Fic: “Otra clase de ángel” 21/25

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Título: “Otra clase de ángel”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: Todo público
Sumario: Dean aún no lo ha visto (ni lo ha vivido) todo.

21

Small town

 

Sam ha visto a Dean enterrar en el fondo del maletero el fajo de papeles que llevaba bajo el brazo. No es como si quisiera ocultarlos o algo así, pero tampoco parece tener muchas ganas de dar explicaciones.

“Vámonos”, ha dicho y por las siguientes tres horas, el menor de los Winchester conduce el Impala por caminos secundarios solitarios bajo sus escuetas indicaciones. Dean se ha desplomado en el asiento del pasajero, pálido y exhausto y Sam se siente obligado a palmotearlo de vez en cuando para asegurarse de que aún respira. Finalmente, a eso de las cuatro de la tarde, con el estómago aún vacío (porque Dean ha querido partir de inmediato sin preocuparse de la hora de almuerzo), alcanzan su destino.

El pueblo es pequeño y existe justo bajo la sombra de la montaña. Sam siente la presencia de su imponente figura sobre sus cabezas, exponiendo ante ellos su corona blanca y algo más, invisible e inexplicable, que le pone los pelos de punta.

Aún a velocidad reducida, no tardan en llegar a las calles principales. Si se apuraran un poco más llegarían al final del pueblo sin darse cuenta y lo dejarían atrás.

Un sujeto de edad indefinible cruza por el paso de peatones delante de ellos tanteando el suelo con una vara. Basta que doble en la esquina y muestre su rostro mientras continúa su camino sobre la acera contraria para que los hermanos y el ángel presten atención, sorprendidos.

“Él… él está…”. Los dos agujeros en el rostro donde debieran haber estado sus ojos revuelven el estómago. “está…”

“Ciego, Sam. El hombre está ciego”, completa Dean sin apartar él tampoco la vista del sujeto. “Leímos acerca de esto, ¿recuerdas? Una extraña epidemia de ceguera”

Al otro lado, en la plaza, un par de ancianos sentados en una banca voltean hacia ellos alertados por el sonido del vehículo en marcha lenta. También ostentan cuencas vacías en el rostro. Donde quiera que miren hay ciegos, delante de sus casas o caminando por la calle, a veces solos, a veces acompañados por alguien que les guía del brazo. Ninguno esconde las heridas secas bajo anteojos oscuros. Sam siente el malestar en su estómago difundirse por el resto de su cuerpo.

“Esto es… chocante”.

“Es fuego santo”, replica el ángel en tono solemne desde el asiento trasero. “Tuvieron la osadía de posar sus ojos donde no debían”.

“El papá de Debbie Williams amenazó con hacerme algo parecido en la secundaria si yo no dejaba de cortejar a su hija”. Dean se acomoda en el asiento con un ligero rictus de dolor, evitando la ventana. “Aunque no eran precisamente los ojos los que él quería arrancarme”.

El ángel frunce el ceño buscando el significado de las palabras del cazador. Cuando lo encuentra, sus cejas se levantan en plena compresión.

“Supongo entonces que le obedeciste”

“¡Por supuesto que no! Él nunca lo supo”. Se abraza el estómago con cuidado como si temiera que de un momento a otro las suturas fuesen a ceder. “¿Qué tal un poco de reposo y comida, eh, chicos? Debe haber algún lugar donde hospedarse por aquí”.

Sam de inmediato olvida los fenómenos del pueblo para enfocarse en su hermano.

“¿Estás bien?”

“Sí, sí”, replica con impaciencia el cazador y gesticula con la mano hacia el exterior del vehículo. “Sólo… encuentra un lugar”.

No hay motel pero sí una pequeña residencial para alojar trabajadores temporales al que llegan tras un par de indicaciones de los lugareños. La dueña es una mujer amable y acogedora que de inmediato se hace cargo de la situación de Dean y le destina la mejor de sus habitaciones, un cuarto doble para que lo comparta con su hermano (eso después de aclarar lo del parentesco porque, según explica, son una comunidad conservadora e intolerante con ciertas costumbres foráneas). Le ofrece a Cas la habitación contigua mientras entrega la llave correspondiente a la de los hermanos y muestra dónde están las mantas y las toallas.  

“Yo no duermo”, le informa el ángel y la señora lo observa con sospecha.

