Fic: “Remember me?” (3/?)

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Título: “Remember me?”
Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: todo público.

“Tu hermano no estaría metido en algún lío, ¿verdad?”, pregunta el otro de repente.
Sin querer, casi como un reflejo, los ojos de Sam van hacia el brazo derecho de Dean, apenas un segundo, donde está o estaba, no lo tiene claro, la marca de Caín. Los retira enseguida esperando que su hermano no se haya dado cuenta.
“Lo echo de menos”, comenta sin responder a la pregunta.

3
No bambies

Despierta con el sonido de golpes en la puerta. Se ha quedado dormido sobre su laptop. Aún no tiene muy claro qué busca. Sólo sabe que en alguna parte del universo debe existir una manera de revertir la magia de un ángel. De paso, ha comprobado que Cas se ha tomado a pecho el trabajo de proteger a su hermano pues no hay señal de casos extraños sobrenaturales en varios kilómetros a la redonda desde hace algunos años. Como sea, están golpeando a la puerta y sólo cuando levanta la cabeza, con el cuello adolorido por la posición en que ha pasado la noche, se da cuenta que ya es de día. Mira el reloj. Las siete de la mañana. ¿Quién puede ser a esa hora? Cierra el laptop y va a abrir.
“Hey, ¿cómo amaneciste?” Dean le sonríe desde el otro lado del umbral y lo mira de arriba a abajo con una mueca divertida en el rostro. “¿Sueles dormir vestido?”
Sam se echa un vistazo, soñoliento aún.
“Uh… eh, no. No siempre”
“Olvidaste nuestra cita ¿eh?”
“¿Cita? … oh, sí, la clase. No, no la olvidé, sólo…” y se aparta de la puerta “… sólo espérame un minuto”.
Lo deja junto a la entrada, invitándolo a ponerse cómodo, lo que suena un poco ridículo en una habitación que tiene poco más que una cama, una mesa y unas cuantas sillas por todo mobiliario. Se encierra en el baño e intenta sacudirse la modorra empapándose el rostro con agua fría en el lavabo. Cuando regresa, Dean tiene un papel en la mano y lo lee con interés.
“¿Marca de Caín?”, pregunta, curioso. “¿Qué es eso?”
Demonios. Había olvidado los papeles sobre la cama.
“Eh, uh… es parte de mi trabajo. Hago investigaciones para una Universidad. No es importante”, y diplomáticamente lo retira de sus manos.
Dean levanta la mirada entonces hacia la pared cubierta de recortes de diario con eventos peculiares ocurridos en el pasado en la región. Sam se palmotea mentalmente. Había olvidado eso también. No es como si hubiese estado esperando a que se apareciera de esa manera.
“Amigo, ¿de qué trata tu trabajo? ¿encontrar a Pie Grande?”
“Sí,… digo, no… Eso es… un pasatiempo solamente”
“¿Mientras estás en busca de tu hermano?” Dean lo mira, el semblante imposible de leer. Sam está consciente de lo incoherente que suenan sus palabras tras mostrarse tan angustiado las noches anteriores.
“Me ayuda a aclarar mi mente”
Dean aún mantiene sus ojos sobre él de forma tan insistente que Sam siente ganas de sacudirse tan sólo para evitarlo.
“Y yo que pensé que Cas era extraño”, dice finalmente su hermano y se desentiende de lo que acaba de ver. “Vámonos. Estamos atrasados. Tengo que acompañar a un grupo de turistas después de ti”.
Tiene sandwiches y café en su camioneta, una pickup Ford clásica de grandes tapabarros color rojo granate. Sam lo agradece. Apenas ha tenido tiempo de coger su parka y un par de guantes y tiene el cuerpo helado por el mal dormir. Mientras da el primer mordisco a su emparedado pasan el bar, cerrado a esas horas, sin detenerse.
“Pensé que tu campo de instrucción estaba allá detrás”, le hace ver.
“Bueno,… así es”, le contesta su hermano sin apartar la atención del camino frente al vehículo, “pero prefiero otro lugar para los principiantes”.
Les lleva media hora llegar a la entrada de un recinto boscoso, delimitado por una cerca de maderos gruesos. Dean se apea de la camioneta sin apagar el motor para abrir el portón. Sam nota y lee el letrero que lo adorna: RECINTO PRIVADO. NO ENTRAR.
“¿Este lugar es tuyo también?”, le pregunta cuando su hermano vuelve a entrar al vehículo.
“Nop, le pertenece a un amigo. Me deja usarlo algunas veces”
“¿Por qué tienes un campo de tiro tan apartado?”
“Los vecinos no reclaman”.
Es razonable. Están muy lejos de cualquier casa habitada para que alguien pueda presentar quejas. El paisaje nevado del bosque se va haciendo cada vez más imponente en la medida que toman algo de altura.
“Tu hermano no estaría metido en algún lío, ¿verdad?”, pregunta el otro de repente.
Sin querer, casi como un reflejo, los ojos de Sam van hacia el brazo derecho de Dean, apenas un segundo, donde está o estaba, no lo tiene claro, la marca de Caín. Los retira enseguida esperando que su hermano no se haya dado cuenta.
