Cuento: “El enano”

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Hubiera jurado que lo había posteado ya, pero no.
Éste es el chiche mío con el que quedé seleccionada entre los diez mejores cuentos en el concurso Paula 2006, los cuales fueron publicados en el libro “Mi nombre en el Google”. Enjoy.

El enano.

Era bajito, usaba unos anteojos enormes que le resbalaban continuamente por el tabique hacia la punta de la nariz. Embutido en el uniforme escolar parecía tener menos de sus ocho años recién cumplidos. Estaba sentado con la cabeza gacha y las rodillas muy juntas sobre un taburete alto en el centro del escenario, bajo la luz potente de un reflector que lo mantenía a resguardo de la oscuridad reinante y del pánico escénico que podía sobrevenir en cualquier momento. La gente susurraba quedamente a su alrededor. Esperaban con paciencia, sin apresurar. De vez en cuando el niño se llevaba la mano derecha al rostro y empujaba los anteojos a su sitio con el dedo índice. No deseaba mirar hacia el frente. Sabía que estaban allí a pesar del telón oscuro a su alrededor. Los escuchaba. Podía oler el tabaco instalado en volutas de humo por todo el café. Estaba lleno esa noche. Finalmente, se sintió preparado para comenzar. Alzó la vista. Imaginaba que su tía debía de estar allí también, escondida tras la sencillez de su vestimenta, un poco fuera de lugar, como siempre. La quietud ganó el salón. El niño respiró profundo y comenzó a narrar el cuento pausadamente, dándose tiempo para elegir las palabras.

El público lo escuchó en silencio, congelado en el interés por la historia de un hombre que llenaba de aire sus pulmones para volar pero que no podía hacerlo sin provocar las iras de la gente corriente.

El profesor también se encontraba allí, confundido entre la gente del ambiente bohemio y los curiosos que habían pagado por conocer al fenómeno de turno. Y escuchaba como todos los demás. Aunque no estaba seguro del por qué. Había sabido del asunto días atrás, mientras luchaba contra la pena sorda que le atacaba el alma. Pensó que era una buena idea. Mentira. Ni siquiera lo pensó.

“…Se deprimía si pasaba demasiado tiempo sin despegar los pies del suelo. Entonces la melancolía se convertía en un mal que detestaba y que al mismo tiempo se pegaba a él como la piel a los huesos. Era difícil evitarla, especialmente dentro de aquella habitación en el segundo piso del edificio donde debía trabajar para ganar su derecho a ser considerado un ciudadano normal. A la salida, mientras paseaba por las calles en dirección a la hospedería donde alojaba, miraba de reojo hacia las alturas, más allá de las viejas estructuras, hacia el cielo limpio y azul que vigilaba al pueblo.

Un día en el que el tedio superó la medida, decidió que era mejor arriesgarse en vez de continuar así. Pegó un salto, doblando las rodillas para darse impulso. En el primer intento sólo logró mantenerse suspendido unos segundos, la boca prieta y las mejillas infladas para retener el aire, y luego descendió sintiendo en la baja espalda el cosquilleo exquisito y enviciante que le provocaba la oscilación de la gravedad jugueteando con su cuerpo. Apretó los dientes mientras la risa le llenaba la garganta.

El segundo intento estuvo mejor. Subió de un brinco y se mantuvo arriba moviendo los pies sobre la plaza, de cara a las oficinas. Se elevó aún más y pasó rozando la rueda de la fortuna de la plaza en funcionamiento. Un niño, boquiabierto, dejó que el helado le escurriera por la mano ante el vuelo de aquel hombre que le sonreía por sobre su cabeza. Se subió a los techos del vecindario y espantó al gato de una vecina que buscaba palomas entre las ramas de un árbol cercano. Desde la altura todo se veía pequeño, insignificante, inexistente. ¡Hola, hola! ¿Cómo están, pequeñas personas? La vista es maravillosa desde aquí.

Así el peso en su corazón no tardó en desaparecer. Aprovechó de hacer un par de cabriolas antes de aterrizar.

No pensó que alguien le hubiera visto. Pero cuando topó el suelo, la jaula le estaba esperando”.

Silencio.

