Fic: Cuentas pendientes 32/37

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

32

Dean

El pecho le arde como una llamarada. Conoce la sensación. Es la misma que lo lanzó al espejo alguna vez a examinarse la espalda y a llamar a Cas para una explicación que nunca obtuvo. Por un momento piensa que cuando abra los ojos se encontrará en la habitación del motel de turno, Sam en la otra cama y una nueva marca en la piel para compartir con el ángel. Pero no es así. Es Dalton a quien tiene al frente, sus ojos abiertos como platos, la habitual expresión de asombro constante dibujada en su rostro.

“Deberías estar muerto”, declara el chico con toda seguridad.

El cazador se obliga a parpadear una y otra vez para asegurarse de que en realidad sigue con vida.

“Bueno, estuve cerca”

Intenta moverse bajo la atenta mirada del muchacho. Dios, cómo duele. Cuando logra sentarse y observar a su alrededor, los recuerdos de lo acontecido regresan a su memoria y le hace olvidar todo achaque de su cuerpo.

“Se los llevaron”, le informa Dalton antes de que la inevitable pregunta surja.

El cazador aprieta los labios con rabia, es lo único que puede permitirse en ese momento porque no sacará nada en limpio con dejar escapar la rabia en una pataleta. El tiempo está contando los minutos y necesita poner manos a la obra antes de que sea demasiado tarde para todos, pero en especial para Sam y Max. Se pasa una mano por el rostro con el vano afán de clarificar su pensamiento.

“¿Bobby?”

Dalton se hace a un lado y le señala hacia un rincón del cuarto donde ha colocado el camastro con Bobby encima. Enseguida Dean está sobre el anciano en busca de lesiones.

“Hallé tres costillas fracturadas”, explica el muchacho. “Además de la clavícula derecha y la pierna izquierda. Por lo demás está bien”.

Dean se vuelve hacia Dalton con expresión de no creer la liviandad con que lo ha dicho. El chico se encoge de hombros.

“Está vivo”, termina de decir. “Le dí un calmante. ¿Hice bien?”

“Sí”, responde el cazador a media voz con el ceño fruncido, su atención enfocada en el sube y baja del pecho de Bobby. “Hiciste bien”.

En ese momento, Bobby comienza a dar las primeras señas de querer despertar.

“Oye, anciano”, lo saluda Dean cuando el otro logra abrir los ojos. “¿Cómo te sientes?”

Bobby lo mira con desconcierto.

“¿Cómo si una banda de matones me hubiera dado una paliza?”.

Dean se permite sonreír. Si el viejo tiene ganas de bromear no puede ser tan malo.

“¿Crees que puedas mantenerte bien aquí?” le pregunta ayudándole a incorporarse lo suficiente para tomar un sorbo del vaso con agua fresca que le tiende Dalton.

“La hierba mala nunca muere, Dean”, le responde Bobby tras beber y se acomoda nuevamente en el camastro.

“De acuerdo entonces”. El cazador mira al muchacho significativamente y éste asiente y se coloca al lado del anciano, listo a prestarle cualquier ayuda que necesite. Dean busca entre el caos de la habitación hasta hallar su mochila. Extrae un montón de papeles que esparce por el suelo junto con mapas y otras anotaciones.

“¿Qué estás haciendo?”, pregunta Dalton, curioso.

“Tengo que encontrarlos”, le responde sin detenerse. “Debo hallar un patrón aquí”.

El muchacho escanea de un vistazo los puntos y las anotaciones al margen garabateados en los mapas.

“¿Qué es eso?”

“Logan me contó acerca de tormentas, presagios demoníacos, que aparecieron cuando caí aquí.  Tiene que haber una conexión entre ambos hechos. Si tan sólo pudiera ver…”, repasa con la mano los puntos que marcan las perturbaciones. “Tiene que haber un patrón”. Toma un lápiz y traza líneas uniendo los puntos pero la figura que se forma no tiene ningún sentido para él. Encuentra el diario de Sandeman y rebusca en él en pos de alguna pista pero es inútil. Mierda. ¿Dónde se ocultan los malditos Familiares?

“Tienen templos escondidos bajo tierra, sótanos, bodegas”, habla Dalton y Dean se pregunta si acaso entre sus genes se halla también la capacidad de leer la mente. “La última vez, se hallaban bajo la máscara de una escuela para ricachones”.