“Lo echo de menos”, comenta sin responder a la pregunta.
Sam siente la mirada de Dean sobre él, insistente, indescifrable, alternada con la atención en el camino que parece conocer de memoria. Luego regresa el silencio por un rato.
“Amigo, ni puedo imaginar cómo debes sentirte” vuelve a hablar el otro. Sin duda, Dean se ha tomado el trabajo de cantinero/confesor/consejero muy en serio. “Perdí a mi madre hace mucho pero lamentablemente no tengo hermanos. Me hubiera gustado, sin embargo. Debe ser grandioso poder compartir tu sangre y tu vida con alguien más de esa manera”.
Sam se traga la estocada lo mejor que puede.
“¿No eres casado?”
“No. Traté una vez. No resultó”.
“Uh…”, duda un momento, pero si tiene algún sobrino, quiere saberlo. “¿Hijos?”
“Un hijastro, pero… no nos hablamos. Él… creo que él me odia un poco”.
“¿Por qué?”
Dean suspira.
“Larga historia. Quizás otro día”. Detiene el vehículo. “Muy bien”, dice y baja. “Desde aquí, caminaremos”. Va hacia la parte trasera de la camioneta desde donde saca dos rifles con sus estuches y una mochila que se echa al hombro. Le entrega uno de los estuches a Sam. “Vamos” y emprenden camino loma arriba por el sendero entre los árboles.
A poco de andar, los grandes troncos comienzan a mostrar marcas talladas y teñidas de rojo a la altura de la cabeza de un hombre. Sam les echa un vistazo de reojo, atento a todo, aletargando su paso con cautela para estudiarlos. Los ha reconocido como símbolos de protección anasasi. ¿Cas tal vez? Dean se detiene a esperarlo.
“¿Qué sucede?”
“Nada. No estoy acostumbrado a tanto ejercicio físico, eso es todo”, le señala los signos en los árboles. “¿Eso está relacionado con alguna clase de cultura indígena?”
Dean ni siquiera se molesta en darles un vistazo, señal de que conoce de antemano su existencia, la atención anclada sólo en su alumno.
“Sí, algo así”, señala hacia el bosque con un gesto amplio de su mano. “Hay un montón en los alrededores”
“Uh, y ¿sabes su significado?”
“Nadie lo sabe, pero es bastante útil para atraer a los turistas”, reanuda la marcha. “Continuemos, estamos cerca”.
Un poco más arriba, la loma se abre en una breve planicie. En el límite con el bosque, alguien ha construido una cabaña pequeña y ha habilitado un espacio al aire libre para practicar tiros. Los blancos están gastados, muestran orificios de bala por doquier. Al parecer, Dean tiene muchos alumnos. Sam imagina a los novatos luchando por encontrar la manera correcta de apuntar. Al fondo, unidos a rieles para acercarlos o alejarlos del mesón principal, se aprecian otros tantos objetivos con la silueta humana, tan gastados o más que los simples con anillos pintados que tiene al frente. A ratos parece un campo de entrenamiento militar más que un simple campo de tiro. El amigo de su hermano quizás haya pertenecido a la milicia.
Dean ordena un poco el lugar, alinea los blancos y revisa las distancias antes de reunirse nuevamente con él y señalarle que saque el rifle de su estuche. Con suma claridad le explica las partes que componen el arma, la manera en que debe colocar los cartuchos, y la forma de portarla sin peligro para sí o para quienes le rodean. Es como estar reeditando aquella primera lección de tiro cuando era un niño. Dean lo posiciona mirando en dirección a uno de los círculos ubicado a algunos metros de distancia. Después de darle las últimas instrucciones, le entrega anteojos y orejeras y se mueve hacia atrás dejándole espacio para que apunte con toda tranquilidad. Hace el primer disparo, intencionadamente fuera de curso. Dean le toca el hombro para que vea su pulgar arriba en señal de que lo está haciendo bien y que lo intente otra vez. Sam se acomoda de nuevo, demorándose a propósito para fingir inseguridad. Quizás debería darle al círculo más grande para no parecer demasiado torpe. Y entonces, cuando tiene el dedo tenso en el gatillo, la sombra de algo grande se le viene encima con rapidez por el costado y, sin pensarlo siquiera, da un ágil salto para quitarse de su camino, se da la vuelta y dispara.
Mierda.
Es sólo uno de los blancos al que se le ha soltado el seguro y se ha deslizado sobre su riel. El disparo le ha dado medio a medio entre los ojos.
Mierda.
Dean le está mirando de nuevo con esa expresión ambigua de antes.
“Buenos reflejos”, dice.
Sam se endereza, se arregla y piensa a mil por hora cómo retomar su papel.
“Sí, gracias”, dice al fin. “Suerte de principiante”
Sigue un incómodo silencio antes de que Dean se acerque al blanco y lo lleve de nuevo a su posición. Al regresar al lado de Sam, luce contrariado.
