Fic: “Cuentas pendientes” 27/?

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

27

Dean

 

Bobby les espera con la escopeta en alto, alerta y dirigiéndoles una mirada resentida mientras se apean del vehículo. No es broma que un jeep de corte militar se estacione en la entrada de su casa llevando dentro, entre otros, al menor de los Winchester, desaparecido desde hace tanto tiempo sin explicación, y a un joven que luce como aquel a quien quiso como un hijo cuyos restos descansan, salados y cremados, en un lugar privilegiado de su terreno. Malditos bastardos. El corazón se le encoge en el pecho mientras las imágenes del entierro, el último y definitivo, vuelven al presente junto con la pena.

Sam intenta explicarle lo sucedido a grandes rasgos, manos en alto, haciendo hincapié en que ha sido Castiel, el mismo que no quiso escuchar sus plegarias, quien los ha puesto en esta situación y que ese que tiene a su lado es realmente Dean sólo que en una versión físicamente mejorada.

La mirada del viejo cazador salta de uno a otro de los integrantes del pequeño grupo. El más joven no se ve bien. Apenas debe tener 14 o 15 años y se mantiene encogido, una mano en su pecho por sobre la chaqueta que no es de su talla.

Les hace una seña para que se acerquen, asegurándose de que pasen bajo la trampa para demonios en el techo de la entrada. Sam, el primero, luego el chico cuyo rostro revela dolor mal disimulado con cada movimiento, la chica guapa de labios llenos y piel morena (el tipo de Dean, no puede dejar de notar el cazador) y finalmente el joven veinteañero con la semblanza del mayor de los hermanos Winchester que se detiene allí y lo mira directo a los ojos. Por un momento, los dedos se crispan alrededor del arma. Si el muchacho no puede seguir adelante a causa de la trampa entonces todo es una farsa y él está listo para actuar. Dean se queda allí, manteniendo la mirada, esperando el reconocimiento.

“Soy yo, Bobby. De verdad”, dice al fin.

Son sus ojos, tiene que admitir. Los mismos pozos verdes y llenos de vida que miraban a John con admiración después de cada cacería; el mismo rostro del entusiasta e impulsivo chico que golpeaba a su puerta arrastrando la pierna herida o abrazándose las costillas quebradas, soltando juramentos o riendo a carcajadas, según la ocasión; aquel que llenaba el espacio de esas cuatro paredes con su presencia.

“Luces tan joven”, murmura casi sin darse cuenta.

Dean se examina a sí mismo de arriba abajo, como si fuese esa la primera vez que nota el detalle, y cuando vuelve a mirar a Bobby una sonrisa brillante y pícara, inconfundible, decora su rostro.

“¿No es genial?”

Y Bobby tiene que rendirse a la evidencia. Aún agarra firme el cañón de la escopeta pero esta vez es sólo por la lucha para evitar que sus ojos humedecidos lo traicionen.

“¿Una cerveza?”, se obliga a decir, restringido por aquello que se le ha alojado en la garganta.

El joven sonríe aún más ampliamente, si se puede, y asiente con calma.

“Seguro”, acepta y pasa por debajo de la trampa hacia el interior.

No ha sido fácil el viaje. Han tenido que atravesar las legiones de demonios que iban tras ellos, cortando unas decenas de cuellos en el camino, y después perderlas en medio de la nada abandonada en que se ha convertido Denver. South Dakota tampoco es la gran maravilla ahora, tan salvaje y tercermundista como el resto del país. Bien lo puede decir Bobby. Después del Pulso, no ha sido fácil sobrevivir como chatarrero y cazador.

Los cuatro, sentados en la mesa, compartiendo las cervezas y la comida que el anciano les ofrece, terminan de ponerle al tanto de todo lo ocurrido. Dalton le enseña, con cierto orgullo, el sello que lleva en el pecho cuando Bobby inquiere, preocupado, si se encuentra bien.

“Auch, chico. Eso debe doler”.

“Está bien”, le responde con toda tranquilidad Dalton mientras se cierra la camisa. “Nosotros sanamos rápidamente. Mañana será sólo una cicatriz”.

“Tú te refieres a ustedes, los transgénicos”, quiere aclarar Bobby y sus ojos resbalan hacia Dean.

