Fic: “Otra clase de ángel” 20/25

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Título: “Otra clase de ángel”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: Todo público
Sumario: Dean aún no lo ha visto (ni lo ha vivido) todo.

20

 

Cada salto en el camino duele. Dean intenta sin éxito ahogar los involuntarios gemidos que su boca insiste en dejar escapar. Se abraza el estómago por sobre la chaqueta esperando apaciguar en algo el movimiento brusco de su nena mientras reposa contra la ventanilla. A su lado, Sam le dedica preocupadas y culpables miradas como si él fuese el responsable de cada agujero en el camino. Desde el asiento de atrás un par de dedos avanzan hacia su rostro.

“Guarda tu gracia, Cas”, le dice antes de que alcance su objetivo y sin siquiera voltear a verlo. “La necesitaremos más tarde”.

“Estás sufriendo”

“Nah. Puedo aguantarlo. Tengo los analgésicos”. Vuelve a cerrar los ojos deseando que los kilómetros pasen rápidos bajo los neumáticos del vehículo. “Guarda tu gracia”, repite.

Puede adivinar las expresiones de frustración que comparten su hermano y el ángel, pero no le importa. Han perdido demasiado tiempo ya. Angie está aguardando por él. Trata de sacar la cuenta de los días, semanas, que han transcurrido desde el momento en que abandonó el confort de la cabaña montado en el Impala con una niña y un gato en el asiento trasero, pero parece una tarea imposible. Ante su memoria desfilan las imágenes de todo lo que ha acontecido desde entonces, algunas se diluyen en la nada, otras se solapan, cambian de lugar, se confunden. En un momento Angie sonríe confiada a su lado. Al siguiente tiene su mandíbula teñida en sangre. Es demasiado y tiene que abrir los ojos para espantar los recuerdos antes de que le ganen a su ánimo. La carretera le llena la vista.

“¿Estás bien?”. Sam le mira de reojo mientras intenta mantener al mismo tiempo la atención en el volante.

Dean farfulla un “sí” cansado que satisface momentáneamente a su hermano y permanece quieto observándole los hombros tensos por las muchas horas de conducción y el gesto determinado en las facciones.

“Sam”.

“¿Sí?”

“Sé que lo que hiciste es lo que tenías que hacer”, dice en apenas un susurro y por un momento cree que su hermano no le ha escuchado pues guarda silencio largamente. Luego le oye suspirar de una manera que se asemeja al alivio.

“De acuerdo”, responde finalmente.

“La salvaremos”

Esta vez el silencio se prolonga un poco más.

“Sí”, y Dean nota el tono tristemente escéptico en la voz de Sam. “Lo haremos”.

 

Arriban a la ciudad pasadas las once de la mañana. Dean aguarda a que su hermano y el ángel desciendan del vehículo antes de intentarlo él. Siente los ojos de Sam fijos en su persona mientras saca las piernas lentamente hacia el costado del asiento del pasajero. Se afirma en la portezuela antes de ponerse de pie ahogando un gruñido tanto como le es posible para que el gigante no llegue a su lado en dos zancadas y le haga sentir más inútil de lo que ya se siente.

El día está fresco a pesar del sol que se luce en lo alto de un cielo completamente limpio. Al fondo, la montaña, inconfundible con su corona blanca, domina el paisaje como debe de hacerlo también en el resto de las ciudades y pueblos alrededor. Su silueta captura la atención del cazador por largos segundos mientras recupera el aliento antes de que Sam rompa el hechizo con un carraspeo. Cuando lo mira, su hermano le señala el edificio frente al cual han aparcado.

“Aquí es: El Sanatorio Estatal”, le informa.

El edificio es vetusto y blanco con una escalinata de palacio real que hace al cazador dolerse en anticipación por la tortura que será tan sólo llegar a la puerta. Dean camina despacio, rodeando el vehículo, pasa a su hermano y continúa hasta alcanzar los primeros escalones de la entrada. Cuando Sam quiere unírsele, alza un brazo a la altura de su pecho impidiéndoselo.

“Quiero hacer esto solo”, dice el cazador por toda explicación.