“Eso podría ser de aquí hasta Alaska”. Se detiene un momento y coloca una mano nerviosa sobre sus ojos.

“Calma, Dean. Sam está sellado”, intenta consolarlo Bobby.

“Sí y cuando lo descubran, no sé qué puedan hacerles”, levanta la mirada hacia el anciano. “Tengo un mal presentimiento, Bobby”.

El teléfono resuena en el bolsillo de su chaqueta. Casi por inercia lo extrae y, tras un vistazo rápido al visor, se lo lleva al oído.

“No es un buen momento, Logan”.

“¿Dean? ¿Sucede algo malo?”.

“Todo, amigo. Es largo de contar ahora. Tengo que colgar.”

“¡Espera! Esto es importante, creo. Las tormentas. Se han ido”.

“¿Qué?”.

“Las tormentas, todas ellas, han desaparecido, como si alguien las hubiese removido”.

“…”

“¿Dean?”.

“¿Hace cuanto sucedió eso?”.

“Quince minutos”.

“…”

“¿Dean?”.

“Te llamaré después”. Corta la comunicación y de inmediato vuelve a marcar.

”¿Dix? Dean. ¿Recuerdas la fecha en que caí entre ustedes?”.

“Uh… sí… eso creo”.

“Necesito que encuentres los informes de cada tormenta aparecida entre Lawrence y Seattle y rastrees su progresión de crecimiento desde esa fecha hasta hoy y lo necesito ahora. Acaban de desaparecer hace quince minutos. Averigua sobre su declinación también”.

“Deaaaacuerdo… pero, ¿qué estoy buscando?”.

“Una ubicación”.

“Muy bien, la tendrás”.

“Necesito que te apures”.

“De acuerdo, no te preocupes”.

Cuando corta la comunicación, los otros dos en la habitación le observan con curiosidad y preocupación.

“¿Encontraste algo?”.

“Es sólo una corazonada. Pero no tengo nada más”.

Media hora más tarde, Dix llama de vuelta.

“¿Y?”.

“Comienzan y terminan en un lugar sobre Omaha, Nebraska. Eso es muy raro. Nunca había visto algo similar”.

“¿Puedes decirme el lugar exacto?”.

“¿Quieres decir una ciudad?”.

“Quiero decir una ciudad, una calle, un número”.

La risa incrédula de Dix se escucha a través del teléfono.

“Estás bromeando, ¿verdad?”.

“No”.

“Uh… bueno, entonces, es no”.

”¿Puedes localizarme?”.

“Sí, puedo conectarme a un satélite de la policía en este minuto”.

”Grandioso. Hazlo”.

“Hecho”.

“Excelente. ¿Puedes rastrear infomación visual de este lugar unas horas atrás?”.

“¿Cuánto?”.

“Tres o cuatro horas”.

“¿Qué estoy buscando ahora?”.

“Un vehículo. Tal vez, dos. No lo sé exactamente”.

“Veamos…” el cazador puede escuchar los dedos ágiles del transgénico volando sobre el teclado. “Lo tengo. Dos camionetas negras, al parecer blindadas. ¿Es lo que querías?”.

“¿Puedes seguirles la pista?”.

“Sí, enfilaron hacia el sur, a… ¿Nebraska? Lo mismo que las tormentas”.

“¡Sí!”, exclama victorioso el cazador poniéndose de pie. “¿Cuál es el final de la ruta?”.

“Bueno,… Ups, lo lamento. Los perdí”.

“¿Qué?”.

“Desaparecieron a las 3 horas, 20 minutos”.

Dean deja escapar un suspiro de frustración mientras comienza a pasearse de un lado a otro.

“¿Dean?”, tantea Dix.

“Sí, aquí estoy” se pasa una mano por el rostro. “¿Existe algún edificio cerca del lugar donde las camionetas desaparecieron? ¿Algo como una fábrica, una escuela o algo parecido? ¿Algo aislado y escondido?”

Nuevo tecleo al otro lado de la línea.

“Hay algunas posibilidades”.

“De acuerdo, voy para allá. Envíame los detalles”.

“Te guiaré una vez que estés en Omaha”.

“Gracias”.

De inmediato, recoge los papeles, el diario, su mochila y va hacia el camastro.

“Bobby…”

“Ve”, dice el anciano. “No es como si fuera la primera vez que paso por esto. Lo superaré. Vete ya.”

