Fic: “Cuentas pendientes” 31/?

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

31

Alec

“¿Dónde están los ángeles cuando se les necesita?”, Alec se  frota las muñecas que sus guardianes acaban de liberar. La mañana apenas comienza y el frío se hace sentir en la bruma que emerge del suelo húmedo junto con el cansancio de una noche sin dormir.

“Los sellos, ¿recuerdas? Parecen estar por todo el lugar”. Sam mira alrededor con preocupación. “Castiel no es capaz de pasar a través de ellos”. Se encuentran en medio de un claro, en lo que parece ser un campo de entrenamiento militar. Los rodea un tupido bosque que se extiende sobre pequeñas lomas. “¿Qué harán con nosotros?”

Alec conoce el lugar. También la respuesta a la interrogante de Sam. En su imaginación escucha nuevamente, como si hubiera sucedido ayer, el resuello angustiado de la víctima de turno huyendo a través de la foresta.

“Van a cazarnos”, informa en tono monocorde.

“¿Qué?”

“Es…”, comienza a explicar Alec y gira el rostro hacia el otro extremo del claro, allí donde empieza el bosque. “…Es la manera en que se nos entrenaba”.

Sam duda un segundo antes de continuar.

“¿Cazando? ¿Por qué?”

“Ya te lo dije: entrenamiento. Necesitaban que desarrolláramos nuestras habilidades: fuerza, velocidad,… instinto”. Sus manos y las de sus compañeros marcadas con sangre. “Por lo general, la presa era algún reo de alta peligrosidad al cual se le ofrecía la posibilidad de salir en libertad”.

“Ese es el papel que ocuparemos nosotros ahora, ¿eh?”, concluye Sam. Alec aún le evade la mirada. “Así que, al final… ¿qué pasará con la presa si los chicos ganan?”

Alec se concentra en la distancia, su recuerdo anclado en la cerca alta que nunca nadie llegó a cruzar.

“Nada bueno”, se rasca, ausente, su mano derecha sin dejar de mirar a lontananza.

“Amigo, ¿qué le sucede a tus manos?”

Sinuosas líneas oscuras toman forma sobre la piel de los dedos ante los ojos atentos del cazador. Alec se examina el dorso y las palmas y luego tironea del cuello de su camiseta para mirar sobre su pecho.  Enseguida está hundiendo el vientre para echar un vistazo dentro del pantalón.

“Hum. No sólo allí”,

Sam le levanta el sweater y la camiseta en busca de lo que ha encontrado. Más tatuajes que se extienden en dirección al bajo vientre.

“¿Cuándo ibas a decírmelo?”, pregunta soltando las ropas.

“Hum… ¿nunca?”

“Alec…”

“¿Qué caso tenía?”

Un camión se acerca por el sendero de tierra, el único acceso para vehículos en esa zona. Transporte de tropas. El cuerpo de Alec se tensa cuando distingue la cabellera blanca de Lydecker en la cabina. No es difícil adivinar a los pasajeros en la parte de atrás. El coronel es un hijo de puta cruel.

“Lamento todo esto, Sam”, se disculpa.

“No es tu culpa, Alec. Te dije que nuestra sangre está maldita”

“Comienzo a creerlo”

Del camión desciende un grupo de adolescentes transgénicos que de inmediato se forman ante el coronel, dando la espalda a Alec y Sam.

“Esos son…”, comienza el cazador a quien aún le resulta difícil distinguir facciones entre las cabezas rapadas.

“Sí”, le ahorra Alec. “La unidad de Max. De Ben”.

“¿Por qué no intentan algo? Quiero decir, ellos son más fuertes, más inteligentes… Podrían acabar con todos”.

“Están demasiado asustados para intentarlo”, y luego su atención se dirige hacia el coronel, con rabia. “Bastardo”.

Como si adivinara las palabras del ex transgénico, Lydecker mira hacia ellos y con apenas un ademán de su cabeza, los soldados que resguardan a los dos prisioneros comienzan a empujarlos hacia el grupo.