Sam mira el brazo a modo de barrera y luego a Dean y niega con un enérgico movimiento de cabeza.

“De ninguna manera. Apenas puedes caminar erguido. No”.

Quiere comenzar a subir los escalones pero el brazo de Dean sigue allí.

“Dije que iré SOLO”, repite el cazador en un tono que no admite réplicas. “Tú no quieres batirte a golpes conmigo en este estado, ¿verdad?”

Por supuesto que no quiere. Sam abre la boca para argumentar, mas la expresión testaruda de su hermano no se lo permite así es que la cierra y, con reluctancia, da un paso atrás.

Dean empieza a subir con calma, cuidando cada uno de sus pasos para conservar la dignidad. Atrás suyo, Sam y Cas cruzan miradas brevemente antes de que el ángel haga su propia tentativa de ir tras él.

“Quédate con Sam, Cas”, dice Dean sin molestarse en voltear.

“Dean…”

“Entre tú y mi hermano van a gastarme el nombre”. Se detiene y se vuelve hacia el ángel. “¿Qué parte de necesito hacer esto solo no has entendido?”

“¿Por qué? ¿Por qué tú solo?”

Mirada intensa.

“Porque es mi puto asunto”. Agita la mano en dirección a Sam. “Investiguen un poco, coman algo, busquen un motel, cualquier cosa, sólo… permítanme hacer mi trabajo”.

Sin esperar más, continúa su torturante ascensión.

Pero Cas no está conforme.

“Espera”.

Dean se detiene una vez más. El ángel deja atrás a Sam y se adelanta hasta invadir el espacio personal del cazador. Dean está demasiado ocupado manteniéndose de pie para reclamárselo. Cas titubea un segundo. El cazador enarca las cejas en un gesto que es una invitación a que comience a hablar de una vez. El ángel lo mira directo a los ojos antes de hacerlo con total seriedad.

“¿Hay algo que no me estés diciendo?”

Primero hay algo de confusión en el rostro de Dean y luego lentamente asoma una media sonrisa en sus labios.

“Ah, no es agradable, ¿verdad?”

Cas frunce el ceño, impaciente.

“Dean, dímelo”.

Dean se torna serio de nuevo y le devuelve la mirada con la misma intensidad.

“No, no estoy escondiéndote nada”, le echa un vistazo rápido y disimulado a Sam. “Vigílalo”, se da la vuelta y continúa subiendo la escala.

Cas no sabe si le ha dicho la verdad, pero lo deja ir. No es como si tuviese alguna otra opción tampoco.

 

Hacer que le permitan ver al Pastor es mucho más fácil de lo que había pensado. Luego de dejarles saber que busca a su tío de quien sólo hace poco ha conocido su paradero, los funcionarios se muestran particularmente alegres y curiosos de que alguien se interese por el hombre. Un enfermero de piel oscura, fornido y casi tan alto como Sam, es el encargado de llevarle por pasillos y rejas, abriendo y cerrando cerrojos a su paso. El camino se hace interminable. A ratos, las paredes se abalanzan sobre su cabeza, la punzada en su vientre le corta el aire. Debe esforzarse por seguirle el paso al hombre que lo guía, hasta que llega el momento en que no puede más y no le queda otra alternativa que detenerse, afirmado contra la muralla, buscando recuperar la compostura.

“¿Está bien?”, inquiere el enfermero con preocupación. El hombre ha tardado unos segundos en darse cuenta que ya no lo tenía tras sus pasos sin embargo ahora está inclinado frente a él, una mano sobre su hombro y la otra sujetándole el brazo como si temiera que de no hacerlo, pudiera colapsar por completo.

Dean intenta sonreír.

“Sí, es sólo que… todavía estoy recuperándome de una cirugía”

“Pues, debería haber esperado un poco para hacer esto, amigo”

“No puedo esperar”. Se endereza y prueba a dar un paso. El hombre a su lado no lo suelta. “He invertido mucho esfuerzo buscando a mi tío. La familia no está especialmente orgullosa de él, ya sabe, y escondieron por mucho tiempo su paradero”.

El enfermero deja escapar un resoplido.

