Fic: “Los Estados Unidos de Dean Winchester” (13/?)

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Título: “Los Estados Unidos de Dean Winchester”
Autor u Autora: Winchester_Mcdowell
Categoría: Supernatural.
Calificación: todo público.
Resumen:
Cuando Sam Winchester se larga a encontrar su tranquilidad, piensa que cuando lo haya logrado y vuelva, Dean y él podrán hablarse de nuevo y arreglar sus problemas. Eso es lo que Sam quiere, pero a veces ni siquiera el hermano que le ha dado todo es capaz de cumplirle todos sus deseos.

13
I’m more like a ninja.

Escucha el batir de unas alas que le hacen pensar en Cas. Mira hacia arriba. Es sólo una paloma que cruza el galpón en busca de la salida. Aparte de eso, todo permanece quieto y silencioso.
“Hey”, lo llama alguien. Dean baja la mirada hasta encontrar al propietario de la voz. El hombre luce estresado, sucio y se agarra el brazo que le cuelga inerte con el que tiene sano. “¿Te encuentras bien?”
En un principio no comprende a qué se refiere pero entonces siente la ropa mojada que se le pega al cuerpo. Baja la mirada y resulta que está cubierto de sangre, sus manos, sus brazos hasta el codo. Sostiene en su puño una especie de cimitarra ensangrentada también. Da la vuelta lentamente y descubre cuerpos abiertos sin entrañas y, a sus pies, un montículo de ceniza y barro oscuro. Oh, Dios. Es el infierno otra vez. Abre la boca para gritar pero no puede, el aliento se ahoga en su pecho. Cierra los ojos y cuando los abre, está en un café, sentado junto a una ventana. Es un día soleado, sin nubes en el cielo. Al frente suyo, Sam le mira con preocupación.
“¿Te encuentras bien?”
Dean no sabe qué responderle. Todavía le falta el aire.
Sam, desde el otro lado de la mesa, estira el brazo por sobre la mesa hasta alcanzarle la muñeca, obligándolo a prestarle atención.
“Calma”, le tranquiliza. “Todo está bien, Dean”
“No, no está bien”, se mira las manos pero están limpias. “¡Estoy torturando gente, Sam!”. Apenas se refrena de gritar. “Soy un asesino psicópata”
“No, no lo eres. Estás salvando gente, acabando con los leviatanes. Lo has hecho bien, Dean. Créeme. Por favor, créeme”.
Entonces, ¿no ha regresado al infierno? Dean mira alrededor. La gente charla, el sol brilla afuera.
“¿Qué está pasando conmigo, Sam?”
Siente el apretón de su hermano en su brazo.
“Oye, está bien. Vamos a arreglarlo”
Y por primera vez en mucho tiempo, Dean siente que tiene a su hermano de regreso.

 
-o-

 

