Fic: “Cuentas pendientes” 35/37

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

35

Alec

Cuatro días bastaron para que estallara la anarquía. Entonces el saqueo hizo presa de las calles. El desabastecimiento siguió después. No hay energía y en las ciudades se ha decretado ley marcial. El plástico se ha ido a la basura. Sólo sirve el papel. Resulta una bendición el que Alec sepa como manejarse en esa nueva sociedad regida por el caos. El ex transgénico conoce exactamente los lugares donde aún se puede encontrar algo de civilización y aquellos donde hay que evitar poner el pie. Toma contacto con los proveedores habituales de la época en que era el encargado de llenar las bodegas de Terminal City, tomando de sorpresa a quienes todavía ni siquiera han desarrollado la idea de dedicarse al mercado negro. Gracias a eso, tienen armas, tienen dinero, tienen comida.

Alec piensa que es culpa suya el que Dean no haya podido regresar. Pero no le pesa. Ben está vivo, está bien y mejora cada día. Ha volcado todo su afán de caza y muerte hacia el trabajo familiar. Es un alumno rápido y aplicado. Alec también. Y ningún arcángel lo ha tostado todavía.

Sandeman aún no aparece y con las tecnologías de la comunicación muertas, la tarea se ha hecho demasiado difícil sino imposible. Aún harán falta meses para que la gente con más billetes en el bolsillo pueda acceder a los primeros computadores para uso privado. Y, en todo caso, entre cazar a Sandeman y cazar fantasmas, la prioridad Winchesteriana siempre se inclinará hacia lo segundo. Alec ha abrazado casi con tanta pasión como Dean su nueva ocupación y quizás por eso, o porque simplemente ya no es tan fácil creer que el otro volverá, es que Sam le ha entregado las llaves del Impala. Alec no se ha hecho de rogar y el vehículo se ha transformado en parte de su ser. A lo mejor va en los genes.

Sam está durmiendo en el asiento del copiloto cuando se detienen por comida. Llevan dos meses alejándose de Wyoming y de toda base militar hasta casi llegar a Alaska. Alec detiene el motor y de inmediato el silencio se hace notar, sólo interrumpido por la bulliciosa plática mañanera de las aves. Hace frío. El ex transgénico estira los miembros dejando que sus huesos se acomoden después de toda una noche de conducción.

“Yo también podría conducir”, le recuerda Ben desde el asiento de atrás, el diario de John Winchester en las manos. El muchacho está fresco como una lechuga a pesar de que tampoco ha pegado el ojo estudiando el dichoso libro.

“Eres menor de edad”, replica Alec ahogando un bostezo. “No necesitamos atraer problemas”. Han pasado varias patrullas en el camino y durante el tiempo en que han permanecido en constante movimiento por el país, se han topado con Estados donde la fuerza policíaca ha establecido verdaderos reinos del terror amparándose en la autoridad que les otorgan las armas. No es broma llamar su atención. Alec se vuelve hacia el cazador a su lado. ”Hey”, lo sacude. “Despierta, princesa. Ya estamos”. El otro desenrolla su humanidad en el asiento y abre apenas los ojos intentando lidiar con la claridad de la mañana nublada.

“¿Dónde?”

“Ni idea”, le contesta Alec. “¿Qué quieres de desayuno?”

Sam levanta la cabeza a medias para echarle un vistazo al lugar. Es una vieja gasolinera con el consabido minimarket instalado a un costado. Las paredes se ven sucias y mal cuidadas.

”Bueno, supongo que es mucho pedir leche tibia y cereales, ¿verdad?”, dice y se vuelve a acomodar en el asiento cerrando los ojos. “Decide tú”

Alec mira a Ben.

“Confío en tu criterio”, replica éste.

Alec se encoge de hombros y desciende del vehículo para dirigirse hacia el negocio.  Entra con las manos visibles en alto. Lo recibe un hombre apuntándole desde el mesón con su escopeta, presto a utilizarla al primer movimiento sospechoso.

“Calma, amigo”, lo tranquiliza Alec. “Sólo necesito algo de comida”. Nada. El sujeto lo mantiene en la mira. “Tengo efectivo”, aclara y sólo entonces el hombre relaja su posición aunque no le quita los ojos de encima mientras Alec se dirige hacia los escasos anaqueles del minimarket. La oferta es aún peor de lo que esperaba. Deja vagar su mirada por los productos, casi todos golosinas, hasta que encuentra algo interesante. Cheetos. Un tesoro difícil de hallar en esos tiempos. Alec está seguro que le gustarán a Ben tanto como le chiflan a él. Toma tantos paquetes como puede y al retirar el último deja al descubierto, colgando de la pared, un calendario del 2014 sobre otros tantos de años anteriores. Lleva en letras grandes el nombre del negocio, “Clark’s market”, y justo abajo, en vistosas cursivas, “Bienvenidos a Gray Lake”. Alec se paraliza con los paquetes de Cheetos contra el pecho. ¿Qué día? ¿Qué fecha? Pero no alcanza a tenerlo en claro ni a recriminarse por la torpeza de olvidar los días antes de que el seguro de la escopeta resuene detrás de su cabeza.

Maldición.

Capítulo 36.

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