Dean literalmente vuela en busca del jeep estacionado en el garage. Por un momento considera el sacar de su hibernación a su nena, pero debe rendirse ante el hecho de que lo que necesita en ese momento es más velocidad de lo que puede darle ella. Deja sus cosas en el asiento trasero y al darse la vuelta se encuentra de lleno con Dalton.

“¿Qué estás haciendo aquí?”.

“Me necesitas”.

“No, lo que necesito es que cuides de Bobby”.

“Estás herido”.

“No, no lo estoy. Sanamos rápido, ¿recuerdas?”.

“No lo suficiente”.

“Estoy bien”.

Entonces la vista del muchacho desciende hasta la mano de Dean que se asoma por la manga de la chaqueta.

“¿Qué es eso?”.

El cazador levanta su mano hasta tenerla frente a él. Dorso y palma están cubiertos por líneas negras formando una extraña escritura. Bufa, divertido.

“Hum, ¿una pequeña ayuda de mis amigos?”.

“¿Qué?”.

“No importa”, olvida el descubrimiento y en cambio toma a Dalton de los hombros. “Escucha. Necesito que cuides de Bobby. De verdad. No confiaría en nadie más para cuidar del viejo”.

Dalton lo mira, enfadado.

“Bueno, no hay nadie más aquí tampoco”.

Dean se sonríe a medias.

“¿Lo harás?”. Reluctante aún, el chico asiente con un movimiento de cabeza. Aún así, el cazador lee el temor en sus ojos. “No voy a perder a Max”, le asegura. “Y tampoco a Sam”.

“¿Qué hay si tienes que elegir entre los dos?”.

“Eso no pasará”.

“Pero…”

“No pasará”, repite y lo mira directo a los ojos.

El chico vuelve a asentir y le deja el camino libre para que suba al vehículo. Pero aunque lo ha dicho con total seguridad, Dean no puede evitar que el miedo se aglutine en sus entrañas mientras echa a andar el motor, porque no sabe qué diablos haría si lo que acaba de plantear Dalton llegara a suceder.

Max despierta con la sensación odiosa de no tener el más mínimo control sobre su cuerpo. Ramalazos de dolor atraviesan sus músculos. Está atada con fuertes grilletes, las manos por sobre su cabeza y los pies fijos al suelo por cortas y firmes cadenas. Nadie la ha subestimado allí. Un hombre en un hábito marrón la vigila desde una distancia prudente.

Sam comienza a moverse débilmente recuperando la conciencia. Está recostado sobre lo que parece una losa circular, pies y manos aprisionados en anillos contra su superficie. Surcos profundos como canaletas decoran la losa.

“¿Sam?”, lo llama la morena sin importarle la presencia de su guardián. “¿Estás consciente?”

El cazador la busca medio a ciegas en las penumbras del lugar siguiendo el sonido de su voz.

“Sí… eso creo”, dice, el agotamiento patente en su respuesta.

Hay antorchas en las paredes de lo que parece ser un calabozo. El hombre que les vigila echa a andar hacia las puertas dobles de la entrada, las abre y se hace a un lado para dejar paso a una figura que se recorta contra la luminosidad proveniente del exterior. Con una seña, el recién llegado le indica al de la capucha que puede retirarse. Max no tarda en reconocer el andar soberbio y la sonrisa fastidiosa.

“Bueno, bueno, bueno”, se acerca a paso lento hacia la morena. “Ha pasado tiempo, 452. ¿Estás cómoda?”

“Fenomenal. El servicio es digno de ti, White”

Desde el otro lado de la habitación, Sam se esfuerza por alzar su cabeza y obtener un vistazo del hombre.

“¿White? ¿Éste es WHITE?”, se ríe tanto como puede en su posición. White se vuelve hacia él, su rostro imperturbable. “Perdón, amigo. Es que eres… un poquito menos impresionante de lo que pensé”

La intensa mirada del hombre, sin embargo, obliga a Sam a recuperar poco a poco la seriedad.

”Así que…”, añade entonces White concentrándose nuevamente en Max. “Supongo que hallaste el significado de tus tatuajes. De otra manera, no te hubieras tomado tanta molestia para encontrarlo”, señala con un breve gesto hacia Sam y se sonríe, satisfecho. “y traérnoslo. A propósito, gracias”

La morena le sonríe de vuelta, indulgente.

