Fic: “Cuentas pendientes” 26/?

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

26

Alec

 

Sabía que algo andaba mal con esos dos en cuanto vio la distorsión en las pantallas. O ángeles o demonios. Mierda. Nada de lo que había hecho por proteger el lugar parecía estar funcionando y le enfurecía no saber el por qué aún más que el hecho de tener a ese par de intrusos dentro de su Base. En los últimos días habían detectado dos guardias poseídos (a pesar de las protecciones que les había obligado a llevar colgando de sus cuellos) y tres chicos víctimas de opresión. Y eso no es nada bueno. Pareciera ser que los bicharracos se han vuelto más poderosos e insistentes desde hace un tiempo. Demasiadas cosas están cambiando. Tendrá que reinventar el mundo dentro de su Base.

Cruza los pasillos en dirección a la celda donde sus soldados retienen a los prisioneros flanqueado siempre por el par de soldados de su guardia personal. Un oficial se le reúne en el camino, ajustando el ritmo de la marcha al suyo.

“La unidad está resguardada, señor”, informa sin detenerse. “El distractor en el sistema de cámaras ha sido deshabilitado y se está investigando en la azotea”

“¿Están todos?”

“Sí, señor. La unidad está completa”.

“Quiero guardias dentro y fuera de la barraca y un exhaustivo registro a toda la habitación. Cualquier objeto sospechoso, cualquier elemento fuera de lugar, será recolectado y llevado a mi oficina, ¿entendido?”

“Sí, señor”.

Lo primero que Lydecker nota en cuanto abre la puerta, es que los sujetos no llevan los uniformes que mostraban las cámaras sino vestimenta civil común y silvestre. Vaya a saber uno en qué momento hicieron el cambio. Lo segundo es que uno de ellos tiene ojos verdes y pecas sobre un rostro que reconocería en cualquier lugar a pesar del paso de los años. No es como si tuviera la oportunidad de olvidarlo. 493 y 494 comienzan ya a lucir como el chiquillo de jeans desastrados y cabello erizado a fuerza de gel que era en aquel entonces. Según consta en los antecedentes que reposan en el compartimento secreto de su oficina, el chico estaba por cumplir los 19 cuando lograron obtener una muestra de su sangre. Cuando lo vio entrar en la clínica y detenerse en la puerta buscando orientarse en el edificio, supo que el trabajo de búsqueda que había realizado durante meses había valido la pena. Sandeman lo había tapado a fotografías suyas durante todo ese tiempo. No había tenido la más mínima oportunidad de equivocarse. El asunto ahora es: ¿qué está haciendo dentro de su Base? ¿ha averiguado de alguna manera sobre la existencia de sus réplicas y quiere reclamarlos? Por supuesto, sólo hay una manera de saberlo.

Ambos hombres se encuentran en el suelo, las manos atadas en la espalda, sentados contra la pared mientras los rifles de sus guardias, seis en total, les apuntan directo a la cabeza, el dedo firme en el gatillo y el seguro libre. Lydecker sacude pesarosamente la cabeza ante esto. Maldita sea la ayuda que podrán brindar esas armas si estos sujetos resultan ser entes sobrenaturales después de todo.

Le basta con hacer una señal para que los guardias abandonen la celda dejándolo al cuidado sólo de los dos soldados que resguardan su espalda.

Observa con detenimiento a los prisioneros. El hombre alto parece estar más preocupado por su compañero que por la presencia de los tres militares en la habitación. El otro, vigila sus movimientos como un animal a su presa desde que cruzó la puerta, la boca prieta y el cuerpo tenso como si a pesar de las ligaduras estuviese esperando la oportunidad para caerle encima.

Lydecker saca de su chaqueta un recipiente pequeño de plata y sin dilación arroja el contenido sobre la cabeza de sus prisioneros.

“¿Qué diab…?”, se sacude el pecoso, sorprendido por el inusual ataque.

“Cristo”, enuncia claramente el militar mientras guarda el recipiente de vuelta en su chaqueta.

“¡No somos demonios!”, protesta el hombre alto.

Lydecker no le contesta. Se limita a hacer otra señal a los suyos que de inmediato tumban primero al alto y luego al otro, de bruces en el suelo, facilitándole el levantarles las mangas de sus ropas para examinarles el dorso de las muñecas.

“No somos Familiares tampoco”, le aclara el pecoso mientras el militar le revisa las suyas. Lydecker se detiene en seco y lo mira con intensidad unos instantes, directo al rostro. A una nueva señal, sus guardias dejan al prisionero en su antigua posición mientras él se incorpora sin quebrar el contacto visual.

“Tu nombre”.

El prisionero duda un instante, el otro lo mira como tratando de gritarle una advertencia a través de sus ojos.

“Dean Winchester”, dice finalmente y el otro, a su lado, se relaja en forma perceptible.

El militar se vuelve entonces, demandante, hacia éste.

“Soy su hermano Sam”, le informa el hombre.

“¿Qué están haciendo aquí?”

“Somos… er… periodistas”, se apresura a contestar Sam antes de que Dean pueda hacerlo como hubiera deseado Lydecker que sucediera.

“¿Periodistas?” se sonríe, divertido ante la evidente mentira. “Y trabajan para…”, concentra su atención sobre el pecoso, esperando que esta vez provenga de allí la respuesta. Pero no es así.

“Weekly World News”, contesta nuevamente Sam.

Lydecker pasea su mirada entre los dos hombres.

“Así que, ¿ustedes piensan que tenemos fenómenos o algo así en nuestra base?”

Por el rabillo del ojo, el militar puede ver cómo Dean se muerde el labio autocensurando cualquier frase que está a punto de salir por su boca.

“No se trata de eso”, continúa Sam.

