Fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester” (4)

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Fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester” (4)

Título: “Los Estados Unidos de Dean Winchester”
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: todo público.
Resumen:
Cuando Sam Winchester se larga a encontrar su tranquilidad, piensa que cuando lo haya logrado y vuelva, Dean y él podrán hablarse de nuevo y arreglar sus problemas. Eso es lo que Sam quiere, pero a veces ni siquiera el hermano que le ha dado todo es capaz de cumplirle todos sus deseos.

04
It’s not a concusion

“No recuerdo eso “, se lleva una mano a la cabeza, tanteando con los dedos. “Debe ser la contusión”.
“¿Cuál contusión?”.
Dean levanta la mirada hacia su hermano: está hablando en serio.
“¿No tuve una contusión?”.
Sam suspira.
“Toma las pastillas”.
Dean baja la mirada hacia su mano abierta y las cápsulas que no sabía que estaban allí. Intenta recordar para qué sirven, por qué su hermano quiere que se las tome. Son otras las imágenes, sin embargo, que acuden a su memoria.
“Estás enfadado conmigo”.
San frunce el ceño en confusión.
“¿Qué?”.
“Por Amy”.
“Dean, eso ocurrió hace tiempo ya”.
“Pero estás enojado conmigo”.
“Dean…”.
“Me abandonaste”.
“No es así”.
“Lo hiciste”.
“Dean…”.
“Lo hiciste”.

-o-

“¿Usted es Sam Winchester?”.
Sam, aún con la mano en el picaporte de la puerta, dirige su mirada al encargado del motel, un hombre robusto y con barba de chivo que lo observa con toda atención.
“Uh… Tal vez”.
El otro lanza un bufido.
“No puede ser otro. La descripción se ajusta”, da la vuelta y extrae de un casillero un sobre que tiende hacia el cazador.
Sam frunce el ceño.
“¿Qué es eso?”.
“Su amigo dijo que lo necesitaría”.
“¿Mi… mi amigo?”.
“Cabello rubio oscuro, 1.85 , ojos verdes,…”.
Dean.
Perplejo, Sam toma el sobre y el otro se acoda en el mesón, claramente curioso.
“¿Cuándo le dio esto?”.
El hombre piensa un momento sobándose la barbilla.
“Vino hace cuatro o cinco días. Entró, pidió un cuarto y entonces sacó el sobre del bolsillo de su chaqueta y me lo entregó”.
“¿Eso es todo?”.
“Eso es todo”.
Sam abre el sobre y saca de su interior una foto, en blanco y negro, en artísticos juegos de claroscuros, enigmática porque el que está allí es Dean frente a un ventanal que da a un estanque. ¿Sin ropas? Sam no quiere pensar en eso. No lleva camisa, el resto se pierde en la oscuridad de la instantánea. Dentro del sobre también hay unas llaves que podrían ser de cualquier cosa.
“Su amigo es un poco… extraño, ¿verdad?”, interviene el encargado regresándolo al momento.
“¿Por qué dice eso?”.
“Bueno, ¿por dónde empiezo? Llega como un hombre tímido y educado, vestido de traje y corbata y se marcha una hora después siendo un tipo rudo y fanfarrón con chaqueta de cuero”.
Sam vuelve a mirar el contenido del sobre, perdido en sus pensamientos, desilusionado y confuso. Su hermano no estuvo allí, nada más Steve. Pero si Steve quiere alejarlo de Dean, ¿a qué viene el sobre?.
“… y no regresó”, continúa el hombre.
“¿Perdón?”.
“Pagó por dos semanas y no regresó. Sus cosas aún están allí”.
Sam tarda dos segundos en procesar la información antes de sacar su identificación del FBI y exhibirla ante el hombre con la suficiente rapidez para que el apellido Smith impreso allí no llame su atención.
“Necesito ver esa habitación”.
El hombre se yergue, tenso ahora por la preocupación.
“¿FBI? ¿Es… Es una especie de psicópata o algo así?”.
“No, simplemente alguien con algunos problemas. ¿Puede darme esa llave?”.
El sujeto la busca en la pared a su espalda y hace el ademán de salir desde atrás del mesón.
“No tiene que acompañarme, gracias. Sólo déme la llave”. El hombre se encoge de hombros y se la entrega sin chistar. “¿Conducía él un auto clásico, un Impala?”.
“No, más bien parecía un modelo automático, del año. Por lo reluciente, diría que recién comprado o rentado.
“¿Qué nombre usó en el registro?”.
“Espere un minuto”, el hombre abre el libro de ingresos y revisa moviendo su dedo índice sobre las listas. “Seeley Hannover”.
“¿Qué?”.
“Así dice aquí. Él mismo lo escribió”.
Sam se acerca y se asoma sobre el libro.
“¿Está seguro?”.
El hombre le da la vuelta al registro y señala un nombre. Sip. Seeley Hannover. Sam espera que sea sólo un alias.
“Ejem…”, ofrece el recepcionista. “¿desea que le ayude?”.
“¿Uh?… no, gracias. Ya hizo suficiente”.
“Me refiero a…”, el hombre le señala brevemente el brazo que ha apoyado sin darse cuenta en el mesón. Un rastro de sangre a medio secar surge desde el borde de la manga de la chaqueta hacia los dedos. Maldición. “Estoy bien”, dice. “Nada más… ¿tendría alguna toalla de papel o algo parecido?”, el otro se apresura entonces en extraer un rollo desde abajo del mesón y entregárselo a Sam. “Gracias”.