“No tiene que decírmelo. Nadie ha venido a visitarlo en los últimos veinte años. Pobre hombre. Ya era hora de que alguien apareciera. ¿Se siente bien como para seguir o prefiere descansar un poco?”.

Súbitamente consciente de que el otro aún lo sostiene firme del brazo, Dean se remueve incómodo, avergonzado de que un extraño sea testigo de su debilidad.

“Er…hum… Estoy bien… gracias” y se yergue tanto como puede. “Podemos seguir”.

El enfermero no parece muy convencido. De todas maneras lo deja libre para que camine por sí mismo, sólo que ahora se mantiene a su lado y aligera el paso hasta que se asoman a un pequeño salón con vista al patio interior. Allí, en medio de la habitación, se encuentra un hombre anciano, sumamente delgado, instalado en una silla de ruedas. Sus ojos brillan mientras miran al cielo a través de la ventana y sus labios se mueven sin emitir sonido alguno, como si siguiera la melodía de un canto inaudible para los demás.

El enfermero se adelanta y se coloca en el ángulo de visión del anciano para anunciar su presencia.

“Pastor”, lo llama pero en un primer momento el anciano no parece haberle escuchado. “Pastor”, repite y esta vez los ojos claros del hombre se mueven lentamente hasta fijarse en la mole que es su figura. “Tiene una visita, Pastor. Su sobrino”.

El anciano lo mira sin entendimiento.

“Su sobrino”, le repite el enfermero y se pone tras la silla de ruedas para voltearla hacia Dean. Por supuesto, el cazador no espera que exista algún reconocimiento de su parte y un aguijonazo de culpabilidad cruza su corazón mientras lo saluda intentando una sonrisa confiada.

“Hola, tío. Soy Dean”

Los ojos del pastor se abren como platos, se humedecen, sonríe con labios temblorosos por la emoción. El enfermero luce sorprendido.

“Wow. ¿Está seguro que es la primera vez que lo ve a usted?”

“¿Qué… qué le pasa?”

“No lo sé, pero parece muy feliz de que usted esté aquí”. El anciano alarga una mano temblorosa hacia Dean. “Vamos, desea que se acerque”.

Dean observa la mano extendida del anciano dirigida hacia él. No tiene muy claro por qué, pero toda la situación lo pone nervioso. El enfermero continúa allí, esperando a que haga algo. Dean da un paso adelante y deja que el Pastor lo coja de la muñeca y lo tironee hacia él.

“¿Cómo has estado?”, le pregunta intentando sonar coloquial. “Vine a conversar contigo. ¿Está bien?”

Sin embargo, el anciano sólo lo mira con asombro y emoción, como si intentara absorber cada segundo de la presencia del cazador. La mano del Pastor lo aprisiona con una fuerza que no concuerda con su aspecto. Por momentos Dean teme que la circulación en su muñeca se haya interrumpido.

“¿Qué le pasa?”, le pregunta al enfermero.

“Él nunca habla”, le informa éste mientras se acerca y le ayuda a liberar su muñeca. “Al principio lo hacía y mucho, según me han contado. Usted sabe que estuvo extraviado en esa montaña mucho tiempo, ¿verdad? Desde entonces no fue el mismo. Nadie podía comprender lo que él deseaba decir. Creo que se aburrió de que nadie lo escuchara. Bueno…” indica con la barbilla hacia fuera del salón. “… nadie excepto su amiga”.

“¿Tiene una amiga?”

“Una mujer ciega. Parecen entenderse muy bien”.

“¿Puedo hablar con ella?”

El hombre frunce el ceño, confuso.

“¿Para qué?”

“Bueno… a lo mejor ella puede explicarme qué le sucedió al P… a mi tío. Así sabría cómo ayudarlo”.

El enfermero lo mira todavía interrogativamente y luego se encoge de hombros.

“Si así lo cree”.

Dejan al Pastor instalado de nuevo frente a la ventana y caminan por nuevos pasillos hacia otra serie de salas que resultan ser los dormitorios.

“¿Por qué está ella aquí?”

“Dice que los ángeles se llevaron a su bebé”.