“Síp”, le responde éste, divertido ante la mezcla de asombro y cautela que lee en el viejo cazador. “Nosotros, los transgénicos”.

Bobby sacude la cabeza con lentitud.

“No puedo creer que estoy vivo para ver esto”.

“Dímelo a mí. Soy un clon de mí mismo. ¿Qué tan loco es eso? Además de las facultades sobrealimentadas”.

“Bueno, tus facultades sobrealimentadas son una ventaja ahora mismo. Imagina cuántos monstruos podrías atrapar”.

“A propósito de eso”, interviene Sam y guarda silencio un momento para atrapar la atención de todos. “¿Qué piensan hacer conmigo?”.

Dean no logra reprimir un mohín de disgusto.

“Tú no eres un monstruo, Sam”, protesta.

“No vamos a discutir eso ahora. Respóndanme: ¿Qué piensan hacer?”

“Por ahora, instalar algunos sellos de protección alrededor de la casa”

“Mi casa tiene un montón de esos”, advierte Bobby, orgulloso de su trabajo.

“Sí, pero no serán suficientes”, señala a Sam. “Él es una gran presa, Bobby. Debemos apresurarnos a sacarlo del camino”

“¿Sacarme del camino?”, Sam mira con extrañeza a su hermano. “¿Qué significa eso exactamente?”.

“Significa que debemos bajar tu precio”, explica y va por su bolso. “Los Guardianes me dieron mucha información útil”, del fondo del bolso extrae un libro de hojas amarillas y maltratadas que entrega a Sam. “¿Reconoces algo de esto?”.

Sam abre el libro cuyas páginas muestran anotaciones manuscritas en todas direcciones.

“¿Debería?”

“Es un Diario”, intenta de nuevo y espera. Sin embargo, Sam sólo le responde con un confuso movimiento de su cabeza en negación. “El Diario de Sandeman”, agrega y entonces sí capta su atención.

“¿De dónde lo sacaste?”, pregunta mientras da vuelta las páginas con reverencia.

“Los Guardianes me lo dieron. Ahora, escucha: Sandeman te advirtió que tus poderes podrían destruir a la elegida, ¿verdad?. El poder está en la sangre, al igual que la gracia. Esa es la razón por la cual los Familiares necesitan obtener tu sangre. Debemos prevenir que lo hagan por tu bien y el de Max”.

“¿Y la idea es?”

Dean vuelve el libro hacia él y avanza en las páginas hasta hallar una marcada por un papel doblado.

“Cas le mostró a los Guardianes esto”. Da vuelta el libro nuevamente de manera que Bobby y Sam puedan apreciar lo escrito. En la página se observa una serie de símbolos intrincados y frases enumeradas al pie.

“Un conjuro”, reconoce Sam.

“Sí, bloqueará el poder dentro tuyo. Nadie podría tomar tu sangre de ninguna manera”.

Sam frunce el ceño.

“¿Por qué no me dijo eso simplemente en vez de asustarme hasta la muerte? No me habría escondido por tanto tiempo”.

“Porque no podía. El conjuro necesita la presencia de dos elementos importantes en el ritual”, señala a Max. “La elegida”, y a sí mismo. “El servidor del Cielo”. Apunta con el dedo en la página. “Éste es el diagrama, éste el conjuro”, levanta la hoja que servía de marca. “y ésta es la receta. Lo transcribí aquí”, la alarga hacia el viejo cazador. “Estoy seguro que Bobby tiene toda esta basura”.

Bobby coge la hoja con la lista enumerada en ella y le hace un rápido examen.

“La mitad de esto está en la casa. El resto, tomará algunas horas conseguirlo. Estaremos listos para mañana en la noche, según creo”.

“Y necesitaremos la habitación del pánico”, agrega el cazador.

“Entonces, sugiero que comiences a preparar el lugar. Hay muchas cosas allí abajo”.

“De acuerdo”, aprueba Dean poniéndose de pie. “Vamos”.

Los demás le imitan, pero cuando Dalton está a punto de ir tras ellos en dirección al sótano, Bobby lo toma del brazo.

“No, tú vas a ocuparte de buscar en las cajas del ático mientras yo me ocupo de dibujar los nuevos sellos. Eso lo puedes hacer sentado en una silla”.

