fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester”. (11)

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Título: “Los Estados Unidos de Dean Winchester”
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: todo público.
Resumen:
Cuando Sam Winchester se larga a encontrar su tranquilidad, piensa que cuando lo haya logrado y vuelva, Dean y él podrán hablarse de nuevo y arreglar sus problemas. Eso es lo que Sam quiere, pero a veces ni siquiera el hermano que le ha dado todo es capaz de cumplirle todos sus deseos.

 

11.
I’m not crazy.

 

“Oh, vamos, hombre. ¿Tenemos que hacer esto? ¿De verdad?”
“Sí, Dean. Habla”.
Apoyado sobre el cofre del Impala, Dean suspira con resignación y mira hacia la cámara.
“Soy Dean Winchester, mis padres eran John Winchester y Mary Campbell. Tengo un hermano ñoño, Sam, y un medio hermano, Adam. Soy adorable. Me gustan las mujeres juguetonas…”
“Dean…”
“… y mi idiota hermano piensa que estoy loco”.


-o-

 

“No avanzaremos muy rápido de este modo”, concluye Cora Morrison sentada frente a Sam y Bobby, mientras instala la pequeña grabadora digital sobre la mesa.
Steve les mira con aire satisfecho desde el sofá. Los últimos días las crisis se han descontrolado, cada una de las identidades intentando dar su opinión sobre el tema, solapándose unas a otras a veces, confundiendo a Sam y a Bobby, aún más a la doctora, haciendo difícil y extenuante adivinar quién se ha manifestado en el momento. Todos menos Dean. Y todos han dicho que no. Incluso Frank.
“Tengo 14 años, señora”, le ha dicho a la doctora con el formulario en la mano. “No creo estar en condiciones de darle mi consentimiento”.
Gabriel, por su parte, no se siente preparado para tomar una decisión sin una conversación previa con el resto de la pandilla y Seeley simplemente ha enviado a la mujer de regreso a la página del libro de donde supuestamente escapó.
Obviamente, en teoría, todo sería mucho más fácil si pudiese conversar la situación directamente con Dean en su papel de identidad principal. Sólo que Dean no está. Ahora, frente a sus notas, Cora Morrison siente el agotamiento bajar desde los hombros hasta alcanzarle los pies anclados al suelo.
Acciona el play y aumenta el volumen lo suficiente para que los tres puedan escuchar con claridad las notas del día.

“No es un caso típico”, comienza la grabación tras los datos de identificación, lugar y fecha. “Es un hombre de carácter fuerte, valiente.”y hay admiración en el tono con que lo dice. “Ha logrado construirse a sí mismo prácticamente solo, sin el amparo paterno y materno crucial durante la niñez (lo que sin duda es un ingrediente importante para explicar su situación actual.)”

Sam tuerce el gesto sin poder evitarlo. A pesar de la gran cantidad de agua que ha pasado bajo el puente, el menor de los Winchester aún continúa luchando entre el amor y el odio profesado a su padre. Las remembranzas de la formación militar en la vida de ambos, los requerimientos de disciplina, sus propias ansias de libertad pero, por sobre todo, la imagen de la obediencia irrestricta de Dean hacia su progenitor se abren paso en su memoria.
“Asumo que tienes algún comentario adicional a eso. ¿Quisieras compartirlo?”, la doctora tiene el dedo en el botón de pausa y le mira, expectante. Pero no, no hay ganas de compartir. No en ese momento. Sam niega en silencio y la doctora vuelve a echar a andar el aparato.

A esta situación de desamparo se suma la temprana responsabilidad de mantener a su hermano menor, Sam, a salvo no sólo de los peligros propios de su corta edad sino también los relacionados con la naturaleza del… ejem… trabajo de su padre, John Winchester”

Y las imágenes del pasado vuelven a desplegarse en la mente de Sam, recuerdos no exentos de remordimiento por la parte que le toca, por aquello que supo y por lo que nunca llegó a saber. “Huiste cuando te estaba cuidando. Te busqué por todas partes. Pensé que estabas muerto”, le informó alguna vez su hermano, allá en su cielo personal libre de su familia. “Y cuando papá volvió a casa…”.

