Fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester” (7)

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Fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester” (7)

Título: “Los Estados Unidos de Dean Winchester”
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: todo público.
Resumen:
Cuando Sam Winchester se larga a encontrar su tranquilidad, piensa que cuando lo haya logrado y vuelva, Dean y él podrán hablarse de nuevo y arreglar sus problemas. Eso es lo que Sam quiere, pero a veces ni siquiera el hermano que le ha dado todo es capaz de cumplirle todos sus deseos.

07
I’m gonna be ok, Sam.

 

Ni siquiera en sus peores resacas.
Si no hace algo, la cabeza se le partirá como un melón. Trata de recordar y no puede. ¿Por qué?.
Stress. Tiene que ser stress.
“Toma. Bebe”.
Bobby, convertido en una figura borrosa, le tiende un tazón.
“¿Qué es?”.
“Un té”.
Huele a fango podrido.
“¡Sólo bébelo, idiota!”, le espeta Bobby.
Sabe a fango podrido.
Pero funciona.
La presión en su cerebro comienza a ceder al cuarto o quinto sorbo forzado.
“¿Cómo te sientes, muchacho?”.
Bobby le habla desde adentro de un tubo. O al menos, eso parece. Intenta focalizarlo a través de sus párpados entrecerrados.
“Grandioso”, suspira. Su cabeza es ahora un gran globo de algodón. “En serio, ¿qué es?”.
“Cierto té de los indios sioux mezclado con algunos otros ingredientes. Todo natural. No tiene efectos colaterales”.
“Es agradable”, su cuerpo se acomoda por sí solo en el viejo sofá que ya no parece tan viejo. “Deberías darme la receta”. Los párpados pesan. “Se siente… bien”.
Bobby habla, Dean está seguro de eso. Lo que no tiene muy claro es si acaso le interesa saber lo que dice.

 

