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Textos mínimos: “Un hombre pequeño”

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Es un hombre pequeño.
Circula por ahí convirtiendo a sus rivales en enanos para dejarlos al alcance de la suela de su zapato. A sus amigos, si los hay, los mantiene a su lado moviendo los hilos del chantaje emocional.
En el país de los ciegos, el tuerto es rey, dicen. Por eso se le ha visto arrancándole los ojos a sus colegas, armado de su lengua y un cartón a duras penas arrebatado a la Comisión de Título.
Él mismo sabe lo pequeño que es, aunque nunca lo admitirá. Tan pequeño que piensa que el lente de Dios no tiene el aumento necesario para encontrarlo.
Tal vez si supiera que no necesita subirse a los hombros de otros para ser visto por los ojos divinos, dejaría de ser pequeño.

Textos mínimos: “El pay”

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Es un par de años menor y se ha empeñado en tratar de conquistarla. Ella se encuentra perpleja e inquieta. A sus años ya no quiere ese tipo de desorden. Se lo hace ver. “Es que me gusta tu pay de limón”, le dice él y ella se siente aliviada. Es sólo eso, entonces, piensa. Se dedica a cocinarle pasteles para que se olvide de la idea. Pero mientras ella más cocina, él más se enamora.

Textos mínimos: “Mujer del puerto”

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Me acuerdo de las piernas de la Paulina, gruesas, firmes y bien formadas como columnas fuertes, tan desacordes con el resto de su cuerpo de bailarina; crecieron con cada escalón hacia su casa, allí donde las gaviotas se estrellan contra las ventanas y el mar ha perdido su aroma en favor de la quebrada.

Textos mínimos: “Querido público”

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El poeta declama alzado sobre una silla aunque la música en el parlante de la radio continúa. Nadie le presta atención salvo la camarera que se detiene a escuchar a este hombre, culto pero borracho, que tiene tantas palabras bonitas en su boca. El bar sigue su ajetreo, sin embargo ella lo mira y atiende, absorta, sosteniendo el paño de secar vasos en la mano hasta que la voz perece por inmersión en el fondo de un vaso de tinto del bueno.

Cuento: “El asa”.

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Este es un microcuento que presenté al concurso “Cuéntame Valparaíso” en mi país… y no me seleccionaron. 😦
Anyway, lo comparto con ustedes.

El asa.

Cuando era niña, la tía Sara la llevaba a la feria. La arrastraba entre la multitud en el bandejón central de la Avenida Argentina, atada al asa de su bolso de rafia. Ella nunca vio caras, sólo torsos y piernas, carteras, mallas de frutas y flores, todo lo que alcanzaba desde su poca altura. Caminaba angustiada en el temor de perder el agarre del asa, los gritos de los feriantes aturdiendo sus oídos en las entrañas mismas del lugar. El día en que se soltó y se extravió, juró nunca más volver allí. Veinte años, un marido y dos hijos después, es ella quien sostiene el asa y otros los que cuelgan de ella.

FIN.

Hice otro para el concurso de revista “Paula” de este año, pero no lo puedo publicar aquí por lo menos hasta que den los resultados en noviembre.

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El asa by Marcela Ponce Trujillo is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

Cuento: “La ignorancia”

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Aquí va otro de mis cuentos cortitos.
Tan cortito que va sin corte.

La ignorancia

Gritaba en la calle, llorando, de pie, a mitad del paso de peatones. La gente se volteaba a mirarla pero nadie se le acercaba, nadie le preguntaba. Yo tampoco. Sin embargo, en algún momento, mientras pasaba de una acera a la otra, evitando toparla en el camino, supe sin pretenderlo que gritaba porque estaba sola. Aún lo hacía cuando di vuelta en la esquina y me olvidé de ella.

 

Fin.

 

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Cuento: “La sonrisa del abuelo”

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En realidad, es un microcuento y fue inspirado por mi sobrino.

La sonrisa del abuelo.

 

Francisco mira hacia las alturas, a la figura del abuelo, enorme e inalcanzable, todo un misterio a descubrir. Él es hombre de suspensores y sombrero de pana al que no le enseñaron a dar abrazos sino a mantener el ceño fruncido hasta esculpir con surcos la frente con tal de dar a conocer a todos su hombría y seriedad. Sin quitarle los ojos de encima, le busca la mano confiadamente y en un segundo, lo que le toma al abuelo bajar la mirada hasta su altura y encontrarse con la expresión juguetona que ronda el rostro del pequeño, las reglas de la vida estampadas en la frente del hombre desaparecen y Francisco recibe, como regalo y recompensa, la sonrisa del abuelo. 

 

fin

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Cuento: “El fin de los tiempos”

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Estoy ensayando los cuentos cortos… más que cortos, en realidad. Microcuentos.

 

El fin de los tiempos.

La niebla comenzó a cubrir el puerto. Ella tomó su taza de leche con una pizca de café y se acercó a la ventana. No bien hubo visto los relámpagos sobre la espesa y baja niebla, lo supo. Ya había comenzado. Dejó la taza en el alféizar de la ventana y fue por sus maletas.

Fin.

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