“No es de extrañar entonces la aparición de una identidad netamente protectora, enfocada casi exclusivamente en su autocuidado, Steve, quien proclama ser quien vela no sólo por las necesidades físicas relativas a seguridad de la identidad principal sino también por sus necesidades psicológicas concernientes a un profundo sentimiento de soledad. Felizmente, no existen al parecer otros episodios que pudieran ser demasiado dolorosos de traer a la memoria del paciente, tales como abusos infantiles de tipo sexual (Frank se rió en mi cara cuando se lo mencioné). Sin embargo, se puede determinar que hay un capítulo en su vida adulta de real gravedad y dificultad en su planteamiento al paciente, que pudiese constituirse en el origen primario del quiebre de su personalidad en la actualidad, me refiero a su… uhm… su paso por el infierno” .

En ese punto, la doctora detiene la grabación y setea el aparato para comenzar con una nueva.
“Necesito información adicional que no he podido obtener, por razones obvias, de las identidades que he entrevistado. Agradecería que respondiesen a las preguntas con la mayor exactitud posible”. Aprieta el play. “¿Ha tenido Dean ausencias alguna vez? Me refiero a episodios en que se haya encontrado desorientado, con pérdida de la capacidad de ubicarse a sí mismo espacial y temporalmente, ya sea años atrás o en época reciente”.
“Bueno…” Bobby se vuelve hacia Sam esperando que el joven sea capaz de brindar mayor información. “…por lo que a mí respecta, a no ser por las veces que llegó a mi casa desvariando debido a contusiones o los efluvios de algún monstruo extraño o las consecuencias de algún hechizo…”.
“…además de las ocasiones en que ha acabado más embriagado de lo normal o aquella oportunidad en que probó una estampilla de LSD o cuando se echó un par de porros…”, añade Sam. “… Sí, ha ocurrido algunas veces”.
La doctora deja escapar un suspiro, frustrada.
“Creo que será un poco difícil discriminar si alguna de aquellas oportunidades se debió realmente a una disgregación de su personalidad o una respuesta física a estímulos externos. En fin. ¿Ha manifestado escuchar voces?”
Y esta vez Sam suelta un bufido que es casi un borbotón de risa amarga porque el que escucha voces allí es otro. Cuando presta atención de nuevo, Cora Morrison le mira con reproche.
“En serio, Sam. Si tienes algo que aportar, es el momento”.
Sam duda e, irónicamente, casi puede oír la voz de Frank, por sobre la de su inseparable compañero, alentándolo a hablar; pero no se atreve y lo deja pasar. Niega nuevamente y agacha la cabeza en señal de que intentará concentrarse. Pero cuando las preguntas continúan es incapaz de dar más allá de un sí o un no como respuesta. Está cansado. Irritado e irritable. No lo puede evitar. No es sólo por el desgaste físico que provoca la constante vigilancia a la que deben someter a Dean, sino por el hecho de llevarle el tranco a lo mejor y lo peor de su hermano multiplicado por cuatro. De todos, Steve se lleva la palma. No ha parado en esos días, hablando sin cesar, cantando por las noches con la voz desabrida de un gato en ayunas. Quiere ir de cacería y Sam se niega. En represalia, el motoquero intenta evitar que el Winchester espíe entre las cosas de Dean en busca de cualquier medicamento que el cazador haya estado usando hasta la fecha y niega tercamente su permiso para los exámenes instando al resto de las personalidades a hacer lo mismo. Finalmente se cruza de brazos en un rincón y desaparece sólo para dar paso a un Frank inusualmente bullicioso y a un nervioso Gabriel que intenta explicarle a Sam torpe e insistentemente los códigos sobre sus mapas presionado, sin duda, por el motoquero que, aún ausente, pretende continuar el tema de la cacería. El arribo de la doctora esa mañana ha encontrado al menor de los Winchester despierto, incapaz de soslayar el acoso de los inquietos huéspedes.