“Tú, siempre confundiendo las cosas. Sólo trataba de ayudar a un amigo a encontrar a su hermano”.

“Un amigo. Claro. Ese anormal compañero tuyo, 494, el sujeto con el trastorno de personalidad múltiple”.

“Sí, exactamente. El mismo que te patea el trasero, con mi auspicio, cada vez que te lo topas”.

White ríe sin alegría.

“Descifré el código en tu ADN”.

“Bien por ti”.

“No me gusta lo que encontré en él”.

“¿Debería sentirme mal por eso?”.

”No importa ahora”, continúa el hombre. “No va a suceder. Nunca. Nosotros ganamos”.

“Quizás estaría más molesta si supiera de qué estás hablando”.

“Hablo acerca de ti y ese sucio secretito dentro tuyo”

“De nuevo. No tengo idea de lo que tú y tu afiebrada mente han estado imaginando”.

“El Advenimiento, 452. Me refiero al Advenimiento y el pretencioso plan de Sandeman para detenerlo”.

El advenimiento. La palabra, oída por primera vez hace un par de años en los labios de un niño, produce un estremecimiento en Max.

“¿Qué tiene que ver Sandeman? ¿Qué tiene que ver conmigo?

“Sandeman puso en ti la esperanza de una cura”

“¿Una cura para qué?”

“Max”, llama Sam desde su lugar, muy serio. “El Advenimiento es una plaga”.

Todo encaja entonces. El proceso de selección entre los familiares. El fin del mundo del que le hablara Dean. El Apocalipsis.

“El patógeno”, concluye, horrorizada. “Vas a lanzar tu mierda a los humanos”.

“Una nueva tierra, un nuevo cielo… una nueva raza. Nuestra raza”.

Entonces, de allí el apuro del genetista por crear un ejército de transgénicos, por advertir a Sam, por crear a Alec y Ben… por proteger la raza humana.

“No puedo creer que seas hijo de Sandeman”.

“Él era tu padre. No el mío. Ya no. Él era una vergüenza. Amaba a la humanidad. ¿Por qué? No lo sé. Toda esa imperfección, esa debilidad es… repelente”.

“Sí, porque trabajar con demonios es mucho más limpio, ¿verdad?”, replica Sam.

“¡Silencio!” White ni siquiera se toma la molestia de voltearse para contestar esta vez. “Si Sandeman no hubiese estado jugando las cartas del Cielo, no estarías sobre esa losa sino ayudando a poner el universo en orden”.

“Es lo que he estado tratando de hacer desde que me convertí en cazador. Y puedo asegurarte que te hubiera cazado si hubiera sabido de tu existencia”.

“Estamos perdiendo el tiempo”, decide White. Al golpe de sus palmas las puertas del calabozo vuelven a abrirse y un par de encapuchados hacen su entrada portando una daga larga y fina como un punzón y una serpiente viva e inquieta. “Hay que trabajar”.

White comienza a recitar. Enoquiano, muy oscuro, según puede reconocer Sam, mezclado con otro idioma extraño y, al parecer, arcaico. El hombre de la serpiente se acerca a una señal y deposita al animal sobre el torso del cazador.

“E- espera, ¿qué haces?”, Sam mira hacia la morena en busca de la respuesta que no encuentra en los encapuchados mientras la serpiente repta hacia su rostro. “¿Max?”

Pero Max está tan inquieta y confusa como él.

“No te muevas, Sam”, le advierte en tanto el animal rodea la cabeza del cazador. Sólo espera que el rito no incluya el veneno de la serpiente. Los trangénicos pueden ser inmunes, pero no está segura si los poderes de Sam abarcan también esa clase de situaciones. Con rabia, hace la intentona de liberarse una vez más de sus cadenas aunque sabe muy bien que será inútil. Afortunadamente, la serpiente es retirada antes que pueda producir algún daño y su cabeza cercenada en un platón de metal. Enseguida, White está sobre Sam enarbolando la daga. Max contiene la respiración. Si el sello fue mal realizado o simplemente no funciona como lo describió Sandeman en sus notas, ambos, Sam y ella, y por demás la humanidad, estarán condenados. La daga cae sobre el pecho del cazador con violencia, pero en vez de desgarrar la carne, se quiebra en dos. El sonido de sus restos rebotando contra el suelo es lo único que se escucha en el silencio que sigue. White sólo atina a mirar el mango de la daga rota mientras los otros dan un paso atrás, temerosos de lo que podría significar. Finalmente, Sam rompe el silencio al comenzar a reír entre el alivio y la alegría.

