Fic: “Otra clase de ángel” 24/25

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Título: “Otra clase de ángel”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: Todo público
Sumario: Dean aún no lo ha visto (ni lo ha vivido) todo.

24

 

Sam tiene miedo.

Cada poro de su piel reacciona ante la percepción del invisible ejército de demonios alrededor. El sulfuro de la sangre fresca está en todas partes. Contempla los ruinosos edificios al frente suyo en una zona semiabandonada de una ciudad norteña cuyo nombre no alcanza a descubrir. El viaje ha sido nada más que un parpadeo, mucho más suave y ligero que en las manos de Castiel. Dean está a su derecha, muy erguido, mientras sus ojos verdes y brillantes escanean el área aparentemente desierta.

“¿Dónde estamos?”, se atreve a preguntar incapaz de orientarse aún.

“En el Reino de Meg”, le responde Dean con voz profunda y pausada y por un momento, Sam tiene la sensación de que el miedo en sus entrañas no se debe a los demonios ni a lo que está a punto de ocurrir sino al desconocido a su lado que dice ser su hermano.

“¿Ella sabe que estamos aquí?”

“No todavía. Pero lo sabrá”.

Dean le habla a Castiel tan quedo que bien podría no haber dicho nada. El ángel desaparece tras un ligero asentimiento de su cabeza.

Al fondo de la interminable calle en la que se encuentran hay un teatro y Sam no sabe cómo es que lo sabe, pero la verdad es que Meg, vistiendo la carne de Angie, se encuentra allí.

Las calles se ven solitarias. Una pequeña brisa levanta los papeles sucios que cubren la acera convertida en basural.

“Escucha, Sammy…”, y esta vez es su hermano quien habla, no el desconocido. Sam gira a medias para contemplarlo mientras el otro encuentra las palabras. “Sé que he sido un verdadero dolor en el trasero últimamente. Te pido disculpas por eso”. El cazador, Dean, su hermano, olvida el barrio que ha estado observando para dedicarle su total atención a él. Cuando lo hace, sus ojos son indescriptiblemente cálidos y calmos. Sam podría hundirse en ellos y permanecer allí para siempre. “Quiero darte las gracias”.

Eso no lo esperaba.

“Uh… ¿qué?”

“Gracias, Sammy”

Por un segundo, no atina a otra cosa más que a parpadear repetidamente mostrando su total perplejidad.

“Pero,… fui yo quien lo fastidió todo”.

Dean se sonríe con la ternura de quien contempla a un hijo.

“Estás aquí, ¿verdad?”

Sam asiente, aturdido.

“Entonces, gracias”. Con eso Dean parece disolverse nuevamente en la frialdad del ser que lo habita. Se vuelve hacia el objetivo y Sam cree leer en esa actitud que ha dado por finalizada la conversación. “Vamos a arreglar esto, ¿lo sabes?”, continúa Dean, sin embargo. Sam lo mira con extrañeza. Por supuesto, esa es la razón por la que se encuentran allí, para rescatar y sanar a Angie y en cuanto eso suceda, él dará la vuelta y establecerá suficiente distancia con ambos para no volver a hacerles daño nunca más. “Cuando todo termine” sigue Dean. “voy a sanarte”.

Oh, eso. Sam suspira, cansado.

“Dean…”.

“Es una promesa”. El cazador extrae del bolsillo interior de su chaqueta el cuchillo matademonios y se lo tiende a Sam sin darle espacio a que continúe. “Toma”

Sam recibe el arma con cierta vacilación y la da vuelta de lado a lado en su mano.

“¿Sólo esto?”

“Sí. ¿Qué más?”

Sam piensa en la horda que encontrarán en torno a la niña, su reina.

“Pero,… es sólo un cuchillo”

“Un cuchilllo sobrecargado, Sam”, dice Dean y le guiña un ojo. “Pruébalo y verás”.

Castiel se  hace presente de nuevo frente a ambos con su característico batir de alas.

“¿Listo?”, quiere saber Dean. El ángel asiente con un mohín de disgusto apenas disimulado. “¿Algo que desees decirme, Cas?”

“No veo el motivo para dejarle saber que estamos aquí”.

“Es lo que está esperando. Que nos aparezcamos y le permitamos reírse de nosotros un rato”. Abre su mano y en ella aparece una escopeta la que Dean, más por costumbre que por necesidad, abre y revisa su carga. “Se sentirá confiada. No voy a arriesgarme a que corte la garganta de mi hija sólo porque descubra quien soy y desee destruirme”, y vuelve a cerrar el rifle.

