Fic: “Cuentas pendientes” 34/37

Estándar

Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

34

Dean

“Necesitarás toda la sangre”, apura Crowley.

White lucha contra el impulso de hacer una arcada. Mira la jarra que tiene entre manos, llena hasta los tres cuartos del líquido escarlata, y luego al cuerpo pálido y de ojos abiertos en la losa. “Será mejor si te das prisa”, insiste el demonio olisqueando el aire a sus espaldas. “Batman ya viene”.

Al otro lado del sótano, Max mantiene los ojos cerrados a la escena, incapaz de afrontarla, las mejillas húmedas por el anterior llanto. Ha visto el último aliento escapar del hermano de Dean con impotencia. Ni siquiera puede, tampoco quiere, imaginar lo que el hecho producirá en el cazador.

White respira profundo y se lleva la jarra a los labios. Acaba el contenido hasta el fondo sin perder una gota dándose apenas tiempo para recuperar oxígeno. Atrás, una de las mujeres que asiste al rito se aparta a una esquina con nauseas y es retirada de inmediato. Un estómago débil no debe pertenecer al Cónclave. Sus hombres se encargarán de eso. Hubiese sido deseable que el Maestro estuviese allí para verle revertir los fracasos del pasado. Sin embargo, Crowley había sido muy específico al decir que no trataría con nadie más el asunto. A ojos de los Mayores, 452 es tan sólo una obsesión vinculada a Ray, su hijo. Nunca han logrado entender su importancia. Pero White sabe más, gracias a Crowley. Si no fuera por el demonio, jamás habría podido descifrar el significado último depositado en el ADN de 452; jamás se habría enterado que el Cónclave iba directo al fracaso.

“Perfecto”, anuncia satisfecho Crowley asomándose hacia el fondo de la jarra vacía. “Repite después de mí”. De la boca del demonio surgen palabras de sonidos extraños que el Familiar repite sin titubear. Crowley sonríe. “Bien”

“¿Ahora qué?”

“Tan sólo…”, el demonio da un paso atrás sin apartar su vista del Familiar. “…esperaremos”

“¿Esperar qué?”, comienza a impacientarse White.

Crowley da otro paso atrás y le señala el suelo a sus pies.

“Eso”

Un remolino gris ha comenzado a formarse alrededor del hombre y va cobrando cuerpo con rapidez. Se mueve de un lado a otro sin perder su centralidad, cambiando de dirección de cuando en cuando, siempre en torno a White. El Familiar alarga la mano hacia el torbellino y éste cambia de forma y se acopla a su brazo. Súbitamente, se da cuenta que el extraño fenómeno es sólo la respuesta a una energía mayor, una que emana de él mismo y va in crescendo. No puede contener un gruñido de gloria cuando ésta se conecta a sus venas. Un calor nuevo nace desde lo más profundo de sus entrañas y amenaza con fundirlo todo alrededor.

Las antorchas se expanden, las puertas explotan y escapan de sus goznes, todos los hombres dentro de la habitación caen calcinados sin tiempo para gritar su horror. White ríe, embriagado por la sensación de poder.

“Oh, hombrecito” sonríe Crowley. “Pareces tan feliz. Lástima que no vaya a durar”.

White está a punto de pedirle una explicación, convencido de que ahora puede sacarle hasta una confesión de fe si fuese necesario, cuando comienza a sentir el cambio. Mira hacia abajo y su vientre ha comenzado a hincharse.

“¿Qué… qué es esto?”

Crowley se acerca con paso cansino.

“Sólo un pequeño detalle que olvidé compartir contigo”, alarga el brazo hacia él. “Permíteme ayudar”. Deposita la mano sobre la cabeza del hombre. “Fue un placer”,  abre la boca y pronuncia una última palabra, ronca, sorda, profunda y entonces White grita. Un humo, rojo como la sangre que acaba de digerir, abandona su cuerpo a través de su garganta y va directo hacia la boca abierta y dispuesta de Crowley. Y a medida que sucede, White se convierte en un saco de piel y huesos resecos que cae vacío al suelo. El demonio hace los restos a un lado con un puntapié. “Los niños no deberían jugar con las cosas de sus mayores”. Levanta la mirada hacia Max y puede ver que ya tiene toda su atención. Le sonríe.

“Tenemos asuntos que discutir”.

“Yo no tengo asunto alguno con demonios”, sisea ella, las palabras de Sam muy cercanas todavía en su oído.