Mientras marca el número de Frank Deveraux, Sam se pregunta por qué el subconsciente de su hermano ha elegido el nombre de pila del hacker para la identidad que es un muchacho así como el de un arcángel para el chef. Tiene el laptop abierto sobre el capó del vehículo que tomó de la granja. Ha luchado por horas para recuperar el historial borrado por Steve hasta verse obligado a reconocer que necesita una ayuda superior. No es fácil conversar con Deveraux sin que el hombre comience a divagar caóticamente, sin embargo Sam consigue plantearle su problemática esperando que el contenido del historial le dé alguna pista con respecto a dónde se ha dirigido su hermano. Ha recorrido gran parte del camino en dirección a uno de los tres puntos señalados en el mapa por Gabriel, esperando sea el correcto, antes de detenerse a pedir ayuda al paranoico sujeto.
“Puedo hacer algo mucho mejor”, es la respuesta de Deveraux, “Estoy en condiciones de seguir los pasos de tu bonito hermano gracias a que tengo acceso a las cámaras de seguridad de todo nuestro bello país. ¿Dónde le perdiste la pista?”
Sam se lo comunica y Frank cuelga sin ningún aviso. A los quince minutos llama de vuelta.
“Su nombre es Jensen Ackles”
“Uh… ¿Cómo dices?
Por toda respuesta, Deveraux le envía el video del estacionamiento de un aeropuerto en el que Dean desciende de la vieja camioneta vistiendo un chaquetón corto y bajo él una camisa de marca, pantalones de vestir, un fedora en la cabeza y anteojos oscuros. Arrastra una maleta formal pequeña.
“Es lo que dice su tarjeta de crédito”
“Espera un poco… ¿Es un aeropuerto? ¿Estaba en un aeropuerto?”
“Estoy bastante seguro de que eso es lo que es”
“¿Qué estaba haciendo ahí?”
“¿Tal vez tomar un vuelo? Es lo que la gente usualmente hace en esos lugares”
“No Dean. Él no viaja en aviones.”
“¡Oh, sí! Lo hace, grandote. De hecho, LO HIZO. Tomó un vuelo a Los Ángeles hace cuatro horas y cuarenta y cinco minutos”.
“…”
“¿Grandote?”
“Sí, sí… Gracias, Frank”
“Ha sido un placer. Agradecería baja denominación o metales preciosos”.
“¿Qué?”
“No estoy ayudándote por la bondad de mi corazón. Esta tecnología no es barata, niñato. Algo de metálico vendría bien para la continuidad de mi trabajo”
Debió suponerlo. Repasa mentalmente las posibles fuentes de financiamiento.
“Tenemos oro”
“Perfecto. Te enviaré las instrucciones para efectuar el pago”.
Esta vez Sam cuelga antes que Deveraux y marca inmediatamente un nuevo número.
“¿Bobby? Necesitaré dinero”, piensa en los pasajes, en cuántas identificaciones puso en el bolso: FBI, pasaporte… “Y algo de oro, por favor”.
Santo Cielo, ¿cómo va a hacer para encontrar a su hermano en Los Ángeles?
La ayuda llega sin solicitarla. Junto con las instrucciones, Deveraux tiene la gentileza de enviarle también el video que muestra a Jensen Ackles abandonando el aeropuerto. Es una pista vaga pero ya tiene por dónde empezar.

 

~o~

 

El chofer del taxi que recogió a Ackles lo recuerda bien. Supo que era un artista desde el primer momento en que lo vio con esos anteojos oscuros y aire interesante, como si mirara por encima del resto de la gente hacia un horizonte lejano.
“Un poco petulante, ya sabe, aunque con su apariencia, yo también lo sería. Estuvo hablando y hablando y hablando. Dijo que era modelo profesional y que estaba siendo tentado para convertirse en actor”
“¿A qué lugar se dirigía?”
“Lo dejé en un hotel”, le da la dirección.
Pero es un punto muerto porque Dean, o más bien Jensen Ackles, sólo se quedó allí una noche. A primera hora de la mañana hizo abandono de su habitación.
¿Qué está haciendo en Los Ángeles de todos modos? No es que existan muchos pueblitos allí donde los levis puedan alimentarse sin llamar la atención, a menos que las bestias estén cambiando de planes y Dean y compañía de alguna manera lo hayan supuesto.
El recepcionista del hotel observa la placa con detenimiento y dudas pero ahí está Bobby en el teléfono, tras marcar Sam su número, para secundar la coartada de agente del FBI. Finalmente, le presentan al Jefe de Seguridad quien le da acceso pleno a los videos del hotel grabados esa mañana. En ellos se puede observar a Dean cruzar el hall del hotel, despertando a su paso la admiración de las féminas, para luego subir en un auto último modelo, lujoso, vidrios polarizados. ¿Es que alguien lo recogió? Sam frunce el ceño. ¿A quién conoce Dean en esta ciudad? Comienza a asustarse de la cantidad de cosas que no sabe acerca de su hermano.
Sam pide una copia del video y lo revisa una y otra vez en su cutre habitación de motel, elegida según la norma Winchester sólo por si se da la eventualidad de que Dean quiera buscarlo allí. Pesquisa la patente por su cuenta colgándose de la base de datos de la ciudad (Frank no le ha respondido esta vez) y la información lo dirige hacia los estudios de una televisora. El vehículo le pertenece al canal y lo usan los ejecutivos de una productora ligada a él.
La placa federal le sirve para hacer preguntas y presionar por los datos personales del futuro actor. Lee su curriculum y le echa un vistazo al portafolio que lo deja perplejo por la cantidad de fotografías de estudio que ostenta. Por supuesto, el curriculum casi en su totalidad, salvo la fecha de nacimiento, es mentira. ¿Acaso a nadie se le ocurrió comprobarlo? Dean está jugando en el filo de la navaja. Hay un número de teléfono. Llama y la voz de su hermano, menos profunda que de costumbre, le responde en la grabadora. Con un poco más de presión sobre la señorita productora, consigue la dirección del departamento amoblado que Ackles acaba de rentar. Sam calcula que ha logrado acortar la ventaja que su hermano le lleva a unas cinco o seis horas. Si se apura, puede alcanzarlo antes de que caiga la noche.

