Fic: “Lazarus rising” (4)

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Título: “Lazarus rising”
Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Dark Angel.
Calificación: Todo espectador.

04
Miracle

Alguien coloca con delicadeza un vaso en sus labios. El sabor de la leche llega a su lengua y ella bebe con gusto. Los párpados pesan. Permanecen cerrados aún mientras aleja de sí el vaso y la mano que lo sostiene.

“¿Alec?”.

“No, Max”, le responde la voz perruna de su amigo. “Es Joshua”.

Con gran esfuerzo, abre los ojos y logra mantenerlos así lo suficiente para comprobarlo.

“¿Dónde está Alec?” El silencio de Joshua, incómodo, le hace recordar los acontecimientos del día anterior con la Junta para la Salvación de Max. “No estoy loca, Josh”. Deja que los párpados hagan su voluntad, demasiado cansada para rebelarse de nuevo.

“Bueno,… Alec no está aquí”.

“Lo ví”, habla, ojos cerrados. “Estaba en la azotea. Lo seguí hasta un edificio, no creo que sea lejos de aquí”.

“Hum…” y Max nota en el tono de su amigo, el temor de contradecirla.

“¿Qué pasa?”.

“Joshua encontró a Little Fella en el pasillo. Sólo a ella. No Alec. Nadie más”.

La morena se endereza en la cama, obligándose a mantenerse despierta.

“¿Qué?”.

“Joshua encontró a Little…”

“Sí, sí. Te escuché la primera vez. Es sólo que… ¡Demonios!”, se recrimina. “¿Fue un sueño?”.

“Tiene que ser”.

“Pero fue tan real”.

“Joshua no le dirá a nadie”.

“No estoy loca, Joshua”.

“Lo sé”, repite el cachorro gigante. “No le dirá a nadie. No más pastillas, no más agujas. ¿Desayuno?”.

No puede evitarlo. No hay cómo resistirse al gran amigo. Asiente con una sonrisa sintiendo que su pecho se entibia con la atenta preocupación del grandote.

“Pero, necesito ir al baño primero”.

Echa hacia atrás la manta que tiene encima y se gira en la cama para colocar los pies en el suelo. El cuarto se mueve, las piernas hormiguean y se sienten como gelatina. Joshua de inmediato la toma de los brazos para ayudarla a incorporarse pero ella lo rechaza con un suave ademán.

“Puedo yo sola, Josh. No te preocupes. Déjame algo de orgullo, ¿de acuerdo?”

El transhumano se hace a un lado.

“De acuerdo”, le dice pero no le quita los ojos de encima.

“No estoy inválida tampoco, ¿sabes?”, insiste mientras se pone de pie e intenta mantener el equilibrio.

“Lo sé”, pero permanece allí.

Max suspira.

“Qué hay acerca del desayuno, ¿eh? Estoy realmente hambrienta”.

Eso parece tranquilizar al gigantón.

“Max hambrienta. Eso es bueno, es bueno”, se va hacia la puerta y se devuelve dos pasos. “Volveré con el desayuno”.

“Ve, Josh”.

En cuanto Joshua desaparece por la puerta, Max se deja caer de nuevo sobre la cama. Dios, cómo le pesa el cuerpo. Pareciera que sus piernas son incapaces de soportarlo, menos aún llevarlo de ida y vuelta hacia el baño antes de que Joshua regrese. Baja la mirada y se examina los pies como si pensara que han desaparecido por algún acto de magia. Frunce el ceño. Sus pies están sucios. El color más oscuro de alguna clase de polvo se asoma entre medio de los dedos y por sobre el borde. Y si examina con más cuidado, hay gravilla adherida en las plantas. Los achaques desaparecen en un segundo. Sin preocuparse de buscar algún calzado, se incorpora y sale del cuarto.

El pasillo está limpio. Joshua se ha convertido en un obsesivo aseador desde que recibe a sus alumnos. Al fondo está la ventana. Va y la examina. Aparentemente ha estado cerrada desde hace mucho pero entonces su mirada se detiene en la pintura resquebrajada de los pestillos y en la huella de una pisada en el alfeizar, del otro lado del vidrio.

“Un sueño, ¡los cuernos!”.

De un manotón fuerza la ventana que se abre con violencia. Se asoma para descubrir el patrón regular de señales en el muro, alrededor de la cañería, que delatan una furtiva huida hacia las alturas.

Tiene que ir a la azotea.

Da la vuelta y casi se estampa contra el cuerpo de Joshua, quien la mira con gesto ceñudo.

