Fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester” (10)

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Título: “Los Estados Unidos de Dean Winchester”
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: todo público.
Resumen:
Cuando Sam Winchester se larga a encontrar su tranquilidad, piensa que cuando lo haya logrado y vuelva, Dean y él podrán hablarse de nuevo y arreglar sus problemas. Eso es lo que Sam quiere, pero a veces ni siquiera el hermano que le ha dado todo es capaz de cumplirle todos sus deseos.

10
Help is coming

 

Algo anda mal, lo sabe. Se mira en el espejo, apoyado a dos manos en el lavabo y no se reconoce. No debería estar quebrado. Debería estar completo para cuidar de Sam, no al revés. Sam necesita de él. Se pasa la mano sobre el rostro. Cuando vuelve a mirar, desde el espejo un enjuto hombre de barba y gesto lleno de furia tiene sus ojos puestos en él. Sí, necesita ayuda.

-o-

 

En la camioneta, Sam realiza los cambios con rudeza, los nervios en tensión por tener que vigilar tantos detalles. Dejó a Seeley al partir. No sabe si lo encontrará al regresar. Tampoco sabe si debiera advertirle, predisponerla o dejar que la mujer que viaja a su lado se bata sola con quien quiera que esté a cargo ahora. Ha tratado de realizar el trámite de recoger a la doctora en la carretera en el menor tiempo posible. Bobby se ha hecho cargo de la vigilancia con una jarra de café en la mano para mantenerse alerta. El mismo Sam ha dormido apenas un par de horas en el sofá antes de partir en su misión y siente ahora el cansancio sobre su espalda y en las cuencas de sus ojos que protestan ante la brillante presencia del sol de la mañana por entre el follaje de los árboles.
Ella revisa las notas de Sam, con el asombro patente en el rostro, mientras la vieja camioneta avanza hacia la cabaña de Rufus por una huella de tierra en medio del bosque. La mujer se sujeta los anteojos cuando el vehículo da tumbos sobre el irregular camino, profundamente concentrada en el historial recopilado en la libreta.
Sam la observa de reojo. Demasiado seria, demasiado joven. Se pregunta con un nudo en el estómago si ha sido lo correcto de hacer.
¿En serio, Sam? ¿En serio?” el compañero se asoma desde el pequeño espacio detrás del asiento del conductor y se apega a su oído como la lapa que es. “¿La has visto?” y enseguida está espiando descaradamente dentro del escote de la mujer. Sam aprieta los dientes y se come las palabras que quiere dejarle caer encima. Se esfuerza en volver a enfocarse en el camino.
“¿Quién es Harry?” pregunta ella de repente y enarbola la página con renglones vacíos hacia Sam.
“No lo hemos conocido en persona todavía, pero los otros no hablan bien de él”.
“¿Por qué? ¿es algún criminal o algo así?”
Sam recuerda el rodar de ojos de cada uno de ellos y la sonrisa amable y a la vez condescendiente de Frank, ante la mención del impopular personaje nombre. Se encoge de hombros.
“Dicenque es un inútil. Incluso Frank se ha reído cuando le he tocado el tema. Y Frank es el más gentil de todos”
“Sí, así lo parece por lo que mencionas en tus notas”, se vuelve hacia Sam prestándole la atención que no le ha brindado desde que comenzaron el viaje “No ha sido fácil, ¿verdad?”
Sam bufa.
“Entre la ansiedad de Gabriel y la hiperactividad de Steve”,… se cuida de sumar la presencia de su demonio personal. “… quizás terminemos todos en tu diván.
Ella sonríe.
“Podría hacerles un precio”, dice.
Sam, con un escalofrío, piensa cuán cerca está de la verdad el comentario y pierde la sonrisa que había comenzado a nacer en su boca.
