Fic: “Cuentas pendientes” 37/37 (Epílogo)

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Título: “Cuentas pendientes”.
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Crossover Supernatural / Dark Angel.
Calificación: Todo público.

Epílogo.

Alec despierta súbitamente de madrugada. Gem duerme a su lado para su alivio. Algo extraño sucede, está seguro, pero no tiene idea de qué puede ser. Se levanta con sigilo y avanza en silencio, como el gato que es, fuera de la habitación matrimonial. El sol entra con sus primeros rayos a través de las ventanas. Se dirige por el pasillo hacia el cuarto de Nadia, la pequeña de Gem, su hija ahora, y revisa si hay algo fuera de lugar. Nada. La niña también duerme profundamente. Se encamina entonces hacia la sala principal y allí está, de pie, envuelto en su gabardina, esperándolo: Castiel.

“Estoy soñando, ¿verdad?”.

“Sí”.

Alec mira alrededor, no muy seguro de lo que está buscando, y luego de nuevo al ángel.

“¿Por qué? ¿Ocurre algo malo?”.

“Necesito que le des un mensaje a Max”.

La puerta está abierta en el pequeño departamento. Alec da un par de golpes en la puerta antes de entrar. No es que exista mucha formalidad entre ellos, pero es mejor anunciarse que darle a la morena una sorpresa, en especial en estos días.

“¿Max?”.

“Aquí”, le responde ella de inmediato, envuelta en una bata, desde la mecedora al lado del ventanal, el niño de meses sujeto a su pecho como si se le fuera la vida en ello.

“Hey, hombrecito”, saluda Alec acercándoseles. “¿Qué le estás haciendo a tu mami, ¿eh?”.

El bebé lo mira con atención sin despegarse un ápice del pecho de su madre a pesar de la sonrisa que quiere formarse en su pequeña boca. Max reprime una mueca de dolor.

“Creo que está tratando de sorberme entera”, mira hacia el reloj en la repisa y frunce el ceño. Las 7 de la mañana. “¿Está todo bien?”.

“Sí”, responde Alec balanceándose sobre sus talones en un gesto suyo característico de nerviosidad.

“¿Estás seguro?”, insiste la morena.

“Estoy seguro”. Y allí está de nuevo el balanceo, sin poder evitarlo, mientras piensa en lo que ha venido a cumplir. “Yo sólo… desperté temprano”.

“¿Cómo van las cosas con Gem?”

“Bueno, está comenzando a aceptarlo. Lo del bebé, me refiero. Te culpa a ti, por cierto. Yo sólo soy un pobre hombre, buenmozo e influenciable, sin voluntad, a merced de las mujeres”, dice y le arranca una sonrisa a la morena.

Suena más ligero de lo que realmente ha sido. Le había llevado casi los nueve meses de preñez de Max, convencer a su amada de que lo supuestamente sucedido entre la líder de T.C. y él no había sido algo serio. Tampoco había resultado tarea fácil hacer oídos sordos a los comentarios en los pasillos y fingir que no caían sobre ellos miradas desaprobadoras cuando llevaron a un nuevo nivel su relación compartiendo un departamento. A ojos de todos, a causa de Gem, Alec estaba evadiendo sus responsabilidades para con Max y el niño que ambos habían gestado. Tampoco había sido muy llano el camino con Logan. Alec podía leer el rencor en la mirada del periodista en las pocas ocasiones que se habían topado. Según le había contado Max, le había ofrecido sutilmente hacerse cargo de ella y del niño, “darle un nombre”, a pesar del virus, a pesar de tratarse del hijo de otro hombre, pero ella declinó la oferta sin argumentar más que el hecho de que podía valérselas sola. Logan no ha vuelto a aparecer por Terminal City desde entonces.

“Oh, vamos”, se queja Max con el bebé distrayendo a Alec de sus pensamientos. “No puedes ser tan rápido”.

Se levanta de la mecedora con el niño en brazos en dirección al mudador en el cuarto principal.

Alec va tras ella a paso relajado y observa, afirmado en el marco de la puerta, cómo la morena se hace cargo de su hijo con movimientos seguros y fluidos, como si el ser madre también hubiese estado escrito en sus genes. El bebé queda desnudo sobre el acolchado dejando al descubierto el signo enoquiano en el centro de su pecho.

“Tú lo sabías, ¿verdad?”, le pregunta ella, dándole la espalda aún mientras coloca el nuevo pañal en tiempo record. “Quiero decir, antes de que lo leyeras”

Alec sacude la cabeza, confuso.

“Lo siento, estoy perdido”.

“Hablo de Sandor y la cura”.

Alec suspira y se acerca hasta quedar al lado de la morena.

“Bueno, cuando me contaste que estabas embarazada supe que allí había un plan más grande, pero, ¿tu cincuenta con mi cincuenta igual a la cura para el virus de los Familiares?” Alec niega quietamente con la cabeza. “Nunca imaginé que mi cuerpo era el reservorio para algo como eso”. El bebé mueve sus brazos y piernas y ríe en dirección a Alec como si éste le hiciese la mejor de las gracias. El transgénico alarga una mano y deja que Sandor juegue con sus dedos. El chico tiene los ojos verdes ribeteados de oro. Como los suyos. “Esto es turbador”, susurra y Max se voltea a mirarlo mientras busca la muda de ropa para el niño.

“¿Uh?”.

“Es decir,… Sandor es técnicamente, biológicamente mío, pero yo no estaba allí cuando fue encargado”. Uno de los dedos desaparece en la boca de Sandor. “Es el hijo de Dean, no el mío”.