“Quédate cerca mío”, le masculla Sam mientras caminan hombro con hombro.

Alec da un respingo y se detiene un segundo para echarle un vistazo al cazador.

“¿Qué vas a hacer?”. El soldado atrás suyo de inmediato lo conmina a continuar con un golpe de culata en la espalda. “¡Oye!”, protesta Alec. “¡Cuidado con la mercancía! Puedo caminar solo, gracias”, y a Sam en un susurro, “¿Qué estás pensando?”

“¿Qué crees?”

Alec se muerde el labio para impedir la sonrisa completa.

“¡Hombre, eso es genial! ¿Vas a tostarlos a todos? Pero,…”, recuerda de pronto. “¿Estás seguro? Dean no estaría muy feliz”

“Dean no está aquí. Y es una situación extrema”

“Bueno, concuerdo en eso”.

“Estos hombres”, está diciendo el coronel a los chicos en posición firmes frente a él, “han cruzado nuestras fronteras burlando nuestra seguridad. No sabemos cómo, no sabemos por qué. Sólo sabemos que cada vez que alguien lo hace, uno de ustedes muere. Estos hombres sólo buscan perderlos. Ellos ya lo han confesado”

“¡Eres un bastardo idiota mentiroso!”, estalla indignado Alec. “Eso no es verdad! ¡Max, no le creas, tú sabes que vinimos por…!” un golpe de culata en la espalda a la altura de los riñones por parte del soldado que tiene atrás, lo hace enmudecer y caer de rodillas.

De inmediato Lydecker está sobre él, inclinado hacia su rostro, y lo obliga a levantar la cabeza tomándolo del cabello para asegurarse de que tiene toda su atención.

“Cállate. Por una vez en tu vida, cállate”

El caído, incapaz de decir una palabra, alza desafiante el dedo medio de su mano derecha. El coronel incrementa el agarre en el cabello de Alec.

“Una cosa más de tu parte y ni siquiera tendrás la oportunidad de salvarte a ti o a tu amigo. ¿Estamos de acuerdo?”

Alec baja el brazo, aún con cierta reluctancia.

“Así es mejor”. Lydecker lo deja libre sin ninguna delicadeza y vuelve a ponerse al frente de la tropa.

“¿Alec?”, lo llama Sam en tono preocupado.

El ex transgénico siente que le han arrancado los riñones con una cuchara. Tras unos segundos de esfuerzo, logra sacar la voz al fin.

“Si vas a usar esa cosa tuya, éste es tan buen momento como cualquier otro”, gira la cabeza para ver al cazador. Sam asiente y cierra los ojos, concentrándose. “Dos minutos antes hubiera sido aún mejor, en todo caso”. Al frente, Lydecker mantiene cautiva la atención de los chicos con su perorata. Aún así, la mirada de Max en la primera fila se desvía constantemente hacia ellos cuando el coronel ha pasado ya su lugar en su va y viene. Alec mira nuevamente a Sam y éste tiene ahora el entrecejo más arrugado por el esfuerzo y la respiración agitada. “¿Sam?”

“¡Mierda!”

“¿Qué?”

“Como dije”, y abre los ojos irritados. “Estamos malditos”

“¿Qué sucede?”

“Nada. Ese es el problema”.

“¿Nos fastidiamos?”

Sam pasea su mirada por el lugar y se ancla en el camión a espaldas de la pequeña tropa.

“Tal vez no”.

Nuevamente cierra los ojos apretando sus puños con fuerza. En un principio, Alec no sabe qué esperar, nada parece suceder hasta que, sorpresivamente, el camión comienza a arder y a estremecerse como si sufriera el ataque de una especie de terremoto privado. Al mismo tiempo, uno a uno, los soldados sueltan sus armas como si tuvieran entre sus manos metal ardiente. Sam abre los ojos, noquea de un certero puñetazo al sorprendido soldado a su espalda y corre en dirección a los chicos en formación, derribando en el camino al Coronel.