“¿Little fella?”.

“No estoy loca, Josh. Y tengo cómo probarlo”, lo empuja para que se asome. “Mira”.

Joshua obedece sin saber qué mirar. Mueve las pupilas de un lugar a otro hasta detenerse nuevamente en Max. La morena suspira, dándose por vencida.

“Alguien estuvo aquí”, explica.

“¿Uh?”.

“Alec”.

El gigantón entra el cuerpo lentamente. Su rostro denota aflicción.

“Max…”

“Debo ir a la azotea”.

“Max no está bien”.

La morena lo agarra de los hombros desde su altura y lo obliga a encararla.

“Dame una oportunidad”, pide y Joshua duda ante su casi puchero. “Vamos. Créeme. Sólo esta vez”.

Joshua suspira y deja caer los hombros. Señala hacia abajo, hacia los pies de la morena.

“Max necesita zapatos”.

Desde el tejado, le es posible a Max orientarse. Recuerda la siguiente terraza a saltar y luego el edificio donde le alcanzaron los efectos del medicamento. Está a tres cuadras de distancia. Es un edificio alto y a medio terminar, o a medio destruir según sea el punto de vista. Las paredes están desnudas formando oscuros laberintos a través de los pisos. Max no está segura de dónde exactamente buscar. Sólo sabe que ese fue el último lugar donde vio a Alec antes de volver a perderlo. Suben, piso tras piso, recorriendo una a una las habitaciones, Joshua sin apartar su vista de la morena como si pensara que en cualquier momento fuese a tener una crisis psicótica. En el onceavo piso, las sombras se hacen más espesas contra la tenue luz del crepúsculo.

“Uhm, ¿Max? Es tarde”.

“Sólo un poco más, Big Fella. Únicamente restan cinco pisos”.

“Pero Max tiene que descansar, la mujer doctor dijo…”, detiene la frase en seco, congelado, la cabeza alzada olisqueando el aire.

“¿Qué sucede?”, quiere saber Max. “¿Joshua?”.

“Alec”, suelta el gigante con la nariz aún en alto.

“¿QUÉ?”.

“Huele a Alec”.

La morena se vuelve y examina el área con su visión nocturna.

“¿Estás seguro?”, Joshua cierra los ojos, aspira el aire y deja escapar un lastimero aullido. “¡Shh! ¡Joshua!”, intenta calmarlo. Un ruido, apenas el leve roce de algo contra el suelo los hace callar a ambos. Max gira y se adelanta con paso calmo hacia el lugar de donde proviene. Escucha con atención: alguien más respira en ese lugar.

“¡No voy a ir a ninguna parte hasta que te muestres!”, grita.

Al principio no ocurre nada, salvo que la respiración de ese alguien parece detenerse. Y entonces desde la habitación contigua, se asoma una silueta recortada contra el agujero que alguna vez fue un ventanal. Max conoce la silueta, la misma que alguna vez vio en la altura de la Aguja de Seattle; colgando de una soga en un museo; luchando por la vida de todos en Jam Pony cuando el mundo se estaba yendo a la mierda.

“¿Alec?”.

Esta vez no huye. Se deja ver. Pasea su mirada tensa entre la morena y el transhumano, todo su cuerpo delatando cuan alerta se encuentra. Luego se mueve, lentamente. Camina y pasa de largo junto a Max sin quitarle los ojos de encima, llega hasta Joshua y lo rodea, inspeccionándolo con calma. Max permanece en su lugar, tan inmóvil como le es posible. Desde allí ve cómo le cosquillean las manos a Joshua y adivina su intención.

“Josh”, le advierte y el gigantón se vuelve hacia ella, las manos comenzando ya a tomar altura para abrazar al que lo rodea. “No”. Big Fella deja caer los brazos de golpe y espera riendo nervioso, sin poder contenerse.

Cuando Alec termina su inspección, permanece en su sitio un instante, la vista puesta en el rostro del otro, una media sonrisa asomándose en los labios. La rigidez de su cuerpo se ha ido. Luego vuelve su atención a la morena.

“Vaya si es jodidamente difícil llamar tu atención”, suelta.

En aquel momento, y sólo entonces, Max recupera la movilidad.

“Estás… ¡Estás vivo! ¿Cómo es eso posible?”.

“Uhm… ¿un milagro?”.

“¿Cómo?”.

“No lo sé”.

“¿No lo sabes?”.