La habitación le provoca un breve deja vu. Líneas de sal tras las puertas; un par de símbolos enoquianos enseñados en alguna ocasión por Castiel escritos en el techo con marcador negro; y en la pared, frente a la cama, un mapa. Casi espera ver las fotos de Dean, papá y él colgando del borde de un espejo. Sobre el mapa hay anotaciones, garabatos escritos sin cuidado, incomprensibles. Sam logra distinguir tan sólo un par de palabras aisladas. Hay nombres de pequeñas localidades encerrados en círculos con marcador y una lista de claves en un block en la mesita de noche que Sam reconoce como de la policía, al lado de abreviaciones de fechas, horas y lugares.
“¿Qué estás buscando, Dean?”.
Vuelve al mapa esperando encontrar un patrón, pero a primera vista, no lo hay. Un nombre llama su atención: Galesburg, Illinois. Marca en su celular el número de Bobby.
“¿Sam?”.
“Bobby, ¿le preguntaste a Tamara, por casualidad, qué clase de caso estaba trabajando cuando encontró a Dean?”.
“Me habló de monstruos comehombres, resistentes a la plata y la sal, ¿te suena?”.
“Leviatanes”.
“Correcto. Y ella no encontró a  Dean: él la encontró a ella y la salvó con sopa de limpiadores cuando estaban por convertirla en plato de fondo. Luego, cortaron sus cabezas, las quemaron y enterraron en el cementerio. El procedimiento usual. ¿Por qué? ¿Se te ocurrió algo?”.
“Estoy en eso, Bobby. Pero esto no luce como sucia magia negra”.
“¿Alguna idea acerca del auto de tu hermano?”.
Sam suspira.
“Nada todavía. Voy a seguir algunas pistas y entonces te llamaré de nuevo”.
“De acuerdo, muchacho”.
“¿Cómo está?”.
“Durmiendo. Aún tiene para dos horas. Benditas drogas”.
“Te llamaré”.
“Bien”.
Toma fotos de todo el lugar con su celular. Piensa un momento si debiera enviárselas a Bobby pero decide que no. El viejo cazador ya tiene mucho en sus manos con Dean. O Steve.
Se sienta en la cama un momento, revisando sus opciones. La foto no ofrece mayor información salvo por la forma extraña del ventanal, a cuadros con bordes de fierro, como un invernadero decimonónico. Con las llaves no le va mejor. Son tres, de distinto tamaño y forma. Ningún signo distintivo. Sólo llaves.
Abre su diario, busca los números que ha traspasado desde las servilletas y comienza a marcar.