“Entonces, ¿usted no se quedará aquí?”.

“Me quedaré con mis amigos”.

Sam carraspea para llamar su atención.

“Discúlpelo, es extranjero, no sabe darse a entender bien”, se apresura a explicar.  “Me ayuda con mi hermano así que no duerme para ocuparse de él cuando estoy cansado. No necesitaremos otra habitación. Gracias”.

El recelo no abandona del todo la expresión de la señora pero de todas maneras deja el asunto tranquilo a favor del aspecto del cazador herido que se apoya disimuladamente en su hermano.

“Te haré una sopa, querido”, dice e inclina la cabeza para observarlo mejor. “No luces bien, deberías tenderte en la cama por un rato. Mejor aún, yo diría que deberías estar en un hospital”. Se le acerca y pone una mano sobre su frente en un gesto maternal buscando fiebre. “¿Por qué andas dando vueltas por este pueblo olvidado de Dios en tan mal estado?”.

Dean pretende ignorar la sonrisa de “te lo dije” apenas disimulada en Sam.

“Necesito encargarme de algunos asuntos familiares urgentes”, explica con un esbozo de sonrisa.

La mujer asiente, comprensivamente.

“Bueno, sí, la familia siempre es importante”, se dirige hacia la puerta. “La sopa estará lista en 20 minutos. Puedes instalarte mientras tanto”.

“Gracias, señora”, agradece Dean y apenas la mujer abandona la habitación, suelta el brazo de su hermano para ir en busca de la cama.

“¿Necesitas ayuda?”, se ofrece Sam viendo la lentitud con que lo hace.

“No, mamá. Puedo ponerme el pijama por mí mismo desde los cuatro años”.

Sam lo deja y aguarda de brazos cruzados a que su hermano termine de sentarse en el borde del lecho e intente despojarse de sus ropas. Pronto queda claro que la maniobra no es tan fácil para un hombre convaleciente de apuñalamiento como para un niño de cuatro años. Torpemente lucha contra botones y cierres a la vista y paciencia de Sam y el ángel. Podría quedarse sentado allí mismo toda la noche y no le importaría. Sería más fácil y descansaría de todas maneras porque está tan agotado que no sabe si tendrá las fuerzas para arrastrarse bajo las mantas. Logra deshacerse finalmente de la chaqueta y la camisa tras largos minutos de lucha, pero cuando se inclina y no se alcanza los bototos, es la señal para Sam de que necesita intervenir.

“¡Oh, es suficiente!” declara impaciente. Se acerca con decisión y comienza a desanudarle las agujetas. Dean suspira, rendido ante la evidencia. Enseguida Sam prepara los almohadones, abre las mantas y le ayuda a acomodarse después de asistirlo también con los pantalones.

“A mí van a darme sopa”, le recuerda el cazador dejándose hacer. “Tal vez deberías ir por algo de comer para ti ¿y quizás para Cas? No tenemos por qué abusar de la buena voluntad de la señora”, inclina la cabeza hacia un costado para ver al ángel más allá de Sam que le arregla las mantas. “Oye, Nanny. ¿Quieres algo de comer?”.

El ángel tarda un par de segundos en percatarse que es a él a quien el cazador se dirige.

“Mi nombre no es Nanny y no, no deseo nada. No necesito comer”.

“Sí, lo olvidé. ¿Sam?”

“De acuerdo. Creo que ví un supermercado pequeño cerca de aquí”, termina con Dean y acomoda los bolsos al pie de las camas correspondientes.

“Y, Sam, aprovecha de hacerle preguntas a los nativos”. Se acomoda en las almohadas y sus ojos comienzan a cerrarse. “Quiero decir, acerca de sus experiencias tipo archivos x con la montaña y todo eso”.

“Está bien”, mira a Castiel que se ha instalado en el sillón de la habitación, la vista fija en Dean tendido en la cama. No hay necesidad de hacerle alguna recomendación. “Volveré pronto”.

Afuera, la tarde ha comenzado a refrescar. Sam mete las manos en los bolsillos de su chaqueta reprimiendo un temblor. Sí, Dean tiene razón. Necesita alimentarse. Aunque de una manera distinta a la que piensa su hermano. Pero lo primero es lo primero.

