Fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester” (6)

Estándar

Título: “Los Estados Unidos de Dean Winchester”
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: todo público.
Resumen:
Cuando Sam Winchester se larga a encontrar su tranquilidad, piensa que cuando lo haya logrado y vuelva, Dean y él podrán hablarse de nuevo y arreglar sus problemas. Eso es lo que Sam quiere, pero a veces ni siquiera el hermano que le ha dado todo es capaz de cumplirle todos sus deseos.

06
I wanna go home.

Es un ojo.
Envuelto en el pañuelo que usualmente utiliza para limpiar los desastres.
Es rojo. Es grande. Y estaba en el fondo del bolsillo de su chaqueta donde esperaba encontrar las llaves del Impala.
No está Sam.
No está Bobby.
Sólo él y su nena y una pira donde se consumen los restos del propietario del sanguinolento apéndice.
Dean mira un segundo la retina atravesada por innumerables líneas tan rojas como la pupila misma y sin saber cómo es que sabe que es lo correcto, cierra el pañuelo y guarda la pieza repugnante de regreso en su bolsillo.

-o-

Frank decide devolver los perros a sus dueños al otro lado del monte antes de que anochezca. Los animales le siguen como si fuesen sus compañeros de toda la vida. Sam va con él, obediente al tácito acuerdo al que han llegado con Bobby de no dejar jamás solo a su hermano. Y Lucifer camina junto a ellos haciendo crujir a propósito el follaje muerto bajo sus pies.
“¿Nos dedicamos a cuidar niños ahora, Sammy?”.
Sam aprieta la mandíbula y da vuelta el rostro para no tener que enfrentarlo. En cambio, al que tiene a la vista es a Frank.
“Eres más fuerte que él, Sam”, dice éste sin siquiera prestarle atención aparente. Con una mano acaricia el lomo de Mrs. Yoda mientras vigila el camino y a Mr. Rumsfield que se ha adelantado dando ladridos de gusto en su carrera. Sólo hay tranquila confianza en su expresión. No miente; realmente lo cree. Sam quisiera creer también. Cuando gira de nuevo, Luci no está.
Los dueños del par de perros resultan ser una pareja de edad madura, guías de caza y pesca. Sam observa cómo Frank se ha hecho querer en tiempo abismalmente corto. Lo despiden con una tarta casera en las manos.
“Fuiste tú, ¿verdad?”, le pregunta mientras emprenden el camino de vuelta. “La fotografía, las llaves…”.
Frank se encoge de hombros.
“Sí, fui yo”.
“¿Deseabas ayudarme?”.
“Ibas a necesitarlo, ¿no? Costó bastante, sin embargo. A Seeley le gusta el control”.
“¿Él es…”, últimamente le faltan las palabras, nota Sam. “… el jefe?”.
Frank ríe.
“Ya quisiera él, pero no, no es el jefe; sólo una persona difícil de tratar”.
“¿Tú lo haces? quiero decir, ¿tratas con él?”.
“Bueno, más bien yo hablo y él no me escucha.”
“¿Por qué?”.
“Él no escucha a  nadie. Es un idiota”.
“Wow. Estoy impresionado”.
“Perdón. No quise ser grosero”.
Y ahora Sam no puede evitar reír.
“Vamos, chico. No conozco otro sujeto más educado y cortés que tú. Es sólo que…” y la seriedad retorna con un dejo de amargura. “No sé…”, suspira, agobiado. “Ya no sé quién es mi hermano”.
El resto del camino lo hacen en silencio.
Cuando llegan de regreso a la cabaña de Ruffus, el cielo ya está oscuro, Bobby tiene la cena sobre la mesa, no los susodichos conejos sino hamburguesas, ensaladas y cerveza (de raíz para el chico), y Frank desaparece en el baño para cumplir con el debido rito, políticamente correcto, de lavarse las manos antes de comer. Sam rebusca en la cabaña con la mirada. Son sólo ellos tres. Eso, sin contar aquellos que Dean lleva adentro. Ni señas del otro, del suyo. Sam deja escapar un suspiro de alivio.