“¿Podría hacerlo?”, pregunta Sam, alarmado.

“Ella tiene la misma escencia que yo ahora, Sam. Eso y la sangre de demonio la hacen muy peligrosa, incluso para mí. Por supuesto, sólo en caso que me descubra con suficiente tiempo para sumar dos más dos. Así que, voto por la misión encubierta”.

El movimiento en las puertas del viejo teatro atrae la atención de los tres hacia el edificio en la lejanía. Una docena de hombres, demonios puede adivinar Sam aún desde esa distancia, emerge desde el interior y se planta en la entrada, sólo observando en dirección a ellos.

Sam frunce el ceño.

“¿Qué están esperando?”

Y entonces, como en la mejor película de monstruos, las ventanas superiores del edificio estallan dejando salir horribles engendros infernales. Detrás de ellos, avanzan los perros, sólo perceptibles por sus gruñidos bestiales, y finalmente los demonios, sin prisa, pero definitivamente dispuestos a darse un banquete de carne fresca.

“Er… ¿muchachos?”, Dean levanta el rifle y esboza una sonrisa torcida. “¡Hora del show!”

Es como una gran ola que se abate sobre ellos destruyendo todo a su paso.

“¡Vamos, Sam!”, le arenga Castiel y avanza con paso decidido hacia la turba de pesadilla blandiendo su espada. Sam le sigue, el corazón en la garganta, aferrando con fuerza el mango de la cuchilla que le ha entregado Dean. De reojo ve que su hermano se ha quedado unos pasos atrás antes de comenzar a avanzar a su vez y entonces Sam comprende que les corresponde a él y a Castiel abrirle camino.

A mitad de la calle, uno de los alados se adelanta y le cae encima. Sam espera el choque, todo su cuerpo preparado para reaccionar y cuando lo deja pasar con una finta sensacional, entierra la hoja de su cuchillo en el cuerpo de la bestia que se abre sin la resistencia de antaño, desgarrando y quemando piel, carne y músculos hasta hacerla desaparecer en la nada con un aullido espantoso. Sam se toma un segundo para mirar su daga antes del siguiente ataque. Sobrecargado, ¿eh? Vaya que sí. En algún momento durante la lucha puede encontrarse con la mirada y el guiño cómplice de su hermano quien se contenta con disparar pausadamente cartuchos de sal igualmente recargados que deshacen la piel de sus víctimas con la misma facilidad de la daga. A su costado ve el brillo de Castiel exorcizando y destruyendo demonios, dejando los cuerpos muertos que ocupaban tendidos en el suelo ahora cubierto por un lodo pestilente. Cuando la refriega se hace más intensa, un demonio lo agarra del cuello desde atrás sólo para soltarlo un instante después con un grito de dolor. El demonio se quema sin entender lo que le ha sucedido y el siguiente que lo intenta también. Nadie puede tocarlo. Esa es la bendición que Dean ha puesto sobre él.

Castiel ha llegado ya a la puerta y espera, su espada cubierta de aquello espeso que puebla las arterias de los engendros. Los perros rascan el suelo, impotentes. Sam puede ver las espirales de polvo que se elevan bajo sus garras. Los demonios se mantienen a distancia, formando un pasillo libre por donde avanza Dean, la escopeta al hombro. El cazador sólo se detiene un instante frente a la entrada para hacer su encargo.

“Nadie pasa”, dice. “Esto es entre Meg y yo”.

Sam tiene la urgencia de rebelarse contra el mandato pero se aguanta bajo la mirada impositiva de su hermano que espera su reacción.

“De acuerdo”, responde finalmente Sam y apenas Dean desaparece por la puerta, se coloca frente a la entrada, lado a lado con Castiel, resguardándola de la turba que ha comenzado a moverse de nuevo. Sam aferra su daga con determinación. Definitivamente no pasarán.

