Fic: “Cuentas pendientes” 25/?

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

Yo no debería estar haciendo esto. Mañana tengo un par de logos que debo entregar y aún no termino de diseñarlos. Bueno, qué se le va a hacer. Son los vicios de una.


25
Dean

Hacía mucho tiempo desde que alguien había noqueado a Sam Winchester. No es que no lo hayan intentado, pero cuando vives solo, sin que nadie te cubra las espaldas, en un mundo que básicamente se ha ido a la mierda, aprendes a dar siempre el primer y el último golpe.

Sam abre los ojos y se encuentra con la inútil visión fuera de foco de una descascarada muralla. Bajo él puede sentir la consistencia desigual de un colchón tan acabado como la muralla. Retrocede mentalmente en el tiempo en busca de una explicación para su situación y no la encuentra.

Alguien discute.

“¡Te dije que yo lo manejaría!”

Y la voz de aquel que habla hace que cada cabello de su cuerpo se erice.

“¿Sí? ¿Cuándo? ¿Mañana en la noche?”.

Esa es una mujer.

“Pudiste haberle roto algo”.

Sam gira la cabeza siguiendo el sonido de las voces, deseoso de descubrir su origen, pero lo único que puede distinguir son dos figuras borrosas casi encima suyo y a contraluz de la lámpara que preside la habitación.

“¡No seas tan dramático, Dean! Él está bien”, la mujer le echa un rápido y casual vistazo que repite de inmediato como para asegurarse de que ha visto correctamente y lo señala con un movimiento de su brazo. “¿Ves?”

Sam los mira a ambos con la cabeza aún confusa. ¿Ella lo ha llamado Dean?

“Hey, Sam. ¿Cómo te sientes?”, lo saluda el hombre. Sam sólo parpadea intentando aclarar su vista y su mente. “No recordaba que patearas tan fuerte, amigo”.

Poco a poco la nebulosa de su visión desaparece dejando delante suyo, inclinado sobre su cabeza, una versión veinteañera de su hermano y a una hermosa joven morena de labios llenos sentada en el borde de la cama, alerta como un ave de presa. Intenta incorporarse pero la morena lo devuelve a la cama con un no muy amable empujón.

“Tranquilo, tigre”, le aconseja el hombre. “Puedes tener una concusión” y mira acusatoriamente a la morena, quien se limita a rodar los ojos y sacudir la cabeza con desaprobación, para luego volver a concentrarse en Sam.

“¿Quién eres tú?”, escupe éste rabiosamente, incapaz de soportar la visión de una criatura extraña vistiendo la figura de su hermano.

El hombre respira profundo y suelta el aire con lentitud antes de contestar, como si buscara calmar sus propias ansiedades.

“No vas a creerme”

“Inténtalo”

La pareja se mira en un gesto de confianza e intimidad que parece ser suficiente para alentar al hombre a hablar.

“Soy Dean”.

Sam bufa.

“Sí, claro”

“Bueno, quizás si te dijera que soy el clon super recargado de tu hermano tendría mejor suerte”.

Sam le mira con ojos entrecerrados, amenazantes.

“Elije sólo una mentira a la vez, por favor”.

“De hecho, ambas cosas son verdad”. Dean mira a la morena un poco superado. “Esto va a ser tan difícil de explicar”.

La mujer se dirige a Sam señalando con el pulgar hacia su compañero.

“Éste es tu hermano Dean Winchester del año 2014 vistiendo el cuerpo de un soldado transgénico, mi soldado, Alec, nacido en 1999, designación número X5-494, quien se apellidó a sí mismo McDowell porque es un gran admirador de La Naranja Mecánica”, explica gesticulando grandilocuentemente con las manos en una clara mofa de su subalterno. “ y quien es, según creemos, un clon de tu hermano. Soy Max, por cierto, designación número X5-452”

Sam los mira a uno y a otro, la sombra de la duda jugueteando en su ánimo.

“¿Transgenicos?”