“No, sólo tengo imágenes extrañas revoloteando en mi cabeza todo el tiempo”.

“¡Cielos, Alec! Tú estabas…” muerto, pero no se lo va a recordar en ese momento. Se muerde la lengua y continúa. “¿Estás… bien?”.

Una sonrisa que no alcanza a sus ojos.

“Yo siempre estoy bien,…”, se detiene, sus labios hacen una mueca apenas visible antes de continuar, dudoso. “…Max”, y le esquiva la mirada.

Ella entrecierra los ojos.

“No tienes idea de quién soy”, no es una pregunta.

“Nop”.

“¿Qué recuerdas?”.

“Bueno”, se rasca la cabeza haciendo memoria. “Sé que te conozco, pero no sé quién eres”.

“Pero regresaste a Terminal City”.

“¿Por qué no? Parece tan buen lugar como cualquier otro”.

Max entiende.

“Está dentro de tus recuerdos”.

“Bueno, digamos que no hay mucho a lo que pueda echar mano en este momento”.

La confusión se mueve debajo de la máscara de autosuficiencia que el transgénico apenas logra mantener en alto.

“Pero sí sabes quién eres tú, ¿verdad?”, continúa Max.

“Supongo que soy… Alec. Lo cual no me dice mucho”.

“Eres mi amigo”, irrumpe el vozarrón de Joshua desde atrás y Alec gira a medias para contestarle.

“Eso lo sé, Josh”.

“Recuerdas su nombre”, establece Max.

Alec bufa.

“Tú lo llamas así todo el tiempo”.

“¿Todo el tiempo?”, frunce el ceño. “¿Desde cuándo andas por los alrededores?”

Alec se encoge de hombros.

“¿Una semana tal vez?”.

El departamento, los objetos en la oficina…

“¿Me has estado acechando?”.

“Oh, yo no lo llamaría así. Es sólo que, por alguna extraña razón, tuve la convicción de que debía buscarte”.

“¿A mí?”.

“Sip”.

“¿Por qué?”.

“No lo sé. Llámalo instinto. Tengo la impresión que sueles salvar mi vida de vez en cuando”.

Excepto la última vez. Los recuerdos de aquel terrible día se agolpan en su memoria. Parece una cuestión de autochantaje emocional para evitar pensar en lo irracional de la situación. Ella lo vio morir. Ahora lo tiene al frente, vivo y con la misma actitud desenfadada de antes. Algo no debe andar bien. Logan le diría eso. Max se aclara la garganta.

“¿Puedo… puedo ver tu cuello?”.

El rostro de Alec lucha con el desconcierto.

“¿Es alguna clase de sucia perversión tuya?”, Max no necesita más que echarle una mirada malhumorada para desarmarlo. “Está bien, está bien”.

Abre los brazos en señal de rendición. La morena se le acerca y le hace inclinar la cabeza para poder asomarse sobre la zona posterior de su cuello. Aparta el borde del sweater que lleva puesto y mira. No tiene código de barras, cosa que debería disparar sus alarmas internas, pero que ella deja pasar porque Joshua tiene razón: huele a Alec. Se detiene en ese detalle, aspirando su aroma a ojos cerrados, antes de dejarle ir. Luego lo contempla con fijeza, buscando alguna señal en los ojos increíblemente verdes, en las pecas desparramadas en la piel, que le explique el fenómeno que tiene al frente, al punto que el objeto de su inspección se remueve, incómodo por la atención puesta en él.

“Hum… ¿Deseas tocar algo más?” mueve las cejas arriba y abajo y la sonrisa pícara surge natural y genuina.

Max se resiste a la necesidad urgente y familiar de lanzarle un palmetazo. Buena señal que le hace sonreír a pesar suyo. Sólo Alec puede provocar eso en ella. Únicamente entonces parece darse cuenta que su mano, palma abierta, descansa en el pecho firme y fibroso del muchacho. Su primer impulso es sacarla de allí a toda prisa pero en vez de eso, en contra de lo que su cerebro pide, lo rodea con sus brazos y se aprieta contra él. Apoya su cabeza allí donde antes estuvo su mano y escucha el latir acompasado de su corazón. Las manos de Alec tantean vacilantes antes de corresponder finalmente al abrazo.

“Bueno…”, dice. “Esto es… embarazoso. ¿Me extrañaste?”.

Max cierra los ojos y deja que el calor del cuerpo que abraza la envuelva.

“Cállate, Alec”.

Si algo anda mal, ella no lo quiere saber.

Continuará…

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