“¡Corran!”, les ordena a gritos, pero nadie se mueve. Los chicos se limitan a observarlo con los ojos muy abiertos hasta que uno de ellos le cae encima por la espalda y lo derriba. Eso parece ser la señal para que el resto le imite y se convierta en un monstruo de mil brazos que le retiene contra el suelo.

“¡De rodillas! ¡De rodillas!” escucha gritar. “¡Manos en la cabeza!” No es a él. Se dirigen a Alec, deduce, porque la presión sobre su cuerpo no ha disminuido un ápice. Imposible mover siquiera un dedo, menos aún alzar una mano.

“Suficiente”, ese es Lydecker. “Levántenlo”.

Con fuerza apenas imaginable para sus cuerpos adolescentes, dos de los chicos lo obligan a alzarse hasta quedar de rodillas frente al Coronel. Éste se limpia el rostro allí donde el puño del cazador dio en el blanco.

“Bonita demostración”, dice. “Una pena que haya sido inútil”

“¿Por qué?… ¿Cómo es que ustedes no…?” El coronel se limita a tirar de la cadena de plata que lleva al cuello hasta dejar al descubierto una piedra redonda y plana grabada con una especie de runa. “Un amuleto”, se explica a sí mismo el cazador reconociendo el símbolo de protección contra fuerzas demoníacas.

“No sé cómo hiciste eso, pero gracias. Probaste mi punto. Ahora comprendo por qué Sandeman no se molestó en obtener nada de ti”

A una seña, el cazador es arrastrado al lado de Alec que también está de rodillas, las manos sobre la cabeza, y obligado a imitar su posición.

“¿Eso es todo?”, le reclama el otro. “Es decir, pensé que íbamos a ver fuego cayendo del cielo o algo así”.

Pero Sam está demasiado agotado para discutir.

“Cállate, Alec”.

“Ese fue un estúpido movimiento”

“Cállate”

Lydecker, por su parte, ha retomado su discurso.

“¿Lo ven? Esto es lo que estos hombres pretendían hacerles. No pudieron porque ustedes son inmunes a los poderes demoníacos gracias a su diseño genético. Excepto por una cosa. ¡701! ¡Dí qué sucedió con 734!”

“Murió, señor”, responde de inmediato un chico de piel aceitunada sin abandonar su rígida postura.

“¿Por qué?”

“Se volvió loca, señor”

“Es correcto. ¿Y con 656?”

“Se suicidó, señor”

“Sí, así fue. Es bueno que lo recuerden. ¿Van a tomarlos por sorpresa de nuevo?”.

“¡No, señor!”, responden todos como una sola persona.

“Bien. Así que, cualquier cosa que les hayan dicho”, prosigue y señala a los dos hombres de rodillas. “Es una mentira. No los dejen entrar en su cabeza y estarán bien. Ahora…”, pasea su mirada con orgullo sobre las cabezas de sus dirigidos. “…podemos empezar el juego”.

Alec y Sam son alzados sobre sus pies y empujados hacia el Coronel quien saca del bolsillo de su chaqueta un cuchillo de campaña y se lo entrega a Alec.

“Sabes lo que sigue”, le dice. “Ve”.

Alec recibe la daga. Sólo una pequeña arma para defender a dos hombres.

“Vas a pagar por esto. Lo sabes, ¿verdad?”, dice con la vista aún fija en el arma en su mano.

“¿Aquí?”, se mofa. ¿O donde Dean está?”

Alec levanta la mirada hacia el viejo militar.

“Si no lo hago yo, Dean te cobrará. Y muy caro”.

“No gastes tu tiempo”, le advierte Lydecker. “Es mejor que empieces a correr ya”.

Eso es verdad. Con un breve toque en el brazo, Alec le indica a Sam que es hora de salvar la vida. Y mientras corre a todo lo que puede su cuerpo ordinario en procura de la ínfima seguridad que les brinda el bosque, se pregunta si aún existe alguna manera viable de evitar que el mundo se vaya por el caño.