Se dirige hacia el pequeño supermercado y compra con el efectivo que le ha entregado Dean lo necesario para unos cuantos sandwiches, galletas y algo de beber. En el proceso intenta establecer una amistosa conversación con el tendero, pero fracasa. El hombre sólo contesta con monosílabos a sus comentarios y cuando trata de tocar el tema de los ciegos del pueblo, simplemente le entrega la cuenta.

En el momento en que atraviesa la puerta del negocio rumiando su próximo paso a seguir, cae sobre él una sensación de vacío tan grande que por poco suelta la bolsa de provisiones. Le falta el aire, comienzan a zumbarle los oídos, tiene que afirmarse del quicio de la puerta hasta recuperar la postura.

“No es bonito, ¿eh?”, le dice una voz cerca suyo. Al levantar la vista buscando a su dueño, se encuentra con un ciego anciano sentado en una de las innumerables bancas del pueblo a unos pasos de él. Las arrugas pueblan su piel curtida por el sol. Como los demás, no lleva anteojos oscuros.

“¿Perdón?”

“No es bonito mirar lo que uno lleva adentro”

Sam se acerca a la banca con paso inseguro. El hombre sostiene un bastón entre sus piernas y viste franela y jeans. De no ser por las cicatrices del rostro pasaría por un simple jubilado de cualquier pueblo pequeño.

“¿A qué se refiere?”

“Sólo fue un comentario”, se sonríe y cuando lo hace, la piel de sus mejillas sube y se arremolina alrededor de los ojos ausentes. “Cuando alguien realmente atisba sus faltas, puede que no desee ver la luz del sol nunca más. ¿Sabes de qué estoy hablando?”.

Sam niega con un movimiento de cabeza olvidando que se encuentra ante una persona ciega. Siente las náuseas comenzando a formarse en la boca de su estómago, y sin embargo, no puede dejar de mirar los agujeros vacíos que tiene al frente.

“¿Usted me conoce?”

“Eres uno de los forasteros” le replica el hombre. “La noticia ya ha dado dos vueltas completas por el pueblo. No creo que exista un alma aquí que no esté enterada de la llegada de tres extraños que no vienen a trabajar en las minas. ¿Turistas?”

“Uh… algo así”. Sam se acerca despacio hacia el hombre. “Vinimos a ver la montaña con la nube en la cumbre”.

Un pequeño tic, tan pequeño que si pestañeas te lo pierdes, hace brincar un costado de la boca del anciano.

“Ah. La montaña. Son científicos”.

“No, no”, y mientras piensa la respuesta su estómago se mueve otra vez. “Sólo deseamos saber qué pasa allá arriba”. Mierda. Terminará vomitando sobre el anciano.

“Ha pasado mucho tiempo desde que alguien vino aquí para eso”.

Sam cierra los ojos, aprieta los dedos alrededor de la bolsa de la compra.

“¿Te sientes bien, muchacho?”, el hombre se mueve en la banca haciendo espacio. “Siéntate” dice y palmotea el asiento. Sam le hace caso y se instala a su lado. Piensa en el frasco hermético con su provisión personal en el bolsillo de su chaqueta y en el alivio del que le provee con cada ración. Pero por alguna razón teme que el hombre, a pesar de su ceguera, sabrá de inmediato de qué se trata si intenta beber de él en su presencia.

“¿Usted… ha estado allí? ¿En la montaña?”

El hombre se señala las cavidades vacías con un rápido gesto.

“La montaña me hizo esto”.

“¿Por qué?”

“Porque soy indigno” y como si tuviera otra clase de visión se vuelve hacia Sam buscando su rostro. “¿Tienes idea de por qué ninguno de nosotros usa lentes oscuros?”. Sam le mira los agujeros sin encontrarles el fondo. Es sorprendente porque a esa distancia debiera poder apreciar el lugar donde la carne ha sellado la herida por dentro, pero lo único que encuentra allí es oscuridad.

“No, señor. No lo sé”, le contesta al cabo de un rato.

“Para mostrar nuestra vergüenza”, dice y baja el rostro. “No es sólo lo que le ocurrió a nuestros ojos. Fue lo que sucedió en nuestro interior. Algunos no fueron capaces de enfrentarlo y enloquecieron, otros enmudecieron, otros, como yo, lo agradecen. Estoy en paz ahora”.