La primera de ellas, (por lo que puede inferir del itinerario que debe haber seguido Dean gracias a las servilletas) recuerda a Steve perfectamente. Llevaba chaqueta de cuero negra y conducía un auto grande como un bote, igualmente negro, no le sabe decir el modelo porque ella es más de motos. Se ríe evocando los recuerdos.
“¿Qué?”.
“Nada. Le dije lo mismo a él. Entonces sonrió y dijo: Arreglaré eso”.
Cuando un par de horas después apareció con una Harley, ella le dio su número telefónico y en la noche tuvieron sexo del bueno. Se fue por la mañana diciendo que tenía asuntos urgentes que atender. No ha sabido más de él desde entonces.
“¿Puedes cerrar la boca, por favor?”, le pide la chica y sólo entonces Sam se percata de su expresión boquiabierta. “Usualmente yo no hago ese tipo de cosas”.
Pero Dean sí, así es que eso no es lo que le sorprende.
“Supongo que no sabes qué hizo con el auto o cómo obtuvo el dinero para la Harley, ¿verdad?”
“¿Hola? ¡Lo conocí por unas cuantas horas! No compartimos nuestros secretos esa noche precisamente”.
Sam ocupa el resto de la tarde en hallar el lugar donde Dean compró la Harley. Pagó al contado, por supuesto. Revisa la ruta desde la cabaña de Rufus hacia ese primer punto. Hay un buen número de bares en el camino como para que su hermano haya tenido la suficiente suerte, y habilidad, para hacerse de una buena suma en el poker o el billar. Sería una explicación plausible.
Llama y visita bodegas de los alrededores, a un radio de dos horas máximo en torno a la camarera. Ninguna ha recibido un Impala a guardar. Lo que hizo con el vehículo tendrá que seguir siendo un misterio por el momento.

La segunda, Laura, atiende en un café librería. Ella le habla de un hombre sofisticado, lleno de seguridad en sí mismo. No puede creer que lo esté buscando el FBI.
“¿Está él… está él en problemas?”.
“No lo sabemos todavía, señorita. Esperamos que no sea así. ¿Alguna otra cosa que recuerde acerca de él?”.
“Bueno,… deseaba saber si habían ocurrido cosas extrañas en los alrededores. Estaba investigando para su novela”.
“¿Novela?”.
“Sí. ¿No le dije que era escritor? Perdón, lo olvidé”.
Escritor. Vaya. Eso es nuevo.

La tercera en la lista trabaja en un restaurant de manteles a cuadrillé y platos caseros. La muchacha, con una sonrisa encantadora, le habla de un hombre tímido, educado, tierno y muy, muy buenmozo. Cuenta que el joven se sonrojó al descubrir que ella había escrito su número de teléfono en la servilleta haciéndole sentir como una pervertidora (Sam tiene que hacer un pequeño esfuerzo para no reír en ese punto). No, no sabe en qué se transportaba.
Agradeciendo su ayuda, Sam se dispone a abandonar el restaurant cuando un cartel en el panel de avisos de turismo capta su atención. Es un panfleto como cualquiera anunciando los sitios de interés alrededor del pueblo, salvo que en una esquina, entre ranchos y lagos varios, se encuentra la imagen de un invernadero de cristal y fierro en forma de cúpula junto a un estanque.
“Disculpe”, detiene a la camarera que pasa junto a él. “¿Puede decirme qué es esto?” y señala la foto de su interés en el cartel.
“Es el invernadero. Le llaman el Palacio de Cristal y tiene más de cien años”, le informa. “Si quiere visitarlo tiene que hacer una cita. Allí está el número. La dueña se llama Claire. Es una artista, quizás la única aquí en el pueblo. Vive allí mismo. Organiza exposiciones de sus obras de vez en cuando. El invernadero es herencia de su familia que fue dueña de toda esta zona hasta hace unas décadas. Si le interesa la historia y el arte, se lo recomiendo”.