“¿En serio?”. Dean intenta ignorar la voltereta que dan sus heridas entrañas. “Wow, eso es tan… loco”

“Sí. La policía cree que ella mató a su hija pero nunca encontraron el cuerpo de la pequeña. Su marido la había abandonado acusándola de haberle sido infiel. La golpeaba. Es fácil pensar que ella terminara culpando a la bebé. Pero, aquí entre nosotros, no creo que lo haya hecho. Y tampoco creo que esté tan loca como dicen. Bueno, aquí estamos” declara deteniéndose frente a una de las puertas. “Debo advertirle que ella rehúsa usar lentes oscuros así que puede ser un poco chocante verla por primera vez”.

Antes de que el cazador pueda preguntarle el por qué de la acotación, el enfermero ya está entrando en el cuarto tras un par de cortos golpes en la puerta.

“Con permiso, señora”

La mujer levanta la cabeza conteniendo el aliento en cuanto ponen un pie dentro de la habitación. Dean ve su cabello oscuro, liso y largo cayendo por su espalda. Está sentada frente a una mesa con una regleta braille y un punzón en sus manos. Hay papeles repletos con los característicos puntos del lenguaje para ciegos por toda la habitación, en montones separados, muchos fijos a la pared en algún tipo de sistema clasificatorio.

“¿Quién es él, Isaiah?”, pregunta la mujer y gira en la silla en dirección a la puerta. Dean se estremece ante la visión de carne cicatrizada allí donde deberían estar las cavidades oculares.

“Es el sobrino del Pastor, señora”, le dice el enfermero. “Desea hablar unos momentos con usted acerca de su tío”.

Ella mira hacia Dean desde las órbitas de sus ojos vacías.

“¿Es cierto eso?”

El cazador duda si se refiere a su deseo de hablarle o al hecho de que se declare sobrino del Pastor. Tiene el pálpito de que se trata de lo segundo.

“Sí, así es”, se las arregla para contestar a pesar de su desasosiego.

Ella sonríe con la suficiencia de quien no se deja engañar fácilmente.

“Isaiah, ¿puedes dejarnos a solas un rato? Estoy segura que este caballero está ansioso por saber de su… tío”.

Isaiah se retira, como se lo ha pedido la mujer. Por alguna razón, apenas el hombre cruza la puerta, Dean se siente absurdamente desamparado y tiene el irracional deseo de acompañar al enfermero fuera de la habitación. Pero cuando está a punto de dar la vuelta y salir corriendo, la mujer le habla.

“¿Cómo es ella?”

La pregunta le golpea el corazón.

“¿Quién?”

Ella vuelve a sonreír y lo libera de su no-mirada desviando su atención hacia otro lado de la habitación.

“El Pastor me dijo que vendrías algún día, que era inevitable”.

Dean avanza hacia la mujer casi sin notarlo.

“¿De qué está hablando?”

“Cuando la pedí, yo sabía que ella te buscaría en algún momento de su vida y yo estaba conforme con eso, pero…”, su sonrisa se ensombrece. “… Ellos la encontraron primero. Los Guardianes la protegieron entonces y la llevaron muy lejos de mí”, se lleva una mano ausente hacia las cicatrices en su rostro. “Supongo que era lo correcto”.

Dean tiene que afirmarse del borde de la mesa porque el mundo comienza a darle vueltas de nuevo y esta vez no es a causa de su estado.

“¿Usted es… su madre?”, pregunta en un susurro.

Ella parece pensar la respuesta.

“Su madre…” y ahora la mujer se acaricia el estómago plano sobre las ropas holgadas. “La acarreé en mi vientre, sí. ¿Cómo es ella?”.

El recuerdo de Angie surge de inmediato en su mente, cálido, plácido. Involuntariamente sonríe mientras vuelve a verla retozando entre la hierba de la loma, ocupándose de Iosephus y su pelaje, haciendo sus deberes en el laptop sobre la mesa del comedor, el ceño fruncido en concentración, mientras el sol de la tarde tiñe de oro el interior de la cabaña y remarca el rubio de sus cabellos tomados en una torpe coleta de padre soltero.

