Fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester” (5)

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Fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester” (5)

Título: “Los Estados Unidos de Dean Winchester”
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: todo público.
Resumen:
Cuando Sam Winchester se larga a encontrar su tranquilidad, piensa que cuando lo haya logrado y vuelva, Dean y él podrán hablarse de nuevo y arreglar sus problemas. Eso es lo que Sam quiere, pero a veces ni siquiera el hermano que le ha dado todo es capaz de cumplirle todos sus deseos.

05
Dean and a thousand more.

Tiene que encontrar a Sam.

La gente pasa a su lado sin prestarle atención mientras camina sobre la acera con dirección a ninguna parte. Las vitrinas brillan exhibiendo sus trajes de 200 dólares. No reconoce el lugar. Inútil intentar imaginar un nombre. El brazo duele bajo el yeso. Necesita analgésicos y seguramente antibióticos.

Y, sobretodo, encontrar a Sam.

-o-

“No sabía que supieras manejar estos armatostes”, le grita Bobby por sobre el sonido del motor de la Harley. Sam cierra la llave de contacto silenciando la máquina y se saca el casco y los anteojos oscuros que le han ayudado a hacer el camino de regreso.
“Google lo sabe todo”, le explica al cazador mientras se apea. “¿Cómo se encuentra?”.
“Bueno…”, Bobby le indica con una seña de su barbilla que dirija su mirada hacia la ladera, al costado de la cabaña. Allí está el otro Winchester llevando encima una sudadera que claramente no le pertenece, jeans y una de las gorras de Bobby con la visera hacia atrás en la cabeza. Juega con un par de perros que no estaban allí cuando Sam partió en busca de la verdad hace casi ya una semana.
“Esa… ¿esa es mi sudadera?”, pregunta entrecerrando los ojos para visualizar mejor a la distancia. “¿Por qué lleva puesta mi sudadera?”.
El viejo cazador se le acerca y le palmotea el hombro.
“Vamos, chico. Necesitarás una taza de café… O quizás un trago”, y comienza a caminar hacia la cabaña, seguro de que Sam sigue sus pasos. Una vez adentro, deposita sobre la mesa un par de tazones que llena con tres cuartos de café y un cuarto de buen whisky escocés, gentileza póstuma de Ruffus. Mientras lo hace, Sam observa con ceño fruncido, a través de la ventana, en silencio. Dean, corre, salta, ríe mientras los perros intentan arrebatarle un viejo balón de fútbol desinflado.
“Ese no es Steve”, dice al fin recibiendo el tazón que le tiende Bobby, sin apartarse de la ventana. El viejo cazador bufa, contento de no tener que discutir esta vez.
“Su nombre es Frank y esos…”, señala a los perros. “… son Mr. Rumnsfield tercero y Mrs. Yoda. Los trajo esta mañana, no me preguntes de donde”.
Sam asiente y toma un sorbo del brebaje siguiendo los movimientos de su hermano a través del vidrio. Nota las zapatillas tenis en reemplazo de los pesados botines y recuerda que no lo ha visto calzarlas en siglos.
“Tiene catorce años”, agrega Bobby interrumpiendo sus pensamientos. Sam detiene su segundo sorbo de café a medio camino.
“¿Qué?”.
“Hijo único de un padre amoroso; su madre murió de cáncer cuando era pequeño; siempre ha deseado tener un hermano; a los 12 años se dio cuenta que no era el único allí dentro” y se topa la cabeza con el índice para clarificar a qué se refiere.
Sam vuelve a mirar a su hermano, boquiabierto, y después deja escapar el aire de sus pulmones en un suspiro.
“Me pregunto si el resto también tiene su propia historia”.
Ahora es Bobby quien frunce el ceño.