Los anteojos habían vuelto a escapar hacia la punta de su nariz. Se los acomodó al levantar el rostro para mirar a su público en la niebla negra frente a él.

-Es todo- anunció.

Una andanada de aplausos rompió el mutismo. El reflector cerró la oscuridad a su alrededor. Esperó a que su tía lo rescatara del escenario, como de costumbre, mientras la ovación golpeaba sus oídos. En cuanto sintió su mano protectora buscándolo en la penumbra, abandonó el asiento y se dirigió a la salida. Cuando las luces iluminaron nuevamente el salón, el taburete en el centro del escenario estaba vacío.

Salieron a la calle por la puerta trasera. Allí los interceptó el profesor. Había abandonado el salón apenas pronunciado el punto final. Ansioso, deseaba verlo.

-¿Qué edad tiene?

Ella se lo dijo.

-Tendré que denunciarla.

Ella se detuvo y buscó palabras.

-No es lo que usted cree.

-Entonces, explíquemelo.

El niño, sosteniéndose en la mano de la mujer, alzó la mirada hacia el profesor.

“El hombre tenía un halcón que se aferraba a su brazo con tanta fuerza que atravesaba la cubierta de cuero hasta llegar a la piel. El brazo se convirtió con el tiempo en un sempiterno campo de dolorosos surcos rojos. Por supuesto, no era por maldad. El halcón simplemente lo amaba tanto que no quería separarse de él”.

El profesor lo miró un instante y luego a la mujer.

-No entiendo.

Ella acarició la mano del niño en la suya.

-Está hablando de usted.

-¿De mí?

-De usted,… de todos.

El profesor la miró sin comprender. Ella aprovechó su embotamiento para echar a andar de nuevo por la calle con paso veloz. Llevaba sujeta con firmeza la mano del niño al lado suyo y se apretaba el chaleco contra el pecho envuelto en una liviana blusa. El niño miraba el suelo al caminar. Sus pasos eran cortos y rápidos para avanzar al ritmo de su tía. Se habían alejado bastante cuando el profesor se decidió a ir nuevamente tras ellos.

-No está bien lo que hace. ¡Es un niño!

La mujer no respondió.

-¿Cuánto le pagan por función?

-Nada. No soy un monstruo. Sólo hago lo que pienso que es mejor para mi sobrino.

No mentía. Su atuendo lo confirmaba. Demasiado sencillo para corresponder a una ambición desmedida.

-Pero, ¡exponerlo así!

-Es lo que él necesita.

-¿De dónde saca eso?

La mujer guardó silencio y se acomodó la cartera que llevaba bajo el brazo. El niño se volteó a medias para verlo mientras continuaba caminando y al profesor le pareció que sonreía.

-¿Qué es? ¿Autismo?

-No, nada de eso. Solamente es… distinto.

Se detuvieron frente a una puerta. La mujer buscó en su bolso las llaves para abrirla. El niño entonces le tironeó el brazo obligándola a prestarle atención. Ella detuvo su maniobra y se le quedó mirando un instante tan atentamente como el niño a ella. Luego se volvió hacia el profesor que continuaba allí, parado en la vereda con su traje gris y expresión grave.

-¿Quiere entrar un momento?

No esperó a su respuesta. Empujó la puerta y la dejó abierta tras ella. El niño había entrado primero y echado a correr hacia el interior con todo el entusiasmo que no había mostrado hasta ese momento. El profesor dudó un instante desde la acera y luego, lentamente, se acercó al umbral. Lo primero que atisbó en el interior fue un comedor y sala de estar tan común como cualquiera, a excepción de los cientos de dibujos adheridos con cinta adhesiva a las cuatro paredes y al techo. El niño regresaba desde una habitación con un lejago de papeles y una caja de lápices. Al fondo, en la cocina, la vajilla cambiaba de lugar y la sombra tenue de la mujer se proyectaba hacia el viejo refrigerador. El niño se instaló en la mesita de la sala de estar y de inmediato comenzó a trazar rayones fuertes y coloridos sobre la superficie del papel ignorando por completo al profesor quien dirigía ahora su curiosidad hacia los dibujos en las paredes. Desde donde se hallaba podía distinguir unas grandes espirales, pero el detalle central se perdía en la distancia.