Huyen entre los árboles, se ocultan en los matorrales. Alec aún tiene fresca en su memoria, los pormenores de aquel extenso lugar. En un par de ocasiones están a punto de ser descubiertos, pero el ex transgénico también recuerda las técnicas de caza de su gente lo suficiente como para evitar que eso suceda. Piensa que podrían aguantar así hasta que oscurezca. Tal vez entonces podrían intentar acercarse de nuevo a Max. Al parecer, la unidad se ha dividido en grupos al darse cuenta de que esta vez la presa es un poco más difícil de hallar.

Cuando Sam tropieza y se hiere la rodilla con una roca, Alec lo arrastra hacia el interior de una pequeña oquedad entre dos grandes piedras recubierta de vegetación, sobre una pequeña loma que les permite ver a quienquiera que se les acerque.

“Lo siento, Alec. Esto se acabó”, concluye Sam en susurros mientras Alec se asegura que no hay quebradura de por medio en su lesión.

“Estarás bien”.

“No me refiero a eso”, le aclara. “No podemos liberar a Max y salvarnos nosotros al mismo tiempo. Tendremos que dejarlo así”. Alec no le contesta. “Sabes que tengo razón”. El otro voltea el rostro hacia la salida. “¿Alec…?”

“Shh”, le hace callar. Ambos prestan atención pero sólo hay silencio. “¿Podrás caminar?”. Sam asiente en la semi oscuridad del lugar. “Espera aquí”.

“¿Qué? No. Voy contigo”

Alec no le da tiempo y desaparece entre la vegetación. Cuando Sam logra llegar a la entrada, no hay seña del ex-transgénico. Por el rabillo del ojo cree ver algo, un manchón verde pálido moviéndose entre las sombras de la foresta. No es lo suficientemente rápido para captarlo en forma clara sino hasta que cae a sus pies con un grito de furia, las piernas enredadas en una gruesa rama que sostiene Alec en el otro extremo. El ex transgénico se apresura a cortar el flujo de oxígeno al cerebro del chico, presionando la vena en su cuello, hasta hacerle perder el conocimiento. Luego se pone de pie en un solo movimiento.

“¡Vamos!” apresura a Sam. Pero es tarde. El empellón le llega por la espalda y lo empuja hacia el suelo haciéndole morder el polvo. Un brazo rodea su cuello y una mano cubre su boca. Mientras el pánico comienza a invadirlo, no puede sino sentir lástima por todos aquellos a los que sometió a lo mismo alguna vez. Va a morir en un tiempo extraño, a manos de los que alguna vez fueron sus pares, sus hermanos. Le dan la vuelta en el suelo, rostro al cielo, el brazo en posición para quebrarle el cuello, su boca aún cubierta por aquella mano engañadoramente pequeña. Cierra los ojos en espera del chasquido que le arrebatará la vida. Pero nada sucede. Entonces otro pensamiento llega a su mente como una revelación. No es el día. NO. ES. EL DÍA.

Cuando abre los ojos de nuevo es Max sobre él llenando su campo de visión, un dedo en sus labios exigiendo silencio.

“No sé por qué… pero te creo”, le dice la chica modulando cada palabra en un susurro como si quisiera asegurarse de ser completamente entendida. Luego mira hacia la espesura del bosque un instante y de nuevo hacia Alec. “Vendrán por nosotros. Debemos apurarnos”.

Las manos desaparecen dejándolo en libertad. Alec apenas puede creerlo.

“Pero… pero…”

“¡Rápido!”, le apura y le ayuda a incorporarse jalándolo del brazo.

Un poco más allá, Sam está de pie y tiene estampada en su cara la misma expresión perpleja que él debe lucir en su propio rostro. El chico que Alec atacara ya recupera el conocimiento y es ayudado por sus compañeros.