“No entiendo”

“Vimos nuestra maldad como en un espejo. ¿Crees que sentir el fuego derritiendo mis ojos fue terrible? No se compara al dolor de ver cada uno de los errores de mi vida y el daño que hice con ellos. Es como si tu conciencia despertara súbitamente y te cobrara todas tus cuentas en una sola boleta. Es … espantoso. Yo realmente me consideraba un buen hombre. Pero resultó que estaba equivocado”. Levanta el rostro de nuevo hacia su compañero en la banca. “¿Estás listo para eso? ¿Estás preparado para ver lo que eres en verdad?”.

Sam piensa en el espejo de Bloody Mary. Un solo secreto culpable que casi acaba con él. Piensa en Dean y sus ojos sangrantes por secretos que nunca le ha revelado y que nunca, está seguro, le compartirá. Piensa en las torturas realizadas a tantas almas y que aún atormentan a su hermano en sus pesadillas después de tanto tiempo. Piensa en su propio paso por el infierno. Piensa en Meg. Piensa en Angie. Mira hacia la montaña. La mano del ciego se posa en su rodilla llamando su atención.

“No subas”, dice y entonces toma su bastón y se pone de pie. “No subas”, y camina calle abajo hasta desaparecer en la esquina.

Cuando regresa al cuarto, Castiel duerme profundamente en el sillón contradiciendo su propia declaración ante la dueña de casa. No puede evitar sonreír ante la escena a pesar del peso en su corazón. Se pregunta si debió haber comprado una ración extra de comida para el ángel también. Dean duerme. En la mesita de noche descansa una bandeja con el tazón vacío de la sopa prometida. Hasta el fondo. Buen chico. Se acerca y retira el papel que el cazador sostiene entre sus manos. Se ha quedado dormido leyendo. Con sorpresa comprueba que el papel está en blanco sólo para darse cuenta segundos más tarde que no es así. El papel contiene cientos de puntos sobresalientes sobre su superficie que le dan una textura áspera y rugosa. Braille. ¿Desde cuando Dean sabe braille? Toma nota mental de consultarle por la mañana. Deja el papel en la mesa de noche, bajo la bandeja.

Todo su cuerpo reclama descanso y atención. Se zampa los sándwiches rápidamente en la pequeña mesa del cuarto echando vistazos fugaces hacia su chaqueta que cuelga del respaldo de otra silla. Cuando termina, el malestar aún permanece e incluso parece haber aumentado. Lo sabía. Mierda. Necesita… necesita… antes de darse cuenta, ha sacado el frasco del bolsillo de su chaqueta y lo está vaciando en su boca. Su última ración. Tendrá que buscar nuevas provisiones cuando se retiren de allí. Se echa en la cama como un borracho, apenas quitándose los pantalones. Hunde la cabeza en la almohada mientras la sangre hace su trabajo. Por un momento la euforia reemplaza a las nauseas y le hace pensar que todo estará mejor por la mañana. Entonces se da la vuelta enfrentando la cama de su hermano y Dean le está mirando, vacío de cualquier expresión. Sam contiene la respiración. Espera el estallido pero éste no llega. Dean voltea su cabeza hacia el techo y cierra los ojos buscando el sueño. Sam lo sigue momentos después.

 

En la mañana, no es el sonido del reloj el que lo despierta sino el movimiento dentro de la habitación. La cama de su hermano está vacía, lo mismo que el sillón. Castiel atisba hacia fuera por entre las cortinas de la ventana. Dean aparece desde el baño guardando el cepillo de dientes en su estuche. Se le ve repuesto. La sopa ha hecho maravillas al parecer.

“Buenos días, princesa”, le saluda mientras se coloca la cazadora.

“Un momento”, intenta protestar comprendiendo al fin que lo están dejando fuera de algo. “¿Qué haces?”

“Voy a subir”, dice sin titubear.

“¿Qué? ¿Estás loco?”

“¿Cuántas veces en tu vida me has hecho la misma pregunta?” Castiel abandona la ventana para colocarse a su lado y Dean se vuelve hacia él. “¿Listo?”, le pregunta el cazador.

El ángel asiente en silencio.

“¡No vas a ir a ninguna parte!”. Sam busca los pantalones al final de su cama. “¿Sabes lo que un anciano me dijo ayer sobre ese lugar?”