 

El interior del teatro está hecho una porqueriza. El cazador frunce la nariz ante el fastidioso aroma, no tanto por los restos de cuerpos en descomposición regados alrededor como por la podredumbre que han dejado impregnada los demonios en el lugar con su iniquidad. Tiene que detenerse un momento, concentrarse y ordenarle al hervidero de poder que lleva dentro que se aquiete. Difícil. Todo su ser está clamando por un nuevo estallido. Una vez más tiene que recordarse a sí mismo el por qué está allí. Toma aire hasta ahogar sus pulmones, obligando a su cuerpo a acatar su mandato. Esto será como pisar entre huevos sin romper ninguno calzando zapatonesdel tamaño de un buque.

El camino al salón principal está despejado aunque el cazador puede oler la presencia de algunas criaturas escondidas en la oscuridad. Monigotes sin importancia, mascotas demoníacas. Dean no se deja distraer. Su objetivo está justo delante, pasando la puerta en arco que da paso a la platea y el escenario. Pero aunque lo sabe y lo antecede en su imaginación, la visión que lo recibe al atravesar el umbral le revuelve las entrañas hasta hacerle casi doler físicamente.

Ella está arriba del estrado, sentada en una silla de utilería que simula un trono, balanceando las piernas de forma aparentemente inocente. Lleva un ridículo vestido blanco de princesa, impecable, a juego con sus calcetas y zapatos y la tiara de juguete que se ha puesto en el pelo. Aún así, se ve sucia. Manchas violáceas evidencian las bolsas bajo sus ojos.

Las butacas se apilan en montones deformes de fierro y cuero a los costados del salón, dejando espacio abierto hacia el escenario. Los dos demonios que custodian su seudo trono, un hombre y una mujer, avanzan en modo de ataque en cuanto le ven aparecer en la puerta. A medio camino, sin embargo, caen al suelo sin razón aparente, vomitando el humo negro que les mantenía en pie. Angie se limita a enarcar una ceja y fijar sus ojos negros como el petróleo en Dean, perturbadores, casi tanto como la voz cavernosa de Meg, la demonio, fluyendo de su boca.

”Bueno, bueno, bueno. Aquí estamos otra vez, Deanno. Tú no te rindes, ¿verdad?”, dice descansado su espalda contra el respaldo del sillón. Mira hacia los cuerpos caídos, sin evidenciar ningún signo de turbación. “Parece que has aprendido nuevos trucos”. Se adelanta en el asiento y olisquea el aire como un animal mientras Dean avanza cautelosamente hacia ella. “¿De qué se trata? Tu novio te hizo un regalo o algo parecido, ¿no es así?”, por un momento se congela en su posición. “No”, continúa más para sí misma que para el cazador, “No es eso. ¿Qué hiciste, Dean?

“He venido por Angie, perra”.

La niña coloca una mano en su oreja a modo de bocina.

“Lo siento, no te escucho. Hay ciertas palabras que no son convenientes para mi edad. ¿A quién buscas?”

“Quiero a mi hija, puta”

La niña le dedica una sonrisa abierta, los dientes blancos con un tizne rojizo.

“Yo también”.

Levanta sus manos hacia él mostrando sus muñecas. En ambas hay marcas que Dean ya conoce. Candados. Está blindada.

“Bonito, ¿no crees? Los viejos trucos son siempre los mejores”.

“Angie…”.

“Oh, papito está llamando. ¿Hay alguien aquí adentro?” y ahora es la voz de Angie la que toma el mando mientras la película negra abandona sus ojos. “¡Papi! ¡Viniste! ¡Te necesito tanto!”.

El corazón de Dean se encoge.

“Nena,…”

Las carcajadas de Angie llenan el lugar.

“Es un poquito tarde, papito” y de inmediato recupera la seriedad. “De nuevo”

Dean debe luchar por no perder el recuerdo de la dulce niña que lleva en su memoria ante el inmundo ser que tiene al frente.

“No, no lo es”, replica entre dientes.

Angie juega con el pliegue de su vestido.

“¿Crees que vas a salvarme? Nuh, nuh, nuh. No deseo que lo hagas. Éste es mi hogar ahora. Todos ellos…” agita una mano señalando vagamente alrededor. “…me adoran. Me aman. Cuidan de mí. Soy libre, puedo hacer lo que se me venga en gana y… ya no soy un fenómeno”.

“Nunca lo has sido”

“¿Cómo llamarías a esto, entonces?”