 

~o~

 

 

“Es Jensen Ackles, modelo profesional con pretensiones de convertirse en actor”. Sostiene en una mano las fotos que ha encontrado desparramadas sobre la mesa de centro y en la otra el teléfono. “Esto no puede haber comenzado sólo en el último tiempo. Está haciendo toda clase de cosas extrañas. ¡Puede viajar en avión ahora, Bobby!. Tomó un vuelo a Los Ángeles. No sé qué busca aquí. Tengo su portafolio de fotografías”, las deja y levanta un par de papeles de la misma mesa que lee con ojos grandes como platos. “¡Está negociando una película para la televisión!”
“Tienes que calmarte, hijo”.
“No sé si debería reír o llorar. Tendrías que ver la clase de departamento que ha rentado. Es del tamaño de dos cabañas”.
“Concéntrate, Sam. ¿Hay alguna señal de él?”
“No, Bobby. No está aquí. El conserje dijo que estuvo unas horas y salió otra vez”
“¿Alguna pista acerca de dónde pudo haber ido?”
“No todavía”, camina hacia la habitación principal y abre la puerta. “Pero quizás lo descubra pronto”, el cuarto es un verdadero desorden. La pared está saturada de fotos y páginas impresas dispuestas en forma aparentemente caótica alrededor de un mapa de la ciudad mientras que en la cama se encuentra la maleta abierta y su contenido desparramado sobre el cobertor. “Te llamaré en un momento, Bobby”.
Se lanza a revisar los recortes adheridos a la pared con tachuelas (Dean no recuperará la garantía de la renta, eso es seguro) intentando encontrar el nexo que les une. Hay una lista de horarios, el esquema general de un inmueble y la planta detallada de lo que aparenta ser un departamento o habitación en específico; los impresos corresponden a páginas de libros y las fotos a entradas y salidas de, al parecer, la misma propiedad a la que pertenece el esquema. Busca algún indicio de la dirección, pero sólo halla el número, no la calle. Toma fotos con su celular de todo lo que está allí y se lo envía a Bobby. El viejo cazador le asegura que llamará tan pronto descifre algo de toda esa información.
Sam observa el desorden en la cama. Dean tenía prisa. Recoge un envoltorio plástico desde el suelo. La etiqueta dice que había una mochila dentro. Mira de nuevo los recortes, los horarios, el esquema y sufre una revelación que le quita el aliento.
“Dean, ¿qué vas a hacer?”. Suena su teléfono y contesta sin comprobar el visor. “Bobby, creo que Dean va a cometer un robo”
“Bueno, eso no suena tan mal comparado con su anterior prontuario”, le contesta Deveraux.
“Frank, si tienes algo para mí, necesito que me lo digas ya”.
“¡No me hables como si fuese tu empleado!”
“El oro que te entregué dice que trabajas para mí”
“Oh, sí. El oro. Casi lo había olvidado. Como sea, tengo noticias acerca de tu encargo. Sucede, querido pequeñín, que alguien le ha estado enviando información a tu hermano respecto de una pieza de museo al parecer bastante valiosa. Su correo tiene reportes casi a diario. Los datos dicen que la pieza fue robada a principios del siglo pasado…”. Sam se acerca a la pared y vuelve a examinar los impresos. Con atención ahora puede ver que corresponden a digitalizaciones de páginas de libros antiguos (un par de ellos escritos en idiomas extranjeros, árabe podría ser) con grabados monocromos de objetos arcaicos,”… y desde entonces no se ha tenido noticia oficial de ella. Quienquiera que le haya hecho este trabajo al niño bonito, logró seguirle la huella en el mercado negro hasta un coleccionista privado que vive en… adivina dónde. ¡Exacto! En Los Ángeles, California”.
“Supongo que tendrás la dirección”
“¿Me llamo Frank Deveraux?”
“No podría asegurarlo”.
“Eres un listillo. Como sea, sí, la tengo”.