“¿De qué entonces?”

“Hemos escuchado… rumores”

“Lo que sea que hayan escuchado, son sólo habladurías de gente ignorante”

“¿Por qué la seguridad extrema entonces?”

“Son habladurías. Y eso es lo que ustedes van a contestar cuando escuchen esos rumores nuevamente”.

El pecoso no se puede contener esta vez.

“¿Qué es lo que teme tanto que descubramos?¿Tiene algo que esconder? ¿Algo que punza su conciencia?”

“Dean…” lo llama Sam y le ordena callarse con la sola mirada. El pecoso cierra la boca con disgusto, el mismo que Lydecker ha comenzado a sentir también ante la imposibilidad de situar correctamente a estos hombres en su escenario. No tiene tiempo ni paciencia para esto.

De acuerdo, terminemo con esto. No tengo idea cómo es que conocen acerca de demonios y Familiares y no sé con certeza lo que tú” y señala a Dean “estás buscando aquí, pero ustedes dos van a ir a la cárcel por un tiempo y entonces olvidarán todo lo referente a este lugar. Si los veo de nuevo por aquí, no volverán a salir. Ésta es una instalación militar y ustedes están quebrantando la ley”.

“Pensé que era una escuela”, replica Dean haciendo caso omiso ahora de las señales que intenta enviarle su compañero.

“Por lo que a ustedes concierne, es un proyecto gubernamental para proveer de educación gratuita y de mayor calidad a cierto tipo de niños dotados”, hace una pausa con toda intención porque necesita que este hombre entienda lo que está tratando de decirle. “Ellos son el futuro de esta nación”.

“¿Sus padres están de acuerdo?” insiste Dean y Lydecker piensa que no se ha equivocado en sus conjeturas. Este hombre viene por lo que considera suyo.

“No tienen padres”

“Así que, toman huérfanos, huérfanos especiales, y los traen aquí para hacerlos parte de su proyecto”.

El hombre comienza a ser irritante. De no ser por la importancia que tiene para Sandeman, el militar ya habría terminado la conversación introduciendo una bala en su cabeza.

“Están protegidos y están siendo educados. Tienen un hogar. Yo mismo me ocupo de que su salud física y emocional sea la óptima. No podrían estar en mejores manos”.

Dean bufa despreciativo mientras vuelve el rostro evitando al militar.

“¿Estás poniendo en duda mi probidad?”

“Sólo porque piensas que has salvado la vida de algunos chicos no significa que seas un buen tipo”.

“Amo a esto niños”, MIS niños, piensa Lydecker.

“Los torturas”

“¡Es disciplina!”

“¡Es brutalidad! ¿Puedes llamar el ahogarlos, congelarlos hasta la muerte amor?” sacude la cabeza como si estuviera ante un caso perdido mientras sonríe sin alegría. “Estás demente”

El militar siente el ardor de la rabia subir desde lo más profundo y apenas tiene conciencia del golpe que descarga sobre el rostro del hombre en el suelo.

“¡Vas a respetarme!”

Dean se las arregla para sonreír a pesar del evidente dolor en su pómulo.

“Oh, cierto. Olvidé que sueles arreglar todo de esta manera”

El militar lo agarra de las solapas y lo pone de pie contra la pared. Escucha caer los seguros de las armas que apuntan a Sam cuando éste intenta ponerse de pie.

“Tú no conoces nada acerca de mí”, le dice entre dientes, el rostro tan cerca que puede contarle las pecas.

“Esto no es lo que Sandeman deseaba que hicieras con sus creaciones”.

Lydecker frunce el ceño.

“¿Qué sabes acerca de Sandeman?”

“Suficiente”

El militar se mantiene mirándolo a los ojos, muy de cerca, como si intentara leer la respuesta a todas sus dudas en ellos.

“¿Quién eres tú?”

Demasiado tarde, el llamado Dean parece darse cuenta de que ha hablado demasiado.

“Un periodista”

Lydecker descarga con rabia otro puñetazo sobre el rostro del hombre. Un hilillo de sangre comienza a bajar por una de sus fosas nasales.

“¿QUIÉN ERES TÚ?”

Y como Dean pone la boca prieta en señal de que no va a contestarle, el militar traslada su atención a Sam, saca su pistola y le apunta entre los ojos, el cañón pegado a su cabeza. 

“Es la última vez que te lo pregunto:”, advierte, “¿Quién eres tú?”

“Mi nombre es Alec McDowell”, barbota a prisa. “Pero tú me conoces como X-494. Mi número de serial es 331845739494, nací en mayo de 1999. Tuve un gemelo X-493, Ben. Fui entrenado como un comando asesino. Soy tu soldado perfecto”.

Lydecker se congela.

“¿Qué?”

“Me educaste de esa manera”, continúa Alec. “Vigilabas mi entrenamiento y yo siempre temía que tú o tus hombres me dispararan en la cabeza o me arrastraran al calabozo por no ser lo suficientemente bueno. ¿Era eso el amor que dices tener a tus chicos?”

“Cállate”.

“No te atrevas a hablarme a mí de tu amor y cuidado. Te importábamos sólo porque era el trabajo que Sandeman puso en tus manos, a causa de sus planes, a causa de la inversión de recursos que representábamos…”

“¡Cállate!”

“… y, si las cosas no han cambiado todavía, debes tener órdenes explícitas de cuidar mi trasero y el de mi hermano cada vez que se requiera”.

El militar levanta sorpresivamente el arma con la que ha estado apuntando a Sam y la descarga con violencia contra el cráneo del hombre. Alec cae sin emitir quejido alguno, inconsciente. El militar lo observa un instante antes de volver a guardar el arma dentro de su chaqueta.

“Dije que te callaras”.

 

Capítulo 27.

 

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