Sorpresivamente, se pone de pie y apunta una mano hacia él, arrojándolo contra las butacas apiladas con suficiente fuerza para terminar con la vida de cualquiera. Por un momento, todo es quietud en el salón. Angie sonríe de nuevo, su rostro completamente desfigurado con la mueca. El cazador, sin embargo, para sorpresa de la niña, se mueve. Se pone de pie mientras se deshace del metal que le ha atravesado la pierna como si fuese tan sólo una molesta espina. La sonrisa de Angie se desvanece poco a poco a medida que Dean se le acerca nuevamente con paso decidido, apenas dando cuenta de la sangre en su muslo.

“Eres mi hija…”.

“¿Qué mierda has hecho? ¿Un nuevo trato?”

“…y lo sabes”.

La niña tuerce la mano y un espantoso crujido resuena proveniente del cuello del cazador. Dean vacila un instante y al siguiente continúa avanzando.

“Angie, no hagas esto”

Eso sólo enfurece aún más a la niña. Otro movimiento de su mano y Dean cae al suelo, de rodillas, sólo sus brazos evitando dar con el rostro en tierra.

“No me ruegues, hijo de puta”, sisea la niña instalándose frente a él.

“Soy tu padre”

“¡Yo no tengo padres!”.

Entonces Dean levanta el rostro hacia ella, sin esfuerzo, como si todo lo anterior hubiese sido sólo pantomima.

“¿Estás segura?”, dice y clava su mirada en ella.

Angie se inclina hacia el cazador, hurga en sus ojos aceptando el mudo desafío y en ese momento lo sabe. Abre la boca para dar un grito que no sale de su garganta e intenta retroceder, pero antes de que pueda hacer nada, Dean aparece frente a ella, de pie, aprisionándole las muñecas.

“Demasiado tarde, cariño”

Coloca sus pulgares sobre las marcas de cerradura y éstas arden. El grito es atroz, la voz de Angie y Meg funcionando juntas. Aún así, Dean no se permite flaquear y deja que aquello que lleva adentro tome el control. Sus ojos brillan, fríos y traslúcidos. Angie grita de nuevo al verlos.

“¡Qué eres! ¡Qué diablos eres!”

“Creo que ya lo sabes”,

Y esta vez cuando Angie abre la boca para gritar nuevamente, el humo negro de Meg se eleva girando caóticamente hacia techo y murallas, rebotando cada vez contra ellas, imposibilitada de salir al exterior.

El cazador deposita con suavidad en el suelo el cuerpo debilitado de la niña. Es el momento que aprovecha la demonio para lanzarse contra el cadáver de la mujer que yace inmóvil a pocos pasos de su compañero centinela y para correr hacia uno de los pasillos.

Dean va tras ella con toda calma. Pero no bien ha dado un par de pasos tras la puerta, un círculo de grandes llamas crece alrededor suyo.

“¡Ja! Soy una caja de sorpresas, Deanno”, exclama la demonio acercándose con una vieja ánfora colgando de su mano.

El cazador mira el círculo a sus pies, las llamas a centímetros de su ropa y luego a la demonio.

“¿En serio?”, dice con sorna. “Quiero decir… ¿en serio?”

Meg no se deja provocar.

“Conozco la historia, Dean. La conozco desde mucho antes de que se te ocurriera dejar entrar esa mocosa en tu casa. Esa pequeña cosa es demasiado valiosa para perderla. ¿Pensaste que no iba a estar preparada para recibir a tu novio o a cualquiera que el Cielo decidiera enviar para destruirme?” , levanta el ánfora para enfatizar sus palabras. “Sólo que no imaginé que serías tú. Supongo que el cazador es más fuerte que el instinto paternal después de todo. Porque, como sabrás, Angie está demasiado estropeada ahora. Como sea. Cualquier cosa que hayas tragado para quitármela, es gracia de ángel y esto…” señala las llamas. “… esto detiene a cualquier clase de ángel, ya sabes”, se yergue en toda la extensión de su nuevo huésped y sonríe llena de orgullo. “Me he puesto más sabia a través de los años. ¡Soy la puta reina del infierno, mierda! Yo siempre gano”, y ríe como una lunática, ahogándose con sus propias carcajadas. Dentro del círculo, Dean también comienza formar su propia sonrisa.

“Olvidas algo”, dice.

Meg deja de reír. El cazador la está mirando ahora como un depredador a su presa. “Yo no soy un ángel”. Con un movimiento de su mano, apaga las llamas y al segundo siguiente está frente a Meg, cara a cara. “Y tú estás muerta”.