“¿El resto? ¿Qué quieres decir con… el resto?”.
“No lo sé. Muchos, me temo”.
Abandona la ventana y deja el café en la mesa para buscar la libreta que lleva en el bolsillo.
“Aparentemente”, comienza a explicar al tiempo que busca en las páginas sus anotaciones. “Steve tuvo dos días de reinado en los que se las arregló para deshacerse del Impala y agenciarse la Harley para tener sexo con una camarera, Mindy, admiradora de las motocicletas clásicas. Ella fue su primera parada según pude averiguar en base a los números telefónicos en las servilletas”, toma una hoja y anota el nombre de la mujer junto con día 2. “Luego, Laura, la segunda camarera en la lista, hace mención de un novelista. Sí, como lo oyes. Sofisticado, buen hablar, algo distante”, agrega una flecha hacia abajo y anota Laura, día 3. “La descripción física calza con Dean. Buscaba datos para su “novela”. Ella le dio su número telefónico pero el sujeto jamás la llamó. El siguiente es un joven descrito como recatado y educado. No dijo su nombre”.
“Frank”, musita Bobby pero Sam no se da por enterado y sigue anotando y relatando:
“A continuación se identifica nuevamente como novelista, bajo el nombre de Seeley Hannover, para meterse en las sábanas de Claire quien se dio el gusto de usarlo de modelo para sus fotografías de las cuales ésta es una muestra”, la coloca sobre la mesa, Bobby la coge y la observa con cejas enarcadas. “Hannover es el nombre con que Dean se registró en el motel en que inicié mi investigación tres días antes de que le halláramos gracias a Tamara. Entre tanto usó un nombre más, Gabriel, pero no tengo mayor información al respecto salvo que le preparó el desayuno a una cuarta camarera después de pasar la noche con ella”.
“¿Algún patrón reconocible además del constante cambio de nombre y actitud?”
“Dean está buscando algo. Su habitación en el motel era la típica postal de una cacería. Cuando descargue las fotos al laptop podrás darte cuenta de ello. Dijiste que Dean había encontrado a Tamara y no al revés. En el mapa principal que mi hermano tenía en la muralla, había localidades señalizadas por él, entre ellas Galesburg, Illinois”.
Bobby frunce el ceño.
“¿Está tras los leviatanes? ¿Solo? ¿Por qué?”.
“No lo sé, Bobby. Tal vez debido a nuestra discusión”, respira profundo y se deja caer sobre el respaldo de la silla que lo sostiene. “Seeley Hannover y Gabriel pueden ser tan solo un par de alias de Dean investigando, como pueden ser otras de estas…”, busca inútilmente en el techo un nombre que él sea capaz de deglutir.
“Identidades”, le completa Bobby sin asco y toma el papel donde Sam ha esquematizado la información. “Bueno, parece tener líbido por tres, eso es seguro”.
Sam lo mira con extrañeza.
“No pareces muy sorprendido de lo que te he dicho”.
Bobby suspira.
“Frank ya me había informado algo sobre ellos”.
“Por favor, no hables de él como si realmente se tratara de otra persona”.
“Él ES otra persona ahora, muchacho. Dean está perdido en algún lugar dentro de esa cabeza”.
Sam vuelve a mirar a su hermano allá afuera.
“Necesitamos ayuda, Bobby”.
El viejo inclina la mirada, los codos afirmados en la mesa. Pareciera que el mundo ha caído sobre él.
“Lo sé”, dice finalmente. “Veré lo que puedo hacer, ¿de acuerdo? Por ahora… sólo síguele la corriente”.
“No sé si pueda”.
“¿Por qué no vas y lo conoces mejor, eh? Estoy seguro de que te agradará”.
Sam se revuelve en el asiento.
“No todavía, Bobby. Dame tiempo”.