“… sin antecedentes de abuso, común en este tipo de patología mental”, le habla la doctora a su grabación, “sin diagnósticos anteriores ni sintomatología manifiesta, el caso se aleja notablemente de aquellos planteados por la literatura psiquiátrica acerca del tema y de aquellos que yo misma he tratado en el pasado”.
“¿Entonces?”, quiere saber Bobby.
“Entonces, más allá de la terapia base, será prueba y error. Por supuesto todo resultaría mucho más fácil y rápido si consiguiéramos efectuar los exámenes para la medicación. Lo lógico sería que la identidad principal fuese quien diera su consentimiento, pero Dean no se presentará ante mí hasta que bajemos los niveles de ansiedad… con los medicamentos”.
Sam escucha con atención esta vez, comprende y se echa hacia atrás en el asiento, desalentado.
“Es decir, nos estamos pillando el rabo: sin exámenes no hay Dean, sin Dean no hay exámenes”.
Desde el sofá, Steve tose con propósito.
“Tengo una propuesta”, propone el motoquero con los pies sobre la mesa de centro y el laptop abierto sobre las piernas. Los mira uno por uno asegurándose de que ha captado su atención. “Iré a cazar Levis”.
“¿Qué? ¡No! ¡De ninguna manera!”, se oponen al unísono Sam, Bobby y la doctora como si se hubiesen concertado de antemano, lo que no amedrenta a Steve.
“Tal vez no me expresé bien. Éste es el asunto: sin cacería, no hay exámenes”.
Sam se acomoda en el asiento frente a Steve con toda la intención de hacer notar su altura.
“¿Qué tal esto otro?: harás lo que debas hacer, sin condiciones”.
“¿Vas a obligarme?”
“Si es necesario”
“¿Qué? ¿Vas a drogarme otra vez?”, mira a la doctora. “No creo que eso sea bueno, ¿verdad?”.
Cora tiene que admitirlo.
“No, no funcionaría” y le explica a Sam. “Cualquier substancia que ingresemos a su organismo para aquietarlo, alteraría los resultados”
“Y si me golpeas otra vez”, completa el otro, “¿cómo vas a explicárselo a los médicos? Puedo gritar, en serio, créeme”.
Sam le cree. Cuando quiere, Dean siempre sabe cómo salirse con la suya. Ni siquiera una habitación del pánico bien sellada pudo detenerlo en el pasado. Definitivamente no quiere lidiar con esta porción de su hermano. Necesita otra estrategia.
“Steve”, dice y toma una bocanada de aire. “Quiero que entiendas una cosa: lo único que deseo es que Dean recupere su salud mental. No hay nada más importante que eso para mí en este momento. Los leviatanes, los rugarus y los demonios tendrán que esperar”.
Steve lo mira un instante, una expresión entre sorprendida y juguetona bailando en su rostro. Se acomoda en el asiento, haciendo el cuerpo hacia delante, con tal de enfrentar al Winchester.
“Si los levis se devoran el mundo”, dice cuidando de que cada palabra se entienda perfectamente. “no habrá salud mental de Dean que cuidar, Sam”.
El Winchester aprieta la mandíbula, incapaz de encontrar respuesta adecuada a eso.
“Creo que tiene un buen argumento ahí, muchacho”, interviene Bobby con cautela. “Quizás nosotros hemos estado un poco desconectados del asunto en el último tiempo, pero basta con mirar los apuntes de Gabriel para darse cuenta que ellos no han hecho ningún alto mientras resolvemos nuestros problemas. Tarde o temprano nos alcanzarán”.
Sam mira el rostro serio y cansado del viejo cazador por un instante donde se lee una intensa preocupación. Casi olvida que no es el único que no duerme vigilando a su hermano.
Se levanta del asiento, camina un par de pasos intentando pensar. ¿Qué haría Dean en su lugar? De una manera u otra, y Steve tiene toda la razón, el desastre les alcanzará y entonces quizás sea demasiado tarde para detenerlo. Se soba las sienes entre el pulgar y el índice, gesto que ha aprendido a imitar y finalmente decide.