“Vamos”, la chica les hace una seña al resto, que son cuatro, quienes se distribuyen alrededor buscando la protección de árboles y matorrales. Alec y Sam les imitan siguiendo los pasos de la pequeña morena loma abajo.

“¿Dónde están los otros?”, le susurra Alec mientras avanzan deteniéndose de trecho en trecho.

“Buscándolos”

“Uhm… Buscándonos en plan salvarnos como tú o en plan de cazarnos?”

“Ben no está de acuerdo conmigo”, los tres se detienen al amparo de un gran tronco en tanto un par de chicos se adelantan para inspeccionar el territorio. “Piensa que es culpa de ustedes el que Lydecker haya destruido el Lugar Alto y que necesitan ser castigados”

“¿Sabe que nos estás ayudando?”, pregunta Sam también en susurros.

“Tal vez. Le dije que necesitábamos separarnos para abarcar mayor territorio. Él aceptó”. Uno de los chicos que se ha adelantado, alza la mano y señaliza que la ruta está libre. “Dijiste la muralla norte, ¿verdad?”

“Sí”

“De acuerdo. Vámonos”. Pero cuando hace el amago de incorporarse, Sam la detiene con un toque en su brazo. “¿Qué?”

“Necesitas huir de aquí. No somos transgénicos. Estoy herido. Sólo los retrasaremos. Es mejor que vayan ustedes”.

La chica frunce el ceño en un gesto que divierte a Alec porque ve allí a la futura Max siendo contrariada.

“Pero, ¿quién los protegerá? Estarán en peligro”

“Cariño”, replica Alec. “Vivimos en peligro”

Mira a uno y a otro.

“¿Están seguros?”

“Sí”

Max duda. Mira hacia delante, hacia sus compañeros que esperan la orden para avanzar y luego de nuevo hacia los dos hombres.

“Bien”.

Un segundo después se ha transformado en un borrón ante sus ojos y sólo el movimiento en los matorrales da cuenta de que alguna vez estuvo allí.

Y luego, otro borrón, algo más distante. Ambos se cuidan de mantenerse a cubierto. Sólo es uno y se detiene lo suficiente para que puedan reconocerlo. Ben. Lleva una expresión de disgusto en su rostro. Otea el horizonte en la dirección en que Max y su grupo han desaparecido. Sin duda ha sacado conclusiones de hacia donde se dirige. En un instante vuelve a convertirse en un borrón loma abajo.

“Maldición”. Alec se pone de pie, dispuesto a ir tras él. “Va tras Max”.

“¡Espera!”, intenta detenerlo Sam. “¡No podrás alcanzarlo!”

“Lo sé”, y se lanza en una dirección diferente, hacia las rutas sólo conocidas por él, las mismas que le permitían llegar primero junto a la presa.

Tiene que detenerse a tomar aire a medio camino. Alcanza a esconderse, dejándose caer al suelo, justo en el momento en que Ben hace su aparición a cierta distancia. Al parecer, el chico ha perdido la pista del grupo y escanea el área con todos sus sentidos, demasiado concentrado en hallar a su compañera para percatarse del hombre que lo tiene en su mira, rifle en alto, dedo en el gatillo. Alec sí se da cuenta y corre sin pensar hacia el soldado justo a tiempo para desviar el tiro hacia la nada. Sin embargo, no logra arrebatarle su rifle y el hombre está lo suficientemente bien entrenado para, después de un fiero forcejeo, deshacerse de su agarre y descerrajarle un tiro a quemarropa en el pecho. Alec cae, sin poder respirar durante segundos eternos. Es como si le hubiera golpeado un elefante y luego se hubiera sentado sobre sus costillas. Cuando es capaz de volver a respirar cae en la cuenta de que aún está vivo y que Ben, justo encima de él, lo observa con los ojos muy abiertos.

“¿Quién eres tú?”