 

~o~

 

La residencia está perdida en un gran terreno, vigilada por cámaras y perros. Pero ese no es el problema. Él es un Winchester después de todo. El problema real es que no está muy seguro de lo que debe hacer a continuación. Estuvo minutos eternos paralizado, en blanco, en shock entre las fotos, las notas, los mapas y el equipaje en desorden sobre la cama tras la llamada de Bobby que siguió inmediatamente a la de Deveraux. El viejo cazador, astuto y sagaz como siempre, también había podido deducir el objeto del deseo de Dean. Le ha dicho que el rumor y la leyenda pregonan que el artefacto está embrujado y la página en japonés en que ha encontrado la información asegura que tiene un demonio atado a él pero no explica cómo acabarlo. Los japoneses piensan que acarrea la mala suerte. A Sam se le erizan los cabellos de la nuca. ¿Está enterado de eso su hermano? ¿Por ventura, alguna de sus identidades sabe japonés? ¿O, lo que es más probable, Dean camina a ciegas en esos momentos hacia el demonio aquel?
Ahora, mientras recorre la periferia de la residencia con las luces apagadas de su vehículo, se pregunta si debería saltar la reja, patear los perros e ir a buscarlo allá adentro. En cambio, encuentra escondido a la vista de todos un furgón azul oscuro con vidrios polarizados. Con su placa de Agente Federal a la mano, se acerca a pedir explicaciones en la esperanza que Dean se encuentre adentro. Pero nadie contesta a sus llamados y finalmente descubre que la puerta lateral está abierta y adentro hay equipo electrónico de alta complejidad funcionando. Todo el asunto huele a Frank Deveraux.
“¿Dean te llamó?”, le pregunta al teléfono mientras intenta dilucidar qué es lo que tiene al frente suyo.
“Un par de horas antes de que tú lo hicieras la primera vez, sí”
“¿Y no pensaste que podría ser importante que lo mencionaras?”
“No preguntaste”
“¿Qué le dijiste?”
“Quiso saber qué necesitaba para hackear cámaras de seguridad. Se lo dije”.
“¿Así nada más?”
“Bueno, le envié algunos esquemas explicativos y quizás uno que otro programilla”.
Sam hace un inventario mental de lo que está viendo.
“Estoy en una Van con monitores por doquier, dime a qué debo prestar atención”
“No soy omnisciente, chico. No todavía al menos. ¿Cómo quieres que sepa lo que estás viendo?”
“¡Inténtalo! ¡Dean podría estar herido allá adentro!”
“Si hizo lo que le dije, debería haber una pantalla con una imagen falsa en repetición y otra con la real. Básico”.
Sam busca y encuentra. Son al menos 14 monitores pequeños que cubren el largo de la Van, de ellos 12 son pares y su imagen cambia cada cierto tiempo mostrando las diversas secciones de la casona. Con premura, extrae de su bolsillo los esquemas que ha sacado del departamento e intenta conciliarlos con lo que ve. Los guardias hacen ronda dos veces antes de regresar al mesón principal. Una luz cambia de color en una de las cajas negras vinculadas a un par de monitores.
“¿Frank? Algo sucede”
“Por supuesto que algo debiera estar sucediendo, tontito. ¿Qué cosa?”
“Se ve como si algo se hubiese encendido. Una caja”.
Y luego, otra; y otra…
“Aaaah… Tu hermano es un buen discípulo.
Sam salta de un monitor a otro, tratando de no perder detalle. Entonces, un par de ellos deja de ser par. Mientras en la imagen de uno la habitación continúa vacía, en la del otro una sombra se descuelga desde las sombras del techo. Dean.
Mierda, mierda, mierda.
Tiene que entrar allí.