La cabaña se asoma tras una curva del camino. Lucifer le dedica una mueca burlona.
“Esto se pondrá interesante”, dice y se repliega hacia la parte trasera de la camioneta antes de que Sam termine de aparcarla frente a la entrada.
A cada paso hacia la puerta, Sam siente la imperiosa necesidad de agarrar a la mujer del brazo y devolverla al lugar de la carretera donde la encontró. Le está entregando la salud mental de su hermano a una perfecta desconocida. Dean no se lo va a perdonar. Le echa una mirada que intenta ser disimulada. La mujer se mueve con la confianza que da la profesionalidad, camina a su lado y espera a que Sam abra la puerta de la cabaña y entre primero para seguirlo luego.
Del otro lado hay silencio, contrario a las veces en que Steve se encuentra a cargo y se mueve de un lado a otro del pequeño reducto, incapaz de mantener las manos quietas, siempre limpiando las armas, subiendo y bajando desdey hacia el sótano, buscando objetos que tiene en mente y de los que no quiere hablar, refunfuñando porque no los encuentra. Con Frank es la televisión, es el fútbol o batear un rato afuera, y con Gabriel el incesante entrechocar de platos en la cocina, el sonido de repisas que se abren y cierran regulando el ir y venir de potes y especias de un lugar a otro, el chop chop de cuchillos cortando vegetales contra la superficie del mesón.
En cambio ahora, su hermano parece una estatua de museo sentado en silencio e inmóvilante la única mesa de la habitación. Sam nota el cuello smoking del sweater, la actitud concentrada y seria frente al laptopy la pequeña taza de café (platillo y cuchara incluidos) a medio beber abandonada a un costado.
La entrada de ambos no altera el escenario. El hombre se limita a escribir a la rápida un par de frases en la libreta, que más parecen el garabato apurado de un doctor sobre su recetario, antes de volver a enfocarse en el teclado del aparato. Atrás, en el reducto de la cocina, Bobby les saluda con un toque a su gorra y un leve movimiento de cabeza.
Seeley apareció esa mañana mientras Sam aún estaba enterrado en el sopor de su cansancio, desparramado sobre el viejo sofá de la sala, y salvo por un par de pertinentes y breves apariciones de Frank para dar algunas explicaciones, se ha mantenido al mando desde entonces. Bobby fue quien dio cuenta primero del silencio y de la manera en que les ignoraba como si ninguno de ellos existiese. Había notas y papeles dispersos sobre la mesa. La libreta al lado del laptop ofrecía sus páginas abiertas sin pudor. Sam se asomó sobre ella. Frases bien hechas, correcciones de una, dos, tres palabras sobre la misma oración. Cuando quiso pasar a la siguiente hoja, el otro alargó el brazo con presteza y arrastró la libreta hacia sí, lejos de su alcance.
“No te incumbe”, le dijo sin siquiera mirarlo.
“Yo sólo…”
“No te incumbe, no es tu historia, es privado” y volvió al mutismo anterior.
Le llevó tiempo entender a qué se refería, tal vez por el cansancio, o quizás por la renuencia a tener que adaptarse a otro individuo más, diferente de los que ya llenaban el espacio de la cabaña. El que elaboró sus postulados sobre el espacio y la materia estaba equivocado. Allí dentro había como mínimo siete sujetos y por lo menos cuatro de ellos ocupaban el mismo espacio.
Finalmente, tras un infructuoso intento por parte de Sam de hacerle contestar sus preguntas, el sujeto se detuvo en su tarea, lo miró un instante, escribió rápido en la libreta un párrafo largo y luego lo ignoró de nuevo. Sólo entonces el Winchester supo de quién se trataba. Seeley. El escritor, el del sexo trántico al borde del estanque de Claire.