Max coloca una de las prendas que ha escogido al costado de Sandor y la deja allí largos segundos, sólo observando cómo su hijo juega con Alec.

“Lo extraño”, deja escapar.

El transgénico de pronto se siente un intruso y retira con cuidado la mano.

“Lo lamento”.

Max lo mira con extrañeza.

“¿Qué cosa?”.

“No soy él”.

Max ríe y le da un ligero palmetazo en el brazo antes de comenzar a vestir a Sandor.

“Lo que es realmente extraño es que nadie lo recuerde excepto nosotros”, el niño le dedica una risita burbujeante que ella agradece besándole sus pequeños pies. “De no ser por Sandor quizás yo también terminaría por creer que nunca fue real”.

“Bueno, si todo lo que viví resultara que no es real, entonces de verdad, de verdad, estoy loco”, le echa un vistazo al reloj en su muñeca. “Por cierto,…” agrega y espera a que la morena le preste atención para continuar. “Tienes que venir conmigo”.

El lugar está a unos cuantos kilómetros de Seattle, lejos de los efectos contaminantes de Terminal City y de la persecución constante de los militares y policías ordinarios. Es una granja abandonada pero aún en buen estado. Un camino solitario la bordea, el mismo por donde Alec los ha hecho llegar en una camioneta hurtada de modelo clásico, una elección que ha hecho que Max se sorprenda de los nuevos gustos de su amigo y compañero de armas.

“¿Por qué estamos aquí?”, pregunta bajando del vehículo frente a la puerta principal con su hijo en brazos.

Alec se encoge de hombros desde el otro lado de la camioneta.

“¿Porque un ángel lo ordenó, tal vez?”, le responde y avanza hasta instalarse a su lado.

“Y… ¿qué se supone que es este lugar?”, se hace pantalla con la mano para escudriñar el horizonte. “Nadie vive cerca de aquí. La carretera estaba vacía”.

“No tengo respuesta para esa pregunta”.

“¿Confías en Castiel?”.

“Claro, fue un buen amigo allá, del otro lado”.

Un ruido ronco y apagado los hace voltear hacia la carretera. A lo lejos, entre los pastos altos y secos, se distingue un manchón negro acercándose.

“Oh, mi Dios”, exclama Alec por lo bajo al reconocer el vehículo.

“¿Qué pasa?”, quiere saber la morena, claramente inquieta, los brazos tensos alrededor de su hijo, pero Alec no responde, sólo se acerca lentamente hacia la entrada de la granja.

El vehículo es negro, amplio y antiguo, más incluso que la camioneta de Alec, un chevy Impala del año 67. Se detiene frente al portón haciendo desaparecer el ronroneo saludable y sonoro proveniente de su motor. Un hombre alto en sus cuarentas y de pelo largo es el primero en emerger desde el asiento del copiloto.

“No es posible”, susurra Max, atónita.

Luego, desde el asiento trasero, se apea un joven, pelo corto, chaqueta de cotelón, idéntico a Alec. Max lo mira boquiabierta.

“¿Alec?… Él es… es…”

“Es Ben, Max”, le hace saber mientras una sonrisa de felicidad se forma en su boca. “Lo logró”, levanta una mano en saludo y el joven le responde de la misma manera.

Y entonces, del lado del conductor, emerge un tercer sujeto, cabello claro, piernas arqueadas enfundadas en jeans desastrados, hombros anchos bajo una chaqueta negra desgastada.

“Dean”, resbala el nombre de los labios de la morena y, avanza hacia él con su bebé en brazos en modo automático, sin quitarle ni un segundo la mirada de encima, como si temiese que el hombre fuera a desaparecer en cualquier minuto. Dean hace lo propio y cuando se encuentran frente a frente, en la mitad del trayecto que lleva hacia la casona, el cazador contempla al bebé en brazos de la morena con una mezcla de asombro y serenidad. Luego, la mira a ella.

“Hola, Max”.

Y ella, todavía observándolo con toda atención, sonríe, aún pasmada, y levanta una mano para acariciarle las líneas alrededor de los ojos, casi la única seña del paso del tiempo en su rostro.

“Estás más viejo”.

Dean arquea las cejas.

“Sí. Gracias, Max. Lo olvidé por un momento. Soy más sabio también. He aprendido un montón de cosas útiles en todo este tiempo. ¿Quieres que las comparta contigo? Son divertidas. Lo juro”.

Max sonríe.

“Sólo cállate”.

La mano de la morena se desliza desde el rostro al cuello del cazador, invitándolo a inclinarse hacia ella. Un beso tranquilo y prolongado los une, olvidados los otros alrededor. Cuando se separan al fin, el carraspeo de Alec los devuelve a la realidad.

“Uh, chicos, el bebé”.

Ambos miran hacia abajo y allí está el pequeño, observándolos con sus grandes ojos verdes, medio estrechado entre sus padres. Max lo levanta y lo pone con suavidad en los brazos del cazador.

“Él es Sandor” lo presenta y Dean lo recibe con reverencia.

“Hola, Sandor Winchester. ¿Cómo estás? Papá ha regresado”.

El chiquillo le ríe y alarga sus manitos intentando alcanzarle el rostro. Dean no puede quitarle los ojos de encima. Max tiene lágrimas en los suyos aunque nunca lo admitirá.

“Bienvenido a casa, Dean”.

El cazador mira a su mujer y sabe que es verdad porque algo se asienta en su interior al sonido de esas palabras.

“Sí” dice en un susurro, como si temiera que hablar en voz alta pudiese mandar todo a la porra. Vuelve su atención al bebé. “Estoy en casa, ahora”.

Al fin ha saldado todas sus cuentas.

FIN

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