“¿Qué demonios sucede?”, despotrica White.

“No deberías subestimar a Sandeman”, le explica Max desde su lugar.

El hombre arroja con rabia el resto de la daga al suelo mientras de su boca salen palabras ininteligibles llenas de enojo. Empuja con violencia a ambos encapuchados y los golpea, expulsándolos de la habitación.

“¿Qué mierda hiciste?”, vocifera White fuera de sí, avanzando nuevamente hacia Sam. “¡QUÉ MIERDA HICISTE!”.

“¿Por qué tendré siempre que resolverlo todo yo?”, la figura de un hombre de baja estatura enfundado en elegante traje negro surge de entre las sombras. “White, mi hombre, calma. Ese carácter tuyo te va a matar antes de tiempo”.

Sam no puede creerlo.

“¿Crowley?”

El otro le sonríe.

“Hola, Winchester. Es bueno ver una cara conocida”, enseguida le señala a White el pecho descubierto y trazado con líneas negras del cazador. “Está sellado, tarado”, se vuelve de nuevo hacia el cuerpo atado en la losa echandole un vistazo apreciativo. “Quizás si te hubieras tomado el tiempo de leerle los pectorales, te habrías percatado de ello”. Por alguna razón, Sam se siente vejado por la mirada del demonio. Crowley se da cuenta de ello. “¿Te pongo nervioso?”, le sonríe, perverso mientras alarga una mano hacia el sello, examinándolo. “Los Guardianes de Sandeman se creen unos sabelotodos. Como sea, bonito trabajo”, sigue con sus dedos el trazado hecho por el cuchillo de Bobby provocando un estremecimiento involuntario en Sam. “Pero cuando el viejo escribió el conjuro…”, continúa. “…no estaba pensando en el rey del infierno”.

“Adivino que tienes una solución a esto entonces”, replica White, los puños aún tensos.

“Por supuesto, mi amigo. Un simple sello no puede contra mí…” saca una funda alargada de cuero desde su bolsillo y la sostiene por el cordón que le da cierre. “…y una pequeña y simple daga. Bueno, no tan simple”. Extrae desde la funda una daga del color del marfil, grabada en su hoja con signos intrincados.  “¿Recuerdas ese favor que te pedí años atrás? ¿De tus asesinos? Bueno, eso es. Sólo un respaldo pero al final del día, muy útil”

“¿Y cuándo pensabas explicarme todo?”, reclama el Familiar acercándosele en una actitud que pretende ser amenazadora.

“Perdón”, se disculpa Crowley falsamente, a todas luces para nada intimidado. “Lo olvidé”.

Se acerca y se inclina sobre Sam sosteniendo el cuchillo por la punta de la hoja y el fin del mango con la yema de sus dedos ante él. “Verás”, le explica. “Ésta es una fina y rara pieza de arte. La materia prima es muy difícil de hallar. Procede de un especimen muy escaso en estos tiempos. Nadie jura tan fácilmente lealtad al cielo y sus ángeles. A menos, claro, que mantenga una relación enfermizamente co-dependiente con su hermanito”.

La sorpresa da paso de inmediato a la rabia en el cazador. Sam siente cómo sus entrañas se retuercen con furia.

“¡Tú, pieza de porquería!”

“Sí, amigo mío. Entendiste bien. Un Sirviente del Cielo. Son tan pocos, ¿no? Así que esto es un regalo”, examina la hoja por lado y lado. Se ríe solo, perdido en un pensamiento. “Perdón”, se disculpa aunque nadie le ha pedido explicación. “Es sólo que… Dean siempre fue un hueso duro de roer”. Y vuelve a reír. “Perdón”

Max ve la furia irradiando del cazador mientras el hombre de negro continúa riendo.

“¿Sam?”, inquiere.

“Mató a Dean”.

“¿Qué?”

“El almacén en la carretera, el hombre que disparó a Dean… todo fue planeado por esta escoria”.

La morena se vuelve hacia Crowley.

“¿Y quién exactamente es esta escoria?”, quiere saber, detestando desde ya al sujeto con todo su ser.

