Fic: “Lazarus rising” (5)

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Título: “Lazarus rising”
Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Dark Angel.
Calificación: Todo espectador.

05

Are you there, Alec?

 

Despierta jadeando por aire, las manos atenazando la superficie de las sábanas.
Parpadea hasta aclarar la visión, pero es inútil: no sabe dónde está.
Se solapan los lugares en su entendimiento. El cielo abierto, un techo alto y blanco antes de detenerse en éste, más viejo, bajo y descascarado.
A menudo las pesadillas lo traen a este lugar y en ellas se da el trabajo de poner en orden lo que es suyo para encontrar luego, al día siguiente, que han regresado a las cajas de donde salieron. Max. Oh, sí. Ahora recuerda. Max era quien hacía eso, según le ha explicado mientras caminaban hacia el departamento en medio de la oscuridad, evitando las calles principales. Ella ocultaba el remanente de su presencia en la tierra. Él le había preguntado el por qué. Ella no había contestado.
Toma una bocanada de aire antes de sentarse en la cama húmeda por el sudor. Necesitará una ducha. Se lleva una mano al rostro y se presiona el tabique de la nariz, justo entre los ojos. Presiente que ese gesto es tan suyo como la ropa en las cajas y el televisor desconectado en una esquina, posado en el suelo. Está muy agotado. ¿Se cansaba tanto en esa otra vida que no alcanza a recordar?
Escucha las voces procedentes de la habitación contigua. Podría discernir el significado de las palabras si lo deseara (una de las muchas facultades que ha descubierto desde que se encontró vagando por el bosque a tantas millas de ese lugar) pero prefiere dejarlas como el molesto zumbido en sus oídos que es ahora.
Echa las sábanas a un lado y abandona la cama. Lleva encima sólo unos boxer. Con movimientos decididos, abre los contenedores y comienza a arrojar el contenido al suelo hasta vaciarlos por completo. Clasifica en montones a pura intuición, intentando vincular nombres y usos, procedencia y ocasiones. Echa de menos los objetos del baño. Tenía lociones, tenía cepillo de dientes y un rasurador. Se soba la barbilla áspera. Los busca inútilmente.
El murmullo continúa. Le perturba el olor del que está en la otra habitación hablando con Max. No sabe por qué. Luego comprende: no es como ella, es un Ordinario. ¿Le disgustaba el olor a Ordinario “antes de”? Intenta recordar aquello, el punto neurálgico de su situación, pero solamente hay un gran vacío. “Antes de”. Esas dos palabras comienzan a transformarse en su referencia.
Se asoma a medias en el umbral de la puerta hacia la sala desde donde proviene el intercambio de palabras. Max escucha al sujeto que está con ella, brazos cruzados, los labios prietos en el gesto de una niña testaruda.
Un calentador de agua funciona en la cocina.
Hay una manta desordenada en el sofá, comida en la mesa dispuesta para dos. Cuando el calentador comienza a silbar, Max se percata de su presencia y relaja enseguida su postura.
“Alec”.
Él reposa el cuerpo contra el marco de la puerta y responde con un ligero movimiento de cabeza sin despegar la vista del Ordinario, vigilante. La mirada de éste se dirige de forma involuntaria hacia la piel desnuda del estómago. El hombre tiene la mandíbula tensa, la postura alerta. Alec adivina que lleva un arma en el bolsillo.
“Uh… ¿Cómo estás?”, dice el sujeto y Alec puede leer la falsedad en cada inflexión de su voz.
“Siempre estoy bien”, responde, impasible. El otro finge políticamente una sonrisa, se mueve nervioso, la mano oculta en el bolsillo. Alec ve el rostro del hombre desde el suelo, inclinándose sobre el suyo, la angustia clara en su expresión. “Estabas allí”, dice sin pensar.
“¿Qué? ¿Dónde?”
Puede que “antes de” hayan sido amigos.
“En el momento de mi muerte”, responde y la determinación en la actitud del otro parece titubear.
“¿Tú… recuerdas eso?”
Estaban en el bosque, el día era bueno, cielo azul y todas esas cosas; Max se aleja, alguien corre. Un niño. Sangre. Alec levanta la mano. Su sangre.
“Algo así”, responde absorto mirando aún la palma de su mano frente a sus ojos. Max llega hasta él y con suavidad le empuja el brazo hacia abajo.
“Hey, ¿tienes hambre?”
Es el departamento otra vez. Max espera su respuesta y el Ordinario lo observa con desconcierto desde el otro lado de la habitación.