Y sin darle tiempo a protestar, lo arrastra escaleras arriba.

 

Bobby no bromeaba. La habitación del pánico luce como una bodega más que como un refugio contra espíritus y demonios. El camastro ha desaparecido bajo decenas de cajas y cajones conteniendo todo tipo de objetos, algunos de ellos destinados al comercio ilegal se atreve a pensar Sam mientras desaloja una parte de ellos para despejar el suelo. Max y Dean trabajan mucho más rápido, como era de esperarse, intercambiando bromas y buscando excusas para toparse a cada momento. Demasiado obvio. Sam toma nota mental de hablar con su hermano al respecto. Sólo hay un momento en que Dean se detiene al descubrir el contenido de una de las cajas. Y es que adentro se halla su ropa, su música, su chaqueta de cuero y su pistola favorita, todo empaquetado con sumo cuidado.

“¿Qué es?”, quiere saber Max asomándose por sobre su hombro.

“Mis cosas”, dice en un susurro, conmovido por el descubrimiento.

“Bobby quiso conservarlas”, le informa Sam en tono sombrío. “Yo estaba demasiado ocupado con mi revancha para hacerlo”.

Dean extrae la chaqueta de cuero y la extiende.

“Ha pasado mucho tiempo”.

Max alarga una mano para tocar la prenda pero no alcanza a hacerlo porque un ramalazo de dolor le atraviesa el pecho obligándola a soltar un gemido.

“¿Max?”, el cazador de inmediato suelta la chaqueta y pasa un brazo sobre sus hombros previniendo una posible caída. “¿Qué pasa?”

“No lo sé. Quema”, se dobla sobre sí misma y aprieta los labios intentando reprimir una queja ante una nueva oleada del malestar.

Dean la conduce al camastro que ya ha sido despejado, la obliga a sentarse y permanece a su lado. Ella se levanta el borde inferior del top y ambos pueden observar las líneas negras de un nuevo tatuaje bajando desde el tórax de la muchacha hacia la altura de la cintura.

“¿Qué demonios…?”, exclama Sam acercándose.

“¿Recuerdas los tatuajes?” explica Dean. “Bueno, eso es”

Max afirma su cabeza en el hombro de Dean.

“Oh, Dios. ¡Duele! ¡Mierda!”

“¿No había sucedido de esta manera antes?”

“No, nunca”

Sam va hacia el pequeño cuarto de baño y vuelve trayendo en sus manos una toalla mojada.

“Toma”, se la entrega a Dean quien la coloca bajo el top de la morena.

“Oh, gracias”, musita ella sin apartarse de él.

Al cabo de unos momentos, el avance de los tatuajes amaina y con él, el dolor. Dean puede ver que por el nacimiento del cuello de Max se asoman pequeñas líneas negras sobre la piel.

“El Cielo está llamando, parece”, dice llamando la atención sobre su descubrimiento. Max se endereza e intenta echar un vistazo por sobre el escote.

“Todo mi pecho arde”

Dean no puede evitarlo.

“Yo ya sabía eso”.

Y se gana una mirada reprobadora de parte de su hermano.

“Esto debe significar algo”, acota éste intentando devolverle seriedad al asunto. “Tal vez deberíamos echarle un vistazo”

“Estoy de acuerdo contigo”, dice el cazador sin apartar la mirada del nacimiento de los tatuajes.

“Está bien”, concuerda Max también. Se pone de pie de inmediato despojándose de la chaqueta y está a punto de jalar del top hacia su cabeza cuando Dean, irguiéndose él también, la detiene. “¿Qué?”

“Nada, sólo…” y cogiéndola de los hombros, la mueve de manera que le dé la espalda a Sam. “Continúa”.

Max no puede evitar sonreír ante el súbito interés de su compañero por resguardar su honra mientras atrás suyo Sam rueda los ojos. En un movimiento, la morena se despoja del top y en otro del sostén. Cuando levanta la vista, Dean la está devorando con la mirada. Y ella que nunca ha tenido esa cosa llamada pudor con su cuerpo, de pronto siente la piel de gallina en total contradicción con el ardor que comienza a surgir en sus entrañas y que no tiene nada que ver con el que acaba de atacarla en el pecho.