Ni siquiera necesita poner una mano sobre ella. La demonio se convierte en ceniza en forma deliberadamente lenta, dándole tiempo a contemplar su propia destrucción y a lamentarse con gritos desgarradores. Dean no le quita los ojos de encima hasta que el último montón de polvo incandescente se confunde con la suciedad del suelo.

“Adiós, puta”.

Hubiera deseado hacer más, tal vez escupir sus restos. Se conforma con extender su mano y hacer que las cenizas se esparzan en todas direcciones dejando nada. Luego, da la vuelta y allí, en el vano de la puerta, una pequeña silueta en sombras se apoya contra el marco.

“¿Papito?”

El corazón se comprime en su pecho.

“¿Angie?”. Olvidada toda aprensión, Dean se adelanta hacia la niña. Sus sollozos se escuchan quedos en el pasillo. “Angie”, repite con suavidad y alivio.

Pero no es verdad. La niña levanta el rostro y sus ojos son negros otra vez.

“Nuh, nuh, papito. No más Angie”

Veloz como una exhalación, la niña se le echa encima semejando una pequeña bestia y lo hace dar tumbos contra la pared y el suelo. Grita y chilla y no le da tregua clavando sus uñas en el rostro del cazador hasta romper la piel que, sin embargo, se regenera de inmediato.

Dean siente que le falta el aire. El hedor a iniquidad rodea sus sentidos. Piensa que podría vaciar su estómago allí mismo. En su mano se asienta un peso frío como el hielo y duro como el metal. Dean sabe de qué se trata. Es su espada y está preparada para cortar de raíz la amenaza contra la humanidad que está destinado a proteger. Ante sus ojos desfilan siglos de batallas, a veces al frente de un ejército, otras en solitario, siempre blandiendo su espada, la justiciera, la que suprime la perversidad de los hombres.

Y Dean no lo puede evitar esta vez. Sus ojos se tornan fríos como el acero mientras la estática invade el ambiente. La chiquilla se detiene y levanta los ojos al techo que ha comenzado a resquebrajarse sobre sus cabezas. Luego mira a su padre.

“Tendrás que matarme, papito”.

El rostro del cazador permanece impasible.

“Tienes razón”.

El cazador levanta su brazo y Angie sale disparada hacia el otro extremo del salón y se estrella contra el palco. Dean va tras ella elevándose por los aires. La niña, de la nada, levanta un muro entre los dos y cientos de serpientes cobran vida en sus bloques. El cazador les cercena las cabezas con su espada, deja caer el techo sobre la niña y ella esquiva los escombros y se los envía de vuelta. Dean desaparece y vuelve a aparecer a espaldas de Angie. Ella da la vuelta, se le abraza y le muerde el rostro, siempre chillando como una bestia. El cazador siente la herida arder como ninguna otra, infectada de inmediato por la sangre de demonio que Angie lleva en sus dientes.

Ella le observa ahora desde otro rincón. Tácitamente es un respiro.

“¿Cómo te atreves?”, sisea el cazador, concentrándose en cubrir y sanar su herida. “Sabes quién soy yo”.

“Sí, lo sé”, responde la chiquilla. “Y yo soy una abominación. Y me gusta estar con otras abominaciones, así que…” señala con un movimiento circular de su mano hacia el techo ahora abierto. “…déjame ir”.

“Sabes que no puedo”.

La niña juguetea con su zapato formando círculos en el polvo a sus pies.

“También conozco quién más es una abominación”. Su boca se mueve formando una mueca que es una sonrisa horrible. “Tal vez Sammy podría unírsenos. Lo disfrutaría mucho”.

Hace el gesto de jalar una invisible cuerda. Sam aparece en la puerta, arrastrado en el suelo a toda velocidad por una fuerza poderosa hasta estrellarse en la muralla al lado de Angie.

“¡Ups!” dice ella y se lleva una mano a la boca teatralmente. “Perdón, sólo soy una niña. Tengo que aprender a medir mi fuerza”. Y como si nada, rodea el cuello de Sam con su mano amenazadoramente. “Déjame ir”.

Dean calcula las posibilidades de llegar hasta la niña antes de que ella decida cerrar su pequeña mano sobre las vértebras de Sam y las cuentas no le son halagüeñas. Es el mismo poder que reside en ambos después de todo. Se anulan y quedan iguales.

La niña espera su respuesta pero no tiene paciencia. Cuando ésta no llega, decide actuar de todas maneras.