“¿Dónde?”
“¿QUÉ? ¡Espera un momento”, protesta la doctora, lo toma del brazo y lo aparta tanto como se puede de Steve. “¿Qué estás haciendo, Sam?”.
“Necesitas los malditos exámenes, ¿no es así?”
“Y a mi paciente. ¿Cómo vas a evitar que te brinde el acto de Houdini de nuevo?”
“No se lo permitiré. Lo mantendré atado a mí si es necesario”, el gesto en el rostro de la mujer le dice que su seguridad sobre su propia capacidad de guardián no es garantía ninguna para ella y termina encogiéndose de hombros, admitiendo su derrota ante la identidad sentada en el sofá. “No veo otra solución”.
La doctora mueve la cabeza con desaprobación pero sabe que tiene la batalla perdida. Finalmente, alza los brazos en signo de sumisión.
“Es tu hermano”, dice. “PERO…- subraya y se vuelve hacia Steve apuntándole con el dedo y frena en seco la sonrisa que comienza a formarse en el motoquero.- …sólo DESPUÉS que los resultados estén en mis manos, ¿de acuerdo?”.
Steve tuerce el gesto como un niño malcriado.
“Eso es mucho tiempo”, se queja. “No somos un paciente muy paciente”
“¿De acuerdo?”, repite la doctora.
Steve se echa hacia atrás en el sofá y suspira.
“De acuerdo”
Y es la verdad.
Durante los siguientes tres días en que una clínica privada de confianza de la doctora Morrison toma los exámenes, Steve se comporta obediente y facilitador, incluso deja que Frank se asome un par de veces durante los procedimientos, amable y educado frente al personal médico, aunque muy bien pudiera ser, piensa Sam, una estrategia para hacerle bajar la férrea guardia que mantiene sobre él en todo momento. De ninguna manera va a darle espacio alguno a las ansias de libertad del motoquero cuyos ojos, mientras está presente, se dirigen constantemente hacia las salidas de la clínica.
Para fortuna de todos, tras el último de los procedimientos, viene el apagón. Seeley, Steve, Frank hacen desaparecer las luces por las próximas 36 horas en el sopor comatoso subsiguiente al periodo de hiperactividad. Con ello, el tiempo de espera se hace mucho más llevadero.
Los resultados, obtenidos en tiempo record, son sorpresivamente buenos (Sam se pregunta si acaso las veces que Castiel ha usado su magia sobre su hermano tendrá algo que ver con el fenómeno) y la medicación puede ser recetada y surtida. Cora aún no está convencida del todo respecto a dejarlos partir, pero la verdad es que no existe manera en que pueda impedirlo. Le entrega a Sam una pauta en relación a qué hacer en caso de que Steve se enoje, se rebele, o de que Dean aparezca en medio de la historia. Precaución, calma, no demostrar pánico, no atosigarlo con la verdad de su situación. Le encarga hacerlo tomar las pastillas, nada de alcohol.
“En caso de problemas, llama a Frank, siempre a Frank. Trata de hablar con él”.
La última noche antes de la partida, sin embargo, la frenética actividad comienza de nuevo con renovadas energías para el desconsuelo de Sam. El ruido proveniente del cobertizo que hace las veces de garage lo despierta cada tanto y sólo se abstiene de averiguar lo que está sucediendo allí adentro por el hecho de que Bobby está de guardia y porque su agotado organismo no le permitiría apartarse de la cama.
Cuando en la mañana parte en busca de un vehículo para la aventura, los divisa a medias, aún trabajando en la parte posterior de la cabaña, junto a la figura inconfundible del Impala. Huele a humo y fierro. A su regreso, Steve descansa en la terraza, sentado en la banca, los pies sobre una silla y la gorra de béisbol que usa Frank cubriéndole el rostro, misma que retira al escuchar el sonido del vehículo. Al percatarse del modelo, el motoquero frunce el ceño, indignado, y lo señala con un amplio gesto de su mano mientras se le acerca como si quisiera comenzar a decir algo sobre él sin saber por dónde.
