El Amo de los Dragones (2b)

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El Amo de los Dragones (2b)

La aldea era un pasaje entre los cerros. Las casas se alzaban sobre las lomas, entre los gigantescos eucaliptos, a ambos lados de la calle principal. El fresco aroma de los fragantes árboles era lo primero que el Anciano notaba cada vez que regresaba al lugar. No necesitaba vocearse como hacían otros. Apenas pisaba el suelo frente a las primeras edificaciones, pequeñas casuchas equilibrándose sobre largas estacas de madera contra la ladera, la gente se congregaba para verlo pasar. Una costumbre idiota a su entender, especialmente si tan sólo unos pocos lo hacían para hacerle alguna consulta o solicitarle medicina. Le abrían camino conforme avanzaba, con aparente respeto, bajando la testa o los ojos, incapaces de mirarlo de frente por mucho rato. Por supuesto, el Anciano conocía las murmuraciones que su paso iba dejando atrás. Por lo mismo, las demostraciones de aquella gente sólo lo animaban a apresurar la marcha calle arriba.

Las casas mejoraban su condición en el ascenso. Se podían ver las huertas dibujando los patios traseros y terrazas colmadas de flores. Se detuvo buscando aliento y en ese momento recordó que esta vez no entraba al pueblo solo. Se recriminó a sí mismo por olvidarlo una vez más.

El chico se había detenido también, un par de metros más atrás, distraído por la efervescencia a su alrededor. Observaba a la gente, el ceño levemente fruncido en concentración, cosa que le hizo gracia al Anciano. Examinaba de arriba abajo a los transeúntes, las tiendas, al cielo buscando la copa de los inmensos árboles.

-Siboh- lo llamó. El niño dio un respingo y le prestó atención -Sigue caminando.

Siboh dejó caer los hombros con desazón.

-¿No es aquí?

-No es aquí. Sigue caminando.

El lugar quedaba arriba, muy arriba, con el murallón de roca de una cordillera cubriendo sus espaldas. Cruzaron el pueblo apartándose de la calle principal, subieron por senderos que serpenteaban entre las casas a mayor altura hasta llegar al límite de lo habitado donde familias pequeñas criaban los animales que luego eran vendidos en el mercado. Pasaron por allí desordenando los rebaños de cabras y provocando que sus dueños se inclinasen ante su presencia. Un hombre pidió medicina para sus encías malas y el Anciano se la entregó. Cuando decidió espiar hacia atrás para cerciorarse del estado de su acompañante, Siboh le miraba los talones como el caballo a la zanahoria que lo insta a avanzar frente a su hocico. El sol ya se había escondido tras las cumbres pero la claridad aún permanecía difuminada como un regalo tardío del astro. Siboh alzó la vista, espantando el cansancio y el sopor de la caminata con un rápido parpadeo, y lo que vio fue una empalizada casi tan elevada como los árboles que la rodeaban, toda fabricada en caña, no de la común que conocía del Valle sino cilindros gruesos y extensos que no requerían añadidura para dar el largo. Un portón de dos alas al centro señalaba la entrada, su cerrojo estaba abierto. Ostentaba un pequeño tejado que seguramente habría de proteger del sol en verano y de la lluvia en el invierno a quien esperase allí a ser atendido. Claramente la prepotencia de aquella fortaleza era más simbólica que defensiva.

-¿Quién vive aquí?- quiso saber. Sin duda, con un poco menos de agotamiento, la respuesta hubiera saltado ante sus ojos.

-Yo.- contestó el Anciano, de pie junto a él- Y a partir de hoy, también tú.

Cruzaron el umbral, Siboh con la boca abierta y los ojos maravillados en las complejas ataduras que mantenían unidas las varas. El refugio, como el pueblo, estaba construido sobre la ladera y constaba de casas pequeñas de plantas circulares unidas entre sí por medio de pasillos y escalas.

Alguien les aguardaba del otro lado de la empalizada, un noble a juzgar por la capa y las armas, un Patrón.

-Has tardado -, hizo notar el hombre con más preocupación en su rostro que el reproche que pretendía demostrar y entonces se fijó en el chiquillo que caminaba detrás del Anciano, muy erguido a pesar del bamboleo notorio de su andar. Alzó las cejas, curioso.- ¿Quién es ese?

– ¿Le ha sucedido algo a tu hija? – le retrucó el Anciano ignorando su interrogante – No te esperaba sino hasta la próxima semana.

– Ella está bien – respondió el hombre, pero su vista continuó tasando a Siboh. – Sólo he querido adelantarme a la necesidad.

El Anciano, como si fuese cosa de rutina, se giró hacia Siboh y le ordenó:

-Ve a la última cabaña – se la señaló con el dedo hacia el final del sendero principal, encumbrándose por sobre todas las demás – y espérame allí.

Era también la de mayor tamaño, notó el chico, y la más lejana. Con un suspiro de resignación, Siboh comenzó a andar hacia ella rengueando ostensiblemente sobre los tablones de madera.

El noble no esperó a que se alejara mucho para comenzar a hablar.

-Ya está bien, Ilohem: ¿quién es?

-Mi aprendiz-

-¿Tu apren…? ¿te has vuelto loco?

-Tal vez deberías bajar el tono de la voz, Milohé. Puedo escucharte perfectamente desde donde estoy parado.

-¿No crees que ya tienes bastantes problemas?