 

La doctora Cora Morrison tarda mucho menos que él en comprender.
Simplemente, tras un rápido vistazo al contexto, avanza hacia la mesa, la mano extendida, y se presenta sin titubeos como la doctora que es. Seeley la examina de arriba abajo, apreciativamente, antes de aceptar su saludo.
“Y tu papel es…”
“Aún no lo has decidido”, dice ella con gracia, “podría ser el interés amoroso o tan sólo la científica escéptica, ya sabes, la que no cree nada acerca de los monstruos come hombres”
Seeley se echa hacia atrás en el asiento, considerando. Sam se admira mientras procura entender hacia donde va la conversación.
“Creo que ambos podrían funcionar”, dice al fin el escritor.
La doctora sonríe.
“Tal vez podríamos discutirlo”. Se vuelve hacia Bobby con una mirada significativa y éste comprende el “a solas” no pronunciado. Agarra un pack de cervezas desde el refrigerador y le hace una seña a Sam para que lo acompañe a la puerta de la cabaña. Sam duda un momento. Va a dejar a su hermano con una total extraña. Se siente clavado en el lugar.
“Sam”, lo llama Bobby desde la puerta pero el Winchester no hace caso. Mira a Cora y ésta tiene la vista fija en él, la orden tácita en ella. Con los pies pesando una tonelada obedece al fin.
Bobby se deja caer sobre la banca de madera en el porche de la cabaña y espera a que el otro haga lo mismo, pero Sam declina la oferta. En cambio, se arrima a uno de los postes buscando en la visión del bosque que los rodea la tranquilidad que no encuentra.
“Mi hermano podría haber hecho eso”. La voz lo hace respingar aunque ya no debiera ser una sorpresa. Respira profundo. No estás en la jaula, no estás en la jaula, no estás en la jaula… “Michael, me refiero”. Sam se mueve dándole la espalda a quien le habla y encarando el paisaje por completo. “Quiero decir, todos esos pueblos que han sido salvados, todos esos leviatanes muertos… él pudo haberlo hecho, no hay duda al respecto”. En el patio de atrás, desde allí puede ver, se encuentra la pelota de fútbol abandonada la tarde anterior. Piensa en Frank, piensa en Frank, piensa en Frank… “De acuerdo. No lo crees así. Déjame plantearlo desde otra perspectiva. Digamos que tienes razón, no estás en mi jaula, no estoy torturandote con este bello escenario de hermanos locos. ¿Qué tal si en realidad salí de la jaula contigo? Estamos conectados, querido Sammy. Profundamente. Siempre lo estaremos. ¿Qué tal si Mickey escapó también?”
Sam no puede evitarlo, voltea y lo ve allí, apoyado displicentemente contra el vano de la puerta cerrada, como si quisiera mantenerlo alejado de lo que ocurre adentro de la cabaña. Bobby no se ha dado cuenta, sentado en la banca bebiendo su cerveza.
“Voy a dar un paseo”, anuncia.
Bobby frunce el ceño.
“¿Estás bien?”
“Sí, sólo… necesito mover las piernas un poco.”
Se aleja lo suficiente como para que el sonido de su voz no llegue a oídos de Bobby, dándole siempre la espalda al cazador.
“Habla”, ordena al que camina a su lado.
“Entonces, ¿deseas escucharme ahora?”
“Michael está en la jaula, contigo”.
“¿Estás seguro de eso? ¿Cómo es que oyes lo que digo si en realidad estamos allá abajo mi hermano y yo?”
“Eso es porque soy un jodido chiflado”
El otro se ríe abiertamente.
“Eso fue divertido, de verdad”, y luego arremete de nuevo. “Como dije antes, considera la posibilidad: ¿Qué tal si Mickey está afuera y ha decidido tomar lo que le pertenece?”
“Termina con el lenguaje críptico o terminaré yo contigo”.
“Dean dijo sí, Sammy”
Dean luciendo los cortes que Castiel le ha dejado en el rostro, la angustia pintada en él. Mira a Adam, lo mira a él tendido en el suelo escupiendo sangre. Zacarías esperando lo inevitable.
Dean dijo sí.
“Eso no cuenta, él estaba…”
“Lo dijo”.
Sam se gira a medias hacia la casa buscando la presencia de su hermano.
“Él sólo está pasando por algún tipo de stress o algo parecido. Se pondrá bien”.