“Tengo una ligera idea. No te preocupes, puedo manejarlo”.

“Voy contigo”, insiste mientras intenta colocarse el cinturón y al mismo tiempo buscar su camisa.

“No, no vas”.

“¡Aún estás herido!”

“Cas usó su mojo en mí”

“¿Qué?”

“Dean no podría realizar la ascensión en el estado en que se encontraba”, explica el ángel.

“¡Ya lo sé!” y mira a Dean. “Voy contigo”

“Tengo a Cas. ¿Qué sentido tiene?”

”Es mi culpa” 

“Sam…”

“No, es verdad. ¿Cómo puedo reparar lo que hice si no me lo permites? ¿Por qué quieres dejarme atrás?”

Dean se muerde el labio mientras Castiel y él cruzan miradas consultándose mutuamente. Finalmente, Dean suspira y habla.

“Te ví anoche”

Oh. Eso. No hay caso en mentir, sólo agravaría la falta.

“Lo sé”, reconoce.

“Estás lleno de sangre de demonio otra vez”

“Sólo tomé lo suficiente para mantenerme”, explica ansiosamente. “De esa manera puedo protegerte, puedo…”

“¡Es terreno santo, Sam!” le interrumpe Dean con enojo. “¿No te dice nada eso?”

“Pero…”

“¡Caerás muerto en cuanto pongas un pie en ese lugar!”

“Tu hermano tiene razón, Sam”, interviene el ángel. “Estoy seguro de que puedes sentir el efecto de la montaña en ti, aún a esta distancia”.

Sí, no puede negarlo. ¿Estás preparado para ver lo que eres en verdad?, la voz del ciego acude a su memoria. ¿A esto se refería? Porque ve su vida tan pequeña y despreciable que no le importaría que se perdiera haciendo regresar sano y salvo a su hermano, con la respuesta para recuperar a su hija entre las manos.

“Por favor, Dean”, no pretendía rogar pero lo está haciendo. “Déjame ayudar, déjame arreglar lo que fastidié”. Ruega como lo hacía de niño para conseguir de su hermano mayor la luna, sólo que esta vez no es un capricho, es una necesidad. “Me comportaré. Lo prometo. ¿Podrías confiar en mí por esta vez?”

Y, como antes, consigue la luna.

Dean voltea a mirar a Cas.

“¿Puedes blindarlo o algo así?”

Castiel sopesa su respuesta con los ojos fijos en Sam.

“No estoy seguro. Tal vez. No sé cómo la Gracia existente en la montaña podría afectarme”.

Sam frunce el ceño, confundido.

“Eres un ángel, Cas”.

“No esa clase de ángel. La Gracia que hay allí es un millón de veces más poderosa que la mía y su naturaleza es diferente. Podría estallar en llamas si no presto atención”

Sam mira a Dean.

“¿Y aún así pretendes subir?”, y nuevamente a Cas. “Se suponía que ibas a protegerlo”.

“Y lo haré. Voy con Dean”.

“Bueno, ¿puedes blindarlo o no?”, interrumpe éste, comenzando a impacientarse. “Estamos perdiendo mucho tiempo”.

“Lo puedo intentar si él lo desea”.

Dean se vuelve a su hermano y éste asiente con un ligero movimiento de cabeza. Es suficiente para él.

“De acuerdo, vamos”, ordena y le da una voltereta a las llaves del Impala sobre su mano. “Yo conduzco”.

 

La montaña es aún más intimidante desde su base. Dean hace trepar a su nena tanto como puede antes de decidirse a seguir a pie.

“¿Cómo sabes qué camino tomar?”, quiere saber Sam observando la manera en que diferentes huellas ascienden por la ladera.

“Tengo la información sobre el camino que hizo el Pastor” señala con el dedo hacia una de ellas. “Por allí” y apenas ha dado un paso cuando siente la mano del ángel aferrarse a su brazo para llamar su atención.

“Quizás Sam tiene razón”, le dice tan bajo como puede para que éste no escuche. “No deberías subir. Déjame a mí”.

“Cálmate, hombre” le responde Dean en el mismo volúmen. “Sé cómo llegar arriba a salvo”.

Pero Cas no lo suelta.

“No creo que sea una buena idea”

“Gracias por tu opinión. ¿Vienes o prefieres quedarte abajo, lloriqueando con mi hermano?”.