“¿Tiempo para qué? Puede ser un poco diferente ahora, pero sigue siendo tu hermano. Sólo tienes que tratar de encontrarlo allí dentro”. Sam desvía la mirada hacia un punto perdido en la pared. “No podrás ignorar el elefante en el cuarto por siempre, Sam. Sólo hay 20 metros cuadrados en la cabaña”.
Sam baja la mirada hacia las anotaciones que ha hecho.
“No todavía, Bobby”.
El viejo cazador deja escapar un suspiro cansado antes de ponerse de pie.
“De acuerdo”, dice y desaparece en la puerta principal, en dirección hacia donde los perros y Frank tienen su diversión.
“Entonces,” escucha la voz a un costado “¿qué vamos a hacer con el Sr. Problemita ahora, eh Sam?”. Se había tardado demasiado esta vez. Sam opta por ignorarlo tanto como puede mientras el otro se interpone en su camino para ser tomado en cuenta. El demonio deja escapar un bufido divertido cuando Sam pasa a su lado y ladea el cuerpo para no toparlo. “¿Es esa la manera en que quieres decirme que no estoy aquí?” Sam se abofetea mentalmente al darse cuenta de lo que acaba de hacer. “Amigo, vas a tener que esforzarte un poco más”, continúa el otro mientras Sam va hacia el laptop y comienza a teclear en la pantalla del buscador PERSONALIDAD MULTIPLE. “¿Sammy?”, de inmediato la red le entrega variadas páginas que catalogan el síndrome como Trastorno de Identidad Disociativa. “Vamos, hombre. Háblame. Te he ayudado un montón. Al menos me merezco un gracias, ¿no crees?”. Recorre los síntomas en un par de ellas y reconoce tanto coincidencias como divergencias en el caso de su hermano. Tal vez, piensa con falsa esperanza, no se trate de esto. “¿Sammy?”. Abre una nueva página y repentinamente el laptop se cierra casi sobre sus dedos que alcanza apenas a retirar. Del otro lado, Lucifer le observa. “Un simple gracias, Sammy. No es tan difícil”.
“No estás aquí”, establece en un tono más elevado de lo necesario.
“Y Dean no está loco. Correcto”.
“Cállate”.
“Cállame”.
Sam busca inútilmente en el bolsillo trasero de su pantalón pero la navaja no está allí sino en la chaqueta que ha dejado en algún sitio perdido en la habitación. Lucifer se le planta al frente cuando intenta ir en su busca. Coge entonces uno de los vasos de la repisa que tiene más a mano y lo estrella contra el suelo. Se deja caer sobre los pedazos como la primera vez, dando la bienvenida al dolor con los ojos cerrados, apretando los dientes.
“Noestásaquínoestásaquínoestás…”
“¿Sam?”. Al principio no imagina quien le llama. La voz le parece muy lejana. Por un momento piensa que se trata de Dean, pero es demasiado suave y respetuosa para pertenecerle a él. Cuando finalmente abre los ojos, su hermano le observa a la distancia de unos pocos pasos, la preocupación evidente en su rostro. Sólo que no es Dean sino Frank cuya mirada lúcida repasa en rápidos segundos todo el escenario. “¿Estás bien?”.
Sam, de pronto, se siente tontamente ridículo por haber sido sorprendido en tal situación.
“Estoy… Estoy bien”, dice y con torpeza se incorpora intentando cubrir la palma de su mano. “Dejé caer un vaso”.
“Estás sangrando”.
Por supuesto, tenía que notarlo.
“No es nada”.
Frank desaparece en el cuarto de baño por un instante y regresa portando en sus manos el botiquín de los primeros auxilios. De paso por la cocina, se hace de un paño limpio antes de colocarse nuevamente frente a Sam con gesto dubitativo.
“¿Puedo?”, pregunta alzando con un pequeño y breve movimiento el botiquín.