“¿Recuerdas lo que Dean te dijo sobre los recipientes de arcángeles?” . Sí, Sam recuerda muy bien las vivas impresiones de su hermano acerca del pobre hombre que recibió a Rafael, postrado en silla de ruedas en una sala de hospital, incapaz de mantener erguida la cabeza y la baba en su lugar. “Sólo mírate a ti mismo ¡La viva imagen de la salud mental! ¿No crees que pueda haber sucedido algo similar con tu hermano? Quiero decir, Michael es fuerte, dominante, más aún que Rafael…”
“Calla. No eres real”
“Pero estoy aquí, contigo. Eso cuenta para algo, ¿no? Y podría apostar que pronto voy a encontrar a mi hermano, muy pronto, muy cerca.”
Un grito apagado interrumpe la conversación. Bobby está llamando desde la cabaña. Sam apresura el paso hasta transformarlo en carrera. La doctora está sentada en el lugar que antes ocupaba por Bobby y el cazador de pie junto a ella cuando por fin alcanza el porche.
“¿Tiene otra de esas?”, pregunta la mujer y señala la lata de cerveza vacía sobre la baranda. Prestamente, el viejo cazador extrae otra desde el pack en el suelo y se la entrega. La doctora deja el IPad que lleva en la mano a un lado y toma un par de tragos antes de comenzar a hablar.
“No voy a engañarlos: esto será arduo… pero puede hacerse. Comencé la entrevista con Seeley. Terminé con Frank. Fue difícil al principio. Seeley piensa que es la identidad principal y a ratos rehusaba tratarme como a una persona real. Por cierto, ustedes dos son sólo personajes surgidos de su imaginación, es la razón por la cual no les habla mucho. Cuando traté de explicarle el motivo real por el cual estoy aquí, se fue. Frank es otra cosa: tan cálido, tan tierno, tan diplomático… Me gustaría tener un hijo como él algún día. Está ansioso por ayudar”.
“¿Y… Dean?”, se atreve Sam, con la esperanza en alto.
“Aún no lo conozco. Lo lamento”. Extrae una grabadora digital desde su bolsillo. “Adivino que no es una persona muy abierta, ¿verdad?. Al menos, con los extraños. Necesito hacerles algunas preguntas. ¿Les importa si grabo las respuestas?”
“¿Es necesario?”. Bobby mira con recelo el aparato. “Ya sabe, nuestras vidas no son lo que se llamaría… normales y apreciamos la privacidad”.
“No se preocupe, soy muy cuidadosa con la información sobre mis pacientes. Es mejor que tomar notas en las que podría pasar por alto algún detalle importante”.
Bobby comparte una mirada con Sam. Éste se encoge de hombros, resignado. Ya están en eso, ¿qué más da?
“De acuerdo”.
La doctora enciende la grabadora y registra día, hora, lugar y paciente.
“Estoy con Sam Winchester y Robert Singer, familia del paciente…” Los mira a uno y a otro alternativamente como si los descubriera por primera vez. “Están realmente agotados ¿no?”, dice. “Comprensible. Cuéntenme acerca de la rutina diaria con Dean”.
Sam le explica a la doctora que ejercen vigilancia 24/7, por sistema de turnos, y que Steve es sinónimo de fuga. La puerta del baño jamás se cierra por completo, a pesar de los reclamos de Gabriel acerca de la falta de privacidad; que Dean pasa días enteros sin dormir y luego es como si cayera en coma profundo donde no hay quien lo despierte. Nunca saben quién aparecerá cuando abra los ojos.
“Hasta este momento conozco los datos generales en relación a la vida y familia del paciente”, dicta la doctora a la grabadora, “Criado desde los cuatro años por el padre junto a su hermano menor, Sam, tras la muerte traumática de su madre en un incendio; vida itinerante, ausencia de estabilidad social; iniciación temprana en el manejo de armas peligrosas y a… “, duda un momento. “… el negocio familiar”, se dirige a ambos hombres frente a ella mientras coge el Ipad desde su lugar en la banca. “Necesitaré conversar con ustedes dos constantemente y en forma paralela, informarme de datos de la historia personal de Dean que él, por su condición, no pueda o no quiera darme; conocer, además, del comportamiento de cada una de las identidades. De hecho, tengo algunas preguntas ahora mismo”, chequea su Ipad. “¿Sufrió Dean algún tipo de abuso sexual en la niñez?”
“¿Qu…qué?”, tartamudea Sam, sorprendido. “¿Por qué preguntas eso?”
Bobby se lo toma con más calma.
“Durante mi vigilancia, nunca. Ambos solían pasar algunos días en mi casa cuando John atendía los asuntos de la caza. Sólo puedo responder por esas ocasiones”.