“Voy a ir hacia la salida” advierte mientras comienza a moverse sin soltar el cuello del otro, obligándolo a desplazarse a cuatro pies junto a ella. “Sam viene conmigo. Si no puedo salir del edificio…”, se detiene para hacer un puchero. “… no más Sammy”.

El cazador la sigue con sus ojos, la mano aferrada con fuerza a la invisible espada. No puede dejar que se marche. No puede dejar que mate a su hermano.

“Angie”, se escucha de pronto desde el lado contrario del salón.

La niña se voltea, sorprendida ante la presencia del ángel.

“¿Qu…?” Sin previo aviso, Castiel abre sus alas. No el reflejo ensombrecido de ellas que alguna vez vislumbrara Dean sino las verdaderas, llenas de gracia y de poder. Angie tiene el impulso instintivo de cubrirse ante su visión y deja libre a Sam. Llena de rabia ante su intrusión, se vuelve nuevamente hacia el ángel. “Tú, pedazo de porquería”. Alarga la mano y Castiel termina estampado en la pared. Busca de nuevo a Sam, pero en vez de hallarlo a él, tiene al frente a Dean. “Mierda”, dice y enseguida la mano del cazador está sobre su cabeza inmovilizándola, dejando caer su poder sobre su pequeño cuerpo. Angie abre la boca para gritar y no puede. Juraría que de los ojos del cazador brotan rayos. La mano libre se alza en el aire con lentitud, el brillo de la espada aparece veladamentecuando alcanza altura y hasta ella misma debe reconocer que es hermosa, como ninguna otra cosa que haya conocido en su corta vida. Cierra los ojos y comienza a llorar.

Sam corre y se coloca en la trayectoria de la espada.

“¡Dean, no!”

“No me toques, Sam. Retrocede”.

“No hemos llegado hasta aquí para eso”

“Dije que retrocedas”

“¡Es Angie, Dean!”

“Es peligrosa, es malvada”

“Y es tu hija, ¿recuerdas?”

El cazador mira a la criatura a sus pies en silencio, la fría máscara de justicia aún en su rostro.

“Dean, mírame”, insiste Sam. “¡Mírame!” El cazador obedece. “¿Qué ves?” Dean parece no entender. “Mírame. Adentro”, le aclara. “¿Quién soy yo? No el adicto a la sangre de demonio, no el recipiente de Lucifer. ¿Quién soy?”

El niño que crió desde los cuatro años, por el que arriesgó y dio su vida incontables veces; el joven que lo declaró su héroe, el hombre que se redimió bajando al infierno.

“Sammy”, musita quedamente.

Sam respira aliviado. Un centímetro más allá de su cálculo y estaría hecho polvo a los pies de su hermano junto con Angie. Señala a la niña.

“Mírala a ella ahora y dime lo que ves, no la niña borracha de sangre, no la reina del infierno”.

Y Sam puede decir el momento exacto en que el mundo se derrumba alrededor de Dean al reconocer a su hija. No dice palabra, sólo baja lentamente el brazo y la libera de su agarre. La niña se deja caer al suelo, demasiado débil para intentar algo. Él se inclina y busca alcanzarla de nuevo, esta vez con otra intención.

“¡Aléjate de mí, hijo de perra!”, chilla Angie pateando e intentando ponerse de pie pero no puede. Se arrastra alejándose tanto como puede de su perseguidor. El cazador la detiene y la arrastra hacia sí. De rodillas, la abraza con ternura y fuerza a la vez hasta que la niña deja de golpearle la espalda y comienza a calmarse en sus brazos fuertes como debieran ser los brazos de todos los padres. Repentinamente, el mundo se ha vuelto mucho más dulce y brillante que hace unos minutos atrás. La niña cierra los ojos y se deja llevar. Hay ángeles cantando en sus oídos. El cuerpo ya no duele. Y tampoco el corazón. Una euforia extraña la acomete y le hace desear estar en la cabaña de nuevo. Demonios, no es eso. Es más bien que sabe que estará allí de nuevo, con toda seguridad. Los rayos del sol caen nuevamente sobre los cuadernos de sus deberes a través de la ventana mientras Iosephus ronca de felicidad en su regazo. Papá ha ido de pesca y regresa con lo que será la cena de ambos. De noche observan las estrellas recostados de espalda sobre la hierba. Escuchan las cigarras cantando alrededor. Papá las imita y la hace reír. Ella también canta como las cigarras. Y cuando apoya la cabeza en su almohada aún quedan ramitas de pasto silvestre en su cabello que papá retira con minuciosidad. Cierra los ojos para sentir su beso de buenas noches sobre la frente. Pero el beso no llega. Abre los ojos y papá tiene su cabeza apoyada en su pequeño hombro. Está pálido, sus ojos se han puesto blancos y líneas violáceas surcan su cuello.