“Ajá”

Sam se incorpora lentamente en el camastro, cuidando de no provocar suspicacias en la mujer, y apoya la espalda en la pared sin apartar un segundo su atención de la pareja. Por supuesto, ha oído hablar de su clase. Era un ligero rumor poco antes de que estallara el Pulso y un secreto a voces cuando se autoenclaustró en estas tierras de nadie. Hombres y mujeres genéticamente mejorados para ser supersoldados invencibles. Eso explicaría la rapidez con que fue atacado y, claro, su derrota allí donde ni los demonios han logrado obtener una.

“Digamos que te creo, ¿cómo…?”

“Cas me trajo aquí”, le interrumpe Dean, deseoso de llegar al punto.

“¿Cas? ¿Castiel?”

“Sí, indirectamente pero, sí”, se sonríe, divertido. “Ahora es algo así como un arcangel super poderoso”.

“¿Qué?”.

“Creo que lo promocionaron. Le dió un conjuro a un grupo de gente para traerme aquí porque soy una especie de…”

“… servidor del cielo”, le interrumpe Sam esta vez en un tono de voz casi reverente.

La sonrisa se diluye en el rostro de Dean y la reemplaza el desconcierto.

“¿Cómo es que sabes acerca de eso?”

“Lo leí… en tí”

Y lo que sigue, Dean, a pesar de su condición transgénica, no lo puede evitar. Sam lo arrastra hacia él obligándolo a caer de rodillas al lado del camastro y lo aprisiona fuerte, quitándole el aire, asegurándose de que es realidad y no una ilusión aunque a segundos parece serlo porque ahora es tan joven, tan delgado como lo fue hace ya demasiado tiempo. La última vez que lo abrazó de esa manera fue para entregarlo a su tumba y cremarlo y en ese entonces su talla había aumentado un par de números como sucede con todos después de los treinta. Éste que tiene en sus brazos es un muchacho, apenas emprendiendo el camino de los veinte, la edad en que lo perdió de vista porque estaba en Standford intentando vivir una vida que no le correspondía.

“Está bien, está bien” la voz de Dean, medio ahogada contra su hombro, viene a romper la emoción que lo agobia. “Ya… ya está bien, entiendo que toda la situación sea emotivamente potente para ti, para ambos, pero…” y susurra. “…tenemos público”

Sam repara en la morena, Max según se ha presentado ella, quien se ha puesto de pie y mira la escena con real seriedad, todo su cuerpo preparado para el ataque de ser necesario. Deja entonces que su hermano recupere la libertad mientras él mismo trata de recomponerse. Nerviosamente baja los pies del camastro al suelo acomodándose frente a ambos y se pasa una mano por los labios antes de poder hablar de nuevo.

“Entonces”, dice y carraspea aclarando su voz, intentando sonar calmado al mismo tiempo que le echa un rápido vistazo de reojo a la mujer. “¿quién estaba conmigo en el 2014? Ese no puede haber sido… Alec”.

“No lo sé, hombre”, replica Dean mientras se pone de pie, arreglando sus ropas. “Tú dímelo. La última vez que te ví fue en Minessota ese año. ¿No notaste que no era yo?”

Sam hace memoria. El hombre que le acompañaba entonces era el mismo que siempre conoció, el hombre que lo crió, lo protegió y le devolvió la vida permutándola por la suya. Las mismas bromas, los mismos comentarios sarcásticos, muchas más dosis de amargura en ellos durante los últimos años pero definitivamente el mismo Dean Winchester de siempre.

“Estabas allí. Eras tú. Estoy seguro”.

Dean frunce el ceño, confuso.

“Creo que hay algo equivocado en todo esto”.

“Moriste en mis brazos”, dice de sopetón, intentando controlar sus emociones, provocando un momento de impacto en ambos transgénicos por el significado de la frase. “Y no hubo segundas oportunidades esa vez… bueno, hasta ahora al menos”.