“Bueno, yo sí puedo imaginar unos cuantos temas”, Crowley avanza hacia ella sin prisas hasta colocársele al frente. “Por ejemplo, ¿cuánta diversión puedo obtener de ti antes de fastidiar tu destino?”

El demonio recibe el escupitajo de la morena en pleno rostro. Ríe sin alegría mientras extrae un pañuelo de su bolsillo y con toda calma limpia la respuesta de la chica de su mejilla.

“Una gatita salvaje. ¿Por qué no me sorprende?”. Se le acerca aún más obligándola a ladear su cabeza para evitarlo. ”Puedo hacer contigo lo que me de la gana ahora, ¿sabes eso?”, continúa diciendo en un tono conspiracional. “¿Qué sería bueno? ¿Destruir esa cosa que llevas dentro? ¿La última esperanza de la humanidad? ¿Qué tal si te devuelvo a tu novio con un pequeño demonio adentro? ¡Mierda!” finge enojo. “Olvidé tu antidemoníaco ADN”, suspira, “Hubiera sido divertido”.

Se aleja lo suficiente para darse espacio y alargar una mano hacia el rostro de la muchacha. Ella intenta hacerle el quite inútilmente.

“No te atrevas a ponerme una mano encima otra vez, hijo de puta”.

“¿O qué? ¿Tienes algún poder escondido que mostrarme?”, señala con un gesto de su cabeza hacia el cuerpo de Sam. “A él le hubiera sido útil”.

“Bastardo”.

“Aw, hieres mis sentimientos, querida”, se hace un paso hacia atrás con un fingido gesto de dolor en el pecho. “Verás, todos tenemos buenas razones para hacer lo que hacemos: salvar a la gente, evitar el Apocalipsis, purificar el planeta…”. Se ríe entre dientes. “Ese estúpido némesis tuyo. Pensó que se convertiría en el rey de la Tierra. ¡Ustedes son tan divertidos!”. Termina de reír. “Como sea, en mi caso, la crisis de espacio también ha alcanzado mi terruño, allá en el infierno. Necesitaba expandir mis horizontes. Pero para eso, había que limpiar el área en primer lugar. La plaga me pareció una buena idea. Obtener los poderes de tu cuñadito aún más. Así que aquí estamos”.

“Acabaste con White. Tienes el poder de Sam. La Tierra y el Infierno son tuyos. Yo ya no puedo detenerte. Entonces, ¿qué quieres de mí?”.

“¿De ti? Tan sólo que te mantengas fuera de mi camino, querida. Tristemente, Sandeman te puso justo al medio“. Se acerca nuevamente y le acaricia la mejilla. “Así que, lo siento”. Deja resbalar la mano desde el rostro de la morena hacia su pecho allí donde comienzan las líneas de los tatuajes. “Tengo que matarte”, posa su dedo índice en el inicio de una de ellas y al arrastrarlo sobre la piel de la muchacha, la línea arde y desaparece, arrancando un grito de dolor de Max. “Y,…”, continúa mientras agrega los dedos restantes y los mueve sobre la piel dejándola libre de todo trazo. “…con gran placer,…”, se detiene y la obliga a mirarlo directo a los ojos sosteniéndola de la barbilla con la otra mano. “…a tu novio también”.

Se voltea con un controlado movimiento y allí, en el umbral de la puerta, justo donde esperaba encontrarlo, Dean lo observa con el puño apretado alrededor de la daga matademonios y la furia irradiando de todo su cuerpo en tensión.

“Dean, querido amigo”, saluda Crowley la ironía bailando en el filo de su lengua. “Deberías bajar el volumen de tus pensamientos. Lo sé, lo sé. Estás enfadado. Es comprensible”, echa un vistazo al cuerpo exánime de Sam. “Mis condolencias”.

Pero Dean no tiene tiempo para lamentarse por lo que tiene ante sus ojos. En un fluido movimiento que lo convierte en apenas un borrón, alcanza al demonio y le cercena la garganta hasta la mitad de la tráquea.

“Maldito Sandeman”, farfulla Crowley mientras cae al suelo ante la sorpresa de Max y del mismo Dean, la sangre brotando a borbotones entre estertores.

“No puede ser tan fácil”, dice ella sin creerlo aún.