“¡Papi!”, exclama horrorizada y deshace el abrazo dejando que Dean se doble sobre sí mismo en el suelo, completamente exhausto. Tío Sam está allí también. Intenta acercarse pero papá se lo impide con un gesto de su brazo.

“No me toques, Sam”, dice. “No todavía”.

Y entonces levanta la mirada hacia ella y le sonríe.

“¿Estás bien, cariño?”

Angie mira alrededor un instante y se echa a llorar, esta vez sinceramente. Quisiera que todo hubiese sido sólo una pesadilla, pero la realidad está ante sus ojos.

“Perdóname, papá. Perdóname”, llora desconsolada.

Los brazos de Dean la rodean nuevamente.

“Está bien, cariño” le dice mientras ella hunde el rostro en su chaqueta, hipando inconteniblemente. “Ya acabó”.

“Seré una buena niña”

“Lo sé”

“¿Aún me amas?”

“Siempre te amaré”.

“No me dejes”

“Nunca más”

Ninguno de los presentes se preocupa si son minutos u horas las que permanecen los dos allí, abrazados, hasta que el llanto amaina y a cambio cae sobre todos un sopor de sosiego.

Hay silencio afuera. Los engendros se han ido. Es hora de que otros se marchen también, piensa Sam con un nudo en la garganta. Mira a Castiel a su lado, absorto en la escena que se desarrolla entre Dean y Angie y da un paso atrás silenciosamente.

“¿Adónde vas, Sam?”. Dean le está mirando ahora. Y también Cas. Y Angie.

“Yo… necesito algo de aire”, intenta explicar.

Por supuesto, no lo ha engañado. El cazador deshace el abrazo suavemente.

“Quédate aquí, ¿de acuerdo?”, le dice a la niña, y luego al ángel, “¿Cas?”

Enseguida el ángel va hacia Angie y toma el lugar de Dean. La niña lo aprisiona entre sus brazos.

“Te amo, Cas”

“Yo también a ti, pequeña niña”

“Bonitas alas”

Dean no puede menos que sonreír ante el intercambio de frases. Con esfuerzo se pone de pie. Dios. Se siente que lo han pasado por el cedazo. Y se dirige hacia su hermano. Sam instintivamente comienza a retroceder en tanto el cazador avanza.

“¿Q… Qué se supone que vas a hacer?”

“Lo prometí, Sam”

“No, no, espera un momento. Estás demasiado débil. No puedes. No ahora… no por mí.

Dean se detiene y frunce el ceño.

“¿No por ti? ¿Qué se supone que significa eso?”

“Voy a lidiar con esto, Dean. Lo juro. No es necesario que te arriesgues por mí de nuevo… especialmente después de lo que he hecho”.

El cazador lo contempla un instante. Luego se lleva una mano al cuello en un gesto ausente de reflexión.

“Bueno,… tal vez tengas razón”

Sam se relaja. Al menos esta versión de su hermano parece no ser tan cabezotas. Apenas se da cuenta cuando súbitamente Dean lo aferra y pone una mano sobre su cabeza.

“¡NO!”, es la única protesta que alcanza a salir de su boca antes que la Gracia comience a hacer lo suyo. Lo que sigue a continuación es como lo que vivió antes con Angie, sólo que más intenso aún. Todo se hace luz. Y felicidad. Es como estar drogado y comenzar a ver elefantes violetas. Tiene ganas de reír como un niño. Y de pronto lo es. Está en el parque sobre un columpio que alcanza las alturas. Puede ver las copas de los árboles y abajo a Dean, esperándolo para darle un nuevo impulso. Ve a Angie corriendo hacia él con una corona de flores silvestres sobre el pelo con una cabaña que él aún no conoce como telón de fondo. La niña le muestra el cuarto que será suyo y el rincón con sus libros de estudios. “Papá dice que me parezco a ti”, le informa. Sam sonríe y a continuación siente el peso de la cabeza de su hermano contra su hombro. “¡DEAN!” grita espantado, pero no puede verlo, hay demasiada luz.