“¿Y bien?” llega la voz de Sam desde atrás.

Es… es… es una especie de…” tartamudea Dean.

Sam bufa.

“Concéntrate, Dean”.

“Lo siento”, se disculpa el cazador e intenta leer sin distraerse en la firmeza de los pechos de la muchacha. “Es una especie de… escudo”, y se asombra del sentido del mensaje. “Estás protegida por un escudo”. Traga saliva antes de hacer una seña con ambas manos, palmas hacia arriba. “¿Podrías…?” Max entiende y se levanta ambos pechos con sus manos para que Dean pueda leer por debajo de la curva inferior. Con la respiración entrecortada completa la frase. “Un escudo contra el poder del infierno”. Desvía la mirada hacia otro lado de la habitación. “Puedes vestirte”.

“¿Se refiere a mí?”, inquiere Sam desde el otro lado de la habitación mientras Max vuelve a colocarse la ropa interior.

“No lo sé”, responde Dean aún sin mirar a la morena.

“Eso no tiene sentido”, acota ella, dirigiéndose a Sam tras colocarse el top. “Si tengo un escudo como ese, entonces tú no podrías dañarme”.

“Dice infierno”, aclara Dean y esta vez clava la mirada en su hermano. “Es Sam, no Lucifer o algo parecido. No creo que se refiera a él”.

“¿White?”

“Apostaría por eso. Estoy bastante seguro de que él y los demonios tienen un montón de cosas es común”.

“Entonces, estoy protegida contra White”, mira nuevamente a Sam. “Pero no contra ti”.

“No todavía, al menos” suspira. “Le echaré un nuevo vistazo a ese Diario”.

Bobby aparece en la puerta en ese momento.

“Terminé con los sellos, muchachos. ¿Puede este anciano tomar un descanso? Ustedes harán la cena”, va a darse la vuelta para retirarse cuando recuerda algo y rebusca en el bolsillo de su pantalón. “Lo olvidaba”, saca y arroja una llave por los aires directo a las manos de Dean. “Ella está aquí”

De inmediato el rostro del cazador se ilumina.

“¿En serio?”

Y el de la morena se tensa.

“¿Quién es ELLA?”

Dean se vuelve hacia Max todo sonrisas.

“Es mi Nena”, la agarra del brazo. “Vamos. Te la presentaré”.

Mientras salen de la habitación, Bobby y Sam no pueden evitar sonreír ante la reacción de la morena.

“No te preocupes, Max”, le dice Sam. “Vas a agradarle”.

 

No es lo que ella pensaba. Max se siente ridícula cuando ve el vehículo aparecer bajo la lona.

“Un auto”, dice con una especie de alivio. “¿ELLA es un auto?”

“Es mi Nena, no sólo un auto”, protesta Dean acariciando la negra superficie del vehículo con su mano. “Es mi compañera, mi hogar, mi confidente”.

“¿Cómo un auto puede ser un confidente?”

“Me conoce desde que era un niño” lo piensa de nuevo. “Quizás desde antes de eso. Puedo contarle todo y ella mantendrá el secreto siempre”.

Max rueda los ojos.

“¡Dean, es sólo una máquina!”

“No escuches eso, cariño”, le palmotea el techo con suavidad, “Está celosa”

“¡Oh, vamos!”, se da la vuelta para ir en busca de la puerta, pero en vez de permitírselo, el cazador la agarra de la cintura gentilmente y la aprisiona contra la carrocería. La besa hasta que el humor de la morena se suaviza.

”Creo que necesito ver un poco más de esos tatuajes tuyos” le susurra al oído.

“¿Por qué?”, replica ella relajada y juguetona en sus brazos.

“Puedo haber pasado por alto algo, tal vez una g por una f, o algo así” .

“¿Y qué obtendré yo a cambio?

“Podrás mirar todo lo que desees de mí”

Ella sonríe, seductora.

“Eso suena bien”, dice y se desliza fuera de los brazos del cazador mientras se saca la chaqueta, se arrima a la pared y levanta la manos mostrando su indefensión.