“No, no puede”. Dean, se vuelve hacia la muchacha, el ceño fruncido. “Mantén un ojo sobre él”. Con certeros golpes de cuchilla la libera de sus ataduras y la recibe cuando las piernas no le responden. “¿Estás bien?”

La morena asiente y se le abraza.

“Lo lamento tanto, Dean. No pude hacer nada. Lo siento.”

El cazador sólo cierra los ojos y responde al abrazo. No quiere mirar hacia el cuerpo en la losa todavía. “Lo sé”.

Entonces, los resuellos agónicos de Crowley se convierten en algo diferente que los obliga a ambos a colocarse en guardia nuevamente. Está riendo. Con toda calma, el demonio se incorpora y los encara dejando ver su cuello completamente sano.

“Te olvidas de algo, mi amigo: tú y yo ya no somos los mismos”, apenas un gesto de su cabeza y las ligaduras recién cortadas cobran vida y se enredan en Max para colgarla en las alturas sin que el cazador alcance a reaccionar. Crowley aparece frente a él. “Dame tu mejor golpe, muchacho”, lo desafía.

Dean le lanza una nueva estocada que termina en la nada. Crowley está a su espalda ahora sólo que ya no es el hombre de acento británico que viste de negro. Atrás del demonio han crecido dos pares de inmensas alas rojas que parecen alcanzar el techo amenazando la figura suspendida en el aire. Un rabo asoma desde la nada y azota al cazador estampándolo contra la pared. El aliento a azufre es lo primero que nota Dean cuando se aleja el aturdimiento. El demonio lo sostiene contra el muro con una garra enorme en su cuello. Su rostro se ha deformado en una máscara horripilante. Y aún está riendo.

“Sé que no puedo tocarte con mi mojo. ¡Maldito Sandeman! ¡Mil veces maldito!. Pero,…” y comienza a presionar alrededor de la garganta del cazador. “…veremos qué puede hacer esta cosa que le robé a tu hermano”.

Los dedos poderosos se hunden alrededor del cuello del cazador hasta que el crujido de las vértebras arranca ecos en la sala.

“¡Noooo…!”, grita Max desde arriba, pero es inútil. El demonio se aparta y deja resbalar el cuerpo hacia el suelo.

“¡Sííííííí…!”, exclama con sorna el demonio mientras arregla su corbata. “Eso es”. Al segundo siguiente, ha recuperado su forma humana. “Así que…”, mira hacia Max en lo alto. “…¿en qué estábamos?” Pero entonces, un ruido a sus espaldas le hace rodar los ojos con impaciencia. “Mierda”. Voltea a mirar. “¿No te cansas de ser una molestia?”. Dean está de pie y preparado para una segunda vuelta. “Déjame adivinar: también tienes un escudo, ¿verdad?”

“Tú lo dijiste:”, responde el cazador, “ya no somos los mismos”.

Las alas retornan a la espalda del demonio y el traje da paso a un remedo de piel escamosa y roja.

“Es verdad”.

Ambos arremeten con violencia como si hubiesen convenido en ello.

Dean evade la carga y planta un golpe poderoso en el cuerpo de Crowley a quien lanza al otro extremo de la mazmorra, arrasando a su paso con todo lo que aún se mantenía en pie. El cazador cae sobre sus pies, en posición para el próximo ataque, al lado de la losa donde yace el cuerpo de Sam.

“¡Dean!”, le grita Max desde lo alto. “¡El cuchillo!”

“¿Qué?”

“¡El cuchillo, a tu izquierda!”

El cazador gira y busca donde la morena le indica. En el suelo, entre utensilios despedazados y calcinados, se destaca la forma blanca de una daga construida en una sola pieza. Dean la coge en su mano mientras en el otro extremo de la habitación Crowley ya se recupera.

“¡Asesinó a Sam con eso!”, le advierte Max.

El demonio, su rostro transformado de nuevo en una máscara roja horrible, hace una ademán con su garra y una de las sogas se introduce en la boca de la morena haciéndola callar.

“¡Juego limpio, por favor, mi dama!”.

Dean examina la daga y luego levanta la mirada hacia Crowley quien aguarda pacientemente a que termine su inspección. El cazador puede darse cuenta, por la manera en que los ojos del otro no se despegan del arma, de que no se trata precisamente de caballerosidad en la batalla.

“¿Qué es esto?”.

“Una rara pieza de mi colección que me gustaría me devolvieras, gracias. Es muy costosa.”