“Shhh”, escucha contra su oído. “Cierra tus ojos” y al instante siguiente el mundo explota en blanco.

 

Despierta con un sobresalto en un cuarto desconocido, tendido en una cama bajo la atenta mirada de Bobby y Cas. Manotea con urgencia para erguirse en el lecho.

“¿Dónde está Dean?”

“Calma, muchacho”, le dice Bobby mientras intenta devolverlo a la posición horizontal. “Está en otra habitación, con Angie”

“¿Cómo se encuentra?”

El hombre y el ángel intercambian una mirada poco auspiciosa que no hace nada por calmar sus aprensiones.

“¿Bobby?”, presiona.

El viejo cazador aprieta la mandíbula tan fuerte que Sam juraría que oyó fracturarse sus dientes.

“Está vivo”, responde al fin.

“¿Pero?”

“Pero ya van tres días desde que todo terminó y aún no despierta… y no sabemos por qué”

 

Epílogo

 

 

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  1. Ahhhhhhhhhh pensaste que no estaba leyendo tus fic TE EQUIVOCAS jajaja ya me puse al dia weeeeeeee y lo que me encuentro Que capitulo estuvo genial vaya lucha DEan contra su hija es doloroso pero alfin DEan recupero a Angie xD y sam esta mejor ahora toca esperar que Dean se despierte Y saber que es él? jajaja
    por cierto ya penultimo capi que triste esta historia esta genial y ya falta un capi para terminar 😦
    bueno sigo colocando al dia xD
    hasta el prox capi xD 😦

    • Pues, sí. Debo confesar que pensé que no me estabas leyendo. El otro día pasé por tu lj y ví que no había mucha actividad. Llegué a pensar que habías desaparecido de la red, como nath 😦
      Qué bueno que no es así.
      Estoy trabajando en el último, ya pronto, espero, estará listo.
      Saludos y qué bueno saber de ti.

      • Ohh como crees si estoy pendiente de tus fic xD y ps ultimamente no he actualizado mi Lj xD pero sigo en la red xD
        salu2 y esperando el prox capi

  2. ¡Hola linda!
    COmo siempre, simplemente genial. Las ideas so muy buenas, y aunque en algún momento me quedé como que tal vez le estabas dando demasiado poder a Dean, me dije que no era tan así y se igualaba al poder de Angie (aunque no entiendo totalmente cuando dices que los dos tienen el mismo poder, es decir, gracia, aunque una esté manchada).
    Precioso la forma en que Sam lo hace ver que es Angie, como lo hace ver que él sigue siendo Sammy por más problemas en que se haya metido.
    Y la conversación entre Angie y Castiel… DIOS, NO PUEDEN SER MÁS TIERNOS PORQUE SINO NOS EMPALAGAMOS!
    Y claro, como es el capítulo casi final, nos tenías que dejar con cliffhanger, pero no me preocupo, porque sé que es un “y vivieron felices para siempre” al modo de ellos!
    MUY HERMOSA HISTORIA!

    • “aunque no entiendo totalmente cuando dices que los dos tienen el mismo poder, es decir, gracia, aunque una esté manchada”
      Es porque Dean lleva dentro la misma naturaleza de poder que dio vida a Angie, sólo que la de ella fue contaminada y obligada a desarrollarse por Meg.
      “Y claro, como es el capítulo casi final, nos tenías que dejar con cliffhanger, pero no me preocupo, porque sé que es un “y vivieron felices para siempre” al modo de ellos!”
      ¿Estás segura de eso? 😉
      Gracias por leer y comentar. Es un placer para mí saber que disfrutas la historia.
      Saludos. 🙂

  3. Tiene que acabar bien, que lo sepas, y ahora mismo voy a acosarte por otro sitio porque mi niño no se puede quedar así, tiene que ponerse bien y volver con su peque y con la hijita postiza que le ha salido, He dicho.
    Un abrazo apretao, ¡Quiero continuación!

    • Sí, ya me di cuenta. Muchas gracias por tu acoso 🙂 Pero no puedo prometerte nada, aún estoy trabajando en el final, ni yo sé en qué terminará… no, mentira. Si sé pero no voy a spoiliarte.
      Saludos.

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