El ángel lo deja ir sin convencimiento. Ataja a Sam cuando pasa por su lado.

“Quédate cerca de mí. De lo contrario, podrías ser consumido en fuego santo”, le advierte muy serio. Luego, va tras los pasos del cazador que trepa como si nunca hubiese recibido tres estocadas mortales.

El ascenso es penoso. La huella está en desuso y es empinada. Deben hacer a un lado los arbustos que obstaculizan el paso y saltar los pequeños rodados que interrumpen el paso. Pareciera que la misma montaña se ocupara de hacerles más dificultoso el trabajo.

Sam se mantiene a la siga de Castiel haciendo el intento de ignorar el temblor en sus músculos y las nauseas que comienzan a recrudecer. A ratos se cuelga de la manga del impermeable del ángel para no perder el paso. Todo su cuerpo tiembla y se niega a obedecer cuando mira hacia lo alto y ve la barrera blanca cada vez más cerca. Tiene que reunir todas sus fuerzas para mantenerse firme hasta el final en su resolución de acompañar a Dean, quien cada vez toma mayor ventaja sobre ellos. Castiel le espera en cada ocasión hasta que recupera el aire mientras lo mira con ojos preocupados. Siente que la cabeza le va a estallar en pedazos en cualquier momento pero no se queja. El ángel no puede hacer nada por él.

A media tarde, tras superar un trecho rocoso especialmente difícil, la niebla se cierne sobre ellos lentamente y Sam cae al suelo con la sensación de estar siendo desmembrado con una navaja sin filo.  

“¿Sam?”, escucha la voz preocupada de Dean llamándolo desde adelante.

Por supuesto, quisiera decirle que no se preocupe, que se encuentra bien, que es sólo que el ascenso ha sido demasiado rápido, que la altura le ha afectado, pero no sale nada de su boca. Hace acopio de toda su energía, la poca que le resta, para erguirse de nuevo y plantarse sobre sus dos pies. Es la niebla, está seguro ahora. Siente la mano de Cas sobre su brazo, instándolo a enderezarse. ¿Es que no lo había hecho ya? No, aún sigue inclinado, la vista fija en el suelo, incapaz ya de sostenerse a pesar de Castiel. El zumbido en sus oídos se hace insoportable. Se aferra como puede a la gabardina del ángel e intenta hablarle, decirle que algo pasa con la niebla. Pero cuando levanta la vista buscando su rostro, Cas tiene los ojos muy abiertos y mira hacia delante, hacia Dean que tiene una mano puesta en tierra mientras recita algo que él no alcanza a escuchar porque sus oídos están llenos de otros ruidos. La niebla se abre como un cortinaje arremolinado. La hierba más verde que Sam ha visto en su vida aparece ante sus ojos, aún sobre las piedras, acompañada de brotes de flores de los más increíbles colores, tan brillantes, que debe entrecerrar los párpados para contemplarlas. Una corriente de agua clara, interminable y que se hunde en tierra alimenta el paisaje. Un árbol muy ancho y muy alto preside la escena. De allí, de sus raíces, es que brota el agua. Y al lado del árbol, una figura cuya silueta se difumina en su luminosidad. Dean se pone de pie. Va a enfrentarlo. Sam quiere acompañarlo, ansioso por la temeridad de su hermano, pero a cambio cae al suelo de nuevo y devuelve a grandes arcadas la inmundicia que se encuentra en su interior.

 

Capítulo 22.

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  1. ¡Hola chica!
    Todo ha sido tan a los Sobrenatural que me encantó. Ellos llegando a un pueblo pequeño, el pueblo raro como está. Yendo a la posada, una broma en ella… todo ha quedado perfecto, y me encanta que haya sido desde el POV de Sam.
    Lo de ellos cuidando de Dean me encantó, después de dejarlo quitarse la camisa por minutos. Y Sam hablando con el ciego muuuucho más.
    Lo de ellos en el ascenso, y el como Dean parece en serio saber lo que hace, con tranquilidad, también.
    Esperemos que cuando Sam saque la inmudicia pueda salir mejor parado.
    Chau chica!

    • Ya estamos llegando al final. Faltan apenas tres capítulos porque acabo de colgar el 22.
      Gracias por tus comentarios y tu fidelidad al fic.
      Saludos 🙂

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