Fic: “Lazarus rising” (2)

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Título: “Lazarus rising”
Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Dark Angel.
Calificación: Todo espectador.

2
The Absent

Han pasado tres días y Joshua aún no termina de aullar su pena.

Sentada en un rincón bajo la ventana del departamento que Alec estaba acondicionando, las rodillas flexionadas hacia el pecho, Max hunde su cabeza entre los brazos entrecruzados y desea con todo su corazón que hubiese acabado ya.

Es suficiente con las zarpas que aprisionan su pecho permanentemente.

No quiere saber del dolor de los demás.

“¿Max?”.

Logan se adivina entre las sombras del departamento, las líneas de su silueta recortadas contra el umbral en la entrada de la habitación.

“Aquí”, contesta, porque no hay forma en que su novio no sepa que ella está allí donde la ha encontrado desde que volvieron de la fallida misión. Una trampa, datos falsos que ni siquiera el gran Sólo Ojos pudo detectar. Sus entrañas se revuelven con rabia ante el recuerdo y no puede evitar asociarlo con el hombre que viene en su busca. Alec está muerto. Tuvieron que dejar su cuerpo en una tumba escondida en el campo, a resguardo de quienquiera que llegase por el lugar, demasiado lejos y rodeada de enemigos para regresar por él.

Logan se le acerca con paso cuidadoso, como quien se aproxima a una bestia herida.

“¿Puedes dejar de hacer eso?”, le pide Max sin molestarse en apartar su atención de la ventana y del quejumbroso sonido animal que llena la ciudad.

El otro se detiene, incierto.

“¿Hacer qué?”.

“Tratarme como si me fuera a romper”.

Max escucha cómo Logan deja escapar el aire en un suspiro profundo. A esa distancia, hasta puede contar los latidos de su corazón.

“¿No te vas a romper?”.

“Soy un soldado”, como él.

Logan camina despacio hasta colocarse a su lado. Espera un segundo antes de apoyar la espalda en la pared y dejarse deslizar. Max siente el contacto de su cuerpo al llegar al suelo. Entiende lo que quiere hacer, pero no es el momento, no cuando tiene ganas de estrangular a alguien, a quien sea. Es mejor que quebrarse. Una mano cálida de posa sobre la suya, encima de sus rodillas. Max se la queda mirando. Quema. Logan se da cuenta.

“¿Qué sucede, Max?”, susurra.

No es un virus esta vez. Es un recordatorio. Alec.

Si Logan puede colocar su mano allí sin caer fulminado por la peste, es por Alec.

Haya sido por culpa o por sincero deseo de arreglar los acontecimientos en que él también participó, Alec un día decidió que debía encontrar la cura y lo hizo, una nueva bala en su hombro de por medio. ¿Qué puedo decir?, le había dicho el muy idiota, la sonrisa fanfarrona bailando en sus labios. Las balas me aman. Max había pensado que ese sería el día más feliz de su vida.

Intempestivamente se pone de pie, Logan detrás de ella.

“Debo irme”, balbucea.

“Max, espera. Habla conmigo”.

“Tengo que trabajar”.

Y eso es cierto aunque no se ha presentado en el puente de mando desde que ocurrió lo que ocurrió. Y tampoco lo hará esa noche. Deja a Logan clavado en la entrada del departamento mientras ella apura el paso por los corredores, pasa callejones, se mete en los túneles y termina en el departamento de Original Cindy.

Cuando la ciudad comienza a retomar su ritmo habitual a la mañana siguiente, casi parece una insolencia.

“Llorar hace bien de vez en cuando, Boo”, le dice Original Cindy mientras la abraza antes de que salga de su guarida hacia Terminal City y la torre de mando. Pero Max no puede. Es como estar desdoblada. Hay en su interior una Max que chilla y llora y quiere matar a alguien. Y una Max en la superficie que, a pesar de la opresión en su pecho que apenas la deja respirar, sólo puede pensar en las muchas cosas que será necesario modificar en Terminal City para salir adelante. Dejó su última lágrima sobre el cadáver de Alec mientras lo preparaban a la rápida para su entierro. Así es que no tiene otra opción más que aferrarse a su amiga del alma y creerle que el tiempo lo cura todo y algún día dejará de doler.

Terminal City parece más sombría y silenciosa sin Alec.

Dalton tiene los ojos ribeteados de rojo.