“Lo lamento”, dice. “Mi amigo no cuida lo suficiente de este lugar y yo tengo poco tiempo libre, así que…”, levanta la mirada y sonríe. “Supongo que debo parecer un amateur, ¿verdad?”
Sam se relaja. Dean está más preocupado por la opinión de su cliente acerca de su desempeño que por las razones por las que un novato ha sido capaz de moverse como un paramilitar profesional.
La lección continúa sin contratiempos por la siguiente media hora. Prueban distintos tamaños y distancias de blancos. Sam intenta aparecer como si estuviese progresando gracias a las indicaciones de su instructor. Sin embargo, su hermano, en algún momento, pareciera haber dejado de prestarle atención. En cambio, observa el bosque con disimulo y evidente preocupación.
“¿Algún problema?”, quiere saber Sam comenzando a inquietarse él también.
Los ojos de su hermano estudian el área detrás de la cabaña.
“No lo sé aún. Quédate aquí”, le ordena y comienza a caminar hacia el bosque.
“Pero…”
“¡Quédate aquí!”, repite y se introduce en el espacio entre los árboles.
Sam hace un paneo visual hacia la tupida foresta que los rodea. Es un paraje algo inquietante, después de todo, incluso para sus parámetros. Cuando vuelve a mirar hacia el lugar donde se ha dirigido su hermano, Dean ya no está a la vista.
“¿Dean?”, llama y al no recibir respuesta, se apresura hacia el sitio donde ha desaparecido. Nada. Las huellas desaparecen de manera misteriosa en el manto blanco. La preocupación le aprieta las entrañas. “¡DEAN!”, llama de nuevo y tampoco obtiene respuesta. Se pregunta si acaso con su llegada, con su búsqueda, ha atraído el peligro nuevamente a la vida de su hermano. De pronto, el ruido de una carrera, apagada por la nieve acumulada, surge atrás suyo. Sin dudarlo, corre hacia la procedencia del sonido, allí donde las ramas se entrecruzan aún más densamente. Al rato, se encuentra caminando agazapado a través de un pasadizo formado por las enormes raíces de los árboles, atento a cualquier señal que delate alguna presencia. Una sombra cruza el enramado sobre su cabeza y lo hace avanzar hacia la salida del túnel. Un crujido a su derecha. Con mano segura apunta hacia el lugar donde cree que se ha originado el ruido. Algo se mueve y él dispara, sólo para darse cuenta que el rifle ya no tiene balas.
“Maldición”, lo arroja al suelo y, sacando su propia arma de atrás de su cinturilla, avanza sin bajar la guardia hacia el lugar de donde ha provenido todo. Un rumor creciente a su espalda le avisa que alguien se le viene encima; da la vuelta, dispara y rueda por el suelo helado. Su atacante cae unos metros más allá. Tiene el cuerpo cubierto de pelo. Se acerca con cautela y lo mueve con el pie. No hay reacción. Lo da vuelta. Es un muñeco grotesco y cubierto de piel falsa.
“¿Qué diablos…?”
Se acercan pasos, gira hacia ellos todavía apuntando. Escucha su nombre. Es Dean. Baja el arma, contempla el muñeco en el suelo y decide que es mejor alejarse de él para que su hermano no lo vea. Más tarde podrá volver y examinarlo con más detenimiento. Avanza al encuentro con Dean quien aparece agitado por la carrera.
“¡Hombre!” le dice. “¿Dónde mierda has estado?”
“Buscándote”, contesta automáticamente e intenta rodear a su hermano para que éste no se vea obligado a enfrentar el lugar donde yace el muñeco peludo.
“¡Te dije que te quedaras en el campo!”, le reclama.
“Pensé que estabas en problemas”
“¿Tienes dificultades para seguir órdenes?”
“Lo siento”.
Un nuevo y tenso silencio cae sobre ambos. Los ojos del instructor están clavados en él. Sam no sabe qué esperar. Sin embargo, al cabo de algunos segundos, el gesto en el rostro de su hermano se suaviza.
“Me preocupaste”, explica y las dos sencillas palabras caen como bálsamo en el corazón de Sam aún sabiendo que sólo es el instructor hablando a su cliente. “Bueno, lo importante es que todo está bien”, continúa Dean y le dedica una sonrisa que, aunque forzada, parece ser de alivio. Sam le sonríe de vuelta.
“Sin daños. Ambos estamos completos”.
Ríen al unísono.
“De acuerdo, vámonos”, dice el instructor finalmente y le hace una seña para que se le acerque.
Sam comienza a caminar, ansioso por alejarse del montón de pelo al otro lado del arbusto, cuando siente el tirón que lo arroja al suelo. Sin saber cómo, al segundo siguiente se encuentra inmovilizado, el rostro de su hermano sobre él y un cuchillo mata demonios contra su cuello. La voz de Dean es fría y amenazante.
“¿Quién demonios eres tú?”

 

Cap 4

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