El día está acabando al fin, cosa que su espalda agradece con deleite. Cierra los ojos mientras estira las vértebras con los brazos alzados. Cuando los abre, ve pasar de reojo la sombra de su hermano en rauda caminata hacia la puerta. Sam salta de su asiento como un resorte sin esperar la reacción de Bobby en el otro puesto de la mesa.
“¿Frank?”.
“Vamos, hombre”, dice el otro rezumando energía por los poros mientras se ajusta la chaqueta de cuero corta. “¿Qué hacemos aquí? ¡Hay gente en peligro allá afuera!”.
Mierda. Steve. ¿Dónde está Bobby?.
“¡Bobby!”, llama en voz alta viendo cómo Steve se apodera del picaporte.
La puerta no se abre. Bendito Bobby.
“No irás a ningún lado, eso es un hecho”, dice el viejo cazador apareciendo por un costado, con la jeringuilla preparada en la mano, para resguardar el espacio que no alcanza a cubrir Sam. “Por las buenas…”, destapa la aguja con un movimiento evidente. “… o las malas”.
Steve pasea su mirada de la hipodérmica a Bobby y de Bobby a Sam como si no pudiese creer lo que le acaban de decir.
“Entonces, ¿van a drogarme por el resto de mi vida?”.
“¿Prefieres un golpe?”, interviene Sam. “No te permitiremos poner a Dean en peligro”.
“Bueno, eso es irónico siendo que desean darle de golpes y poner drogas en su cuerpo”.
“Mejor eso que arrojarlo a los brazos de los Leviatanes”.
“Dean está seguro conmigo”.
“No sé si te has dado cuenta”, advierte Bobby. “pero el cuerpo que llevas le pertenece a Dean. Así es que si deseas jugar al héroe con esas cosas…”
“Es mi cuerpo también”, y se vuelve a Sam “puedo cuidar de tu hermano. Siempre ha sido así. Como nadie lo ha hecho jamás”.
“Eso es injusto, muchacho”, reclama Bobby.
“Disculpa, Bobby. Pero tú no estás con él todo el tiempo. Yo sí”.
“No te encuentras en condiciones de ir a ninguna parte”, Sam acomoda su postura irguiéndose y cruzándose de brazos para hacer aún más patente su decisión.
“¿De qué hablas? Estoy perfectamente saludable”
“Sí, claro, porque puedes recordar todo acerca de la semana pasada, ¿verdad?”
Steve le dedica una mirada impaciente.
“Mira: hay gente allá afuera que nos necesita. No preciso estar en la onda de Dean para hacer nuestro trabajo. Somos cazadores”.
“¿Quieres salir a cazar?”, apenas puede creer lo que oye. “¡De ninguna manera!”.
“¿Y tú crees que vas a mantenerme aquí?”.
“¡Pruébame!”.
“Sam”, lo llama Bobby y capta su atención. “Tiene razón. Quizás deberíamos negociar”.
Sam frunce el ceño.
“¿Estás hablando en serio?”.
“Sabes que puede ser una gran molestia en el trasero si lo desea. Se listo”.
Sam mira a Bobby y luego a Steve y termina dejando escapar el aire de sus pulmones con disgusto.
“Entonces, ¿de qué se trata esa cacería?”.
“Bueno…”, hace un mohín. “Hay un montón de posibilidades allá afuera”.
Sam bufa.
“No tienes nada”.
“No todavía pero, como dije, no faltarán”.
Bobby puede ver cómo las facciones del Winchester se tensan mientras intenta contener su molestia desviando la mirada hacia una de las murallas. Por un momento piensa que tendrá que intervenir nuevamente para centrarlo en la diplomacia que requiere el momento, pero no es necesario. Sam pone manos en cintura y dirige su atención hacia Steve.
“De acuerdo, éste es el trato: buscamos una cacería, simple, cerca de aquí y sin Levis. Tú y yo la hacemos. No intentarás nada solo y no vas a huir. ¿Estamos?”.
Steve se ríe con sorna.
“¿Y por qué haría yo eso?”.
“Porque es lo que Dean querría”.
“No estoy seguro de eso”.
“Steve…”
“¡De acuerdo, de acuerdo!”.
“Es por el bien de Dean, Steve”.
“Como sea”.
“Vas a necesitar apoyo de todas maneras”.
“Dije que estoy de acuerdo”.
Va y se sienta a la mesa, frente al plato servido. Agarra la cerveza de raíz.
“¿Qué es esto? Vamos, hombre. ¿Escondiste el whiskey?”.

