Fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester” (3)

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Título: “Los Estados Unidos de Dean Winchester”
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: todo público.
Resumen:
Cuando Sam Winchester se larga a encontrar su tranquilidad, piensa que cuando lo haya logrado y vuelva, Dean y él podrán hablarse de nuevo y arreglar sus problemas. Eso es lo que Sam quiere, pero a veces ni siquiera el hermano que le ha dado todo es capaz de cumplirle todos sus deseos.

03
Frank

Las almohadas ahora siempre están limpias, nota Dean.
Cada mañana el corazón le da un vuelco en el pecho al constatarlo.
Por alguna extraña razón, inevitablemente, el siguiente pensamiento que acude a él es que le han encerrado en un cuarto con espuma en las paredes.
Siempre.
Cada mañana.
Sam está al lado de su cama esta vez, la espalda encorvada y los ojos hundidos como si hubiese dormido atornillado a la silla donde está sentado.
Echa un vistazo hacia la ventana más allá del gigantón de su hermano para asegurarse de que no tiene barrotes.
No. No los tiene.
Será un día soleado.
“¿Dean?”
Sam tiene su mirada inquisitiva clavada en él.
Con cautela, prueba a despegar de la almohada una cabeza que pesa una tonelada.
“Sí, ¿quién más podría ser?”, contesta intentando parecer el sarcástico de siempre mientras apoya la espalda en la cabecera de la cama y cuando logra que la habitación permanezca en su lugar, se dedica a mirar a su vez a Sam. “Amigo, ¿estás enfermo?”.
Su hermano lo contempla un instante más antes de que sus ojos se iluminen con una sonrisa. Luego, como quien comienza paulatinamente una carrera, se larga a reír.
Dean no entiende.
“¿Qué es lo gracioso?”, se echa hacia adelante hasta alcanzar con una de sus manos en el hombro de Sam. “En serio, ¿qué pasa?”.
Sam se calma y se enjuga las lágrimas que han comenzado a escaparse con las carcajadas.
“Estoy bien. Lo juro”, asegura, retomando la seriedad de antes.
Dean no se convence.
“¿Lucy ha estado molestando o algo así?”.
Esta vez la sonrisa de Sam no es tan alegre.
“No, estoy bien. Frank está ayudándome con eso”.
“¿Frank?”, perplejo, arruga el ceño intentando recordar. “¿Frank está aquí?”.
Y esta vez es Sam quien exhibe su confusión por unos segundos antes de encontrar el contexto.
“No Frank Deveraux. Alguien más”
“¿Lo conozco?”
Sam respira profundo antes de contestar con otra pregunta.
“¿Realmente quieres saberlo?”.
Duda, duda, duda. El corazón se le mueve en el pecho igual que cada mañana al despertar. 
“No sé por qué… pero creo que no”.
“Y sin embargo, tendrás que enterarte algún día,… ¿Dean?”.

