerse un instante.

“Parece que la magia se acabó”, dice Sam señalando lo obvio.

“Como sea”, replica Alec mientras trota en busca de la cocina. “Ya no nos servía. ¿Cómo se dieron cuenta?”

“Tal vez el conjuro no era lo suficientemente poderoso. No importa ahora. ¿Adónde vamos?”

“Si logramos llegar a los conductos de ventilación sin que nos vean, estamos salvados”.

Deben esquivar dos patrullas y esconderse en un armario durante algunos segundos, utilizando los puntos ciegos de las cámaras para avanzar. Finalmente alcanzan la cocina y la rejilla del conducto que les había servido bien en la ocasión anterior. Esta vez Alec deja que Sam trepe primero y lidere la salida. Avanzan rápido aunque deben detenerse y guardar silencio cada vez que pasan por sobre las habitaciones. Los hombres avanzan armados bajo ellos sin percatarse de su presencia. Sam acaba de pasar por sobre una de esas rejillas cuando escucha el ingreso violento de alguien a una habitación. Tarda un par de segundos en darse cuenta que Alec se ha quedado atrás, absorto en lo que ocurre abajo.

“¡Vas a aprender a respetar las reglas de una vez!” gruñe una voz y enseguida se escucha el sonido reconocible de un bastón eléctrico. “¡De pie, dije! ¡Las manos en la pared!”. Otro chasqueo eléctrico. “¡No dobles las rodillas!” Otro más. “Maldito fenómeno rebelde”.

“Alec”, lo llama Sam, tan alto como le aconseja la prudencia. El ex transgénico lo mira sólo un instante, la mandíbula prieta y el gesto decidido antes de devolver su atención a la rejilla. En un microsegundo Sam sabe lo que va a ocurrir.

“¡Alec, no!” Pero Alec ya se pone de pie, tanto como puede en el conducto y se arroja con todo su peso sobre la rejilla para caerle encima al guardia.

El golpe es suficiente para atontar al hombre y permitirle a Alec arrojar sobre él una buena andanada de puñetazos que lo sumen en la inconsciencia. Aún así, se ve tentado de alcanzar el arma en su espalda y descerrajarle un tiro. Se aguanta y en cambio se vuelve hacia el chico que aún se encuentra de cara a la pared con ambos brazos estirados sosteniéndolo.

“Hey, niño”, lo llama con suavidad para no alarmarlo mientras se le acerca. “¿estás bien?”. Lo toma de los hombros para ayudarle a dar la vuelta y lo que encuentra es un rostro lleno de pecas y unos ojos verdes que le miran con pasmo. ¿Ben? No. No es Ben. Ni siquiera tiene un nombre en ese entonces, sólo una designación. Y él la conoce. X-494.

Resulta ser suficiente distracción para que el compañero del guardia se asome por la puerta e intente reducirlo mientras grita la alarma. Sam le cae encima desde el techo y a continuación, mientras el cazador reduce al hombre, Alec aupa a su mini-mí hacia el conducto de ventilación. El chico lo mira con agradecimiento y desaparece en el agujero justo en el momento en que otros cinco hombres ingresan por la puerta apuntando con sus armas y obligan a gritos y un par de golpes a Alec y a Sam a tenderse de bruces en el suelo con las manos en la cabeza.

Cuando Alec levanta la mirada mientras inmovilizan sus manos en la espalda, se encuentra con el ceño fruncido de Sam, tendido justo frente a él.

“Perdón”.

 

Capítulo 25.

 

»

    • ¿Crees que Jensen aceptaría hacer de Alec si se hiciese una película de Dark Angel? Por supuesto, tendrían que haber pasado algunos años desde Freak Nation. Un Alec maduro sería encantador.
      En fin, soñar no cuesta nada.
      EStoy subiendo el 25.
      Saludos. 🙂
      Son la 03:13 de la mañana.

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