Dean tiene que detenerse un momento a pensar sobre la información que su hermano le proporciona. Sus sentidos arácnidos están funcionando a mil por hora porque hay algo que no termina de encajar y le produce un molesto cosquilleo en alguna parte recóndita de su ser que no puede identificar. Se pasa una mano por el rostro y mira a Max.

“Esto es tan extraño” y luego a Sam. “¿Qué sucedió? ¿Cómo… cómo fallecí?”

De inmediato el rostro del otro se ensombrece y parece aún más mayor de los cuarenta que debe haber cumplido ya. Mira al suelo y restriega sus manos una contra la otra, confortándose, mientras hace memoria.

“Estábamos en Gray Lake, Oregon.Nos detuvimos por comida. Sólo eso. No había motivo alguno para lo que el hombre hizo. Dean le mostró sus manos vacías, todo parecía estar bien. Así que, Dean volteó hacia los abarrotes y el hombre simplemente tomó su escopeta y…” su voz se niega a seguir narrando pero ya ha dicho lo suficiente para que Dean y Max imaginen el resto.

“¿Un demonio?”, inquiere el cazador después de unos segundos de silencio.

“No. Sólo un simple humano. Yo…”, se detiene en la duda si debe contarlo todo. “…lo maté”, dice y espera alguna reacción de parte de su hermano, pero Dean sólo aguarda a que sea capaz de continuar. “Eran tiempos violentos” intenta explicar entonces. “Tal vez él sólo estaba asustado, pero… no pude controlarme. Yo… destruí el maldito lugar, lo incineré con él adentro…lo lamento”.

“Está bien, Sam. No fue tu culpa”

“¡Claro que lo fue! ¿No lo entiendes? Falté a mi promesa ¡Usé mis poderes para matar al hombre! Hice… lo reventé como a un insecto”, agacha la cabeza evitando confrontar a la pareja. “Soy el monstruo en el que por tanto tiempo temiste que me transformara.”

“No, no lo eres. Si así fuera, entonces ¿por qué estarías aquí, escondiéndote?”, replica con vehemencia. “Es porque no deseas hacer daño a nadie más”.

“No. No es por eso”.

“¿Qué otra razón podrías tener?”

Esta vez Sam levanta la mirada buscando la de su hermano.

“Vi tu cuerpo, Dean. Cuando te sepulté. Y tu espalda y tus brazos estaban cubiertos por tatuajes en enoquiano. Era imposible no notarlo”.

Max no puede evitar fijar también su mirada en Dean, sorprendida.

“Así que alguien ¿uh?”, le reprocha.

“Tú no le hablas de los tuyos a todo el mundo tampoco”, replica y sus palabras captan de inmediato la atención de Sam.

“¿Tú los tienes también?”, pregunta dirigiéndose a Max, completamente interesado.

La morena asiente.

“Eres la elegida, entonces”.

“¿Cómo es que te enteraste?”, quiere saber ella.

Sam deja escapar un suspiro mientras busca las palabras para explicar.

“Necesitaba descifrar el significado de los tatuajes. Llamé a Cas, una, dos, cientos de veces. Pero él simplemente desapareció. No regresó nunca más después de tu muerte, Dean. Supuse que era demasiado penoso para él o que tal vez se sentía culpable por no haber estado allí cuando lo necesitaste. Como sea, yo necesitaba saber, así es que investigué por casi dos años. Durante ese tiempo, fui atacado una y otra vez por toda clase de demonios. Usé mis poderes para defenderme y de esa manera fueron creciendo más y más con cada ataque. Estaba ebrio de poder y nunca me pregunté por qué los demonios no hacían reales intentos por matarme. Fue por ese entonces que encontré a este sujeto… Sandeman…”.

“¿Sandeman?”, exclama al unísono la pareja.