-o-

Maldición.
La próxima vez va a encerrarlo en el sótano.
Le pondría grilletes si no supiera la clase de recuerdos que tales cosas dispararían en Dean.
El bosque es extenso piensa mientras va en busca de su chaqueta y el rifle. No es chiste extraviarse allí.
Aunque, si es cierto lo que ha dicho respecto a sus dotes de cazador (y que por la manera de escabullirse de todas las circunstancias parece ser cierto) Steve no debería tener mucho problema para alcanzar alguna huella que lo lleve a la civilización. Debe apurarse entonces. Apenas se detiene en el umbral de la puerta de la cabaña para respirar profundo, calmar los nervios, sosegar el espíritu.
La camioneta está allí. No se le ocurre una buena razón para que no se la llevara. Eso quiere decir, en todo caso, que huye a pie. No tarda en encontrar el rastro internándose en la foresta y tras quince minutos a paso apurado, también a Dean. O a Steve. No sabe bien. Al menos puede verlo sentado entre los árboles, contemplando el paisaje loma abajo, la postura relajada, el tallo largo de alguna hierba asomándose juguetonamente entre los dientes. La chaqueta negra descansa hecha un lío en el suelo a un costado.
El corazón del cazador regresa a su pecho desde la garganta.
Se le acerca con cautela por la espalda buscando cubrir la distancia que los separa antes de que advierta su presencia. Dean, sin embargo, se vuelve a medias casi de inmediato, los ojos tranquilos y risueños, y se pone de pie para recibirlo.
“Hey”, le saluda.
“Hey”, le responde Bobby y no puede dejar de notar en su postura la ausencia de la alerta siempre presente mientras estuvo en la cabaña. “Pensé que te habías marchado”.
“Casi”, le replica el otro con amabilidad. “Tuve que detenerlo”.
Bobby entrecierra los ojos, perplejo.
“¿Detener… a quién?”.
“A Steve, por supuesto”.
El cazador vuelve a recorrerlo con la mirada de arriba a abajo.
“¿Dean?”.
“Lo siento, no”.
Por supuesto que no. ¿Cuándo ha sido tan fácil? El hombre que tiene al frente pasa su peso de un pie a otro, inquieto, como si esperara una resolución de parte suya.
“Entonces, tú eres…”.
“Frank”, camina hacia él con la mano extendida. “Encantado de conocerlo, sr. Singer”.
Bobby coge la mano atolondradamente pero tiene que luchar un poco más para encontrar de vuelta su voz.
“Llámame Bobby, muchacho”, logra decir.
El otro sonríe, más como una especie de ofrenda de paz que cualquier otra cosa.
“De acuerdo”.
Y sigue un incómodo silencio que el viento aprovecha para hacerse escuchar en las ramas de los árboles alrededor.
Parece que el cielo se va a nublar.
Bobby mueve nerviosamente las manos en la correa que sostiene el rifle sobre su hombro y mira un momento las nubes que corren arriba, no para chequear el tiempo precisamente.
“¿Quieres… quieres volver a la cabaña?”, pregunta al fin y baja los ojos hacia el otro.
Frank asiente y recoge la chaqueta del suelo.
Hacen el camino de regreso en silencio.
Bobby observa de reojo al que camina junto a él manos en los bolsillos, distrayéndose en las aves que pasan sobre sus cabezas. Tiene que rendirse ante la nueva evidencia. Ese no es Dean tampoco. Y ya tiene una idea de lo que está sucediendo. No es algo que un cazador de monstruos y espectros pueda resolver. La desazón quiere atraparlo de nuevo, pero se obliga a enfocarse en el problema. Tiene un par de números telefónicos al que pretende llamar en cuanto pueda distraer al que se hace llamar Frank y que camina en los zapatos de su muchacho.
Frank entra en la cabaña con recato. Incluso se sacude los pies en el felpudo de la entrada. Bobby deja el rifle en su lugar en la pared y la chaqueta sobre un sillón. Mientras se dirige al refrigerador, piensa en qué tan seguro es el cerrojo del sótano y en cómo va a convencer al recién llegado que debe guardarse allí hasta que Sam regrese lo que, por cierto, podría muy bien ser en dos semanas como en un mes.
“¿Una cerveza?”, ofrece alargando la mano hacia el pack dentro del refrigerador.
El otro se muerde el labio.
“Uh… No sé si debería”.
“¿Por qué no?”.
“No tengo edad aún”.
Bobby casi deja caer el pack al suelo.
“¿Cuántos años tienes, hijo?”.
“Catorce”.
“Catorce”, repite sin saber por qué, quizás para convencerse de que eso es lo que ha dicho el otro. Tiene sentido. Catorce años. Sam tenía diez y un hermano que velaba por todas sus necesidades sin abandonar del todo la frescura de la niñez. Devuelve el pack a su sitio y cierra el refrigerador. “¿Qué tal una soda?”.
“Eso estaría perfecto, s… Bobby”, mira alrededor. “¿Quizás podría ayudarlo con la cena? Digo, ya le hemos causado bastantes problemas. Podría compensarlo.”
Y por un momento Bobby tiene a Dean delante suyo, un par de palmos más bajo, los ojos grandes y expresivos, excusándose por haber fastidiado el motor que supuestamente le estaba ayudando a reparar.
“Haremos sándwiches”, dice a media voz. “Puedes usar cualquier cosa que te sepa bien”.
Frank sonríe y la sonrisa se escapa por sus ojos.
“Hecho”.
Al segundo siguiente, está recolectando toda clase de ingredientes entre la alacena y el refrigerador ante la quieta mirada del cazador.
Tiene que llamar a ese par de números, se recuerda Bobby, y revisar la puerta del sótano.
Pero no hace otra cosa que quedarse allí, sentado ante la mesa del pequeño comedor con una cerveza en la mano, recogiendo la sonrisa de pillo que de vez en cuando le dedica Frank mientras agrega ingredientes misteriosos a las tajadas de pan blanco que tiene dispuestas en el mesón.
Dios.
Se está convirtiendo en un viejo sensiblero.
Cuando le da el primer mordisco al sándwich que el otro ha puesto frente a él, no puede reprimir un gimoteo de satisfacción. Años que no probaba uno de aquellos experimentos culinarios. Está seguro que si cierra los ojos un instante, escuchará a un par de mocosos discutiendo delante suyo.
“¿Está bueno?”.
Frank le observa desde el otro lado de la mesa con su propio sandwich en las manos y expresión expectante.
“Sí. Muy bueno”.
El otro se dispone entonces a dar cuenta de su merienda pero entonces se detiene con el emparedado a medio camino hacia su boca.
El corazón de Bobby se aprieta en su pecho.
No quiere a Steve de vuelta.
No ahora.
“¿Qué sucede, hijo?”.
“Dean te ama mucho”, le suelta de sopetón.
Eso, definitivamente, no era lo que esperaba.
Bobby se obliga a carraspear.
“Es… Es bueno saberlo”.
Sin darle mayor importancia, Frank ataca su sándwich.
Sin embargo, Bobby ya no tiene hambre.
“Él…”, tiene que volver a carraspear porque la muy maldita de su garganta amenaza con impedirle continuar. “¿… está bien?”.
Frank se muerde el labio, asiente con seguridad y lo mira directo a los ojos cuando pregunta de vuelta:
“¿Y tú?”.
Silencio.
Cuando siente la primera lágrima caer sobre su sándwich, Bobby se da cuenta, sorprendido, que está llorando.
“Oh, Bobby”, Frank adelanta una mano y la coloca sobre el brazo del hombre. “No es tan malo. Él está a salvo. Lo prometo”.
“Lo sé”, dice y, abandonando el sándwich en el plato, coloca la otra mano sobre la de Frank. “Lo sé, hijo”.

Capítulo 4

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