Alec alza la cabeza y puede ver al soldado en el suelo, el cuello roto. Una fijación de su raza, al parecer. Se lleva una mano al pecho. No hay sangre, sólo un gran dolor que va desapareciendo paulatinamente. Luego se incorpora poco a poco y se da cuenta que, a pesar del dolor que le ha provocado el impacto, la bala no ha entrado sino que ha quedado atrapada, toda achaparrada, entre sus ropas. La sostiene en la mano y está admirándola boquiabierto cuando se da cuenta que Ben lo está observando también, los ojos como platos.

“Quién eres tú”, repite y todo su cuerpo exhala tensión, listo para el ataque. “¿Por qué luces como yo?” y entonces su mirada se desvía hacia las manos de Alec donde las líneas negras que las cubrían han comenzado a desaparecer ante sus ojos. “¿Cómo hiciste eso?”

“Yo…” y no sabe qué decirle. Alec recuerda las palabras de Dean al final del sueño: Haz lo correcto. Mira al chico delante suyo, el mismo que en un par de años más no se contentará con arrebatarle los dientes a los muertos en los entrenamientos. “Soy tu padre”, le dice. “y he venido por ti”.

Ben da un respingo casi imperceptible, entrenado como lo está para no dejar que el enemigo lea sus reacciones.

“Eso es mentira”, dice.

“Mira mi cara”

“No es posible”

Alec abre la mano y le muestra la bala achaparrada.

“Todo es posible”

Ben lo observa un instante más con fijeza, como si esperara que de un momento a otro Alec se lance a reír y declare que sólo es una mala broma. Entonces, muy despacio, introduce una mano en el bolsillo de su sudadera. Por un segundo Alec piensa que extraerá un cuchillo y le rebanará la garganta por su atrevimiento para luego llenar el paño de las ofrendas con sus dientes. Pero no, lo que Ben saca de su bolsillo es el pedazo de cartulina impreso con la imagen de la Virgen María que el mismo Alec le entregara en el Lugar Alto, antes de que todo se fuera a la porra.

“¿Te envió la Señora de Azul?”

Alec apenas se lo piensa mientras se pone de pie y lo mira directo a los ojos.

“Sí”

El chico palidece, comienza a temblar. Alec se saca su chaquetón para cubrirlo. Apenas la prenda cae sobre sus hombros, Ben se le abraza hundiendo su rostro en el pecho del ex transgénico.

“Está bien, muchacho. Está bien”, lo reconforta Alec.

“Sabía que ella me escucharía algún día”.

Alec sólo atina a devolverle el abrazo mientras es su turno de estremecerse, no sabe si porque está helando o por el recuerdo de la manera de homenajear a su dama que Ben desarrollaría con los años. Allí y en ese minuto, decide que no permitirá que eso pase. A lo lejos, apenas un punto en la distancia desde la loma en que se encuentran, un vehículo particular se marcha. No necesita visión macroscópica para saber que se trata de la doctora llevándose a Max.

“Estoy aquí, Ben. No necesitas más de la Señora”, deshace el abrazo pero no lo suelta. “Vamos”.

Y cuando dan la vuelta, Sam los está observando con el ceño fruncido.

“Alec…”

“Sam, por favor.”

Sam mira a Ben, lo ve temblar y se le parte el corazón pero de todas maneras niega con la cabeza.

“No podemos”.

“¡Sí, podemos!” protesta Alec pero de inmediato se frena y toma un respiro para continuar. “Él no tiene por qué convertirse en un monstruo”, dice calmadamente y da en el blanco.

Sam acusa el golpe. Mira nuevamente al muchacho que parece no explicarse qué está sucediendo, todo inocencia al parecer. Si no fuera por las historias que Alec le ha contado, él sólo vería un muchacho con las pecas y los labios de Dean y esa expresión perenne de desamparo y soledad en lo profundo de sus ojos verdes. Deja escapar un suspiro y con él, su resistencia.

“Vamos”.

Los tres marchan loma abajo hacia la barrera donde Castiel los espera para hacerlos pasar a través de ella.

Capítulo 32

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