Dean aún se toma su tiempo para leer la inscripción.

“La gracia de un Sirviente del Cielo, ¿uh?”, traduce y vuelve a centrar su atención en Crowley, atento al más mínimo cambio en su expresión. “¿Se refiere a mí?”.

“¡Vamos!. ¿Tu ser egocéntrico no puede pensar en otras posibilidades? ¡Cuántos otros Sirvientes deben haber revoloteando por ahí!”.

Pero no logra engañarlo.

“¿Fuiste tú? ¿Tú me asesinaste? ¿Por esto?”.

El horrible rostro se tuerce en una sonrisa.

“Touché.”, se rinde.

“Tienes miedo de esta cosa”, continúa Dean.

El demonio se encoge de hombros, restándole importancia.

“Tal vez un poquito,…”, confiesa. “…antes. Como sea, sabes muy bien que no puedes matarme ahora”. Un gesto y todas las antorchas de la mazmorra vuelven a la vida. “Son los poderes de Sam, ¿recuerdas?”.

“Tal vez”, concede el cazador. “Pero tú tampoco me puedes matar a mí”.

“Hasta que remueva los tatuajes de tu pecho. ¿Cuánto crees que me lleve conseguirlo?”.

“Más de lo que me tomará a mí enviarte de vuelta al infierno”, coloca el cuchillo y todo su cuerpo en posición de ataque. “Dame tu mejor golpe”.

Cargan otra vez al unísono, Crowley intentando aprisionarlo entre sus alas, Dean evitándolo a último momento para dar una voltereta en el aire y trazar un surco con la hoja del cuchillo entre los homóplatos del otro.

El demonio cae al suelo, herido en la carne y el orgullo, rumiando su enojo en un potente gruñido.

Por un momento, ambos se miran desde sus esquinas, vigilándose mutuamente, Crowley reuniendo fuerzas, Dean examinando de nuevo la inscripción en la hoja del cuchillo.

“Uhm. Funciona.”

“No es suficientemente poderoso”.

“No”, concuerda con el demonio. “Todavía”.

La nueva arremetida es con saña. Dean no logra escapar esta vez. Crowley le ha leído la jugada. El demonio le hunde las garras en el vientre y lo obliga a caer, ensartado como un pez en una lanza, mientras le busca las marcas del escudo. El cazador se zafa de la trampa a patadas. La herida cierra enseguida. Se impulsa con los pies contra la muralla que tiene al frente y, sin darle tiempo a reaccionar, le corta las alas al demonio en dos pasadas limpias, el cuchillo convertido en bisturí. Crowley aúlla de rabia y dolor, manoteando para alcanzar la figura del cazador que se mueve sin tregua a su alrededor. Un nuevo puntapié que el demonio no ve venir y Dean está encima suyo, aplastándolo contra el suelo con toda la fuerza transgénica de sus genes, el cuchillo fuertemente sujeto en su puño.

“Soy un Sirviente del Cielo”, le dice casi escupiéndoselo en la cara. Sin dilación vuelve la hoja de la daga hacia su propio pecho y la hunde hasta el mango sobre su corazón ante la mirada atónita y angustiada de Max. Crowley calla un momento, tan asombrado como la morena.

Y comprende.

Intenta escapar, luchando por desasirse del agarre del cazador. Sin embargo, Dean no lo suelta a pesar del sufrimiento que su mandíbula prieta da a entender. El cazador extrae entonces el cuchillo, ahora empapado en su propia sangre, y lo clava con fuerza y rabia hasta el fondo en el pecho del demonio. El rugido de la bestia llena todo el lugar haciendo temblar las paredes. Las escamas rojas de su piel se alzan en reacción y allí donde se incrustó la hoja se conforma un cráter que engulle el arma por completo. Explosiones apagadas asaltan el cuerpo iluminándolo desde el interior. Dean rueda hacia un costado, exhausto, dolorido, para evitar ser alcanzado por las llamas que comienzan a consumir al demonio.

Las ataduras en Max ceden. La morena cae como peso muerto desde la altura al piso. Desde allí, incapaz aún de moverse, es testigo del instante en que las llamas alcanzan su clímax y se llevan para siempre la pestilencia de Crowley.

La temperatura desciende abruptamente hasta casi el grado de congelación. La habitación se sume en el silencio y la oscuridad. A Max le duele todo el cuerpo, en especial allí donde la mano de Crowley hizo su trabajo.