“Sí, bueno, más bien él me encontró a mí. Me contó acerca de la misión que el Cielo había puesto sobre sus hombros, acerca de la elegida, acerca del Servidor del Cielo, tú,” y señala a Dean, “quien protegería a la elegida cuando las fuerzas demoníacas trataran de apoderarse del mundo. Pero no me contó los detalles porque tú estabas muerto y yo…”, se toma un respiro y se humedece los labios antes de continuar. “…yo tenía el poder para eliminar a la elegida, la única amenaza real para los Familiares”.

El silencio cubre los siguientes minutos dando tiempo a Dean para asimilar lo que acaba de oír.

“Wow”, dice al fin. “Entonces, Milo realmente decía la verdad” voltea a mirar a Max. “En verdad soy tu Kevin Costner, aún desde ese entonces”, dice mientras busca la mano de la morena con la suya. Max se sonríe, cómplice y cálida. Sam toma nota con un pequeño y rápido vistazo, tan breve como el momento que acaba de pasar.

“Entonces, te escondiste”, continúa Dean, sin darle tiempo a su hermano a especular sobre lo que ha visto.

“Sí”, se obliga a retomar el tema Sam. “No me dí cuenta que esos ataques estaban destinados precisamente a impulsar el crecimiento de mis poderes. Y tú ya sabes lo que pasa conmigo. Estaba perdiendo el control, estaba ciego con la pena y la necesidad y el deseo de venganza. Así que desaparecí, me alejé de la gente, de la elegida. No fue difícil. A causa del Pulso, había un millar de lugares desiertos donde uno podía esfumarse del mundo”.

Es entonces que Dean siente nuevamente que las alarmas de su sexto sentido se disparan.

“Espera un minuto. ¿A causa del Pulso?”

“Mh, sí”

Definitivamente, algo no marcha bien.

“Aún no había Pulso en 2014”

Sam ríe a medias como si Dean estuviera soltando una más de sus bromas.

“¿De qué estás hablando? Cuando te asesinaron habíamos estado viviendo el Pulso durante 5 años”.

Dean se vuelve hacia Max en espera de una confirmación.

“¿El Pulso fue en el 2009?”

“Por supuesto”, la morena le devuelve la mirada con extrañeza. “Pensé que lo sabías”.

El cazador repentinamente siente caer sobre él todo el peso de la revelación.

“Respóndeme algo, Sam”

“¿Uh? Sí, claro”.

“¿Cuánto tiempo estuviste en el infierno?”

“¿Q-qué? ¡Nunca he estado en el infierno! Ese fuiste tú y Castiel te sacó de allí”

“Pero tú saltaste dentro de la jaula en el infierno con Lucifer en tu interior. Fue la única manera que hallamos de ganar sin rendirnos a los ángeles”.

Sam niega lentamente con un movimiento de cabeza, confundido ante las palabras de su hermano.

“No sucedió de esa manera”, dice.

“¿No? ¿Cómo entonces?”

“Tú eliminaste a Lucifer”

“¿Qué?”

“Bueno, tuve que beber un montón de sangre para enfrentarme a él y debilitarlo lo suficiente antes que pudieras atravesarlo con la espada de Michael, así que podría decirse que lo hicimos ambos. ¿No lo recuerdas? ¡Él casi te mata! Y entonces tú y Bobby intentaron desintoxicarme pero fue imposible”.

“Oh, Dios”, cierra los ojos.

“Dean”, inquiere Max, colocando una mano sobre su hombro. “¿Qué sucede?”

El cazador se sienta pesadamente en el borde de la cama manifestando su cansancio.

“Creo que estamos en diferentes canales”,

“¿Qué quieres decir?”

“Hay dos líneas de tiempo donde debería existir sólo una. Ese es el problema. Un gran problema”. Se lleva una mano al puente de su nariz como previendo un futuro dolor de cabeza. “Cas, ¿dónde estás?”

Repentinamente, un ruido vibratorio obliga a los tres a mirar hacia la mesa que ha comenzado a temblar en el centro de la habitación. Se mueven al unísono en busca del origen del fenómeno. En la superficie de la mesa, el pocillo de cristal y la flecha dentro de él se mueven sin control en círculos alrededor de la zona sur de la ciudad sobre el mapa.