“De acuerdo, señor experto. Haga su investigación”

Dean no se hace de rogar. Al instante siguiente sus manos se han perdido bajo el top de la morena, presionando su cuerpo contra el de ella, mientras ambos vuelven a hundirse en besos profundos. Dean puede sentir la leve protuberancia de las líneas de los tatuajes bajo sus dedos mientras suben en busca del broche del sostén. Ella suspira con agrado en el momento en que se separan para darle aire a sus pulmones y ha comenzado a jugar con la cinturilla del pantalón del cazador, reclamando su parte del trato, cuando intempestivamente se abre la puerta del galpón y aparece Dalton sosteniendo en su mano un celular.

“Dean, Logan está llamando pero no puede escucharme cuando le contesto”.

“No hay buena señal aquí, Dalton. ¿Recuerdas?”, dice con enojo apenas disimulado arrimándose a Max para cubrirla mientras ella se coloca el top de vuelta.

Sólo entonces Dalton parece darse cuenta que ha metido la pata. Hasta el fondo.

“Oh… er… quizás no es un buen momento” .

“¡Quizás no!”, se deja llevar por su molestia y de inmediato Max pone una mano sobre su brazo.

“Dean”, le dice en tono suave.

El cazador suspira, buscando calmarse. Finalmente tiende la mano a Dalton.

“Dame eso”.

El muchacho se acerca con cierta duda y le entrega el celular. Dean trastea en silencio entre las cosas de Bobby por algo que le sirva para aumentar el alcance del aparato. Lo encuentra y a los pocos minutos está marcando.

“Hola, Logan. ¿Llamaste?”, saluda intentando mantener su tono neutral. No es fácil. Max está allí observándolo con atención mientras le habla a su novio… o ex novio, aún no lo sabe bien y Logan le habla sinceramente amable y preocupado, preguntando cómo van las cosas, cavando agujeros en su conciencia. “Lo siento, amigo. La señal es pobre por estos lugares”, le explica. “Sí” y tiene que aclararse la garganta con un trago de saliva mientras mira a Max, de brazos cruzados a su lado. “Ella está bien”, dice y se siente podrido porque hace sólo unos minutos estaba metiéndole mano a la mujer del hombre con el que habla, el que hizo posible que se reuniera con su hermano al confiar en él y prestarle su ayuda. Max parece adivinar lo que está pasando por su mente, pero en vez de unirse a su carga de remordimiento, lo mira con enfado, da media vuelta y sale del galpón ante la mirada compungida de Dalton. “No, Max no anda por aquí… Se lo diré… De acuerdo…adiós”.

Corta la comunicación y por unos segundos se queda observando el aparato como si éste fuese a reprocharle algo.

“Perdón”, se disculpa Dalton con expresión culpable.

El cazador sólo es capaz de dedicarle una media sonrisa que intenta ser reconfortante antes de salir él tambien del galpón.

El resto del día intenta mantenerse ocupado en revisar los sellos, catalogar los ingredientes y repasar una y otra vez el rito hasta aprenderlo de memoria, todo con tal de alejar de su pensamiento una piel morena decorada con tatuajes enoquianos.

El problema es que cuando llega la noche esa piel morena, asociada además a una poco usual sensación de confort y familiaridad, no ha desaparecido de su mente. Mira el techo en la oscuridad (para eso tiene visión nocturna) sintiendo la necesidad de su cuerpo. La desea. Es un hecho. Y el pequeño Dean está haciendo todo lo posible por recordárselo.

Sam está en la otra cama, dándole la espalda. Bobby ha repartido las habitaciones disponibles y en un par de horas han quedado acondicionadas. Bobby se ha quedado en el primer piso, en la cama que mantiene en el estudio; Sam y él han tomado la que solían ocupar en otros tiempos; Dalton la siguiente, algo más pequeña; la de Max está al fondo del pasillo… Mierda. Tiene que pensar en otra cosa. Se cubre los ojos con el brazo tratando de ocultarse de la realidad, pero no lo logra. No puede creer que esté actuando de una manera tan ruin. Su piel arde bajo las sábanas. Tiene que hacer algo. Se pone de pie y va en busca de la salida.

”¿Adónde vas?” le reclama adormilado Sam.

Demonios.

“Al baño. Disculpa. No quise despertarte”

“No te preocupes. Estaba despierto. Es difícil dormir cuando te das tantas vueltas en tu cama”.

“Lo siento”, insiste Dean.