“¿Dean?”, llama quedamente y no tiene respuesta. El corazón se le encoge en el pecho. “¿Dean?”, repite con mayor intensidad. Esta vez, el sonido de un cuerpo arrastrándose es su respuesta. Con los dientes apretados, logra sentarse y ve cómo el cazador está procurando ponerse de pie sin conseguirlo. “Dean”, lo llama por tercera vez mientras ella misma se incorpora a medias para alcanzarlo. “Quédate quieto. Estás herido”. Dean no responde, sólo sigue intentando. Max lo rodea con sus brazos. Únicamente entonces parece calmarse algo. “Déjame ver”. La morena le busca la herida por debajo de la ropa. Está abierta pero ya no sangra. La ranura de la hoja se confunde con las líneas de los tatuajes. El cazador mira alrededor como si buscara algo con desesperación. Pero allí sólo hay destrucción, oscuridad y en el rincón más alejado, sobre la losa, el cuerpo inerme de Sam. La morena no deja ir al cazador. Escucha su respiración agitada ahora, a medio camino entre el sollozo y la furia contenida. Quisiera poder decirle algo que le brindara consuelo. Pero las palabras se le ocultan tras el hecho de que todo lo ocurrido se debe a ella, la elegida, la carta bajo la manga de un científico profeta obsesionado por la idea de defender la estirpe humana. ¿Y ahora qué?, se pregunta. ¿Ahora qué?.

Súbitamente Dean se deshace de su abrazo y con un enérgico impulso se pone de pie mirando hacia lo alto.

“¡Castiel!” llama. “¡CASTIEL! ¡Ven aquí, bastardo hijo de puta!” la amargura se cuela en el llamado. “¿Estás contento ahora? ¡Ven a ver lo que has hecho! ¡Sam está muerto!” pero sólo responde el silencio. “¡CASTIEL! ¡Ven y arregla esto, mierda!”.

Max lo mira con la pena en su garganta. Parece un demente, no el hombre que acaba de evitar el Advenimiento.

Un zumbido agudo comienza a colarse desde alguna parte.

“¿Qué… qué es eso?”

Dean también lo ha notado. Se deja caer de nuevo al suelo, de rodillas, buscando protegerla con sus brazos.

“Cierra los ojos”, le dice y él mismo se encoge sobre la morena.

La habitación se ilumina en la medida que el zumbido se hace más intenso. Max se cubre también los oídos, incapaz de resistirlo.

“¿Qué sucede?”, grita por sobre el sonido ensordecedor.

“¡No abras tus ojos!”.

La luz los envuelve por completo y cuando amaina, una voz serena, profunda y pausada le habla al cazador directamente en su oído.

“Me puedes ver ahora”.

Es Cas.

Dean abre los ojos y lo que ve no es lo que esperaba. Cas ya no es el mismo, no tiene una forma humana reconocible. Su cuerpo es alargado y muy blanco, casi transparente, no puede distinguir su rostro y sus alas ocupan toda la habitación. El cazador nota el detalle.

“Veo tus alas”.

Aquello que ahora es Castiel parece sonreír.

“Como te dije, me puedes ver ahora, en mi verdadera naturaleza”.

Dean lo observa un instante más, con expresión impenetrable, antes de dirigir su atención a la morena entre sus brazos.

“¿Max?”. Se ha dormido. El cazador, preocupado, la acomoda con solicitud a su lado. “¿Max? ¿Cariño?”

”Estará bien”, lo tranquiliza Castiel. “Tiene un futuro. Gracias a ti”.

Pero Dean no tiene interés en enorgullecerse de lo que ha hecho y se vuelve hacia la dormida Max para acariciarle el pelo ignorando las palabras del otro.

“¿Dean?”.

“Sam está muerto”.

Aquello que ahora es Cas dirige su mirada al cuerpo de Sam.

“Lo sé”.

Dean se vuelve hacia él como si alguien le hubiese clavado una espina.

“¿Es todo lo que vas a decir? ¡Es tu culpa, maldición!”.

El otro se mantiene en silencio por eternos segundos.

“Va a ser reparado”, dice al fin.

“¿Qué?”.

“Va a ser reparado”, repite. “Lo prometo… pero no ahora”.

El cazador ve acercarse la mano de Castiel a su cabeza y la habitación se diluye en blanco.

Capítulo 35

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s