-o-

“¡Dios! ¿Qué es esto?”.
Bobby sostiene un apéndice sanguinolento, extraído desde el bolsillo de la arruinada chaqueta de Steve.
“Es… Es…”, intenta adivinar Sam, arrugando la nariz en un gesto de repugnancia que no puede evitar. “… ¿un ojo?”. La pupila amarilla, el iris alargado como el de un gato, pero definitivamente un ojo.
“¿Por qué tiene una porquería como ésta en su chaqueta?”.
“¿Tal vez porque no es él mismo últimamente?” y se gana una mala cara del viejo cazador. “Disculpa, Bobby. No puedo imaginar qué es lo que intenta hacer y dudo que Dean tenga la respuesta a eso. Frank está demasiado asustado y Steve,… él simplemente no me lo dirá”.
“Quizás deberíamos convocar a las otras identidades”.
“¿Convocar? ¿Como a un fantasma? ¿Como a un demonio?”.
“Bueno, me estoy quedando sin ideas. Debe existir alguna manera de hacerlo, ¿no? Lo lamento si no la conozco todavía”.
No es por falta de esfuerzo. Hay libros dispersos y apilados unos encima de otros sobre la mesa de la cocina que le recuerdan a Sam, demasiado vivamente, la urgente búsqueda efectuada horas antes de la partida de Dean al infierno.
“No,… tú, perdóname, Bobby. Sé que haces lo mejor que puedes”, se pasa una mano por el rostro para ahuyentar la modorra. Mira el reloj en su muñeca. Dean ha dormido como tronco por más de doce horas. A todos les ha hecho bien el descanso, con turnos para vigilar al durmiente.
“Creo que ya es hora de despertarlo”.
“De acuerdo. Hazlo.”, concuerda Bobby. Se dirige hacia la mesa y empieza a retirar los libros de allí. “Prepararé el desayuno para la princesa”.
Sam va a su bolso, extrae algo pequeño que examina en su mano y luego guarda en su bolsillo. Bobby alcanza a ver su maniobra.
“¿Y eso?”.
“Un obsequio para Dean”, dice. “Esperaba no tener que entregárselo”, y se encamina hacia la habitación donde descansa su hermano.
“Hey”, le llama Bobby y Sam voltea hacia él.
“¿Hum?”.
El viejo cazador alcanza la chaqueta ensangrentada y se la arroja a las manos.
“Luego quema afuera este desastre. No tiene arreglo”.
Sam asiente con un leve gesto y prosigue su camino. Se detiene un segundo en la puerta sintiendo como crece la angustia en su pecho ante la visión de la figura envuelta en las mantas. Abandona la chaqueta de Steve en una silla en la entrada con el pensamiento de cumplir el pedido de Bobby más tarde. Va hacia la cama, se inclina y observa las plácidas líneas en el rostro dormido de su hermano. Cualquiera diría que no hay preocupaciones en su vida. Se pregunta quién despertará esta vez.
“Si me sigues mirando así, vas a gastarme”.
Oh, Dios, gracias. Sí, es Dean.
La voz emerge arrastrada desde la almohada. Dean abre los ojos y parpadea un par de veces antes de fruncir el ceño.
“¿Estás bien?”.
Sam no sabe si debiera comenzar a reír.
“Por supuesto, Dean. ¿Qué hay de ti?”.
“Lo estaré, no te preocupes”, lo tranquiliza Dean mientras se incorpora en el lecho. “Unos pocos días de descanso y seré un hombre nuevo. Acerca de lo que sucedió ayer…”
“¿Ayer? ¿Te acuerdas de ayer?”.
“…Sé que estaba un poco… colocado, tal vez…. pero, juro que es la última resaca que me lleva tan lejos”, se da cuenta entonces que Sam desvía la mirada. “¿Qué?”.
“Seis días”.
“¿Cómo dices?”.
“Eso fue hace seis días”.
El asombro se pinta en el rostro del cazador.
“¿Dormí por seis días?”.
“No, fuimos de cacería”.
“No recuerdo eso”.
“Hay muchas cosas que no recuerdas últimamente. Dame tu mano”.
“¿Por qué?”.
“No preguntes y dámela”.
Perplejo, Dean le alarga el brazo y Sam le coloca una pulsera negra en la muñeca que Dean identifica de inmediato.
“Uh… ¿un rastreador?”, la perplejidad da paso a la indignación. “¡Oh, vamos, Sam! ¡No soy un niño!”.
“No te perderé de nuevo”.
“¿Perderme?”, bufa. “¿Cuándo ha pasado eso?”, pasa los pies al costado de la cama para incorporarse. “soy yo quien siempre te pierde”, musita enfurruñado y va en busca de su ropa.
Sam suspira, cansado.
“Sólo no te la quites. ¿Es mucho pedir?”.
“No voy a perderme en la ducha, Sam”.
“Es a prueba de agua. No te la quites. Promételo. NUNCA te la quites”.
Sam le sostiene la mirada recurriendo a una jugada sucia: ojos de cachorro apaleado que nunca le han fallado en la vida. Y, como siempre, Dean deja caer sus defensas.
“Oh, como sea”, se rinde, indefenso. “Lo prometo”. Con la mano libre le da vueltas a la pulsera en su muñeca. “Entonces, ¿me azoté la cabeza o qué?”.
Es el momento que Sam temía y sabía llegaría tarde o temprano.
“Dean, necesitamos hablar”.