“Yo, mi dama”, le responde el demonio, agitando el cuchillo en su mano en forma casual mientras se le acerca. “soy la razón por la cual esta encantadora gente va a ganar esta guerra”. Coloca la punta de la hoja en el borde del top de la morena. “Crowley, el rey del infierno”, y de un solo tirón desgarra la prenda de arriba a abajo dejando al descubierto los tatuajes bajo la ropa interior. El demonio se detiene un momento en ellos, observándolos con detención. “Encantado de conocerte”, con un rápido movimiento abre un surco profundo en el estómago de la mujer con un lado de la hoja y luego otro con el contrario tiñendo el arma de rojo.

“¡Mierda!”, exclama Max, incapaz de contenerse ante el dolor de la herida.

“Lo siento, dama. Es desagradable, pero vas a estar bien… por ahora”. Como si fuese un trazo de humedad en una superficie ardiente, la herida se cierra sin dejar siquiera una cicatriz. “¿Ves?” y entonces se calla, toda su atención en las líneas negras que han comenzado a bajar desde el pecho hacia el vientre de la mujer envolviéndolo por completo. “Oh, vaya”.

“¿Hay algo mal?”

Crowley ignora a White. En cambio, vuelve a reír de buena gana.

“Debería haber adivinado que el puto Winchester no podría resistirse a un par de buenas tetas delante suyo”

“¿Qué quieres decir?”, insiste el Familiar.

Crowley nuevamente lo ignora y avanza un paso más hacia Max hasta quedar a centímetros de su rostro, suficiente para que le escuche hablar en tono bajo.

“¿En serio? ¿Tú, querida? ¿Tú? ¿La elegida? ¿La única? Hubiera pensado que en tu estatus serías inmune a sus encantos.” Sonríe con malicia. “Me equivoqué”. Se inclina hacia su oído, llenando el olfato de la morena con aroma a azufre. “¿Fue bueno? Apostaría a que sí. Si alguien sabe cómo hacer felices a sus rameras en la cama, ese es Dean. A todas ellas. Y han habido muchas, sabías eso, ¿verdad? Yo no me ilusionaría demasiado. Eres sólo un polvo más en su vida”. Se aleja lo suficiente para apreciar lo que sus palabras hacen al ánimo de la muchacha. “Él no vendrá por ti. Por su hermano, por el mundo, oh sí… ¿por ti? Nah. Piensa en eso mientras mueres”.

“¡Púdrete!”

“¿Qué sucede?”, pregunta White desde atrás.

“Lleva algo que le pertenece a su compañero”.

“¿Será un problema?”.

“No, para nada”. Acaricia descaradamente el tatuaje del pecho por sobre el sostén. “En cambio, esto podría serlo si no lo hacemos bien”.

“¡Déjala en paz, bastardo!”, brama Sam de inmediato.

“Aww… Qué tierno. El pequeño, que no es tan pequeño ahora, defiende la propiedad de su querido hermano mayor”.

“Los demonios mienten, Max”, le dice a la morena. “Él sólo quiere confundirte”

“Yada, yada, ya…”. Crowley  camina de regreso a la losa donde se encuentra Sam. “Siempre el mismo discurso. ¿Sabes, querida?” gira a medias buscando de nuevo a Max. “Ese es el problema. Les decimos la verdad y ustedes no nos creen a causa de ese mito. Sólo porque en algunas ocasiones, por aquí y por allá, hemos mentido”. Levanta el cuchillo moviéndolo con calma de lado a lado para que la sangre cubra la totalidad de la hoja. “Entonces, ¿qué debería hacer ahora? ¿Tal vez romper el sello para permitirle a White tener su diversión? ¿y dejar que todo ese poder salga libre? Pero eso no sería sabio de mi parte porque no tardarías en intentar enviarme de regreso a mis posesiones o, peor aún, convertirme en bonito humo y ceniza. Aunque… quizás no, porque jamás has dejado que ese poder se desarrolle en su plenitud a pesar de todas las oportunidades que puse en tu camino. Lamentablemente para todos nosotros, tuvo que aparecer ese necio de Sandeman y traumarte para toda la vida”. Sam puede ver desde su posición que la sangre se ha coagulado en torno al hueso de la hoja. “Así que me ví obligado a cambiar mis planes”, suspira el demonio teatralmente. “¡Podríamos haber sido tan felices!. Tú y yo, y un infierno en la Tierra. Una pena. Pero, no hay que preocuparse. Todo ese poder no será desperdiciado. Estará en mejores manos ahora”.