Sam lo examina de arriba abajo y está tentado de reír y llorar al mismo tiempo. Dean está de pie ante él llevando la ropa de un adolescente, (y no es que su hermano no se comporte como tal de vez en cuando) incluyendo gorra de béisbol con visera hacia atrás. La mirada ingenua calza perfectamente con el atuendo. Y sin embargo, no es Dean. Toma asiento frente a la mesa. Le hace una seña con la cabeza para que se acerque y le tiende la mano. Frank, porque así ha dicho Bobby que se llama este desconocido, se aboca de inmediato a la tarea de limpiar la herida, echándole fugaces vistazos de reojo mientras lo hace, como si midiera las reacciones del hombre que tiene adelante suyo. Sam nota el cuidado con que manipula la herida, rayano en la reverencia, una especie de supremo respeto que le hace sentir incómodo. Suelta una carraspera antes de comenzar a hablar.
“Así que, eres Frank”.
“Sí, señor”.
“No…” se lleva la mano sana a la frente, el cansancio del viaje comenzando a hacer mella en su cuerpo. “No hagas eso”.
“¿Qué cosa?”.
“No me trates como si fuera mi padre”, al segundo de haber hablado se da cuenta que ha dicho MI padre en vez de NUESTRO padre.
Frank se detiene. Abre la boca para contestar a eso pero se contiene y la cierra antes de devolver su atención a la lesión.
“Está bien”, dice y calla hasta que la herida está limpia de trozos de vidrio y sangre y se puede apreciar su profundidad. “Uh…”, habla, dudoso. “Necesitará puntos”.
“¿Prefieres que Bobby lo haga?”.
“Bobby no está”.
“¿Qué?”.
“Dijo algo acerca de ir por conejos para la cena”.
“¿Y tú le creíste?”.
Frank sacude la cabeza suavemente.
“Bobby desea que hables conmigo, que me conozcas”.
Ese es Bobby.
“Bueno, entonces… no tenemos muchas opciones. ¿Puedes hacerlo?”. Frank se remueve incómodo y aprieta los labios. Sam se da cuenta que lo ha ofendido. El chico es un libro abierto. “Adelante, Frank. Hazlo”.
Frank se apresura entonces en rebuscar dentro del botiquín lo necesario para efectuar la operación. Sus movimientos denotan la seguridad de quien sabe perfectamente lo que está haciendo pero a la vez tienen algo de enérgico y entusiasta, un aire fresco que pocas veces le ha visto a su hermano desde que Castiel lo regresó del infierno. Así, es fácil olvidar que no es un chico de 14 años sino un adulto del doble de esa edad.
“Él no es real, lo sabes, ¿verdad?”, dice Frank sorpresivamente mientras espera que el anestésico local haga efecto. Sam observa los movimientos cuidadosos de su hermano con la aguja en torno a su mano herida.
“¿Como tú?”.
“Yo soy real. Viviré en tanto Dean viva”.
“¿Dean te creó?”.
“Algo así”.
Sam se recrimina por sorprenderse pensando que todo el asunto es de todas maneras fascinante.
“¿Cómo?”.
Frank no responde.
“Frank…”
“Hey, ¿juegas fútbol?”.
“¿Qué…? ¿Por qué?”.
“Dean recuerda algo acerca de un torneo cuando tú eras un niño. Ganaste una copa, ¿verdad?”.
“¿Dean recuerda eso?”.
“¿Qué tal si juegas conmigo? Cuando terminemos aquí”.
“¿Jugar… fútbol?”, Sam balbucea, aturdido por el brusco cambio de tema.
“Vamos, será bueno para ti”.
Sam observa la mirada ilusionada en su hermano, el mismo que refunfuñaba cada vez que de niño le solicitaba su cooperación para la práctica de sus campeonatos.
“Está bien”, se rinde y Frank remata rápidamente los últimos puntos de la herida con una sonrisa apenas contenida.
Para cuando el partido termina, cuatro a tres a favor de Sam, entre risas, sudores y raspones, Sam nota el silencio que hace tiempo no tiene en su interior. Mira alrededor en busca de lo que no quiere encontrar. Lucifer no está más. Frank le sonríe mientras recoge el balón. Y Sam no puede evitarlo, le sonríe de vuelta.

Capítulo 6

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