“¿Sam?”, el cazador se remueve inquieto, “No tomes esta pregunta como una señal de que haya ocurrido algo terrible con tu hermano. Es usual que en casos de desorden de identidad múltiple, existan causas de abuso sexual y abandono durante la niñez. No es ley, pero debo saber”.
“Yo no creo que…” y piensa en Dean cuidando de él en ausencia de su padre, haciendo las compras solo, consiguiendo dinero solo. Nunca había pensado en todos los momentos en que Dean estuvo expuesto a cualquier cosa. “… No lo sé”, tiene que admitir.
“Bien. Le preguntaremos a Frank”. Y enseguida está buscando la siguiente anotación. “¿Saben de algún otro hecho profundamente traumático que haya marcado su vida, además de la muerte de su madre?”
“Vendió su alma”, le informa Bobby. “Murió y regresó del infierno. ¿Es eso suficientemente traumático?”
La grabadora registra el largo silencio que sigue a la respuesta.
“Así que,…”, tantea la doctora. “…cuando Frank habla de la época en que Dean se fue al infierno, ¿en verdad se refiere a…”
“A Dean en el infierno”. Sam tiene que aguantar la punzada de dolor en el corazón al decirlo así de sopetón y en forma descarnada. “Literalmente”.
“Oh, caray”, ella parece intentar empatizar con la situación un momento. “Eso es… fuerte”. Vuelve a su Ipad, pero debe sacudir la cabeza un par de veces para concentrarse de nuevo en su tarea. “¿Él… consume o ha consumido drogas? ¿Alcohol?”
“Dean bebe. Mucho”, contesta Sam. Toma aire y dice la verdad completa. “Es un alcohólico funcional”.
“De acuerdo”, continúa la doctora mientras escribe con increíble rapidez en el teclado de la pantalla. “Lo veré cada dos días, si me es posible, día por medio”, saca un block de formulario desde su bolso y comienza a tickear en ciertos casilleros. “Habrá que practicarle algunos exámenes médicos. No puedo medicarlo sin ellos”.
“¿Cómo diablos vamos a convencer a Dean de que se los practique?”, se pregunta Bobby.
“Debido a sus antecedentes alcohólicos, tienen que hacerlo. Podría pulverizar su hígado con la medicación errónea”
“¿Es imprescindible esa medicación?”, se preocupa Sam.
“Necesitamos bajar su nivel de ansiedad así que sí, lo es.”
“Tomaba unas píldoras antes de que comenzara todo esto”, recuerda de pronto.
“¿Qué clase de píldoras?”
“No estoy seguro. Decía que le ayudaban con las pesadillas.”
“Búscalas, al menos el nombre comercial.”, suspira. “Dios, es un desafío”. Comienza a devolver las cosas a su bolso. “Un caso como éste debiera atenderse en una clínica, con hospitalización por un par de semanas para estabilizar al paciente antes de la terapia específica”, se encuentra con la expresión de ambos. “Pero veo que no se puede. De acuerdo, ordenaré mi agenda y volveré dentro de dos días”, comienza a caminar hacia el vehículo acompañada de ambos hombres. “Dean se está escondiendo. De ser posible, recomendaría mantenerlo en un lugar que le fuera familiar y acogedor, lo más parecido a lo que él pueda llamar un hogar”.
“Ese podría haber sido la cabaña de Bobby”, concluye Sam y mira con pesar al viejo cazador. “Pero ya no existe”.
“Es una lástima, habría sido de mucha utilidad”
Bobby se mesa la barbilla, pensativo.
“Déjeme ver qué puedo hacer al respecto”.
“De acuerdo”, abre la puerta de la camioneta al llegar a ella y pone el bolso en el asiento. “¿Puedo quedarme con tus notas, Sam?”
“No hay problema”.
“Consigue otra libreta. Necesito que sigas tomando apuntes para mí, ¿de acuerdo? Y hazme un mapa. Necesito cierta independencia para moverme. ¡Dios! ¡Tanto por hacer!”
“Debo volver a la cabaña. El muchacho está solo allá adentro”, Bobby le tiende la mano y la doctora se la estrecha. “Gracias”, se la retiene unos segundos más. “Gracias”, y da la vuelta para dirigirse hacia la cabaña.
Sam observa a la mujer quien sigue a su vez la figura del viejo cazador hasta que desaparece tras la puerta principal. Demasiado joven, demasiado seria. Pero, por primera vez en semanas, Sam es capaz de sentir algo de esperanza. Sonríe para sí mismo. Ha sido lo correcto.
Continuará…

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