“Sé que te gusta mucho escuchar tu voz”, interviene White con impaciencia. “Pero, tenemos una tarea que cumplir. Por lo tanto, ¿ahora qué?”

“Bueno”, replica Crowley imperturbable. “lo correcto sería comenzar el ritual desde el principio, esperar que tu animalito haga su paseo a gusto sobre nuestra valiosa víctima antes de cortarle la cabeza y extraerle su ponzoña como lo dicta el libro”.

Y entonces, en un movimiento espeluznantemente rápido, el demonio hace un corte profundo en el cuello de Sam con la punta del cuchillo. Max ni siquiera alcanza a procesar lo que acaba de suceder, tan sólo puede ver, como en cámara lenta, a Crowley retirando el cuchillo y la sangre brotando desde la carótida del cazador. También ha tomado por sorpresa a White.

“Pero, acabas de decir…”, balbucea confuso.

“Nos ahorro tiempo”.

“Pero el libro…”

“Yo escribí el libro”. El demonio sonríe ante la expresión de desconcierto en el rostro del hombre. “¿Qué puedo decir? Me gusta la literatura”.

La sangre de Sam cae a pequeños borbotones sobre la losa y se escurre hacia las canaletas hasta desembocar en una vasija.

“Debes apresurarte, amigo mío. El otro Winchester vendrá por su hermano…” le echa una mirada rápida a Max a su espalda. “…y su puta” y se ríe quedamente.

White bufa con burla.

“¿Te refieres a 494?”

“¡Me refiero a Dean Winchester!” replica cambiando abruptamente el tono risueño por el enfado. “¡Maldición! ¡Crees en tantas cosas tontas y no eres capaz de tener fe en mis palabras! ¡El sujeto es de cuidado, no importa qué envoltorio lleve! ¡Así que apúrate antes de que aparezca por aquí con su sobrepotenciado organismo y encuentre la manera de detenerte!”

White le sostiene la mirada tanto como es capaz.

“Haré… Haré los preparativos”, dice al final y se retira evitando darle la espalda al demonio hasta el último momento antes de alcanzar la puerta.

“Sammy, Sammy”, repite con simulado pesar. “No luches. El cuerpo humano contiene cinco litros de sangre”, se desplaza hacia el extremo del brazo izquierdo y desgarra la muñeca con un corte vertical. La sangre fluye hacia las canaletas. “perderla toda puede llevar desde unos minutos hasta horas. Tú eliges. Continúa forcejeando y estarás muerto en ocho minutos”, rodea la losa buscando el otro brazo. “Al sabio romano Petronio, que se suicidó cortándose las venas durante un banquete, le dio tiempo a hablar de filosofía. Pero, ¿sufrió?”. Hace el corte en la otra muñeca. “En absoluto. Puedes perder hasta el 15% de la sangre sin sentir más que un mareo. Pero conforme aumente la hemorragia, sufrirás una grave hipotermia, hasta que, tras perder 2,5 litros de sangre, entrarás en coma. No está mal, ¿eh? Y después la gente dice que somos crueles”.

El cazador intenta responderle, desafiante, pero su garganta ha comenzado a inundarse y cuando abre la boca es sólo para expulsar más sangre aún.

“Uhm… al parecer esto será más rápido de lo presupuestado”, mira a la morena quien tiene el gesto demudado en horror. “Me temo que tendré que dejarlos a solas por unos cuantos minutos. Debo prepararme para un banquete. ¿Lo vigilas por mí? No tardo”.

El cazador escucha el sonido de las puertas al cerrarse tras el demonio. El golpeteo de su corazón acelerado le llena los oídos. Intenta recordar: el shock por hemorragia acarrea mareos, sed, hipotermia. Gira con esfuerzo su cabeza hacia Max. Ella abre la boca. Está llamándolo pero él apenas le escucha.

“Sam…”, está gritándole. “¡Sam!”

Piensa en Dean, su hermano muerto; Dean, resucitado en el cuerpo de un fenómeno de la genética; en los años de soledad, escondido en un punto muerto del planeta; en los últimos días en casa de Bobby… Y ahora todo termina de esta manera tan poco honorable. Abre la boca y un burbujeo le responde desde su interior.

“Lo siento” logra decir, cansado, y es apenas un susurro porque la vida se le está yendo.

“¡Saaaam…!”

Capítulo 33

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