No les es difícil encontrar algo que calce con los requerimientos. A tres pueblos de distancia están apareciendo cuerpos acéfalos a los que no se ha podido identificar aún. Al parecer no son víctimas locales. Sam aún no ha terminado de leer los detalles en la pantalla del laptop cuando Steve ya coge su chaqueta y se encamina hacia la puerta.
Consiguen los informes forenses, se cuelan en la morgue, interrogan testigos, todo lo usual. Salvo que Steve se niega rotundamente a empaquetarse en un traje. A lo más, cede en colocarse una corbata y ponerse una camisa decente debajo de la chaqueta de cuero.
Había baba en los cuerpos y siguiendo el rastro dejado por los hallazgos, ambos hombres pronto están tras la pista de lo que parece ser una hydra mutada. Pero claro, en tiempos como los que corren, nadie puede estar seguro de nada.
Tras hacer una operación rastrillo en la zona, creen haber ubicado el escondrijo de la criatura. Le hacen guardia pues la bicha se hace invisible para cazar y sólo se materializa cuando va a alimentarse de los sesos humanos.
Se atrincheran frente a la madriguera, ocultándose a la vista de la criatura detrás de tupidos matorrales. Cubren su propio olor humano con un mejunje cuya receta ha facilitado Bobby por el teléfono. Pasa la tarde y cae la noche. Sam mira a su hermano, cuyo cuerpo se delata en alerta. Puede reconocer la actitud profesional de Dean, la gracia felina y depredadora en sus movimientos, pero la distancia se hace notar en los gestos, en el esfuerzo por ignorar su presencia.
“No te agrado, ¿verdad?”, suelta sin pensar.
La mueca en el rostro de Steve indica que el tema no es bienvenido.
“Bueno…”, dice de todas maneras, fijando su atención en el gran agujero en la roca a donde debería llegar la criatura. “No soy tu fan pero puedo superarlo en tanto Dean lo necesite”.
Sam sacude su cabeza lentamente con pesar.
“No entiendo.”
“¿Qué cosa?”.
“¿Cómo es posible que tú, siendo parte de Dean, mi hermano, me detestes?”.
El otro parece sopesar las palabras con que contestará a eso.
“Mira, amigo: No estoy aquí para juzgarte sino para proteger a Dean”.
“De… mí?”.
Steve hace un mohín y vuelve a mirar al frente, hacia la caverna.
“Si el zapato te calza…”
Por un breve momento Sam se siente como un pez boqueando en busca de oxígeno.
“Yo… Yo no…”
“Te lo dije: no voy a juzgarte. No tengo por qué escuchar tus descargos”.
Sam lo mira un instante.
“Creo que estoy extrañando a Frank”.
Steve se vuelve a él, el ceño fruncido en interrogación.
“¿Frank?”.
“Sí, Frank”, Steve mantiene su cara de puzzle. “el chico”, aclara entonces.
El otro resopla divertido.
“Un muchacho, ¿uh? ¿Cuántos años?”.
“¿Q-qué?”.
“¿Qué edad tiene?”.
“Catorce, pero…”.
“¡Wow! Pensé que era mayor”.
“Espera un segundo. ¿No lo conoces?”.
“Mira, Sam. Sé que no soy el único, pero no conozco a los demás, sólo percibo su presencia. Bueno, excepto por Harry. Pero él no cuenta”.
“¿Harry?”.
“Ya te dije” y hace un gesto desdeñoso con las manos. “Él no cuenta”.
“¿Por qué?”.
“Es un pusilánime. No vale la pena”.
Sam rebusca en el bolsillo de su chaqueta, saca una libreta y anota: Harry.
Steve ríe. Le ha visto hacerlo.
“¿Qué? ¿Vas a escribir nuestra biografía ahora? Necesitarás una libreta más grande”.
“Podría ser útil, ¿no crees?”.
Pero Steve no le presta atención sino que se incorpora sigiloso y se asoma desde el escondite.
“Maldición”, deja escapar en un susurro. La cosa aquella acaba de aparecer en la entrada arrastrando lo que parece ser un joven inconsciente con la cabeza aún sobre sus hombros. Sin duda alguna, la próxima comida de la bicha.
Esperan a que se acorrale ella misma contra la madriguera de manera que entre ambos puedan cortarle la retirada y entonces se lanzan, armas en mano, disparando a la primera oportunidad con balas de plata de grueso calibre. Pero la creatura es más rápida; deja a su víctima (lo cual es bueno) para escabullirse dentro de lo profundo de la caverna.
El joven despierta. Le falta el aire. Intenta toser y lo que sale de su boca es la baba del monstruo. Se está ahogando.
“¡Ayúdalo!”, le ordena Steve y antes de que Sam pueda gruñir un no, el cazador ha desaparecido en la oscuridad y la luminosidad de su linterna se desvanece en la distancia y los accidentes de la caverna.
Sam se vuelve hacia el muchacho y le ayuda a botar lo que le obstruye la garganta hasta que su respiración comienza a escucharse a un ritmo más normal.
“¿Te encuentras bien?”.
“¿Qué …?” el chico mira confuso a Sam y luego alrededor. “¿Dónde estoy?”.
“Te lo explicaré todo más tarde, lo juro. Pero ahora, sólo quédate aquí”.
Corre al interior de la caverna, todos los sentidos alertas. Silencio. Tan sólo su resuello apresurado. Encuentra la linterna en el piso. Las entrañas se encogen en su interior. Escucha la respiración de alguien muy cerca, adelante suyo. Levanta la linterna con el arma preparada en la otra mano. Cuando apunta el haz de luz hacia el lugar de donde proviene el sonido, descubre la faz pálida de su hermano con la mirada fija en el suelo.
“¿Steve?”, llama pero no le responde. Sam se le acerca más y sus ojos se agrandan de espanto. “Oh, Dios”. La chaqueta de cuero está cubierta de sangre. Va hacia él, presa del pánico y lo examina en detalle sin que Steve oponga resistencia. La sangre no es suya. Gira el haz de luz para alumbrar hacia el frente y está a punto de volver el estómago: la criatura yace allí, esparcida entre las rocas, completamente destrozada a cuchillazos. Es como si una bestia salvaje se hubiera dado un festín de sangre. Boquiabierto, se vuelve hacia su hermano en busca de una explicación y le ve temblar. Ese no es Steve.
“¿Dean?”.
No hay respuesta.
“¿Frank?”, intenta de nuevo.
El otro deja caer el cuchillo que sostenía hasta ese momento y se mira las manos con expresión de horror.
“Quiero ir a casa”, musita.
Sí, es Frank.
“Vamos, muchacho”, le dice con toda la amabilidad que le es posible en ese momento y pasa un brazo sobre los hombros del chico. “Voy a cuidar de ti”.

Capítulo 7

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s