Resulta más fácil de lo que pensaba. Los perros están drogados y le miran con ojos saltones y la lengua colgando por un costado del hocico como si no les perteneciera, mientras atraviesa el espacio de terreno que lo lleva hasta la puerta trasera de la casona. Se esconde entre la semipenumbra y examina el esquema a la luz de una linterna. Es difícil de resolver qué corresponde a qué en ese pedazo de papel. La casa, en la medida que se asoma a los cuartos, le parece cada vez más semejante a las bodegas de John Winchester y su propia versión del mal de Diógenes. El dueño de la residencia parece estar fascinado por el mundo sobrenatural. Pinturas, esculturas, objetos extraños exhibidos en vitrinas. En un momento se da cuenta, por el movimiento de la cámara sobre su cabeza, que ha abandonado la zona segura. Se abofetea e insulta mentalmente mientras se hace uno con la pared y empieza a retroceder. Es tarde, escucha los pasos apresurados de un guardia que se acerca por el pasillo. Maldición. Va a echarlo todo a perder. Justo antes de que el guardia se asome y lo descubra, siente que lo jalan hacia un rincón que no sabía que existía y le cubren la boca para evitar un grito de sorpresa. No necesita darse la vuelta para saber de quién se trata, conoce demasiado bien a su hermano para equivocarse. Esperan guarecidos en aquel rincón, una falsa pared, atisbando a través de una juntura hasta que el guardia parece darse por satisfecho y se marcha.
“¿Qué estás haciendo?”, le reprocha en un susurro apenas puede tenerlo al frente, pero Dean, vestido completamente de negro y la cabeza cubierta por un pasamontañas, le hace señas con un dedo sobre los labios para que calle. En completo silencio, lo guía luego a través de pasadizos hacia una habitación escondida en el sótano en cuyo centro, sobre un pedestal, se halla una caja cubierta de símbolos que Sam reconoce como antiguo enoquiano. Lo rodea un círculo pintado de rojo en cuya periferia se encuentra escrita la palabra PELIGRO en varios idiomas y ante el cual se detienen. Dean le señala con la luz de su linterna el techo sobre el artefacto: el haz luminoso revela una llave de Salomón. Sam baja la mirada hacia el espacio que rodea el artefacto en exhibición, dentro del círculo, pero aparte de la pieza misma, aparentemente no hay nada allí. Dean se inclina y saca de la mochila unos anteojos que le tiende a Sam con la clara intención de que se los coloque. Así lo hace Sam y al instante puede ver la horrible figura demoniaca que custodia la caja. Cuando se vuelve de nuevo hacia Dean, éste le está poniendo en la mano el cuchillo mata demonios.
“¿Qué vas a hacer?” pregunta alarmado, levantando la voz más de lo prudente. El otro le hace nuevamente una seña de silencio y rodea el círculo hasta quedar en el otro extremo. El bicho, desde el interior, sigue sus movimientos con atención. Dean le hace una seña impaciente a Sam.
“¿Qué?” El otro señala hacia los anteojos que lleva puestos el Winchester y luego el espacio delante de la caja. Sam comprende entonces que quiere que lo guíe. “Está a dos pasos a la izquierda del pedestal”, informa, pero eso no parece satisfacer a Dean que le queda mirando como si su hermano no diera con lo obvio. Sam se alza de hombros. “¿Qué?” Sería más fácil si dejara de jugar al ninja. Dean le señala el cuchillo y hace la mímica de azuzar a alguien con él. Indica entonces el interior del círculo.
“¿Quieres que lo distraiga?” Dean asiente. “O… OK”.
Pero es más fácil decirlo que hacerlo. El bicho no le quita la vista de encima a su hermano y Dean está a punto de entrar al círculo. Sin pensarlo dos veces, va hacia adelante cruzando la línea roja y pincha al demonio en la espalda para llamar su atención. Y vaya si lo logra. Tiene que dejarse caer al suelo y rodar fuera del círculo para impedir ser su presa. De reojo, ve a Dean moviéndose con suma rapidez, abriendo la caja, sacando de su interior lo que aparenta ser un saquito de conjuro. El demonio arremete otra vez y lo mismo hace Sam. Por momentos, el bicho toma forma corpórea al contacto con la daga pero vuelve a desaparecer casi de inmediato. Dean está quemando el saco. Una nueva carga hacia su hermano que Sam no es capaz de detener hace caer el pedestal, sin embargo Dean ya se ha hecho de la caja y su contenido y está atravesando el círculo con ella. El bicho intenta seguirlo pero choca contra la barrera invisible de la llave de Salomon. Ahora Sam comprende: Dean ha roto el enlace de la caja con el demonio al deshacerse del saco del conjuro. La caja es libre ahora, no hay maldición que le persiga.