“Ella es una bondadosa y bella niña”, dice con emoción. La mujer pone una mano sobre la de él buscando su atención y cuando le encuentra el rostro, una conexión particular se desliza entre los dos.

“La amas”

Dean asiente, sin poder seguir confiando en su voz.

“¿Han ido ya por ella?”

Dean le mira los ojos ausentes con el corazón oprimiéndole el pecho.

“Sí”

Ambos guardan silencio mientras la gravedad del asunto se asienta en el entendimiento de la mujer.

“Bien”, dice ella con calma, como quien toma nota de una información importante. “Entonces necesitas conocer acerca de su nacimiento porque tú no sabes muchas cosas ahora”. A tientas busca el respaldo de otra silla y la arrastra para ofrecérsela al cazador. “Puede que quieras sentarte”.

Dean no se hace de rogar, agradecido por la sugerencia. Había estado tan anonadado por las palabras de la mujer que no había notado cuán agotado estaba en realidad. Mueve la silla hasta dejarla en una posición que le permita mirar de frente a la mujer, toma asiento con todo cuidado y espera. Ella baja la cabeza un segundo, recopilando los recuerdos.

“Robé gracia”, dice al fin. “Deseaba ser madre, la ciencia no tenía una respuesta para mí, así que…” se encoge de hombros. “Había oído sobre lo que sucedió a los hombres del pueblo en la montaña. Mis padres, y toda la gente de hecho, evitaban tocar el tema, pero de todas maneras yo había escuchado hablar de eso. Y de lo que le sucedió al Pastor también. Vine a hablar con él. Me contó que lo que había allí era Santo, Grande, poderoso… y peligroso. Yo estaba desesperada”, ríe suavemente. “Y quizás un poco loca. Así que… fui y concebí”.

“Es por eso que usted… hum”, se detiene intentando encontrar las palabras para referirse a lo obvio. “… usted tiene esos…?” y se señala los ojos como si ella no estuviera completamente ciega.

A ratos parece no estarlo.

“No”, contesta, comprendiendo perfectamente a qué se refiere. “Eso ocurrió después, cuando Ellos fueron a buscarla. Tenía seis meses de edad. La aparición de los Guardianes para protegerla de Ellos me hizo esto”.

“¿Ángeles?”

“Sí”

“¿La castigaron?”

“No, no”, se apresura a aclarar. “Aunque supongo que lo merecía. Nadie puede ver la Santidad sin estar preparado”.

“El Pastor lo hizo”

“Él es un hombre santo”.

Dean frunce el ceño sintiendo que las cosas no terminan de cuadrar en su mente.

“Pero usted robó la gracia en la montaña”

“Sí”.

El silencio vuelve a caer entre los dos. Dean mira a la mujer sin verla en realidad, demasiado ocupado en poner orden dentro de su cabeza.

“Tengo… tengo que ir allá”, dice al fin.

“Lo sé”, replica la mujer, levanta una mano y le hace una seña para que se acerque más. Dean se inclina en la silla tanto como se lo permite su cuerpo, pero ella lo sujeta por el hombro y lo obliga a más. “Ven, ven aquí”. El cazador tiene que dejarse caer de rodillas frente a la mujer, mordiéndose los labios para no dejar escapar un gemido. “Tengo un secreto que te será útil”. Se detiene un momento mientras pasea sus manos por el rostro del cazador. “Oh… eres tan hermoso”. Entonces se inclina hacia él y, con toda calma, deja caer palabras santas en su oído.

 

Capítulo 21

 

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  1. Hola!
    Gracias por ponerlo! Me gusta mucho como nos sigues mostrando a Dean siendo tan Dean, a Cas siendo Cas y a Sam siendo Sam. Es que los siento tan ellos, el como comentas esos movimiento que vemos en la tele me encanta!
    Lo de que pronto nos dirás la historia me encanta! Y vamos a ver qué pasa. El enfermero me cayó muy bien y no sé si Dean no le dice algo a Castiel, ¿No se lo dice o en verdad Cas estaba paranoico?
    EN ESPERA!

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