– ¿Te refieres a que estoy envejeciendo y me falla la vista? – se dio la vuelta y comenzó a andar hacia una de las primeras casas, cercana al portón con Milohé tras él. – ¿O a que nadie soporta mi carácter? ¿o a que no tengo un aprendiz? ¡Oh, espera!- se detuvo con un dedo histriónicamente en alto como si hubiese descubierto algo admirable – Ya tengo uno. – le echó una mirada a su acompañante – Creo que eso resuelve uno de mis tantos problemas.

– Eres un viejo difícil de entender – le reprochó el hombre – ¿era necesario que buscaras fuera del pueblo? Hay decenas de jóvenes bien dotados haciendo fila para trabajar contigo. Sus padres lo han apostado todo a impresionarte.

Ilohem alcanzó el umbral de la pequeña construcción. Las paredes estaban cubiertas de paja y lodo seco. El interior era fresco y tenía aroma a prado. Dejó su morral sobre la mesa, cogió una jarra con agua de un estante y comenzó a verter polvos en su interior.

– No voy a entregarles el trabajo de toda una vida a ninguno de esos simplones, – masculló entre dientes, apenas lo suficientemente alto para que el otro le pudiera escuchar – supersticiosos haraganes que lo único que sueñan es beneficiarse con los males de la gente o convertirse en hechiceros o simplemente echarle mano al alambique que tengo allá atrás.

– Comenzarán a acudir a Bisamma.

– No tienen suficiente para pagarle.

-Troa ha comenzado a visitarlo. Su Villa va a seguir a su Patrón.

– Allá él y sus lamebotas. Les chupará la sangre antes de que se den cuenta en qué se han metido.

-Yo sólo digo que si no cambias de actitud, hay otros hechiceros que gustosamente…

-¡No soy un hechicero!- alzó la voz con indignación mientras agitaba la jarra desparramando su contenido- Soy un “Anciano”, uno de los últimos, por lo demás. Lo mío es sabiduría, no magia barata.- el brebaje había quedado esparcido en el suelo – Mira lo que me has hecho hacer.

El hombre se echó atrás, compungido por causar el enojo de su amigo, dándole espacio para trabajar. Lo había conocido de pequeño, desde que su padre lo llevó por primera vez al Campo Patronal para que sanara las fiebres que acometían a servidumbre y nobleza por igual. Le había parecido temible y poderoso llegando sobre la jaca favorita de su progenitor, envuelto en una capa tan oscura como la noche en la que se le había ido a buscar. Pasó junto a él y se detuvo un instante antes de entrar para dedicarle una mirada escrutadora. El niño que era entonces tembló ante su presencia. Ilohem le puso una mano sobre la cabeza, la mantuvo allí un momento (en el que Milohé cerró sus ojos tan firmes y apretados como pudo) y luego entró en el cuarto de los criados a cumplir con su tarea. Salvó a más de la mitad de los hombres y mujeres a cargo de su padre. Nunca había oído de alguien que pudiese realizar tamaña hazaña.

Ahora las cosas eran distintas. Ya no parecía tan poderoso. Él había crecido, formado su propia familia e Ilohem había envejecido. Su espalda comenzaba a curvarse a pesar de su esfuerzo por disimularlo. Ya era un dedo más bajo que hace un año atrás.

Dio media vuelta hacia la pequeña ventana. No quería ver al Anciano refunfuñando mientras se movía de un lado a otro, cogiendo otra vasija con polvos y llenando nuevamente la jarra con agua fresca del tambor de barro bajo el filtrador. Por la ventana, a lo lejos, vio avanzar lentamente la figura del pequeño cojo. Aún le faltaba un buen trecho para alcanzar su destino y sin embargo, en un momento dado, se detuvo. Como si alguien le hubiese llamado, giró hacia un costado y, abandonando el sendero, comenzó a subir en otra dirección.

-¿Dónde lo encontraste? Al niño, me refiero.

– Su madre me encontró a mí.

– Es muy pequeño.

– Crecerá.

– El mocoso es cojo.

– Ya lo sé.

– No te servirá.

– ¿Porque es cojo?.

El otro negó.

-¿Viste esa boca prieta y esa barbilla siempre en alto? (Va hacia tu bodega, por cierto.) Por eso no te servirá. Es un potro que no quiere ser domado.

– Es un niño, no uno de tus caballos.

– Y además, es cojo.

– Deja que el tiempo haga su trabajo.

Milohé apartó su atención de la ventana buscando la figura del Anciano y lo miró con un dejo de compasión.

-No creo que tengas mucho de eso, Ilohem.

-¿Trabajo?

– Tiempo.

El Anciano bufó.

– Lo tendré en abundancia- dijo, concentrado en verter la pócima resultante en una botella de cerámica- Mucho más que tú.

-¿Es ese un oráculo?

-Yo no hago oráculos.

El hombre buscó de nuevo la ventana.

-¿Cómo se llama?- e hizo un gesto vago con su mano hacia donde debiera estar Siboh.

Ilohem se lo dijo.

-¿En serio? ¿Y aún así lo trajiste como tu aprendiz?

-Calla de una vez. No me interesa tu opinión.- El Anciano encorchó la botella, le ató sobre el cuello un trozo de lino y la tendió hacia el hombre. – La medicina para tu hija.

Capítulo 2a <—> Capítulo 2c

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El Amo de los Dragones por Marcela Ponce Trujillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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