“¿Qué es… ESTO?”, el tono de desdén es claro.
“¿Qué dices? ¡Es una doble cabina!”, protesta Sam.
“Sí, la primera de su especie”
“No te guíes por las apariencias, está en perfecto estado”
En realidad, el vehículo parece haber participado en por lo menos un par de accidentes de tránsito y secciones de su delantera han sido reemplazadas por otras que no le corresponden.
“¿Por qué no la Nena?”
“No voy a explicarle a Dean por qué su amado auto está perdido… de nuevo. Así es que el Impala se queda aquí”.
“¿Quién dice que vamos a perderlo?”
“¿Realmente quieres que te conteste esa pregunta? Hasta el día de hoy no sabes decirme donde estuvo y cómo lo recuperaste, ¿no?
“Así que, debido a mi pequeño lapsus de memoria, cuando los levis vengan tras nosotros, huiremos en ESTO”.
Sam respira profundamente antes de contestar, poco dispuesto a embarcarse en una nueva pelea, por lo menos a esas horas de la mañana.
“No usaremos el Impala. Punto”, y abre la puerta trasera para colocar bajo los asientos las armas y todo aquello que podrían necesitar. Steve lo sigue con la mirada un instante, luego rueda los ojos y va en busca de su equipaje personal. Regresa cuando el vehículo está preparado, llevando un bolso en una mano y un paquete alargado envuelto en una tela en la otra.
“Oye, toma”, llama y le arroja el objeto largo que Sam agarra al vuelo.
“Y esto es…”
“Tu regalo de Navidad”, contesta y le lanza un beso antes de subir en el asiento del copiloto.
Sam desenvuelve el paquete y descubre el canto labrado de una cimitarra.
“Alguna vez fue uno de mis machetes”, revela Bobby, acercándose con la calma forzada de una noche sin reposo, las manos en los bolsillos y la expresión de su rostro más adusta que de costumbre. Entonces Sam se explica la actividad de la noche anterior. No así la actitud de Bobby. Se le acerca un poco más con tal de que Steve no escuche desde la camioneta.
“¿Qué sucede?”
“Nada”.
“Bobby”.
El viejo mira hacia la camioneta.
“Es sólo que…” cierra los ojos un instante. “A ratos no parece tu hermano”
Sam bufa.
“Ya lo sé”
“No, no. No me entiendes: Steve y compañía en sí son un atisbo de la personalidad de Dean en mayor o menor medida. Lo que hubo anoche… definitivamente no lo era”.
“¿Qué quieres decir?”
“Es… Es difícil de explicar. Un momento era el locuaz Steve, recitando torpemente un encantamiento desde un pedazo de papel y al siguiente…” Sacude la cabeza como intentando aclarar las palabras en su mente y vuelve a empezar. “Steve había terminado de cortar y moldear el machete y lo había colocado sobre una especie de círculo mágico en el suelo. Estaba de espaldas a mí, yo tratando de entender lo que estaba haciendo. Entonces se volteó un instante y me miró de reojo con una sonrisa fría en los labios. Se me heló la sangre en las venas. Te juro que si no supiera mejor… hubiera dicho que estaba frente a un demonio”.
La boca de Sam se seca mientras piensa en las palabras de su compañero interior. “Mi hermano podría haber hecho eso”.
“O un ángel”, suelta sin querer en un susurro.
“¿Qué?”
El sonido de la bocina del vehículo los interrumpe.
“¡Me aburro!” llama Steve desde el interior de la camioneta y se asoma luego. “¿Vamos o qué?”.
Sam le hace una seña con la mano para que espere un momento más y se vuelve de nuevo hacia Bobby.
“Ten cuidado, Sam”, le dice el viejo y Sam trata de dedicarle una sonrisa llena de una confianza que no siente.
“No te preocupes”. Da la vuelta hacia el vehículo y entra en el asiento del piloto dispuesto a marchar hacia donde Steve o quienquiera que se encuentre ahora en la cabina le indique.
Continuará…

 

 

 

 

 

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