El tono con que lo dice hace que Dean le preste atención. Sam ve algo parecido al temor moverse en sus pupilas.
“Lo que yo necesito es tomar una ducha y comer un desayuno gigante”.
“Dean…”.
“Luego, Sam”, dice alzando una mano para dar por finalizada la plática. Cuando comienza a rebuscar por la habitación en busca de ropa, sus ojos descubren la chaqueta de Steve en la silla. La coge con expresión indescifrable y se queda allí, contemplándola. Sam se remueve, nervioso.
“Puedo explicarte eso, si lo deseas”.
“¿Qué? ¿Vas a explicarme cómo se puede arreglar una buena chaqueta como ésta? Hombre, está arruinada”, la contempla con pena. “Oh, amigo. Era una de mis favoritas”.
Steve.
Sam no puede evitar que se le vaya el aire cuando sucede. Es impresionante. La voz, el porte, la mirada.
“¿Qué pasó anoche?”, pregunta, sin recuperarse aún, porque no hay tiempo que perder y Steve podría marcharse en cualquier momento.
“Nada. Cazamos a la bestia. Punto.”
“¿Y acostumbras hacer una fiesta de sangre todo el tiempo?”.
“¿De qué hablas?”.
“La bestia fue rebanada, despellejada, desangrada…”
“No sé nada acerca de eso”.
“No es verdad”.
“¿Por qué siempre asumes que te miento?”.
“¡Estabas allí!”.
“¡Y luego no!”.
“¿A qué te refieres?”.
“Fui por ella, seguí sus huellas en el polvo y la arrinconé contra la muralla de la caverna y entonces…se me apagaron las luces”.
Ambos guardan silencio un segundo.
“¿Estás diciéndome que tú no mataste al monstruo?”.
“No lo hice” y se dedica a buscar ropa dentro del bolso de Dean, claramente cansado del interrogatorio.
“¿Lo juras?”.
“Es mi palabra”, reclama malhumorado. “No necesito jurar”.
Sam suspira.
Si Steve dice la verdad, eso dejaría las cuentas en cero.
“¿Quién, entonces?”, quiere saber. El otro extrae una chaqueta nueva desde el fondo del bolso, ignorándolo. “Vamos, Steve”.
“Ya te lo dije, Sam. No tengo todas las piezas. En ocasiones estoy en las mismas condiciones de conciencia que Dean”. Piensa. “Lo cual es preocupante”.
“¿Por qué?”.
“¡Porque significa que no estoy en control!”, mira a Sam. “Soy el guardián. Debería estar siempre en control”.
Pero, recuerda Sam, hay alguien que sí parece tener siempre las cosas claras.
“Quiero hablar con Frank”, pide.
“Esto no funciona como una conexión telefónica, tontorrón”.
“¡Sólo llámalo!”.
“¡No lo haré!”.
“¿Por qué no?”.
“Si necesitas decirle algo a alguien, habla conmigo. No voy a dejar que acoses al pobre chico”.
“¿Q… qué? ¡No lo estoy acosando”.
“Lo harás si insistes con el asunto de anoche”.
“Él es más fuerte de lo que piensas”.
“Lo sé”.
“Pensé que no lo conocías”.
“No. Pero podía sentirlo. Y ahora puedo escucharlo. Déjalo en paz”.
“Necesito hablar con él”.
“¡No!”.
“No puedes mantenerlo aprisionado allá adentro”.
“Puedo y lo haré si tú…” y entonces, el cuerpo se relaja, la expresión se suaviza. “No te molestes con él. Sólo está tratando de hacer su trabajo”.
Sam lo contempla con asombro.
“¿Frank?”. El otro asiente. “¿Estás bien?”.
“No podemos hablar de eso, quiero decir, acerca de… lo que sucedió anoche”.
“¿Por qué no?”.
Frank desvía la mirada y contrae sus dedos alrededor de la chaqueta que sostiene en sus manos.
“Es peligroso”. Sam juraría que ha visto un temblor recorrer su cuerpo. Y entonces, Frank se yergue y enfrenta a Sam, barbilla en alto. “¿Satisfecho?”. Steve ha vuelto. “¿Te importaría si tomamos la ducha que necesitamos ahora?”.
Sam se rinde.
“Adelante”
Steve desaparece tras la puerta del baño y pronto se escucha el grifo de la ducha abierto.
Mientras abandona la habitación, Sam decide unilateralmente que no habrá próximas cacerías para Dean o Steve.
Se deja caer en la silla frente a la mesa preparada para el desayuno donde el viejo cazador ya se encuentra instalado.
“Necesitamos ayuda, ¿lo sabes?”.
“Bobby…”
“Ayuda especializada”.
“No es lo que Dean querría”.
“¡Pero él no está capacitado para decidir en este momento!”, insiste y resopla enfurruñado. “¿Qué vas a hacer entonces? Esto está fuera de nuestras competencias. Ya lo dijiste: no se trata de un fantasma ni de un demonio”.
“No está loco”.
“Lo sé, muchacho. Pero necesita otra clase de ayuda que tú y yo no podemos brindarle”, se calla poniendo atención al ruido de fondo. “¿Qué? ¿Intenta escapar por las cañerías? Va a acabar con el estanque de reserva”.
Y de pronto, Sam comprende.
“Maldición”.
Corre al baño y abre la puerta.
Se ha ido.
El ronco acento de la Harley irrumpe desde el patio y se desvanece rápidamente en la distancia.
“Maldición”.

Capítulo 8

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