“Un poco”, dice.
“¿Desayuno?”.
Alec pasa revista a su estómago. No hay nada allí. Ni siquiera una cicatriz.
“Estaría bien”.
“De acuerdo.”
“Es lógico, ya sabes” interviene el otro con una sonrisa forzada. “Me refiero a que despertaras con algo de hambre. ¿Suelen los transgénicos dormir tanto?”
“¡Logan!”, salta Max.
“Sucede cuando has estado muerto”, retruca de vuelta Alec.
“Uh… sí, supongo”, lo mira de arriba a abajo “¿no deberías vestirte?”
“Yo me siento cómodo. Puedes marcharte si lo deseas, no te detengas por mí”.
“No voy a dejarte a solas con Max”.
“¡Sí, lo harás!” la morena se hace escuchar. “¡Es suficiente! ¡Ambos! Logan, vete”.
“Pero…”
Alec ríe.
“Si deseara herir a Maxie, ¿cómo podrías detenerme?”
“¡Calla, Alec! ¡No le des cuerda!”, de nuevo a Logan. “Vete, ahora. Te llamaré más tarde”.
“Max…”
“¡Márchate!”
El hombre se vuelve renuente hacia la puerta de salida, sin despegar la mirada de Alec hasta que le es absolutamente necesario para no chocar con ella. Apenas se marcha, la fachada sarcástica de Alec se viene abajo. Sin esperar a que Max le dirija nuevos reproches, se retira a su cuarto.
Max lo sigue.
“Lamento lo sucedido”, musita ella.
Alec no le responde y avanza hasta alcanzar el borde de la cama. El cansancio cae nuevamente sobre sus hombros. No es tanto físico como emocional. El no saber donde pisas agota tanto como entrenarse en los gimnasios de Manticore.
“¿Joshua?”, pregunta.
“En su casa, ¿recuerdas?”.
Sí, cierto. El grandote había regresado a su casa, no sin antes protestar y despedirse de su amigo con ansiedad, sus ojos brillantes por la humedad en ellos. Pero todos habían estado de acuerdo en que no era hora aún de que los alumnos de Joshua supieran de la existencia de Alec.
“Tú lo llamaste”
Max frunce el ceño ante el aparente zigzagueo de la conversación.
“Uh… ¿perdón?”
“A él”, y busca en su cabeza el nombre, que sabe debe estar escondido en alguna sinapsis de su memoria. “Mr. Wheels”
“¿Te refieres a Logan?”
“El Ordinario”
“Está bien, es amigo”
“No lo parece”
“Sólo está preocupado por mí”.
“Soy un peligro”
“No, no lo eres…”
“¿Soy un transgénico?”
“¡Por supuesto!”
“¿Cómo lo sabes?”
“Hueles como uno de nosotros. Eso además de la visión nocturna, enorme fuerza, agilidad supranormal, superaudición…”
“… y super narcosis”, interrumpe él con cierto pesimismo.
Max va a decir algo, pero aprieta los labios y respira profundo en frustración.
“No lo tomes así”.
Alec da la vuelta y se sienta en el borde de la cama con un suspiro, los hombros caídos con desazón.
“Él tiene razón”, declara. “Eso no es normal”.
“Vamos, estás recobrándote de un… trauma violento. Es lógico que tu organismo necesite algo más de descanso que lo normal”.
Alec permanece en silencio. Ella se arrodilla frente a él y coloca las manos sobre las suyas. Alec siente que el gesto es erróneo. Logan enfadado, la rabia brota en oleadas de su persona. Logan ama a Max. Max ama a Logan. No es correcto. Ella no parece haberse dado cuenta. Él le mira las menudas manos sobre las suyas.
“Hoy vas a descansar, a pensar sobre las cosas que puedes recordar y a ponerlas en orden; mañana volveremos a Terminal City”.
Alec se crispa. Max lo nota.
“¿Qué pasa?”
“¿Cómo vas a explicar mi existencia?”
“Encontraremos la manera”.
“Tal vez tu novio ya ha esparcido la noticia. Quizás están buscando las antorchas y las picas”
Max ríe.
“No te preocupes. Lo tomarán bien”
“¿Cómo puedes estar tan segura?”
Ahora ella rueda los ojos como si la respuesta fuese obvia aún para él.
“Todo el mundo en Terminal City te ama, Alec. Nunca pude explicármelo, pero es verdad”, le palmotea las rodillas suavemente como punto final. “Vamos. Vístete. Comeremos ese desayuno, ¿de acuerdo?” Alec asiente sin levantar la mirada de sus rodillas. “Bien”.
La morena desaparece en dirección a la cocina. Alec centra su atención en la ventana y los sonidos que comienzan a surgir del otro lado de ella en busca de algún recuerdo. A cambio una oleada de frío le invade el pecho y lo hace estremecer. Se insulta por lo bajo. No es así como se comporta un soldado.
Todos aman a Alec.
Alec.
Sólo que él aún no se siente Alec.
Bufa.
Como si supiera lo que eso significa.

Continuará…

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