-¿Una taza de té?- la mujer lo miraba desde la cocina.

– Sí, gracias.- señaló los dibujos- ¿Son del niño?

Ella asintió y regresó a la cocina. El profesor quiso recorrer aquella inusual galería de arte. Se acercó lo suficiente para apreciar las primeras espirales, cada una diferenciada de la otra por algún detalle en particular, la amplitud, el color, la textura, como fotogramas de una única secuencia animada buscando convertirse en un algo final. Pero antes de dilucidar lo que querían decir aquellos rayones, el niño habló.

“Vivía encerrado en su caverna en forma de caracol. No era más grande que la cabeza de un alfiler.”

El profesor se volteó a mirarlo ante el sonido claro y bien modulado de su voz.  El niño continuaba atareado sobre la mesita. Por un momento pensó que había sido sólo su imaginación, sin embargo, mientras cargaba los lápices contra el dibujo, el niño continuó:

“No sabía su edad. En realidad, no sabía que debía tener una. Había vivido en otros caracoles antes, más grandes, más pequeños. Le molestaba un poco el incesante vibrar de la membrana que lo mantenía aislado y protegido, pero siempre terminaba por acostumbrarse. Los abandonaba a su tiempo, cuando la tarea ya estaba cumplida, cuando había acabado de entregar la lección. Tenía una voz pequeña, tanto que sólo en el más absoluto silencio se dejaba escuchar. Le costaba acallar los pensamientos de su huésped de turno, pero, a fuerza de insistir, al fin siempre lograba su objetivo. Primero sólo eran retazos de palabras, de frases como ecos de voces en el interior de una catedral. Luego, las historias que le daban sentido a todo. Él explicaba siempre. Explicaba todo lo que sabía y el resto lo inventaba para poder explicar. Era más fácil cuando el huésped quería prestar atención. Las mentes sordas suelen ser muy frustrantes. De todas maneras, siempre lograba ayudar. Porque no es nada fácil entender el allá afuera sin que alguien te explique las cosas”.

-Es todo- le anunció el niño sin dejar de trabajar.

El profesor miró a la tía que aguardaba a sus espaldas sosteniendo una taza de té. Ella se encogió de hombros.

-Usted quería saber.

El profesor volvió a mirar los dibujos en las paredes, esta vez con mayor detención. Allí estaban las mismas espirales, un poco más acabadas, con textura y color. Y en el centro siempre la misma figura, el enano sabio, pálido y delgado, como un duende salido de los cuentos de hadas. Pero en el dibujo final, la conclusión de la secuencia, no estaba la espiral de siempre. En su lugar, se veía la figura de una oreja claramente trazada por una mano infantil. El profesor la miró un instante con el ceño fruncido y se volvió hacia la mujer dispuesto a preguntar, pero ella habló primero.

-Yo tampoco le creí en un principio. Lo llevé a muchos médicos, con esfuerzo. No tenemos mucho dinero. Hasta que un día…, yo también lo escuché.

El profesor miró a la mujer. Tenía una expresión severa en el rostro. No mentía. En verdad lo creía. Miró al niño. Estaba concentrado en darle forma a una nueva espiral.

-Yo debería dar aviso…

-Usted debería creer- le interrumpió ella- Usted quiere hacerlo.

La miró a ella. Miró al pequeño. Se humedeció los labios y se le acercó. El niño no se dio por enterado. Ni siquiera cuando el hombre se agachó a su lado y acercó el oído a su cabeza.

Nada.

Se acomodó mejor presionando un poco más.

Un susurro.

Podía ser cualquier cosa, el sonido del mar encerrado en una caracola, el golpeteo de la sangre en las venas, la brisa que golpea los oídos… cualquier cosa.

El profesor cerró los ojos para escuchar mejor. Un murmullo suave, adormecedor, como la música de la cajita de mamá cuando se sentaba a su lado en la cama en aquellas noches de terror sólo para disipar el miedo con sus palabras. Como la voz tranquila y segura de su padre en las tardes de lluvia explicándole los truenos y los relámpagos. Como el sosiego después de  la tormenta.

Y entonces,… lo escuchó.

FIN

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