Sam lo observa, aún recuperando el aliento, mientras su hermano empaca la caja uniéndola a la mochila y chequea su reloj pulsera. La guardia debe de estar por hacer una nueva ronda, según recuerda del papel de horarios. Deshacen el camino recorrido entre los pasadizos ocultos y se apresuran hacia la reja exterior. Los perros ahora duermen, víctimas de la resaca de cualquier cosa que les haya dado Dean.
Sólo cuando están ya en la camioneta y ha liberado una a una las cámaras de seguridad, Dean se saca el pasamontañas y se cambia de chaqueta.
“Oye,…”, Sam no sabe cómo llamarlo. “…tú. ¿Me podrías decir para qué todo esto?” El otro no le responde, en cambio, extrae de la caja la pieza y la examina como si estuviese descifrando la inscripción que la circunda. “¿Qué es lo que dice?”
“No tengo idea”
Sam reconoce la voz. No sabe cómo, pero lo hace.
“¿Dean?”
Dean deja el artilugio dentro de la caja con expresión de confusión. Se la queda mirando un instante y luego a Sam.
“¿No estábamos trabajando separados tú y yo?”
Muy bien, ahí vamos de nuevo.
“No, no lo estábamos. Tú huiste”.
“¿Yo? ¿Por qué demonios haría eso?
“Pensaste que estaba enojado contigo”.
“Ah”, y se queda un momento en silencio, mirando el piso. “Amy”
“Esa…”, Sam busca las palabras. “Esa es ya una historia vieja. Vamos, Dean. Tenemos que regresar con Bobby”
Pero Dean sigue en el tema como si estuviera atrapado en un loop interminable.
“Tenías razón en una cosa, Sam: deberíamos trabajar separados por un rato”.
“¡No!”
“Necesitamos una pausa. Hay veces que apenas soportamos vernos las caras”
“¡Yo sólo necesito mantenerte a salvo y bien!”
“Y lo estoy. Por favor, Sam. Es la verdad”, Sam pasa el peso de su cuerpo de un pie a otro, impaciente, mientras escucha las palabras de su hermano. “Aunque te entiendo perfectamente. La mayor parte de mi vida la he pasado preocupado por ti. Pero somos adultos y tenemos que aprender a…”
“¿Dónde estamos?”, le lanza de sopetón. Dean recibe la pregunta con desconcierto.
“¿Por qué me preguntas eso?”
“Contéstame: ¿dónde estamos?”
Dean mira a uno y otro lado.
“En… ¿una cacería?”
“¿Dónde?”
“Uh… eh…”
“¿Dónde estabas ayer a esta misma hora?”
“Estaba en…” y calla, la perplejidad se acrecienta en su rostro.
“¿Por qué tú…?”
“¡Maldición, Sam! ¿estás loco? ¡Oh, cierto! Lo olvidé: ¡lo estás!”
Sam deja caer los hombros en señal de derrota.
“Steve, hombre, no puedes llevártelo de nuevo”
“Es lo que él desea”
“¡Necesita ayuda!”
“Necesita paz”, guarda la caja en la camioneta y cierra la puerta. “Y no la vamos a conseguir contigo. Nos vamos”, dictamina e intenta caminar hacia la parte delantera del vehículo sin embargo Sam se le arroja encima buscando arrebatarle las llaves de la camioneta que lleva en su mano. Forcejean unos instantes. Sam siente una de las rodillas de su hermano estrellarse contra su estómago pero no lo suelta. Y entonces, sorpresivamente, todo cesa. Steve se desliza por el costado del vehículo hacia el suelo. Más que preocupado, Sam lo sostiene.
“Hey, amigo. ¿Cuál es el problema?”, el hombre permanece con los ojos cerrados y las manos fuertemente unidas a su cabeza. “¿Steve? ¿Dean?”
Finalmente abre los ojos, apenas un par de ranuras, e intenta dirigirlos a Sam.
“Eso estuvo cerca”
Frank.
“¿Estás bien, muchacho?”
“No”
Sam ríe flojamente. Lo abraza, aliviado y agotado al mismo tiempo.
“Vamos. Regresemos a casa”

 

continuará…

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