Claire es rubia, busto pequeño y caderas anchas. Un poco distinto al tipo usual de Dean. Aunque, en realidad, Dean no tiene un tipo usual, simplemente le gustan todas. Ella se ve frágil, éterea pero hermosa, aún sin una gota de maquillaje. Viste una túnica de gasa coloridamente transparente. Es la única cosa que lleva encima y Sam se obliga a sí mismo a mirar hacia las paredes donde cuelgan obras fotográficas y pictóricas de distintos autores lo cual trae de regreso a su memoria el motivo por el cual se encuentra allí.
“¿Usted tomó esta fotografía?”, le muestra la foto del sobre.
“Sí, ¿por qué la tiene usted?”.
“Estamos buscando a este hombre”.
“¿Seeley?” y su rostro refleja de inmediato preocupación. “¿Por qué?”.
“Está… perdido”.
“Pero él estuvo conmigo algún día durante la semana pasada. Oh, Dios. Espero que esté bien.”
“¿Le importaría contarme acerca de su visita?”.
Ella no tiene tapujos en relatarle TODO lo que compartieron ella y Seeley (no Dean) durante los casi dos días que estuvieron juntos en su casa, comenzando por la exquisita conversación en torno a la obra de Kurt Vonnegut, y terminando en la sesión de sexo tántrico en el estanque rodeados de velas blancas y música de piano y chelo.
Con una carraspera, Sam impide que los detalles se sigan profundizando en una dirección que no desea.
“¿Vio algo extraño en él? ¿algún símbolo o una herida fresca con apariencia anormal?”.
“Tenía un tatuaje, aquí, sobre el corazón…”, se señala el pecho con uno de sus finos dedos. “… y muchas cicatrices por todo su cuerpo pero no recientes”.
“¿Por qué vino a verla?”.
“Bueno, necesitaba información acerca de la historia del poblado para su próxima novela”.
“Uh… ¿Y por casualidad, le contó él del tema de esa novela?”.
“Ciencia ficción. Pequeños pueblos consumidos por una insaciable raza alienígena. Creo que estaba en busca de una locación para ambientar el relato. ¿Por qué? ¿Es importante?”.
“Todo es importante, señorita”, dice mientras busca en su bolsillo. “Todo puede darnos una pista”. Extrae las llaves y las pone a la vista de Claire. “¿Tiene alguna idea acerca de estas llaves?”.
Ella sonríe, las toma de su mano y separa una:
“Esta es la llave de mi casa”, levanta otra. “Mi galería”, la tercera. “La bodega”. Se las entrega de vuelta. “Guardó algo allí”.
La bodega se encuentra detrás de la casa y demoran diez minutos en llegar allá. Es grande, lo suficiente para contener el Impala. Pero cuando Sam alza la cortina metálica, lo que encuentra allí es… la Harley.
“Dijo que un amigo pasaría por ella. Supongo que querrá confiscarla” le hace una seña con el brazo. “Toda suya”. Suspira mientras se cruza de brazos y echa una última mirada al vehículo. “Una lástima”, dice y se muerde el labio inferior. “Ojalá lo encuentren”.
Ella le ayuda a conseguir un transporte para la moto hasta el pueblo. Desde allí tendrá que arreglárselas solo. Esa noche busca en la web información sobre la máquina. Ya tiene listo el itinerario siguiente y si logra domarla, entonces quizás pueda acelerar los tiempos. Aunque, a decir verdad, no está muy seguro de querer continuar. A esas alturas, imposible negar lo evidente.
En una silla delante suyo, como si quisiera tener primera fila ante el espectáculo de su vida, su amigo de siempre.
¿Qué esperabas encontrar, eh, Sam?”.
Sam piensa en la navaja en el bolsillo trasero de su pantalón.
“En el fondo, conoces la respuesta”, y de pronto el muy tramposo se encuentra detrás de su oído. “Tu hermano está LOCO”, le susurra en tono conspiracional y luego está de nuevo en la silla, acomodándose con los brazos tras la cabeza. “Tal vez más que tú. Ya era hora”.
Sam no quiere escucharlo, sus palabras lanzan corrientes heladas a través de sus venas. En verdad, no quiere. En especial en esta ocasión porque tal vez, y sólo tal vez, esta ocasión esté diciendo la verdad.

Capítulo 5

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