“¿Qué demonios?”, jura Sam mientras ve la flecha dar saltos sobre su contenedor.

Dean comprende.

“Vienen por ti”, da la vuelta y se dirige a toda prisa hacia la entrada. “¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!”

“¿Dean?”, lo llama Max mientras sigue sus pasos y tras ella, Sam.

“¿Cómo pude ser tan estúpido? ¡Los hemos guiado hasta Sam! ¡Debería haber terminado con él en cuanto pude!”, abre con violencia la puerta del establo y sin detenerse, haciendo caso omiso de la aprehensión que Dalton manifiesta al verlo entrar de esa manera, va hacia el demonio y lo arrastra, tomándolo del cuello, hacia la pared, silla incluida. Le arranca de un manotazo la estopa de la boca.

“¿Cómo estás haciendo eso, hijo de puta?”

Pero el bicho lo único que hace es reír a carcajada limpia hasta que se da cuenta que alguien nuevo está con ellos.

“Hola, Sammy. La pequeña familia se reúne de nuevo. Fue difícil hallarte esta vez”, y se vuelve hacia el cazador que aún aprisiona su garganta. “Gracias, Dean”.

El cazador lo deja caer con violencia al suelo antes de abrirle la camisa y revisar que el dibujo sobre su pecho sigue allí.

“¿Es ese un sello de restricción?”, pregunta Sam, acercándose.

“Sí. Debería haber funcionado”.

Sam mira al bicho con intensidad antes de voltear hacia Dalton que da un respingo cuando nota que es el objeto de atención del hombre con sangre de demonio.

“Funcionó”, dice señalando a Dalton. “¿Quién es él?”

“Dalton, también un transgénico”, contesta Max viendo con desconfianza cómo Sam se acerca cada vez más al muchacho obligándolo a mirar hacia las alturas. “¿Sucede algo malo?”

Dalton siente el impulso de salir corriendo de allí a refugiarse tras las espaldas de Dean, pero un poco el orgullo y otro poco el pánico que está comenzando a sufrir lo mantienen anclado en el lugar soportando el escrutinio del hombre. Lo único que atina a hacer es dirigirle una mirada a Dean que es más una petición de auxilio y que el cazador sabe entender.

“¿Sam?”, pregunta, comenzando él también a preocuparse por la actitud de su hermano.

“¿Por qué huele a demonio?”

La pregunta sorprende a todos.

“No está poseído”, le aclara el cazador acercándose con paso cauto, atento a cualquier movimiento de su hermano sobre el chico.

“Lo sé”, responde Sam sin quitarle los ojos de encima a Dalton. “Los transgénicos no pueden ser poseídos.  Sandeman se aseguró de eso”.

El cazador alza una ceja con sorpresa.

“¿De verdad? Bueno, esa es una especie de buena noticia, ¿no? ¿Qué sucede entonces?”

Sorpresivamente, Sam alza una mano y la coloca sobre la cabeza del muchacho. Dean está a punto de saltarle encima.

“¿D-Dean?”, lo llama Dalton, titubeante.

“¿Qué estás haciendo, hombre?”, insiste el cazador, dispuesto a actuar si es necesario.

“Tiene la marca de un demonio. Ha sido maldecido”, voltea brevemente hacia Dean. “Lo están siguiendo a él, no al demonio”, y enseguida saca un cuchillo de su cinturón con una mano y con la otra agarra al chico de la camisa. Al instante siguiente, el cuchillo ha volado de su mano hasta el otro lado del granero y Dean está sobre él, aplastándolo contra el suelo.

“¡Qué demonios, Sam!”, le grita en la cara.

“Está maldito, Dean!”, replica tras los segundos que tarda en darse cuenta de cómo ha llegado a esa posición. “¡Tenemos que poner un sello en él también!”.

“No, no tenemos que hacerlo. Seguro existe otra manera.”

“¡Quizás, pero no hay tiempo! ¡Estarán aquí muy pronto!.”