Mole le informa sobre los últimos sucesos. Se ha hecho cargo del mando en esos días en que la ciudad ha quedado sin cabeza.

Se han tomado medidas para reforzar la seguridad y Dix trabaja en un sistema para detectar los códigos de comunicación sospechosos.

Aún hay que reprogramar un par de reuniones con los mandamases de Seattle. El hombre reptil se remueve incómodo cuando llegan al punto del abastecimiento para los que todavía llegan a la ciudad desde el resto del país.

“Eso…”, dice. “…estaba a cargo de Alec”.

Involuntariamente, Max clava sus ojos en la silla de Alec, frente al escritorio de Alec, donde se encuentra la consola de Alec.

“¿Max?”, ese es Mole. “¿Estás bien?”.

“Ahora es tu responsabilidad”, escupe y da media vuelta hacia el pasillo en busca de un lugar donde pueda volver a respirar.

Las miradas caen sobre ella conforme avanza por el pasillo. No sabría decir si hay compasión en ellas o acusación. Quizás ambas. La bala iba dirigida a ella. Estaba destinada a destrozar sus entrañas al explotar, no las de Alec. Las balas me aman.

Mierda.

Quiere matar a alguien.

No alcanza a darse cuenta cuando está de regreso en el edificio de Alec.

Entra al departamento como una tromba. Encuentra una caja de embalaje suficientemente grande (de las muchas mercaderías que el imbécil introducía en la ciudad a escondidas) y comienza a vaciar los cajones sobre ella, con prisa, con rabia. Tiene que desaparecer. Tiene que dejar de doler. Halla cinco teléfonos celulares y como una idiota hace funcionar uno sólo para escucharlo en el buzón de voz antes de arrojarlo con los otros dentro de la caja. Del baño saca botellas de perfume masculino que vacía en el desagüe una por una. La afeitadora termina también en la caja. Y su ropa. Sus zapatos.

“Max, detente”, le llega la voz de Logan desde algún lugar que ella no se molesta en buscar. Él quiere conversar. Como si eso fuese a arreglar algo. Logan no tiene idea. Toma una pila de cd’s de música y ni siquiera intenta acomodarlas. Una cae y su cubierta se rompe. “¡Suficiente, Max! ¡Suficiente!”. Logan la aferra desde atrás e intenta abrazarla. Debería saber que eso no se le hace a un transgénico. Termina estampando la espalda contra la pared. De todas maneras consigue lo que quiere. Max se detiene y lo mira, aunque no de la manera en que él quisiera, de eso está segura. Con cuidado, Logan se rehace y acomoda sus ropas. Max permanece quieta pero está lejos de haber recobrado la serenidad. “Necesitas hablar acerca de esto”.

¿Contigo? ¿Hablar contigo?.

“No necesito nada”.

“No puedes simplemente hacer como que estás bien”.

“¿Quién ha dicho que estoy bien?”.

“Déjame ayudar”.

¿Como nos ayudaste antes? Es injusto y lo sabe, pero no puede evitarlo. Tiene que culpar a alguien. Abre la boca para decir algo. Nada aparece. Entonces inclina la cabeza, como si en el piso de aquel departamento a medio hacer fuese a encontrar las palabras que busca.

Logan da un paso cauteloso hacia ella, coloca una mano sobre su hombro obligándola a levantar la vista hacia él. Eso siempre ha dado resultado. Él va a rodearla con sus brazos y a decirle que todo saldrá bien, que hallarán una solución y ella va a creerle porque Logan siempre encuentra una solución. Sólo que esta vez, el problema no tiene solución.

“Alec está muerto”, barbota ella torpemente.

Viene el abrazo, está segura. Pero no sucede.

“No es tu culpa”, le dice Logan a cambio.

Y quizás eso es el quid del asunto.

Se da la vuelta y con toda la fuerza de la que es capaz, golpea la pared de concreto con el puño, una y otra vez, y otra más, y ya no logra escuchar a Logan; y otra vez, más fuerte, que llega hasta la mitad del grosor de la muralla; otra más y Logan se ha retirado, en silencio, y Max sigue golpendo hasta que el puño traspasa hacia el otro lado y se queda enganchado en el fierro que acaba de romper. Cuando logra retirar la mano, está cubierta de sangre y el dolor sube por su brazo. Entonces, mientras cae la noche y disimuladas sombras corren por los pasillos del edificio, ella comienza a llorar.

continuará…

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