“Ve y resuelve tus asuntos de una vez” dice Sam y hunde la cabeza nuevamente en la almohada. “Tal vez entonces sí pueda dormir”

Dean no sabe si su hermano tiene alguna idea de lo que le sucede. Probablemente sí. Es Sam. Pero de todas maneras tiene razón. Hay que acabar con el “asunto” y volver a dormir. Mañana será un día muy tenso y ocupado.

La casa está silenciosa y a oscuras fuera de la habitación. Dean observa la puerta del baño a mitad del pasillo por unos instantes. Sigue siendo una opción. Sería una forma decente de terminar con el problema. Pero aunque las órdenes a su cuerpo van dirigidas en esa dirección, termina plantado descalzo, en boxers y polera frente al cuarto ocupado por Max cuya puerta se abre en cuanto llega hasta ella. Ambos se miran un instante.

“¿Qué? ¿Eres psíquica ahora?”

Y la única respuesta de Max es agarrarlo del brazo y meterlo adentro de la habitación antes de que alguien, por ejemplo Dalton, los vea. Se plantan uno frente al otro unos segundos, tasándose.

“Estás feliz de verme”, hace notar ella, sonriente.

Entonces se besan, hambrientos. Max se asombra porque está besando los labios de Alec, tocando el cuerpo de Alec, pero en realidad es Dean y ella está conciente de eso y le gusta que sea así, porque no es Alec, es Dean y Dean es diferente.

Cuando se separan para recuperar aire, Dean la mira directo a los ojos.

“¿Estás segura?”

“Sí”, es la inmediata respuesta y lo único que necesita Dean para empujarla suavemente hacia la cama y despojarla de la poca ropa que lleva encima.

 

Media hora más tarde, Sam continúa despierto. Debió verlo venir conociendo a su hermano. El rechinar de una cama, los gemidos y los golpes (sí, los golpes, contra las paredes y el suelo, una peculiaridad transgénica sin duda) llenan la casa ahora. Ya no dormirá esa noche. No en esa habitación, al menos. Con un suspiro de resignación se levanta de la cama y decide ir en busca de una cerveza a la cocina y permanecer allí viendo la televisión, si es que capta alguna señal, hasta que todo termine (lo cual luce como que no será muy pronto). Dalton está en el pasillo cuando él sale, los ojos como platos mirando en dirección al cuarto de Max.

“¿Dalton?”

“Uh… ¿Max y Dean…?”

“Quizás debería cubrirte los oídos. ¿Tienes suficiente edad para saber de esto?”

Dalton se ruboriza.

“¡Por supuesto!”, exclama indignado.

“Vamos”, lo invita, divertido ante su enojo. “Creo que Bobby tiene cerveza de raíz en su refrigerador”, con una mano sobre su espalda lo conduce hacia la escala.

“Puedo beber cerveza de verdad”.

“Sí, claro”

En la cocina, ya se encuentra Bobby preparando café.

“Si en algún momento lo dudé, ahora estoy 100% seguro que ese es tu hermano”, dice y Sam ríe y toma asiento en la cocina, ríe como hace mucho que no lo hace mientras la sinfonía de sonidos provenientes de arriba les llena los oídos.

“Er… tal vez sería bueno ver alguna película”, sugiere a Bobby y no puede dejar de notar la mirada de Dalton que parece estar fija en la dirección en que se encuentra el cuarto de Max arriba en el segundo piso. “No te preocupes, chico. No se están lastimando el uno al otro precisamente”.

“No soy un chico. Y ya lo sabía”. De pronto su expresión cambia de enojo a consternación y se mira los pantalones que está utilizando como pijama. “Yo… hum… Necesito ir…”

“Esa puerta, chico”, le señala Bobby con una mano y los colores vuelven a subir a las mejillas del chico. Rápidamente desaparece en el cuarto de baño del primer piso. “Deberíamos advertirle a Dean que sus espectáculos no son recomendables para un adolescente lidiando con sus hormonas fuera de control”

Sam vuelve a reír con todo deleite hasta que se le acaba el aire y termina en un suspiro mientras Bobby le alcanza su taza.

“Ésta será una larga, larga noche”, dice y toma el primero de muchos sorbos de café.

 

Capítulo 28

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