“Pelearemos si es necesario. ¿No es lo que hacemos todo el tiempo?”

“Dean”, intenta razonar buscándole la mirada para asegurarse de que tiene toda su atención. “Ella está aquí” y hace un pequeño movimiento con su cabeza hacia Max. “Si me capturan, estará en peligro”.

Max puede ver claramente cuando el entendimiento llega a la mente del cazador.

“Dean, no” le dice. “Lucharemos, como dijiste”.

Pero el cazador ya está aflojando el agarre sobre su hermano aunque sin liberarlo del todo aún. Levanta la mirada hacia la morena primero, la angustia reflejada en sus ojos, y luego hacia Dalton. El muchacho se adelanta, recogiendo el cuchillo en el camino.

“Está bien”, dice y le tiende el cuchillo. “Sanamos rápido, recuerdas?”

Dean mira el objeto en la mano del muchacho.

“Dalton…” comienza pero el chico sacude la cabeza.

“Esto no se trata de mí. Sólo… hagámoslo de prisa”.

Tras un momento de duda, el cazador se incorpora dejando libre a su hermano quien intenta coger la daga pero Dalton es más rápido.

“No” y señala con un ligero movimiento de barbilla hacia Dean. “Él. No confío en ti”.

Reluctante, el cazador recibe el arma como si pesara una tonelada. Dalton se deshace de la chaqueta y la remera que lleva debajo y espera.

“Deberías sentarte”, le recomienda Dean en tono ronco. Dalton busca un asiento al otro lado del camión, lejos de las miradas del demonio y de los otros.

Durante los siguientes interminables minutos, Dean, cuchillo en mano, se dedica a marcar profundo en la piel del chico, porque así debe ser, las líneas que anulan el poder demoniaco latente en él, evitando mirarlo a la cara, avergonzado y dolido por lo que está obligado a hacer una y otra vez. Dalton ahoga las quejas reduciéndolas a esporádicos y breves gimoteos casi inaudibles. Las ventanas de su nariz se abren y cierran con fuerza buscando un poco más de oxígeno mientras la hoja se hunde en su pecho. Hasta que al fin la tarea termina y Dean alza la vista hacia el rostro del muchacho que mantiene los ojos cerrados.

“¿Te encuentras bien?”

Dalton asiente, incapaz de abrir la boca aún. La sangre fluye desde su pecho y se detiene en la cinturilla de su pantalón empapándola. Dean quisiera tener más tiempo para ocuparse de los daños, pero no se puede. Se saca su chaqueta, más larga y ancha que la de Dalton y la pone sobre sus hombros. El chico abre los ojos al sentir el roce de la prenda.

“Estaré bien, Dean”, dice en un tono tentativamente firme. “No te preocupes”.

Hay orgullo y determinación en sus ojos, algo que no puede dejar de notar el cazador, orgullo por haber resistido la prueba como un hombre y no como un niño. Dean intenta una sonrisa.

“Vamos, pequeño gran hombre. Parcharemos eso en el camino” y le ayuda a incorporarse para unirse a los dos que esperan al otro lado del camión.

“Tenemos que irnos ya”, dice Sam inmediatamente. Dean deja a Dalton en manos de Max como si no le hubiera escuchado y saca el cuchillo grabado de su funda en su cinturón.

“Queda una cosa más”.

Da la vuelta hacia el fondo del granero y se  acerca con determinación al demonio que aún se encuentra medio caído en el suelo, atado a su silla.

“¿Quieres un beso de despedida?”, se ríe el demonio. Dean, por toda respuesta, alza la daga y en un movimiento relámpago, le hunde la hoja hasta el mango en la garganta. El cuerpo se convulsiona en sucesivos estallidos bajo la piel hasta que todo rastro de animación desaparece.

Dean recupera el cuchillo y ni siquiera se molesta en limpiarlo antes de devolverlo a su funda.

“Vámonos”, dice y lidera el camino hacia la puerta.

Capítulo 26.





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